CUENTA CONMIGO – Mariela Inostroza Torres

Por Mariela Inostroza Torres

Cuando la policía entró al departamento, lo que vieron a primera vista fue a dos amantes abrazados.
Salvo por el fuerte y nauseabundo olor, que delataba que sus cuerpos se encontraban inertes, descompuestos, quienes los observaron pudieron pensar que estaban contemplando una escultura.
No había signos de violencia, todo estaba en su sitio, embargaba una sensación de frío, por lo austero de las habitaciones.
En una de las estancias, revisando los cajones, encontraron una foto . Era del joven que habían encontrado. Cerca había un cuaderno, que por el uso y el tiempo tenía sueltos los espirales que le sujetaban, como si quisieran desprenderse y no formar parte de este escenario, único testigo que podía dar alguna explicación de lo sucedido.
Uno de los policías abrió una página al azar, que indicaba como fecha 20 de mayo de 1989.
El agente empezó a leer:
“Llovía intensamente, tan fuerte, que parecía que la lluvia estaba siendo cómplice de mi madre y su planificada huída de casa y así ayudarla para silenciar el ruido de sus pasos, de sus lágrimas y del ruido que haría la puerta cuando se cerrara definitivamente.
Me encontraba de pie, escondido detrás de aquel mueble marrón oscuro de gran altura que me ayudó a pasar desapercibido.
Me fui acostar y aunque tenía ocho años, hacía tiempo que me vestía solo. Mi madre también tenía que cuidar y ayudar a mi hermana, que tenía seis años y a mi hermano de tres.
Me puse el pijama de franela azul que por el uso estaba lleno de motas. Me metí en la cama y cuando las luces de casa estaban apagadas me levanté sigilosamente, atravesé el oscuro pasillo hasta llegar al salón, mucho más luminoso gracias a las ventanas que no tenían del todo las persianas cerradas”.
Si, entendía todas y cada una de las razones de mi madre, humillaciones constantes por parte de mi padre, privaciones, tan básicas como que tuviera el mínimo tiempo para ella. Siempre quería que estuviese limpiando la casa, cocinando, sirviendo la comida y si la llegaba a ver sentada en el sofá, leyendo una revista, la hacía sentir como si estuviera cometiendo un crimen. Mi padre acercaba mucho su rostro al de ella, le gritaba improperios, como forma de asegurarse que no lo fuera a olvidar. Recuerdo cuando la tarde anterior volvió a ocurrir. Mi padre llegó antes de lo pensado y ella cuando escuchó el ruido de la puerta que se cerraba tiró la revista al suelo y echó a correr a la cocina.

Pero yo, en mi egoísmo, no quería vivir sin las cálidas miradas de mi madre y tener que verme obligado a que ella no repasara mis mechones rebeldes después de yo haber estado un buen rato tratando de peinarme. Aún con el máximo esmero, daba igual, siempre se me soltaba algún mechón rebelde.
Un día, mi madre me contó que escogieron llamarme Rubén porque fui el primogénito. Tu nombre Rubén significa “Mirad, un hijo”. Si Rubén, porque fuiste un hijo muy deseado y esperado. Mientras observaba como se dirigía a la puerta, yo esperaba que recordara estas palabras y declinara en su idea de abandonarnos.
Por un lado, le comprendía. Aunque estaba casada se sentía muy sola, con un sinfín de deberes y responsabilidades. Pero lo peor era tener que soportar a mi padre, quien ante la mínima contrariedad, desquitaba su ira y frustración con ella. Recuerdo cómo alguna vez vio como la zarandeaba. Cuando esto ocurría ella giraba la cara y aguantaba para no hacer más ruido y preocuparnos.
Rubén, a pesar de sus cortos años se había propuesto ayudarla, que conociera la felicidad, al menos la tranquilidad duradera.
Quizás cuando él fuera mayor podría rescatarla.
Fue detrás de ese mueble cuando Rubén vio cómo ella cruzaba esa puerta. Vestía su abrigo color marrón claro. Aún en estos momentos la veía bella. Cubría su cuello y parte de su cara con una bufanda de color blanca y flores de color beige claro, una de sus preferidas.
Vió como dio una última mirada a la casa, luego escuchó un suave golpe seco, su figura desapareció, fue la última vez que Rubén la vió.
Sentía ganas de desaparecer, dejar de respirar.
Su primer gran amor le abandonaba, no le salía la voz. Le invadió un frío de los pies a la cabeza, tampoco tuvo el valor de salir detrás de ella. Pensó : si se entera mi padre, quien sabe si es capaz de matarla. No, no diré nada, así al menos tengo la esperanza de volver a verla.
Después, recuerda escuchar gritar su nombre: ¡Rubén, Rubén!
Se ve acostado.
Muy cerca, ve a su padre y también ve a su abuela Carmen. Sus semblantes estaban muy serios, llegó a pensar que estaba muerto.
Tomo la decisión de no hablar más, tampoco quería caminar.
Fue la manera que encontró de expresar su dolor, su duelo por el abandono de su madre.
Muchas veces se preguntó si tal vez le dio mucho trabajo y por eso decidió no llevarlo con ella.
El agente, continúa leyendo:
“Han transcurrido veintidós años y ahora soy un joven-adulto, me gusta estar encerrado, pasar tiempo en casa, haciendo cálculos, jugando con los números, lo considero más que un sustento, un hobby.
Me gustan los números porque nunca me desilusionan. Siempre están ahí para acompañarme y muchas veces, es la forma en que consigo que pase más rápido el tiempo.
Cuando conocí a Catalina me sentí enfadado conmigo mismo. Me molestaba la idea de que mi mente estuviera ocupada, pensando en ella. Quería seguir sintiéndome libre. Ahora mi alegría no depende solamente de conseguir solucionar una fórmula matemática. Se suma si llegaré a tiempo para verla o si ella me corresponderá con una sonrisa. Si por el contrario, tendrá mucha prisa para poder hablar unos momentos conmigo.
Hace dos días hemos quedamos para ir al cine, cuando la ví, sentí que mi corazón latía muy fuerte, como si tuviera un tambor dentro de mi pecho, ruidoso, acelerado.
Nos acompañaba una lluvia tenue, de esas que mojan un poco pero que hacen que resulte agradable caminar, en compañía de sus gotas, de su humedad.
Catalina me comenta que es muy posible que por trabajo, tenga que viajar y estar fuera por dos meses.
Le escucho, no digo nada, siento que en mi interior me abraza un fuego, que va en aumento, pero hago todo lo posible para que no se note, lo disimulo. No consigo entender por qué una vez más, me abandonan y vuelvo a sentir esta fría, paralizante obligada soledad.
Mientras tanto, la lluvia se torna más tupida, apenas nos podemos mirar para hablar. Es entonces cuando decido invitarla a tomar un café en mi departamento. Cuando entramos observo cómo Catalina se desenvuelve en él, se acerca a mirar los dos cuadros que tengo colgados. En su día los colgué, simplemente para que no estuvieran tan vacías las paredes. Uno de ellos tiene un paisaje en el que se bate un mar furioso, una mezcla de distintos tonos de azul, como los ojos de Catalina.
Fue en este momento cuando entendí que ella tenía que formar parte de mi vida.
Y tome la decisión; que la quería amar, cuidar y proteger y que ningún viaje, ningún trabajo nos separaría.
Mientras lo pensaba y afirmaba tocaron la puerta, era un vecino, un molesto vecino.
Pensé: ¡qué imprudente!
¿Cómo puede creer que es el mejor momento para hablar conmigo?; ¿qué hago?
Pensé que tenía que abrir, mientras Catalina me insistía:
Rubén, llaman a la puerta, ¿quieres que abra?
No, no hace falta. Al otro lado de la puerta se encontraba Víctor, que necesitaba comentarme algunos temas de la comunidad.
Siento molestarte, me dice, pero es que no consigo coincidir contigo. Le sugiero un día y hora para hablar, ni siquiera disimuló y miró con total desfachatez dentro de mi casa, quería cotillear, ver, con quien me encontraba, es cierto, nunca invito a nadie.
Le advierto a Catalina que el café quema un poco, que si quiere le pongo un poco de leche fría.
Lo bebe poco a poco, en unos cuantos minutos se siente con mucho sueño, muy cansada.
La contemplo, me siento muy confundido porque no esperaba reaccionar así, pero lo siento Catalina, no puedo sufrir otro abandono, la acomodó en el sofá, le peinó un poco sus cabellos, le cubro sus piernas con una manta de color marrón claro.
Miro el reloj, se hace tarde y Catalina no reacciona. Espero que despierte para explicarle que la amo con locura, que sólo quiero estar con ella y que he decidido que lo mejor para los dos es estar juntos.
Afuera sigue lloviendo.
He tenido que sedarla un poco para que me dé tiempo de pensar y planificar nuestra nueva vida juntos. Sé que te pondrás muy contenta cuando te dé la gran noticia, que viviremos juntos y que te ayudaré a encontrar un nuevo trabajo.
Sé que no te lo esperas, ¡será una gran sorpresa!
Han pasado tres horas y no reaccionas, no lo entiendo. Me decido a tomar tu pulso, no lo encuentro, no puede ser, me desespero, no puede ser que yo mismo haya provocado perderte para siempre.
Decido preparar otro café, te explico Catalina mis razones, no quiero que me odies y mucho menos que creas que he querido hacerte daño.
No soporto esta situación, ¿quieres hacerme sufrir igual que mi madre?
No volverás, no puedo soportar seguir mis días, pensando que debí hacer las cosas de otra manera. Pero no me diste opción Catalina, me contaste muy decidida la idea de irte a otra ciudad y hasta me ha molestado con la ilusión con que me lo contabas, el brillo de tus ojos, cierta sonrisa dibujada en tu rostro.
En la última hoja las letras eran un poco indescifrables, algunas frases ya sin sentido, quizás los estertores de su locura.
Transcurren los días y Víctor, el vecino, decide tocar la puerta de Rubén, no ha acudido a la cita.
Mientras subía las escaleras, va sintiendo en sus fosas nasales un olor nauseabundo, pesado, que le obliga a retroceder.
Un vecino tiene el volumen muy alto de su televisor.
Escucha las noticias de mediodía, comentan que ha desaparecido una mujer de tez blanca y ojos azules. Su nombre es Catalina.

 

 

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