GALA SUICIDA – JUAN CARLOS LÓPEZ CÁRDENAS
Por Juan Carlos López Cárdenas

A lo lejos, pudo ver unas siluetas que la noche absorbía como la boca de un callejón. Parecían fantasmas, no de esos de sábana blanca sino apariciones con distinto pelaje; del blanco al atigrado, del gris al amarillo. De todos, quizá el menos llamativo era el negro con la salvedad de camuflarse mejor que ninguno. Joaquín solía espiarlos hasta que fue descubierto y se hicieron de humo…
Joaquín los buscaba en descampados, reptaba por la hierba o se escondía en el interior de un arbusto. Todo por acercarse a ellos y darles parte de la merienda o, mejor aún, acariciarlos. No se dejaban engañar por mucha necesidad que tuvieran. Preferían el hambre, la sed, la herida, la cojera, a pasar unos minutos con los humanos.
—No te duermas, Antón. Tenemos que preparar las cosas para el lunes. —avisó Joaquín a su hijo que daba cabezadas en la parte de atrás del coche.
—Lo intento papá. No me quiero dormir. —dijo dando un bostezo—. Estoy casi seguro que podremos ver lobos, linces, búhos y…y ciervos —. Antón abría con todas las ganas sus párpados porque una luna gigante iluminaba lo que había más allá de la autovía. Sin duda, una oportunidad se presentaba: desentrañar lo que ocultaban las arboledas.
Joaquín miraba de reojo a su hijo por el espejo del parabrisas, y se vio así mismo con 12 años comiéndose el mundo incluso a punto de dormirse. Retornó a esa edad de nuevo con preguntas que se hacía entonces: ¿Por qué era tan difícil acercarse a ellos? ¿Por qué aparecían ahorcados como el Judas traidor? ¿Por qué llenaban las perreras? ¿Por qué ese sadismo lanzándolos a pozos…? ¿Por qué…?
Aunque tuviera que usar gafas de vista cansada y tintadas para que no le deslumbrase el tráfico, no le pesaba conducir de noche. La calma con unas dosis de ensoñación le hizo creer que hasta las estrellas bajaron al asfalto para brillar con más fuerza. Se despejó bajando la ventanilla y ahí seguían las decenas de estrellas, tan reales que se aproximaban a toda velocidad hacia los conductores. Joaquín agarró fuerte sus manos al volante y estiró todo lo que pudo su espalda al asiento.
El impacto fue como pasar de una fotografía a otra sin más. De ver esos destellos en el horizonte a tenerlos encima, sin que sus reflejos le sirvieran de nada.
—¡PAPA, SON MOGOLLÓN DE GALGOS QUE VIENEN A POR NOSOTROS! —gritó Antón que se incorporó desde su asiento.
Pegó sus ojos en las distintas lunas del coche y vio como una tremenda jauría se dejó tragar por los utilitarios, las furgonetas, los camiones… Su padre se esforzó por mantener controlado el coche; en otro contexto circularía sobre guijarros o baches, ahora las ruedas pasaban sin piedad sobre perros y los que no, se golpeaban con la carrocería. Algunos de ellos volaron por el aire, otros muchos galopaban y desaparecían nada más tener delante un camión. Subió la ventanilla porque no quiso escuchar sus chillidos de navaja. Antón se tapó los oídos, cerró los ojos… Un terremoto, un vaivén de una atracción de feria, cualquier símil que lo alejara de la agitación del coche.
Las luces de emergencia, las frenadas, el punto muerto, el freno de mano y apagar el motor fue la estrategia que siguieron muchos conductores, aunque la mayoría siguió su ruta dejando todo atrás. El chico jamás tuvo tanto miedo, aun así, hubo espacio dentro de él para sentirse orgulloso de su padre: él había decidido parar.
—PAPÁ ¿POR QUÉ HAN HECHO ESTO? —preguntó Antón desconcertado.
—¡NO LO SÉ!¡NO SALGAS DEL COCHE! —ordenó Joaquín.
Desobedeció.
La noche de Luna resplandeciente, azulada, hacía un contraste terrible con el color rojo vivo de la sangre y de las vísceras. Por un lado, la poesía del cielo frente al terror del suelo. Algunos adultos rápidamente buscaron supervivientes, otros que el tráfico continuase atascado un poco más. Se decepcionaron al no hallar ni el más mínimo jadeo o corazón latiente.
Los claxon expresaron las prisas y tuvieron que correr en cargar los perros menos destrozados, depositándolos en la cuneta componiendo algo grotesco: una alfombra de presas muertas.
Intentaron alinear sus extremidades para dar la impresión que sólo estaban dormidos.
La Guardia Civil con su remolino de luces se haría cargo de la situación. Los testigos perdieron sus fuerzas, tuvieron que sentarse en el asfalto, llorar negando con la cabeza, respiraciones descontroladas… Sabían que no podrían olvidarlo. Joaquín borró sus lágrimas con el puño de su
camisa y fue hacia su coche desorientado, tambaleándose… Estaba vacío.
—Ay Dios mío…¡ANTÓN, ANTÓN. NO VEO A MI HIJO…!
Nada más irse Joaquín, el hijo intentó seguirlo, pero le faltó coraje. Una cosa era ver el terror en movimiento, a mil revoluciones y otra, tener las imágenes congeladas. Por supuesto, quería ayudar, pero solo con pensarlo le sobrevino una náusea. Se agarró al quitamiedos, sintió un sudor frío y llegaron más arcadas.
Respiró hondo, logró asentar su estómago y un movimiento de aire trajo consigo unos sollozos como un eco débil. Prestó atención: sonaban fugaces, disimulados y no lejos de él. Se armó de valor, saltó el quitamiedos y se adentró en la arboleda azulada.
A su paso, numerosas ratas se apartaron de un hueco del páramo. De allí provenía el sonido. Se acercó más y un par de ratas huyeron dando saltos cuando él lanzó un grito. Cogió una piedra por si hubiera más dispuestas a atacarle. Los roedores querían comerse a la única superviviente. Nada más ver a Antón, se puso nerviosa y empezó a jadear con fuerza. Tenía una pata rota y se empeñó en querer huir, seguramente para morir en paz.
—¡PAPAAAAA, PAPAAAAA…AQUÍ…AQUÍ…AYÚDAME…!
—¡HIJO, YA TE VEO…!
No hubo voluntad de querer morderlo cuando la levantó. La tumbó en la parte de atrás del coche junto a su hijo que no dejó de abrazarla y susurrarle que no muriera. Joaquín, pisó el acelerador del que tiene la certeza de saber dónde tiene que ir.
—Papá, está cerrando los ojos… ¿Por qué han hecho esto?
—Hijo, se está durmiendo. La comodidad y el ruido del motor los duerme. Lo he visto muchas veces. Ellos suelen dormir en el suelo…No te asustes. Es la primera vez en mi vida que he visto algo así. Creo que están hartos de pasar hambre y de vagar de un lado para otro.
Llegaron a una clínica de 24 horas y se inició la verdadera batalla. La primera exploración habló de lo que había sido su vida: Tenía 8 años, de 20 kilos que debía pesar, no llegaba a 13. Le limaron los dientes para no desgarrar a la presa capturada. Tenía el rabo partido y mal soldado,
le detectaron un soplo en el corazón del sobre esfuerzo en las carreras, varias costillas rotas. Y lo último, chip arrancado a golpe de navaja, heridas de perdigones, de saltar alambradas de espino o de luchar entre compañeros por un mendrugo de pan completaba su biografía.
El veterinario advirtió que no se hicieran demasiadas ilusiones, aunque también señaló que los galgos tienen una fuerza sobrenatural. No podía operarla por lo débil que se encontraba (con un dedo podía derribarla). Así que inmovilizó su pata con vendajes y una férula. La anestesia la mataría, así como cualquier medicación. Lo primero de todo era fortalecerla con sueros, proteínas y algún químico para bajarle la fiebre. Había que esperar su respuesta.
Y añadió: “Aun escapando o siendo liberados a su suerte, estos perros temen ser atrapados y regresar al calvario, no ya del cazador, sino de las perreras. Huyen sin rumbo, lejos de las poblaciones y sin alimento llegan a su límite. Es entonces cuando se lanzan a una última carrera. Tras el fin de la temporada de caza, se producen numerosos casos de las carreras suicidas. Aquí han llegado unos cuantos en varios años.”
Resistió. Tras una semana en la clínica pudieron llevarla a casa. Se escondió debajo de la cama en la habitación última del piso y su rostro no se separaba de mirar la pared. Mal asunto, cuando los perros hacen eso lo único que esperan es su final. “Haz todo lo posible para que coma, Antón”, “Es la única manera para traerla a la vida. Hay que sacarla de ese purgatorio”. Sobrevivió. La recuperación psicológica tardó años y nunca llegó a sanar del todo. Los tres primeros meses nunca los miró a la cara, fue al sexto mes cuando los recibió en la puerta. Pasó de ocultarse debajo de la cama a estar encima. Un año hubo que esperar para que moviera su colita. Cuando descubrió lo que eran las caricias, nunca dejó que una mano estuviera en reposo.
Sentía pánico en el exterior por todo. Rabo entre las patas y sin dejar de temblar. Ni hombres, ni mujeres, ni niños podían acercarse. No era receptiva con nada. Dejaba su mirada perdida y a soportar el momento. No le llamaba la atención otros perros, ningún olor la sacaba de su estado. La aceptamos así y adaptamos los paseos a la más absoluta soledad. Ahí apareció una perrita feliz que saltaba, daba ladridos, correteaba y siempre volvía para caminar juntos viendo la luna gigante o el amanecer más hermoso.
La llamaron Gala.
RELATO DEL TALLER DE:
Taller de Escritura CreativaDeja una respuesta
Esta entrada tiene un comentario
Otros relatos
Ver todosRUMBO Y FE HACIA EL ARREBOL – MARÍA BELÉN MORÁN LLEDO
MARÍA BELÉN MORÁN LLEDO
14/01/2026









TRISTE PERO HERMOSO.