LA CHICA SIN NOMBRE – MARIA DEL PILAR TORRIJOS

Por MARIA DEL PILAR TORRIJOS

— Por favor, ¿me conoces?, ¿Quién soy?, ¿sabes mi nombre?
Tuve que mirar al frente para comprobar bien lo que escuchaba, se trataba de una joven, que miraba con unos ojos cansados, rojos, llenos de dolor, suplicándome alguna respuesta. Yo salía del metro como cada mañana, en pleno centro de Madrid, para dirigirme a mi trabajo. Nunca había visto a esta chica, ni sabía que decirle.
Era una chica alta, encorvada, parecía hundir sus hombros para disimular los dientes que le faltaban. con un aspecto muy descuidado, con un pelo muy fino, recogido en un moño casi despeinado. No sabía si se trataba de una broma de mal gusto, una cámara oculta, o que estaba pasando …
—Pero, ¿Cómo no vas a saber quién eres? ¡no me tomes el pelo! Contesté algo molesta, porque cada vez se acercaba más a mí, rogándome una respuesta que yo no tenía.
—Te prometo que no lo sé, llevo tiempo sin saberlo. Solo quiero que me ayudes. No se mi nombre, vivo sin rumbo…
—No te conozco, es la primera vez que te veo por aquí. ¿Cómo puedo ayudarte?
La chica en ese momento empezó a llorar, era un llanto sin tregua, cada vez más a la deriva. Se me ocurrió invitarla a un café. Ella no quiso ni siquiera acceder a la cafetería que estaba al lado, por lo que opté en pasar, lo pedí y se lo ofrecí. Cogió el café con sus manos temblorosas y castigadas con heridas, y con un tono de voz bajo, me explicó que su casa era la calle, y que el consumo de drogas ocupaba todo su tiempo.
—¿Tienes familia?
—No lo sé. Nadie me conoce, nadie me habla, y creo que hoy es el día que más estoy conversando con alguien. Solo tengo algunos compañeros que viven como yo, aquí en la calle, solo nos juntamos para ir “a pillar “y poco más.
—¿Y esos compañeros tuyos como te llaman?
—Ellos me dicen “Chica”. Y así se dirigen a mí, sin más. No recuerdo nada de mi pasado, no sé ni cuál es mi nombre, ni como habré llegado hasta aquí.
Todos los días son iguales, me mantengo viva que no es poco. Estoy segura que alguien me echará de menos en algún momento, me buscará, y yo estaré aquí esperando. Ese día mi vida de nuevo tendrá sentido.
—Ojalá que sí, respondí.
Me despedí de ella, le comenté que al día siguiente la invitaría a desayunar si me esperaba en la salida del metro. No pude dejar de pensar en la chica, en el frio que pasaría, me imaginé todo lo que estaría pasando en la calle, y tenía que ayudarla.
Al día siguiente, al salir del metro… ¡la chica sin nombre no estaba!
Lloré de rabia al ver que no llegaba, pensé que podía haberle pasado algo, pero yo tenía que irme para empezar mi jornada laboral en la academia de estudios y de baile, donde llevaba trabajando un par de meses.
En la academia había muchos alumnos jóvenes y algunos eran del barrio, por lo que comencé a preguntar por si alguien la conocía. Un chico, José, acudía a diario a informática, vivía muy cerca de la academia, y sí que me habló que había una chica joven que estaba viviendo en la calle, que era consumidora de heroína, y que cuando estaba con el síndrome de abstinencia o “el mono”, no
recordaba ni su nombre. Pensé que podía ser ella. Me quedé algo más tranquila pensando que la chica seguiría por el barrio, y yo la iría a buscar en cuanto acabase mi jornada a mediodía.
Cuando ya eran las 2 de mediodía, estaba a punto de a salir, cuando mi compañera Alba, llegaba para empezar su turno de limpieza, ella estaba viuda y se había puesto a trabajar para no sentirse tan sola. Sabía que ella me iba a acompañar y me ayudaría en mi propósito de encontrarla.
Le conté lo que me había pasado, noté que, su rostro empezaba a palidecer y le costaba articular palabra, me pidió un vaso de agua, se sentó y me contó:
—Jana, dime por favor ¿Dónde estaba? creo que puede ser mi hija.
—La vi en la puerta del metro de Banco de España, ¿pero porque crees que podría ser tu hija? ¿Alba, tú tienes una hija? ¡No comprendo nada!
—Si Jana, me contestó, tengo una hija, que lleva el mismo nombre que yo, no la veo hace años, ella adoraba este barrio. Vivíamos muy cerca de la academia, y cada vez que pasábamos por la puerta se paraba diciendo que algún día ella podría dar clase de baile aquí. Le encantaba bailar, iba al colegio, con el pelo recogido con un moño de bailarina, todos los días. Pero en la adolescencia mi hija cambió: se olvidó de sus sueños, dejó de acudir a sus clases de instituto, comenzó a relacionarse con gente algo mayor que ella, pasaba mucho tiempo en la calle, hasta que empezó a consumir distintas drogas que la fueron alejando de todo hasta de su identidad. Se había metido en una espiral de consumo de drogas, de centros de rehabilitación, de recaídas, de vivir en la calle, de volver a casa… un día, en una discusión, pegó un portazo y gritó que no volvería jamás, que yo como madre ya había muerto para ella. Y nunca más hubo noticias, ni volvió a casa, ni llamó, ni escribió. La perdí para siempre cuando ella solo tenía 18 años.
—No te imaginas Jana como es vivir cada día sin saber su paradero, si vive o si no, si algún día volveremos a encontrarnos, o no.
—Debe ser terrible Alba, ¿Y nunca volviste a saber nada de ella?
—La busqué, acudí incluso a la policía: hace 2 años me dijeron que podía estar en Mallorca, me dieron un número de teléfono, al que llamé sin parar cada día, pero nadie respondía. Viajé, incluso hasta allí, con una foto de ella, nadie me daba ninguna pista, la policía tampoco pudo darme más respuestas. Al cabo de varios meses tuve que volver a Madrid, desesperada, sin saber nada de su
paradero.
—No conocía nada de tu sufrimiento Alba, ni me imaginé que tenías una hija desaparecida. Vamos a buscarla, ojalá sea ella. Hay que encontrarla.
Nos disponíamos a cerrar rápidamente, en ese justo momento, en la puerta vimos a la chica, estaba inmóvil, mirando por los cristales de la academia, mi compañera salió corriendo a la calle:
— ¡Eres Alba, hija mía, soy tu madre! ¿Dónde has estado todo este tiempo? !Hija!, ¿no me reconoces?
La chica sin nombre se desplomó en el suelo. Enseguida llamé a una ambulancia. Mi compañera la recogió en un abrazo con una ternura de madre infinita. La chica había encontrado su refugio más seguro. Alba había vuelto para quedarse.
Fui a visitarla al Hospital durante varios meses. Su madre me iba informando de su lenta recuperación. Poco a poco Alba fue siendo consciente de su situación, de su mala experiencia con las drogas, y fue capaz de relatar lo duro que fue vivir en la calle. El instinto de supervivencia, había borrado toda su vida anterior, Alba se quedó sin recuerdos: no recordaba de donde venía, ni quien
era su familia, olvidó sus sueños y su identidad.
Cada mañana seguí cogiendo el metro para acudir a la academia, me encantaba contemplar, al salir, todos los edificios llenos de encanto y de grandeza. Pero lo que más me gustaba, era saber que la chica sin nombre ya no estaba perdida, que Alba ya estaba a salvo.
Y que en cualquier momento me avisaría su madre para darme la buena noticia: ¡Alba, ya ha recuperado la memoria! ¡Ella ya sabe quién es!
FIN
A todas las chicas jóvenes que, en algún momento, perdieron el timón de sus vidas.

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