SOTANA – Manuel Hurtado Juarez

Por Manuel Hurtado Juarez

El cura yacía sin vida al lado del confesionario, Paco fue el primer policía en llegar, enseguida se puso unos guantes de látex para no dejar huellas, encendió las luces de la iglesia que dejaron ver el puñal clavado en el costado izquierdo del sacerdote, era el tercer asesinado en los dos últimos meses.

Ana, su compañera, entró con otros policías, les indicó que dejaran trabajar a Paco: “es el mejor en estos casos”, todos asintieron.

Paco es muy meticuloso en su trabajo, no deja nada por detallar ni fotografiar, Ana lo observaba con admiración, él se movía con gran agilidad y eso que ya pasaba de los cincuenta, se incorporó y se acercó a Ana, ella era su compañera desde hacía unos meses y se había establecido entre los dos una gran relación.

“El homicidio tiene el mismo patrón que los anteriores, no hay huellas, todo perfectamente ejecutado, salgamos de aquí, quiero hacer el informe para entregarlo mañana en la comisaría”.

 

Así lo hizo, a la mañana siguiente la reunión en el despacho del comisario estuvo muy tensa, no se explicaba que en una ciudad tan pequeña, no existieran pistas algunas sobre los hechos acaecidos.

 

Estaban teniendo presiones por no tener indicios de quién podía estar detrás de ello, todos los informativos del país abrían con los crímenes de los curas, los habían denominado como los asesinatos de la Sotana, porque todos ellos la vestían al momento de su muerte.

Paco, se reunió con Ana y pusieron en una pizarra toda la información que tenían sobre las víctimas,

Ana tomó la palabra y empezó a escribir, eran todos muy conservadores, siempre iban con la sotana, en sus misas siempre arremetían contra la homosexualidad y las mujeres.

“Desde luego, no iría a escucharlos”, remató Ana, con cara de asco.

Ya habían hablado con sus feligreses, pero todos tenían coartada el día de los hechos.

El asesino era diestro con el puñal, sabía donde debía introducirlo para llegar al corazón y que la muerte fuera inevitable.

El obispo los había citado esa mañana. Cuando llegaron al palacio episcopal, un viejo edificio señorial que estaba en el centro de la capital, les esperaba el secretario un hombre de unos treinta años y una altura que parecía la de un jugador de baloncesto. Se dirigió a ellos con voz suave y les indico “les espera su ilustrísima, acompáñenme”. El despacho era espacioso, con una cruz enorme detrás de su silla y otra en su mesa, tenía varios cofres diminutos y trasparentes donde se podía observar que contenían un rosario. El obispo era un hombre de unos sesenta años, regordete, con unos mofletes muy rojos y piel muy blanca. Les ofreció su mano y Ana, se inclinó y le beso el anillo, Paco le estrecho su mano, que la encontró suave y la vez fría.

El obispo con voz ronca le trasmitía su desconsuelo por las vidas perdidas de sus sacerdotes más destacados y la preocupación por si pudieran estar en peligro alguno más.

Paco, estuvo distante en la entrevista, a sus más de 50 años veía con distancia la iglesia, para él todas eran unas sectas. Era un hombre hecho en la calle que había llegado a inspector gracias a sus casos resueltos, solo tenía un problema, le gustaban muchos las faldas, ya había roto dos matrimonios por no saber ser fiel, era un apasionado del deporte y cuidaba su cuerpo con esmero, solo su calva redonda atestiguaba el paso de los años.

A Ana la veía con ojos diferentes, la respetaba, ella rozaba la treintena y era una mujer guapa, fue la primera de su promoción en criminología y repitió puesto en la academia de policía. Pudo elegir el destino que hubiera querido, pero decidió volver a su pequeña ciudad, sus padres la necesitaban y ella quería agradecerles todo lo que habían hecho por ella desde el puesto de pescado en el que tanto lucharon para que ella tuviera una carrera.

La investigación no daba frutos, solo tenían un patrón común qué era que los tres curas no eran españoles. Uno era polaco, otro ecuatoriano y el último filipino, sin familia cercana en nuestro país. Solo los padres del sacerdote polaco vinieron a su entierro, cuando les interrogaron respondieron que hacía años qué no tenían contacto con ellos.

A los familiares de los otros dos, solo a través de sus consulados se pudo tener contacto con ellos y la misma desconcertante respuesta: hacia años que no sabían de ellos.

 

Ana vivía con sus padres en el centro de la ciudad, su habitación aún recordaba sus ecos de juventud, un poster de Ghost ya descolorido tapizaba su pared, una estantería llena de libros, una pequeña mesa con su portátil y una cama ocupaban su espacio vital.

Sus padres Josefa y Miguel, intentaban cuidarla, siempre preparándole sus comidas favoritas y procuraban no molestarla con asuntos de trabajo.

Paco, vivía a las afueras solo con su perro un pastor alemán al que le ponía un pañuelo rojo en su cuello y resaltaba el color de su pelaje negro azabache, al cual

solía pasear cuando no estaba de servicio, Paco era un apasionado del orden, su apartamento estaba siempre pulcro y ordenado.

 

A la mañana siguiente Paco, fue a recoger a Ana. Habían quedado para ir a la iglesia donde se había perpetrado el último asesinato, aunque habían pasado unas semanas el olor a sangre seca les inundó los sentidos. Entraron en la oficina del cura, donde les atendió el nuevo sacerdote que tendría unos sesenta años y estaba bien entrado en carnes, le preguntaron si conocía a su predecesor, y este les dijo que no lo había visto nunca, que solo en una ocasión hablaron por teléfono hace algunos meses para organizar una colecta para ayudar a Cáritas.

¿No sabían qué pista seguir, solo sería qué algún loco que le había dado por asesinar religiosos?

Pasaban los días y no había avances en el caso, por lo menos no hay más asesinatos.

Ana, se dedicaba a buscar patrones de asesinos en serie, en psicópatas que tanto había estudiado. Repasaba una y otra vez sus libros, sus apuntes, hasta llamó a su mejor profesor para pedirle ayuda, pero no sirvió de nada, su mente seguía vacía, no encontraba donde podía estar la clave de esos crímenes.

Paco, buscaba en los garitos habituales, a ver si encontraba algún soplón, en busca de alguna pista, pero todo era inútil, nadie sabía nada de los curas, ni los habían visto en su vida.

A la semana siguiente fueron al Seminario un vetusto edificio a las afueras de la ciudad, rodeado de una gran arboleda, sin duda sus mejores tiempos habían pasado, se veía vacío sin alma. Buscaban algo que los llevara a dar luz al caso. Al llegar les recibió el director del centro, un cura con cerca de ochenta años, pero ágil en todos los sentidos. Les enseño fotografías de los difuntos, como ya les había dicho en las conversaciones telefónicas los fallecidos no habían compartido estancia allí, ya venían ordenados sacerdotes en sus países y solo estuvieron el tiempo que se le asignaba en su parroquia.

Paco insistió con sus preguntas insistiendo en si no tuvieron más contactos con otros seminaristas o con profesores. A Don Marcial que así se llamaba el director, se le cambió el rictus de su cara y lo qué antes era jovialidad se convirtió en un gesto duro. “No”, les dijo enérgicamente. “Ya les dije que no, por favor, ruego me perdonen, pero debo atender otros asuntos”. Les dejó con su secretario que los acompañó a la salida sin dirigirles la palabra salvo para decirle ¡con Dios!, al despedirse.

Con el paso de las semanas el caso de las sotanas se fue diluyendo, no habían aparecido más sacerdotes asesinados, la prensa estaba entretenida con los casos de corrupción que día tras otro acosaban al gobierno.

Paco no dormía, todo le llevaba hacía a los asesinados. Una y otra vez repasaba los hechos, las declaraciones, incluso quiso ir a visitar otra vez al obispo, pero este no se encontraba en la ciudad, ya que estaba de viaje en Roma, donde el nuevo Papa quería conocer a todos los obispos y recabar información sobre los casos de pedofilia que también estaban siendo noticias en España.

Había pasado ya más de seis meses del caso de la Sotana, cuando un día de noviembre un correo electrónico le llegó a Paco, el texto decía:

Asunto: Sotana. Al abrirlo observó que estaba escrito en letra gótica, ¡Mi vida corre peligro!, sé quién está detrás de esos asesinatos. Me pondré en contacto con usted.

Él lo leyó con escepticismo, no parecía nada nuevo, podría ser una de los miles de misivas que le habían enviado diciendo que sabían o tenían pistas, pero ninguna conducía a la verdad ¿por qué está iba a ser diferente?

Al día siguiente cuando se acercó a su coche un vetusto, Seat León de color gris, en el parabrisas había una nota que decía, nos vemos en una hora en el mercado central.

Paco, se montó en su coche y puso rumbo a la cita, a esas horas el mercado siempre estaba repleto de personas comprando.

El mercado bullía como nunca o eso le parecía a él, el corazón le latía deprisa, no sabía a donde dirigirse, le parecía que todos le miraban. Recorría la zona de las pescaderías cuando una mano le sujeto su brazo, era una mujer bajita, de pelo teñido de color rubio que contrastaba con su piel muy blanca. Paco la miro y se dejó llevar por ella, pasearon por todo el mercado sin decir ni una palabra, hasta que llegaron a un puesto de fruta qué tenía por nombre “Los sublimes”.

En el interior del puesto un hombre de unos treinta años muy alto y moreno les esperaba. El hombre se llamaba Juan, salió del puesto y dejo a su compañero a cargo de el.

Juan llevó a Paco a un pequeño café qué había frente al mercado. Allí le conto que había estado en el seminario antes de ser frutero, qué allí había un compañero que también dejo el seminario desencantado como él, pero, además, ese seminarista en su infancia había sido objeto de abusos en un colegio religioso.

Su compañero seminarista se llamaba Antonio y había estado investigando a los sacerdotes que venían de fuera de España. Todos eran enviados por la misma razón en sus países habían abusado de menores.

Paco, le preguntó ¿cómo sabes todo eso y que donde podría encontrar a Antonio?

Juan, le indicó donde vivía el supuesto asesino y como él mismo asesino había sido el que se lo había confesado. Además, le aseguró de no sentirse culpable de haber matado a esos miserables, así les llamaba y terminar con la existencia de ellos era como una reparación pues creía que hacía un bien a la sociedad.

Paco se despidió de Juan, y llamó a Ana, le dijo la dirección del sospechoso para que lo comunicara a la comisaría. Dio orden qué nadie entrara hasta que no llegara él.

Cuando llegó Ana, dos coches patrullas estaban esperando, Paco se acercó a ellos y solo dijo “vamos” y todos se pusieron en movimiento, subieron por las escaleras y llegaron a la puerta donde vivía Antonio. Llamarón una y otra vez, pero nadie respondió. Los compañeros trajeron el mazo para abrir puertas y a la segunda se vino abajo con estrépito.

Entraron y empezaron a registrar la casa, todo estaba en orden, limpio, pulcro, solo un libro en la mesa “La Edad de la Penumbra”. Al llegar a la habitación encontraron a Antonio tumbado en su cama, parecía dormido, lo rodearon y le pidieron que se pusiera lentamente de pie, a lo que no hizo caso. Todos estaban impacientes, Paco se acercó con un arma en su mano, al verlo tan de cerca parecía más que dormido una estatua. Lo intentó despertar tocándole el hombro izquierdo, pero Antonio yacía sin vida, en su mano derecha una nota escrita a mano.

 

“-Siento no poder seguir la tarea que me había propuesto de seguir quitando la mala hierba qué existe en el mundo, pero el cáncer me corroe, ya no tengo fuerzas para más, no lamento ni un instante las muertes de esos seres repugnantes que no deberían llamarse seres humanos, espero que si existe el infierno ardan en él-.”

 

Paco y Ana, se quedaron sin habla, se miraron pensando si en verdad este era el hombre que tanto habían buscado. Ahora surgían más interrogantes sólo sabían que tanto el obispo como el director del seminario tendrían mucho qué contar.

RELATO DEL TALLER DE:
Taller de Escritura Creativa

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Yenny Carolina Ríos

    Wooooo increíblemente envolvedora !!!! Te hace transportar completamente y hacer parte de ello
    Felicidades 🎉 me encanto 👏 más escritos así por favor 😊

  2. Ignacio García-Risco Álvarez

    La historia está bien. Me gusta bastante el comienzo aunque luego va perdiendo fuerza, va de más a menos. Hay muchas faltas de ortografía: ¿no se podrían corregir todas esas tildes que faltan en los verbos en pasado y en alguna otra palabra? Me producen «irritación visual».

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