EL FUNERAL – ELENA LADRÓN DE GUEVARA MELLADO
Por ELENA LADRÓN DE GUEVARA MELLADO

Sonó el teléfono. Detuvo su mirada en el voluminoso marco de plata que reposaba al lado del teléfono con la foto de su boda junto a su flamante marido y con sus amigas. “El blanco del vestido es el azucarillo que se disuelve en el negro café del chaqué, desapareces”, pensaba siempre que la contemplaba al coger el teléfono, “¿Cómo les habrá ido a ellas realmente?”
No conocía a la mujer que le hablaba al otro lado del teléfono. La llamaba por su nombre e insistía en saber si era ella realmente la persona que intentaba localizar. Pasados esos primeros minutos de confusión la desconocida le comunicó la muerte de una amiga en un accidente. Cuando colgó el teléfono se puso a repasar uno de los muchísimos álbumes de fotos, le encantaba fotografiar todo
momento feliz. Encontró el álbum que buscaba, las fotos de sus compañeras del colegio. Con cada foto las comisuras de los labios se extendían hacia los lados esbozando una sonrisa. Sus ojos
contradecían a sus labios dejando escapar furtivas lágrimas ante aquellos instantes y lugares que irradiaban felicidad.
Se veían rara vez, pero ya carentes de aquella intimidad colegial que daba el uniforme o el aula. Eran encuentros donde ya no hablaban de ellas, de sus sueños, de sus anhelos, si no de acontecimientos periodísticos, del hijo, del marido. Sus vidas habían dejado de ser paralelas para bifurcarse como en un cruce de caminos donde cada una tomó una dirección distinta.
-Mónica, soy Mercedes, me han llamado- no pudo terminar la frase Mónica se adelantó.
-Sí, a mí también me han dado la triste noticia, aún estoy asimilando la noticia. Lo que no entiendo, que hacía en ese pueblo, creía que vivía en Dubái.
¿Qué pasó en esos largos años en la trayectoria personal de cada una de ellas? Era un misterio por descifrar, un pensamiento único que bullía en sus cabezas en el trayecto hacia el pueblo de la fallecida. Había quedado con la alegre Mónica y así aparecer las dos juntas. Mónica apareció con un impecable traje sastre negro acompañada por su marido, Roberto. Mercedes prefirió un austero
vestido-abrigo negro.
Cuando llegaron a la casa donde se estaban velando al cadáver se les acercó una enlutada mujer.
-Hola, soy Juana, la amiga de Hilaria, la que os ha llamado por teléfono para comunicaros la triste noticia. Tenía vuestros móviles porque ella me los dio en una ocasión por si a ella le pasaba algo que os llamara. Debéis de ser Mercedes, la profesora y Mónica, la médico ¿verdad? – hablaba como si estuviera acostumbrada a momentos como el que se estaba desarrollando en ese instante, como si de un entrenado maestro de ceremonias o de una anfitriona se tratara, si es que esa puede ser la palabra para designarla en esos momentos.
No, bueno sí, ella es Mercedes, pero yo soy Mónica. No hemos podido hablar con Inés- contestó Mónica al tiempo que contemplaba el impasible rostro de la tal Juana en contraste con los sollozos y tristes figuras que en el salón había. Acercándolas a los presentes les fue presentando a todos.
Las dos amigas no conocían a nadie. Sonreían a cada persona que les presentaba Juana mientras daban las consabidas palabras de pésame.
Gracias por venir- comentó una mujer con grandes signos de haber llorado mucho y con voz entrecortada- soy Luz, la amiga de Hilaria, siempre hablaba de vosotras mientras jugábamos la partida, que hablabais mucho por teléfono, que admiraba mucho a Inés, que Mercedes era una súper mujer, que quería muchísimo a Mónica, – no pudo continuar, su voz se rompió en un silencioso llanto.
Las dos amigas no dejaban de contemplar aquella escena como si de una película del pasado se tratara, tanto por la vetusta vestimenta de las “plañideras” como por el mobiliario de la estancia, lleno de tapetitos de ganchillo y flores de plástico en jarroncitos. Tomaron asiento en el sofá de skay y no dejaron de preguntarles que de qué conocían a la difunta, que de qué ciudad venían, si querían tomar algo, cuando aquellas enlutadas féminas se cansaron de indagar, al no obtener más que monosílabos por respuesta, siguieron con sus rezos.
Tras largos silencios entre sollozos y alguna que otra disimulada risa apareció en la estancia Inés. No dio lugar a que nadie la presente porque Mercedes se abalanzó sobre ella nada más verla por la
puerta, las dos se abrazaron fuertemente y las lágrimas brotaron por ambas mejillas.
Mónica se unió también al largo abrazo. – ¿Cómo has podido llegar desde tan lejos hasta este recóndito lugar? – le preguntó extrañada por su inesperada llegada.
-Porque no estaba en París, me localizaron en una ciudad a 50km de aquí, donde ayer presenté mi último libro. La editorial me ha proporcionado un vehículo, de otra manera me hubiera sido
imposible poder venir a despedirme de Lari. Su rostro no mostraba tristeza más bien la suerte de poder llegar a tiempo al entierro, disculpándose por su colorido vestuario.
Las tres se sentaron apartadas un poco del resto y cuchichearon.
-Chicas ¿no os ha extrañado lo rancia de esta casa, de este entorno?
No le pegaba nada, pero para nada a Lari, nada de lo que veo. Abría los ojos y miraba por si encontraba algo que le recordara a su amiga.
Nada.
– ¿No os ha chocado que todas la llaman Hilaria? Me recuerda cuando la monja pasaba lista “Hilaria Móndejar de los Montes” y Lari le contestaba – Lari, por favor.
Juana les entregó una carta lacrada. – Hilaria me encargó que os la diera si a ella le pasaba algo. Les indicó donde tenían que colocarse en el cortejo y que irían caminando tras el féretro junto a ella. Las amigas se quedaron extrañadas de ese protagonismo.
Cuando llegaron a la Plaza Mayor donde se alzaba la imponente iglesia se sorprendieron de la grandiosidad de la misma para un pueblo tan pequeño.
A Mercedes le pareció ver una cara conocida y no sabía de qué pues ella no conocía a nadie en ese pueblo, tampoco estaba en la casa del velatorio. Preguntó a sus amigas señalándoles a aquel solitario hombre sentado al fondo de la iglesia. A ninguna les sonaba de nada.
Preguntó a Juana quien era el triste caballero sentado en un discreto banco, se volvió para mirarlo fijamente y poder informarle, pero “no lo he visto en mi vida, ese hombre no es de aquí”, fue la respuesta.
A Roberto también le pareció que lo conocía remotamente y lo saludó sin efusiones. Al terminar la misa todo el pueblo pasó a dar el pésame. – Siento mucho la muerte de Lari, os quería mucho, soy Marcos, un amigo suyo- dijo el solitario y triste hombre al despedirse.
Al día siguiente comieron juntas las tres en Madrid. Entre recuerdos y anécdotas de Lari los ojos se les llenaban de lágrimas. En el postre comentaron lo rarísimo que había sido todo, el misterioso amigo de Lari ¿de qué lo conocía? Y, sobre todo, ¿cómo se le ocurrió a Lari dejarles una carta. Abrieron la carta.
Queridas amigas:
Os escribo desde mi tumba. No, no en la que acabáis de dejar mi cuerpo. Si estáis leyendo esta carta es porque ya estoy muerta para el resto de los mortales. Yo ya estaba muerta desde hace muchos años. Me di cuenta de mi muerte el día que comprobé que simplemente transitaba por la vida de los demás, que vivía la vida de otros, entre ellas la vuestra. Sí, sí la vuestra. Os seguía por
Facebook, o veía siempre tan sonrientes y felices, en lugares exóticos, en playas paradisíacas, en compañía de vuestras familias o en animada fiesta de amigos ante jugosos platos y cocteles, …
Nunca os lo dije, pero os envidiaba. Teníais una vida tan llena. Es cierto que viví en muchos países, que os parecería que llevaba una vida de fábula, pero no fue así. Si os lo hacía creer en nuestras
conversaciones telefónicas o en las escasas veces que nos hemos visto, era para parecerme a vosotras. Cada mudanza aumentaba mi soledad. Matriculamos a mi hija en un internado para que pudiera tener amigas más duraderas, fue a la universidad en Estados Unidos, cada vez más distancia entre nosotras, hasta el punto que ya no sé dónde vive, la última vez con su pareja en Canadá.
Mi marido tenía destinos cada vez más lejanos, más horas de trabajo, más largos viajes, más sola. Me imaginación creaba pensamientos como que él era una especie de Eli Cohen, del Mossad. Todos admiraban la dignidad con la que llevaba mi situación familiar. Pero alguien apareció en mi solitaria existencia revestida de aparente alegría: Marcos, un ingeniero compañero de mi marido. Su mujer se había quedado en España por los niños y para no perder su trabajo.
Vivimos un apasionado romance. Nadie sabe de su existencia.
Cuando me quedé viuda pensé que era el momento de hacer pública nuestra relación, pero él no dejó a su familia. Lo entendí, yo tampoco lo había hecho antes, no fui valiente ni él tampoco. Decidí venirme a esta casa de mis abuelos, a este pueblo donde todos conocen todo de todos, incluso creo que los pensamientos antes que tú te des cuenta. Fingí ser la pobre y desconsolada viuda que todos ayudan por compasión, el victimismo es muy rentable emocionalmente. Cada tarde voy a la iglesia con las vecinas, después a merendar y jugar al julepe a casa de Juana (si estáis leyendo esta carta ya sabéis quien es).
El papel de triste viuda lo represento en el pueblo (al fin y al cabo, la vida es puro teatro), pero cada cierto tiempo, cuando Marcos tiene que viajar fuera de Madrid vuelo hacia él con el corazón tan alegre que me cuesta fingir mi conocida pena pueblerina. En este pueblo vivo otra mentira, mi vida real está lejos de aquí. Mi casa está en Londres.
No quiero irme de este mundo manteniendo a vosotras esa gran mentira en la que se convirtió mi vida en el extranjero. Quiero felicitaros por haber conseguido lo que ansiabais: una familia feliz,
una vida estable, seguir con las amistades infantiles, triunfar en vuestras profesiones…Yo nunca terminé arquitectura, nunca pude trabajar fuera de casa. Pero con Marcos fue distinto, viví plenamente, todo tenía sentido a su lado, me levantaba con una sola idea en la cabeza: vivía, estaba viva.
En mi vida de trotamundos aprendí que no importa de dónde vienes ni quien eres ni que sientes o piensas, sino como cuentas tu vida, lo importante es tu relato vital.
Os quiero.
Lari
– Ahora caigo, ese Marcos nos lo presentó como pariente a mi marido y a mí en el aeropuerto de Helsinki. Como siento que mi vida junto a mi marido y mis hijos le causaran tanto dolor a Lari. Si cuelgo fotos de mis viajes y con mi familia es por compartir mi alegría, como todo el mundo ¿verdad?
– Pobrecilla. Me da pena. Me hubiera gustado darle un beso de despedida y explicarle que mi vida no es como la cuento en las fotos que cuelgo. Que me levanto a las seis de la mañana, sin poder llevar a mis hijos al cole, para ir al despacho donde me espera un gruñón jefe que nunca está contento del trabajo de la oficina pero que no
RELATO DEL TALLER DE:
Taller de Escritura CreativaDeja una respuesta
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Me ha encantó el relato, una lectura muy amena.