RELATO DE UN ADIÓS – MARÍA ALIFA DE LA O
Por MARIA ALIFA DE LA O

Se acabó.
Susana lo sabe por el timbre de voz que ha empleado Luis al llamarla. Hay urgencia en la manera en la que insiste para quedar aquella tarde, pero también algo más. Algo que suena a final, a lágrimas y también (oh, Dios mío…) a culpa.
-Susana- la voz de Luis tiembla al otro lado de la línea. Susana, acaba de decir. No cariño ni mi amor. Simplemente su nombre, como nunca lo ha pronunciado antes en el tiempo que llevan juntos.
-Dime- responde ella con cierta solemnidad.
Silencio. Susana percibe el esfuerzo que está haciendo Luis por encontrar las palabras adecuadas. Pero, ¿hay palabras adecuadas en un adiós? Ella lo duda mucho. Susana esto se ha acabado, lo nuestro ha muerto. Así de sencillo. Venga, Luis, dilo de una vez.
-¿Nos vemos esta tarde a las cinco, en el pub irlandés?- dice finalmente.
Ella traga saliva y sus dedos se aferran al móvil con fuerza.
-Claro- procura sonar despreocupada, pero no lo consigue.
-Está bien. Allí nos vemos. Adiós.
-Adiós- murmura Susana muy bajito, con la mirada fija en ninguna parte.
Pocas horas más tarde, está sentada en el pub irlandés. Se ha maquillado a conciencia y se ha puesto su falda más bonita. Mira a su alrededor. Aquel pub es el mismo al que han acudido cada viernes después del trabajo, desde esa tarde de invierno en la que la casualidad los unió. Susana no puede evitar pensar que parece haber pasado toda una vida desde entonces, pero no es verdad. Solo han transcurrido cinco años.
Juguetea distraídamente con una servilleta donde aparece la bandera irlandesa. La dobla y desdobla como quisiera hacerlo con su vida. Ojalá fuera tan sencillo. De manera inconsciente, deja que sus pensamientos vuelvan al invierno de 2019.
En aquel pub se encuentran un día cualquiera de enero, y en aquel pub se enamoran; tan rápido que a los dos los pilla desprevenidos y, precisamente por eso, viven un amor libre y sin prejuicios. Allí nacen sus primeros besos furtivos, con una banda sonora propia a base de música folk y pop irlandés.
Susana sonríe con nostalgia y vuelve a desdoblar la servilleta, que parece a punto de no sobrevivir a un nuevo doblez. Aquellos años han sido los mejores de su vida, reconoce, y se ríe de sí misma porque sus pensamientos parecen sacados de una novela cursi o de una de esas pelis de amor que tanto le gustan. Años de pasión y deseo. Años en los que el inicio de su relación se pone a prueba, casi como un capricho del destino, mediante un confinamiento en el que se asombran de la fragilidad de la vida y después del cual Luis le pregunta si quiere seguir confinada con él para siempre. Cinco años en los que juntos lloran las desgracias del otro, como cuando Susana pierde a su madre o como cuando Luis sufre un accidente de moto y está seis meses convaleciente. El apoyo incondicional, la confianza, el respeto y la pasión son la base de una relación que Susana cree casi perfecta.
Pero luego Luis empieza a cambiar. Susana no sabe decir en qué momento ocurre, tal vez porque se trata de una transformación lenta y paulatina, aunque implacable como el tiempo que pasa sin pedir permiso. Hace poco más de un año que Luis comienza a quedarse hasta tarde en el trabajo. Avisa de manera precipitada, casi imperativa, y se molesta si ella pregunta el por qué. Más tarde, llegan las pernoctas por motivos igualmente laborales, en Bilbao, Málaga o Barcelona, durante las cuales apenas
puede comunicarse con él. El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura. Susana llega a detestar aquellas palabras.
Las visitas diarias al gimnasio y una estricta dieta se vuelven rutina indispensable en la vida de su marido. Él, que ha renegado siempre de cualquier tipo de actividad física y se mofa de los runners que pasan por su casa los domingos por la mañana, ahora se compra ropa ajustada y camisetas sin mangas, que marcan sus recién estrenados bíceps.
Por último, a la puerta de Susana y Luis llama la temida, pero dolorosamente real, indiferencia. En el pasado, ambos suele hacer alarde de una pasión cómplice, en la que no pasan dos días sin que se sumen en una comunión perfecta de deseo, amor y lujuria. Pero aquello también muere, como muertas están ya las conversaciones a medianoche y las confidencias de pareja.
Susana piensa en todo eso mientras se desquita con la ajada servilleta. Se da cuenta de que aquellos pensamientos solo logran torturarla más. El problema es que la mente humana tiene algo de retorcido y se recrea a veces en su propio dolor, con lo cual vuelve a mirar en torno suya, fijándose en cada detalle del pub, como si también tuviera que despedirse de él. Scott, el irlandés que lo regenta, la saluda con la mano alegremente. La conoce bien. ¿Cómo no va a conocerla? Si aquel lugar es testigo mudo de sus encuentros amorosos, de cómo pasan de ser amigos a amantes. Testigo de sus primeras risas, miedos y dichas, riñas y reconciliaciones. Y ahora, Luis vuelve a escogerlo como escenario para la que, a todas luces, es su última cita. Se estremece solo de pensarlo. Ella le quiere, maldita sea. Lo ha dado todo por él.
Suspira amargamente y se permite un nuevo pensamiento que sabe de antemano que no le hace bien. Piensa en aquella última noche de amor, hace apenas dos meses. Sumida en la desesperación ante una nueva partida de Luis, Susana le suplica un poco más de aquel cariño que tanto extraña. Él se lo concede. Quizás por los vestigios de un amor que se niega a quedar relegado al olvido. O quizás, y aquello es lo que más duele, por compasión. Susana lo sabe. Mientras tiembla de placer en sus brazos por última vez, sabe que sobre todo es por compasión. Pero no le importa y se deja llevar de tal modo que sus sentidos se niegan a reconocer el perfume de otra persona, que subyace en la piel de Luis, y que parece burlarse de ella. Sus manos ignoran el roce de otras manos que ya han acariciado el cuerpo de su marido y sus labios obvian que otros se han posado allí mismo, tan solo unas horas antes que los suyos.
En mitad de esas evocaciones se encuentra Susana cuando Luis irrumpe en el local. Ella levanta la cabeza sobresaltada, molesta por tener que volver al presente y enfrentarse a la realidad. Su marido saluda con un good evening a Scott y una maraña de sentimientos encontrados pugnan por salir de su pecho, formándole un nudo en el estómago.
Joder, Luis está arrebatadoramente guapo, con una camisa blanca de cuello mao y unos vaqueros azul claro. Su pelo ondulado y castaño aparece algo revuelto (No, Susana, no elucubres sobre por qué puede estar despeinado) y sus ojos verdes se posan en ella, oscureciéndose ligeramente al verla. Toma asiento frente a la que todavía es su mujer. Frente a ella, no a su lado. La distancia física entre ambos es tan significativa que araña por dentro.
Se miran.
Susana esboza una tímida sonrisa, y él saca su mano derecha del bolsillo para acercarse a la suya, que por fin ha dejado la maltrecha servilleta a un lado. Luis acaricia sus dedos con delicadeza. Susana le deja hacer.
Scott, que está fregando los vasos y piensa que aquella es una cita más de las muchas que ha presenciado, cambia la playlist de su portátil. Por el hilo musical
comienza a sonar la legendaria banda formada por sus compatriotas, que tiñen la atmósfera de nostalgia ante los primeros acordes de la mítica “Whith or whithout you”. El sonido de las conversaciones fluidas de los demás clientes, el aroma a cerveza irlandesa, las risas despreocupadas de unas chicas universitarias que brindan felices ante el que parece ser un inicio de verano inolvidable…..todo hace recordar a Susana que, pese a su dolor, la vida va a continuar y que a nadie le importa una mierda que su relación se vaya al carajo.
Luis, mientras tanto, no deja de mirarla con expresión tierna y delicada. En sus ojos, Susana lo ve. Ve la compasión, la pena que le consume por dentro pese a que es él el que deja. Ve la culpa…..sobre todo la culpa. Ella también le mira y es entonces cuando sus ojos se dan cuenta de un detalle minúsculo, casi imperceptible, que solo quién se sabe el segundo plato es capaz de detectar.
Sin dejar de mostrar, muy a su pesar, aquella sonrisa pintada, aparta la mano que Luis estaba acariciando y la alarga hacia su rostro para, con el dedo pulgar, borrarle un poco del carmín rojo que se le ha quedado en la comisura de los labios. Lo hace muy despacio, y él se da cuenta de ello.
Susana no usa pintalabios rojo.
Luis tiene al menos la decencia de bajar los párpados, avergonzado. Pero al poco vuelve a alzarlos y se encoge de hombros, negando suavemente con la cabeza y apretando los labios. Ya no hay nada más que ocultar. El engaño se ha confirmado y no tiene sentido seguir negándolo. Y las malditas palabras que siguen dormidas, resistiéndose a verbalizar aquella traición.
Lo siento, Susana, lo siento mucho, confiesan, en cambio, los ojos verdes de él.
No te preocupes, estoy bien, mienten los oscuros de ella, que empiezan a anegarse en lágrimas.
Sabes que te he querido con toda mi alma.
Lo sé. Y yo a ti.
Luis se levanta despacio y se coloca de pie, a su lado, apartándole un mechón de pelo. Susana a su vez se lleva una mano a la ligera curva que forma su vientre, gesto que pasa desapercibido para el padre que no sabe que va a serlo. Pero no será ella la que lo retenga a su lado contra su voluntad. Le quiere tanto que no quiere alejarle de la felicidad que ha encontrado en otra parte.
Alza el rostro para mirarle y le sorprende la naturalidad con la que Luis se inclina para besarla. Es un beso muy suave, apenas un ligero roce de labios, que a Susana le sabe a final. Una vez leyó en algún sitio que el beso más difícil no es el primero, sino el último. Ahora lo entiende. Vaya si lo entiende. Que se lo digan a su corazón, que en ese momento pierde latidos de vida.
Luis vuelve a incorporarse y la mira una vez más con tristeza (no, tristeza no, con compasión, lástima…..con culpa, mucha culpa…..)
Ella suspira. No puede hacer otra cosa.
Adiós, Susana, dicen los ojos verdes.
Adiós, Luis, responden los oscuros.
No ha hecho falta hablar.
Susana le ve desaparecer a través de los cristales del local, cruzar la calle y perderse tras los edificios grises de Madrid. Se ha quedado sola, y abatida vuelve a acariciar su vientre. Qué triste todo, piensa. Qué pena haber terminado así.
La tarde está muriendo, envuelta entre jirones de bruma.
Ella también, ahogada en su propia amargura.
RELATO DEL TALLER DE:
Taller de Escritura CreativaOtros relatos
Ver todosRUMBO Y FE HACIA EL ARREBOL – MARÍA BELÉN MORÁN LLEDO
MARÍA BELÉN MORÁN LLEDO
14/01/2026








