LA MADRASTRA – María Fernanda Martínez

Por María Fernanda Martínez

Cuántas veces creemos que llevamos las riendas de nuestra vida e incluso que las hemos llevado en algún momento. Pero las pasiones, los accidentes, la imaginación y otras circunstancias acaban con esas creencias, o más bien, acaban colocándolas en su sitio. La realidad se impone, y cuando han pasado los años, te das cuenta de que estás en los 50, de que tu juventud se ha agotado, y de que has dedicado los mejores años a criar a los hijos de otras personas.
Esto ocurre con las madrastras, pobres encogidas de corazón, que sin ser madres y sin dejar de serlo, nos vimos metidas en una aventura que, desde luego, no habíamos deseado de pequeñas (a nadie conozco que dijera: “de mayor quiero ser madrastra”).
Y, dentro del amplio abanico de variedades, como en todo, las hay peores y mejores, aunque creo que he conocido el peor de todos los casos posibles.
Hablo de mi propia experiencia, que en plena juventud me enamoré de un hombre casado y con tres hijos que me aseguró durante tres años que sólo iban a estar con nosotros un fin de semana de cada dos y, de repente y sin aviso previo, pidió custodia compartida. Fue como caer en una broma. O en una trampa. O, mejor dicho, en una emboscada, porque mi actual marido me persiguió y cortejó durante tres años, a pesar de estar casado y tener 2 hijos, y otro más cuando consiguió que me enamorase de él.
¿Recordáis aquel libro de Milan Kundera titulado La Broma? Así me he sentido yo, como el infeliz protagonista que expresa una opinión en un momento incorrecto y se vuelve contra él, y las consecuencias de esa chanza le persiguen el resto de su vida… sin él saberlo, sin poderse escapar a su destino, unido a él por la fatalidad… o por el amor.
Como decía, mi marido, al que conocí de casualidad en un trabajo, me sedujo durante tres años. Una vez cedí al amor, incauta de mí, le escuché durante tres años más que sus hijos iban a venir un fin de semana de cada dos, que los íbamos a ver muy poco, que sólo dos días de cada 15, únicamente 4 días al mes… Hasta que llegó el momento del juicio por divorcio y Valentín, auspiciado por su psicólogo y por sus propios remordimientos de conciencia, pidió la custodia compartida.
Le concedieron un régimen de visitas bastante amplio, con fines de semana alternos y dos días entre semana, lo que se habría convertido en una custodia compartida si no llega a ser porque los días de visita no se quedaban a dormir… y porque les pasaba una cuantiosísima cantidad de dinero.
Así que, para estar más cerca de ellos, hicimos algo que jamás pensé que haría, o lo que es peor, que había repetido mil veces que nunca iba a hacer: irnos a vivir al extrarradio de Madrid, y de esta forma mi maridito (y sus niños) no empleaban tanto tiempo en los desplazamientos. Así que ahí me vi yo, con 33 años, con un hombre recién divorciado (otra cosa que dije que nunca iba a hacer; estar con un hombre separado y con niños), con tres hijos a tiempo parcial y arruinados por el divorcio. Y arruinada, porque a mí me echaron del trabajo. Toda una papeleta.
En la nueva residencia, donde tenía que ir en coche a todas partes, me dedicaba a poner en marcha mi negocio, la fisioterapia. Así que intentaba abrirme camino, pero como era autónoma y tenía la consulta en casa, pues me quedaba con los hijos de mi marido cuando él no podía atenderlos. Yo era una entusiasta de los niños, me encantaban, me volcaba con ellos, jugábamos juntos, les sacaba de excursión… años aparentemente gozosos de despliegue de generosidad, sabiduría y experiencia para hacer crecer a esos niños felices.
La fuerza de nuestro amor nos hizo tirar para adelante y esconder bajo la alfombra los sentimientos contrapuestos. Éramos felices con lo que teníamos, disfrutábamos de estar juntos y de avanzar con los niños, de superar las dificultades y las críticas de la familia de ella (la ex), la de él (que nos ignoró durante años) y de algunos amigos.
Separarse con tres hijos tan pequeños había sido muy impactante para todos, y allí nadie estaba preparado para aceptarlo.
Ni siquiera yo misma. Tuve que ir al psicólogo por eso de ‘los hombres que abandonan a las mujeres’, trauma familiar muy arraigado en mi psique y que también tuvo su peso en este vodevil. Y cargué con tres churumbeles, día sí, día no; fin de semana sí, fin de semana no, para apoyar a mi marido a desarrollar su paternidad. Cuando llegó el primer verano, me dije: “¡Qué bien!, ¡vacaciones!”. Pero también me equivoqué. Iban a venir quincena sí, quincena no, y mi marido sólo tenía un mes de descanso. Como tampoco teníamos dinero, adivinad quién se volvió a hacer cargo de los tortolitos: Yo misma.
Cuatro años más tarde llegó nuestro bebé. Del hospital a casa, con la cesárea puesta, madre primeriza. Y allí estaban los niños, mis hijastros. Unos niños que me quitaban la paz en mi casa, recién llegada, y que se llevaban la atención y los cuidados de mi marido. Pero no importaba, yo estaba dispuesta a ceder todo por amor y para que esos niños no sufriesen, y me imaginaba, mientras daba de mamar al bebé, una burbuja a mi alrededor que me separaba del resto del salón, donde reinaba el caos y el desorden. Aunque nada podría contra mí, mi seguridad, mi fuerza, mi alegría y mis
ganas de complacer. O eso pensaba yo…
Ay, queridas madres, lo sabéis mejor que nadie… la maternidad no es del color de rosa que nos hablan… las hormonas se disparan, te vuelves vulnerable, echas de menos una tribu; tu marido, si se entera de cuál es su papel, raro es que lo ponga en marcha, como en mi caso, con el tropel de niños que tenía que cuidar él ya… Al cabo de año y medio, y después de una mudanza, le dije que se ocupase él de sus hijos, que daban mucho que hacer y que yo ya tenía suficiente con hacerme cargo yo sola del bebé; no podía además estar apoyándolo en su loco ir y venir con sus hijos día sí, día no… Y fijaos si estaría desconectado de la realidad que llegó a decirme: -“Pero… ¡si mis hijos no manchan!”- …en fin…
A esto se le suma todo lo que hay que hacer y pensar cuando convives con niños.
Aunque no sean tuyos, tienes que preparar muchas cosas; los niños necesitan atención, materiales, juguetes, ropa, ropa de cama… y en el día a día, simplemente, despejar el salón para que puedan jugar; la mesa, para que puedan cenar, la cocina, para hacer la comida… es decir, habilitar el espacio y el tiempo para esté disponible para ellos la mitad de tiempo… y para que mi marido desarrollase su paternidad.
A esas alturas, ya estaba convencida del gran error que había cometido. Cuando se iban, dejaban la mesa sin quitar. Y la cocina, sin recoger. El salón, sin ordenar… cada vez que se iban, y era un día de cada dos, soñaba con la feliz idea de que no volvieran.
Me esforzaba en imaginar cómo sería una vida sin ellos, sin los niños que truncaron mi proyecto vital.
Sólo tenía que irme de casa y renunciar a este modo de vida pero, ¿adónde iba a ir en paro y con un bebé? Era madre, madrastra, menopáusica, parada y exiliada. Y me decía: “En algún momento recogeré los frutos de tanto esfuerzo, tanta dedicación y tanta renuncia”. Pues he aquí un ejemplo de las calabazas que recibí: el mayor de los tres, con 14 años, llegó un día al colegio y tocó en un teclado el Himno de la Alegría, que se lo había enseñado yo.
-Nacho, qué bien tocas, ¿dónde lo has aprendido? –le preguntó su profesor.
-Me lo han enseñado en casa- respondió.
Casi me muero. “¿Me lo han enseñado en casa?”. Nadie me ponía nombre. Matilde, la novia de papá, de la que no se puede hablar, la que no tiene nombre, la innominada.
Queridas madrastras, si ser madre está muy poco valorado en esta sociedad, ser madrastra es todavía peor: es el rol más denostado. Cargas con todo lo anterior más el señalamiento de la sociedad, de las familias, de los amigos… estás en el punto de mira de todos: eres la nueva y a ver cómo lo haces. Eso, como poco, que también pueden pensar que te has metido ahí y nadie te ha mandado y ahora pues carga con ello y tú sabías dónde te metías. O también se pueden preguntar: “Ese tipo de persona que se va con un hombre con tres hijos, ¿qué clase de mujer es?”, como planteaba su familia una y otra vez.
Y… ¿qué clase de mujer soy? Comencé a dudar. ¿Qué he hecho con mi vida? ¿Dónde se ha quedado mi carrera profesional? ¿Y todos los viajes alrededor del mundo que quería hacer? ¿Qué giro del destino me había hecho acabar en un pueblo dormitorio de Madrid criando niños?
Una tarde me quedé con el bebé en casa. Valentín se fue a llevar a sus hijos a la casa de la madre, a tres cuartos de hora en coche. No llegó al pueblo. El despiste, la niebla mental le sobrevinieron de forma repentina. No hubo sospecha, ni autopsia. “Cuatro miembros de una familia mueren en un accidente en la M-505”, tituló el periódico local. Se me hizo un nudo en la garganta. Mi vida de renuncia por fin se había acabado.
Entendí a todas las madrastras de Walt Disney, a las que pintan de malas, al lado débil del sistema.
El cianuro no deja rastro, me había dicho el propio Valentín años atrás, cuando pensaba en deshacerse de su ex. Sesión tras sesión, cena tras cena. Las dosis que ingirió eran tan mínimas, que sus efectos fueron apareciendo como una laguna que aflora, por defecto, poco a poco y de manera imperceptible.

RELATO DEL TALLER DE:
Taller de Escritura Creativa

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  1. Para Carmen: Cerebro que sigas tan activa. Recuerdo con agrado los ratos en Madrid contigo, Carol Prunnhiber , Jacobo , la de Suhtkamp, etc. Yo comparto el tiempo entre la bella Tunings y mi finca La Manchita, entre La Mancha y la Manchuela, con más de 1000 árboles plantados por mi. Me gustaría poder enviarte información sobre mis actividades a nivel global. Un abrazo y mucha felicidad. Rafael Sevilla

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