TIEMPO MUERTO EN AGOSTO – NURIA C.
Por NURIA C.

El corazón le latió con fuerza, cogió el reloj y se lo metió en el bolsillo del delantal.
Adriana había llegado poco antes de las tres para abrir el bar, era sábado, pero esa mañana Andrea le había pedido el favor. Le caía bien la chica nueva, joven y espabilada, le recordaba a ella algunos años atrás, cuando salió de Rumanía dejando a las gemelas con su madre. Pero ese día estaba enfadada, ella era la única que libraba los fines de semana y ceder en eso era perder un poco del estatus que tanto le había costado conseguir.
Al menos el sábado no había que madrugar – pensó-, los chicos llegarían sobre las cinco y se encargarían de cerrar. Desconectó la alarma y entró. Ya antes de cambiarse vio que anoche apenas habían recogido el local, había vasos semivacíos en algunas mesas y se le iban pegando las zapatillas al suelo. Encendió el aire acondicionado, se cambió de ropa y se ciñó el mandil.
Supuso que tampoco habrían limpiado el único cuarto de baño que el local tenía para los clientes, y no se equivocaba. Y eso que anoche también estaba Andrea, aunque ella debió marcharse antes de cerrar porque ya no se encontraba bien.
Fue lo primero que vio en cuanto abrió la puerta. Sentado sobre su correa como si fuera uno de esos gatos chinos de la fortuna, desde la repisa del lavabo le saludaba un Rolex de oro.
Como si su presencia allí le acusara a ella de algún delito inconfesado, sin mirarlo se lo echó al mandil y salió cerrando la puerta. No era capaz de imaginar que alguien pudiera olvidarse algo así, y sin duda su dueño vendría a buscarlo, pero ¿de quién sería?
Por la cristalera se asomaron y pasaron de largo algunos chicos. Mejor, pensó Adriana, a fin de cuentas, era temprano para empezar a beber y aún tenía que recoger lo que dejaron anoche. Hacía un calor tremendo fuera, graduó el aire acondicionado al máximo y mantuvo la penumbra mientras recogía los vasos desparramados.
Hasta las cinco y media no entró nadie. Un repartidor pidió un par de cafés con hielo para llevar.
Pasaban las seis cuando llegó Leo, y casi inmediatamente detrás de él, Omar, el cocinero.
No parecían sofocados, los dos vestían pantalón corto y camisetas de tirantes.
– Llegáis tarde- les espetó Adriana.
– Anoche cerramos bastante tarde también, no pudimos recoger todo- dijo Leo anticipándose a la bronca de su compañera.
– ¡Ni siquiera disteis un repaso al baño antes de iros!
– Lo dejó recogido Andrea y ya quedaban pocos clientes, no lo ensuciarían mucho… – empezó a decir Omar.
– ¿Atiende alguien aquí?
– En seguida, caballero.
Acababan de entrar tres hombres, pidieron tres jarras de cerveza y se sentaron al fondo del local. Eran rubios y corpulentos y, por su acento, a Adriana le parecieron búlgaros. Se preguntaba si alguno de esos tipos sería el dueño del reloj. Leo encendió la televisión y empezó a buscar canales de deportes.
Enseguida entró un alegre y ruidoso grupo de turistas mejicanos. Debían estar hospedados en el hotel. En agosto eran prácticamente la escasa clientela del local, algún vecino solitario y turistas que venían a beber barato. Este era el único bar que había en la zona.
Adriana se disponía a atenderlos cuando Leo se adelantó saludándolos con efusiva amabilidad. Ella no podía saberlo, pero él los había reconocido de la noche anterior.
– Si pueden servirnos también unos tacos como los de anoche estaría chéeeevere.
Omar entró con resignación a la cocina.
Adriana empezó a preparar las bebidas que habían pedido, dos wiskis con mucho hielo, y tres charros negros, una especie de mezcla de tequila con cola, según le explicaron. El tequila estaba en un estante que colgaba del techo, encima de la barra, y ella tenía que subirse a un taburete para alcanzar la botella. En ese momento, uno de los búlgaros se levantó y se encaminó al baño sin dejar de mirarla. Ella aguantó la mirada, e instintivamente se llevó la mano al mandil.
En cuanto desapareció el hombre, bajó del taburete con el tequila, cogió dos vasos y arrojó el reloj a la nevera del hielo. Siguió preparando las bebidas con el corazón fuera del pecho, esperando que el búlgaro le reclamara el reloj, cuando sonó la campana de la cocina.
Leo entraba de nuevo al local después de fumarse su primer cigarrillo del turno. Siempre hacía igual, primero saludaba a los clientes, cómo están, qué va a ser, marchaba el pedido y salía a fumar. Omar le tenía que llamar muchas veces a voces desde la cocina.
Uno de los mejicanos se acercó a la barra y preguntó dónde estaba el lavabo. Aún no había salido de allí el otro hombre.
La puerta que indicaba la entrada a los lavabos en realidad daba a un pequeño distribuidor, la cocina a la derecha y el cuarto de empleados a la izquierda, y de frente el servicio para los clientes, que era mixto.
Al cabo de un buen rato salió el que parecía búlgaro y sin mirar a nadie, se dirigió a su mesa donde siguió con la charla silenciosa que tenía con sus compañeros.
El mejicano en cambio volvió enseguida del baño a su mesa. Adriana notó cierto alivio al no llevar ya el reloj y se atusó el mandil; ahora se arrepentía de haberlo cogido, ¿por qué lo habría guardado?
Un segundo mejicano alto fue hacia el servicio. Tardó un poco más que el otro, pero muy poco, salió y regresó a su mesa. Los otros tres los miraron sin decir palabra. Ya no estaban tan ruidosos como cuando entraron. Adriana empezó a pensar que el reloj tenía que ser de alguno de ellos cuando otro de los búlgaros se levantó y se dirigió al baño.
Pidieron otra ronda de cerveza. Y otra ronda de whisky los mejicanos. Leo se dispuso a llenar los vasos con hielo. Adriana temió que viera el reloj. Quizá tendría que contarle cómo lo había encontrado antes de que alguien preguntara, porque el dueño del reloj vendría a reclamarlo, si es que no había llegado ya… ¿A cuento de qué si no tanto viaje al baño nada más llegar? Debían estar buscándolo.
Avanzaba la tarde y entraron dos parejas de jóvenes, parecían estudiantes, reían despreocupados y pidieron cuatro Coca Colas.
– ¡Con mucho hielo, por favor! – dijo una de las chicas mientras se encaminaba al baño.
Adriana fue a por el hielo y entonces vio que el reloj ya no estaba, o al menos, no lo veía.
Nerviosa empezó a remover los hielos con la pala, llenando los vasos varias veces hasta arriba, pero nada. Ni rastro del reloj.
En ese momento Leo estaba hablando con los mejicanos en tono distendido. Les contaba que en diciembre había estado en Méjico porque su novia era de allí.
¿Les habría dicho ya que había encontrado su reloj? – se preguntaba Adriana.
Mientras Leo les preparaba la segunda ronda, se encontró con el reloj entre el hielo. Lo cogió, estaba frío y pesaba, parecía bueno. A su espalda le sobresaltó uno de los hombres del fondo golpeando la barra con algo metálico, soltó el reloj y cerró la nevera de golpe.
Querían otras tres cervezas. En ese momento no veía a Adriana por el local. Habría salido al almacén a por alguna cosa, y ya de paso, fumar un poco – pensó- y eso que decía que
lo había dejado.
Sirvió las jarras en la barra al hombre rubio, llevó la ronda de los mejicanos a su mesa. Y volvió a por el reloj. Parecía bueno, sí, pero ¿qué hacía allí? ¿de quién sería? Anoche habían tenido un poco de jaleo, entrando y saliendo gente, recogiendo jarras por todo el local, puede que alguno de los clientes incluso pasara detrás de la barra a por alguna copa… Sin saber muy bien por qué, Leo sacó el reloj de la nevera del hielo y lo echó en la cubeta de los posos del café.
Adriana estaba fumando en la parte de atrás del local cuando Leo la sorprendió – ¡Adriana!
– ¡Joderrr…, qué susto me has dado!
– Pensé que habías dejado de fumar.
– Ya, bueno, estoy en ello, ¿Qué haces aquí fuera, no hay clientes ya?
– Ahí siguen los que estaban, atendidas sus segundas rondas. ¿Te vas ya?
– En un rato, en cuanto venga Andrea, parece que se encuentra mejor, algo del estómago me dijo. Bueno, voy dentro a ver si quieren otra cosa.
Leo se quedó fumando fuera. Los mejicanos también estuvieron anoche, de los otros no se acordaba bien, era posible. Pero si el reloj fuera de alguno de ellos, ya habrían
preguntado por él – pensó -, bueno, salvo que fuera robado o estuviera implicado en algún asunto turbio.
Cuando volvió dentro del local vio que estaban esperando para entrar al lavabo otro de los mejicanos y uno de los estudiantes. Parece que dentro tardaban. No es que los mejicanos le hubiesen caído especialmente bien la noche anterior, en realidad sólo le gustó la propina que le dejaron. Pero los otros no le daban buena espina. Apenas hablaban, y estaba convencido de que en algún momento sacarían un arma o algo y exigirían el reloj. Estaba ya un poco angustiado, y se preguntaba por qué habría tocado el maldito reloj. Si le preguntaban ahora por él no sabría hacerse el loco, no se le daba bien mentir.
Eran ya las ocho de la tarde. Omar tocó la campana desde la cocina que anunciaba la salida de pinchos calientes. En ese momento entró un grupo de unas cinco o seis señoras mayores acaloradas. Leo no sabría discernir si irían a ver una obra de teatro o serían las artistas de alguna. Llamaron al camarero haciendo señas de desvanecimiento todas a la vez y pidieron agua con hielo mientras intentaban descifrar las cartas plastificadas que había en las mesas para pedir algo de comer.
De pronto parecía que el aire acondicionado no tenía fuerza, Leo lo miró y vio que estaba al máximo de potencia. Se acercó al grupo con una bandeja llena de vasos y una jarra de agua con hielo.
Adriana pasaba entre las mesas con una bayeta, recogiendo vasos y servilletas de papel arrugadas con desgana. Volvió a la barra cargada de jarras y platos, encendió el lavaplatos y empezó a recoger la basura. Sacó las bolsas de los cubos – que aún estaban llenos desde la noche anterior -, vació la cubeta de la cafetera, tiró los restos de los envases no reciclables, y cerró dos bolsas grandes para tirarlas al contenedor.
Leo volvió a la barra con el pedido de las señoras, todas querían café, dos solos, un cortado, tres con leche descafeinados… en vaso ancho y con mucho hielo. Sacó el cajetín del café y cuando abrió la cubeta abatible para volcar los posos, vio que estaba vacía.
Vacía, y sin rastro del reloj.
En ese momento se oyó el arranque de un motor. El pequeño camión que recogía la basura durante el día acababa de llevarse lo que fuera que fuese que Adriana hubiese tirado.
Sintió una punzada de rabia al ver cómo el reloj de oro, con el que podría haber dejado ese maldito trabajo, se iba camino del vertedero. Pero ahora no podía decirle nada a Adriana.
Adriana entró en el cuarto de empleados para cambiarse. Andrea ya estaba llegando. Se quedaría sin saber de quién era el dichoso reloj, adónde había ido a parar y desde luego desaparecía la opción, aun remota, de habérselo quedado. Un reloj así le habría aliviado el alquiler de varios meses. Pero ya no podía decirle nada a Leo.
Llega Andrea justo para despedirse de Adriana.
– Chicos, ¿habéis visto un reloj tipo Rolex en algún sitio?
Adriana y Leo palidecieron, se miraron por un segundo, y negaron rotundamente.
– No, no ¿Qué reloj?
– ¿Cómo que un reloj, tipo Rolex dices?
– Era una réplica, y era de mi novio, me lo había prestado porque siempre llego tarde.
Ayer debí dejarlo en algún sitio antes de irme, o quizá se me cayó por la barra… No me di cuenta hasta llegar a casa, estaba muy cansada.
– Pues no, yo no he visto nada, ¿y tú Adriana?
– Pues no, la verdad, vine a abrir y he recogido un poco todo, pero no he visto nada. Ay, qué pena, Andrea, ¡y de tu novio! ¿Pero dices que no era bueno?
– No, no, era una imitación más falsa que un duro de madera, ¿cómo iba a ir si no yo con un reloj así por ahí?
– Pues nada, Andrea, no te disgustes, ya aparecerá.
– Sí, Andrea, ya aparecerá, o si no, te compramos otro.
– Para que llegues puntual.
– Eso, la puntualidad es lo más importante en este local.
– Sí, claro, gracias, tenéis razón…
– Y que te encuentres mejor, claro.
– Eso, que te encuentres mejor y hayas descansado.
– Bueno, voy a cambiarme antes de que me derrita.
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