TÚNELES VERTEBRADOS – GEMA SAINZ VALDERRAMA
Por GEMA SAINZ VALDERRAMA

“Mi nombre es Alberto Lofer, escribo esto en el año 42 del centenario tercero (en denominación antigua esta fecha corresponde con el año 3742). Soy uno de los miembros de la expedición Túneles Vertebrados, que está formada por cuatro personas, mis compañeros son César Ramos, Mónica Nogales y Tomás Rosero. Estamos en el área de la Tierra que se denomina como zonas húmedas del norte, corresponde con la zona que en el periodo Antropoceno se llamaba Europa. He decidido escribir este cuaderno porque empiezo a tener dudas sobre si seremos capaces de regresar de esta expedición, y en caso de no hacerlo me gustaría dejar constancia de hasta dónde hemos llegado y lo que hemos descubierto.”
Alberto cerró el cuaderno precipitadamente cuando César entró en la caravana, venía a decirle que saliera fuera a cenar con los otros. Tomás había preparado su especialidad: arroz con setas y queso. Alberto suspiro, estaba harto de las comidas que preparaba Tomás. Hoy se cumplía el día veintidós de viaje y la frustración por no haber alcanzado aún el destino empezaba a notarse.
César había elegido a sus compañeros de aventura cuidadosamente, les había dicho que no podía decirles exactamente que iban a encontrar, pero que sería un privilegio hacerlo juntos. César había trabajado durante la última década con dedicación plena a preparar esta expedición, no había sido nada fácil convencer a la asociación para la investigación histórica planetaria sobre la importancia que tenía entrar en alguna de las cuevas tuneladas de comunicación perdidas. La mayoría de historiadores pensaban que esos supuestos túneles que se extendían por kilómetros debajo de las ciudades antiguas eran una leyenda. Por el contrario César estaba convencido de que esos túneles existían y, lo más importante, que en ellos se escondía la clave para entender cómo eran los sistemas de comunicación en el tiempo antiguo.
Durante la cena Mónica les dijo que estaba convencida de que ya estaban en una de las antiguas ciudades, les explicó que los últimos análisis de las muestras del terreno que habían recogido mostraban un cambio en la composición del suelo bajo la espesa vegetación, y que los resultados coincidían con lo que se esperaba encontrar en las olvidadas ciudades. Mónica había estudiado cuidadosamente la historia de las ciudades que habían existido a lo largo y ancho de la Tierra durante miles de años. En estas ciudades habían vivido millones de personas, se calculaba que en algún punto del pasado la población mundial habría podido alcanzar la cifra de ocho mil millones de habitantes.
La expedición Túneles Vertebrados viajaba en una caravana que estaba perfectamente equipada con todo lo necesario para pasar dos meses explorando diferentes terrenos.
Tomás era un mecánico experto y había diseñado este vehículo prestando atención a cada detalle. Era muy poco habitual que nadie se aventurara más allá de veinticinco grados de latitud por encima o por debajo del ecuador, ya que las condiciones meteorológicas empeoraban drásticamente. El colapso total de la circulación Termohalina de los océanos, que había tenido lugar hace más de 1500 años, había cambiado por completo el clima y la geografía de la tierra. La población mundial se había reducido de manera drástica y en la actualidad se concentraba a lo largo de la línea del Ecuador. La asociación para la investigación histórica planetaria había dado luz verde a la expedición de César en este preciso momento porque sabían que las condiciones climáticas permanecerían estables durante este mes en la zona a donde se dirigían, a pesar de esto muchos investigadores pensaban que esta expedición era una locura.
A la mañana siguiente Tomás y Mónica se levantaron con su energía habitual, y prepararon los drones para rastrear la mayor zona posible con la intención de encontrar una entrada de alguno de los túneles. Tras varias horas buscando algún indicio de escaleras que se adentrasen en la tierra, encontraron una zona donde se acumulaban troncos caídos de árboles junto con materiales variados de fabricación humana. César insistió convencido que las líneas de piedras perfectamente paralelas que habían aparecido en el rastreo del suelo eran las escaleras por donde se bajaba a los túneles. Es lo que estamos buscando, dijo César, lo siguiente que tenemos que hacer es, de alguna manera, entrar por esas escaleras, les continuó diciendo. Alberto, Mónica y Tomás se cruzaban miradas sin poder evitar que una sonrisa se les fuese dibujando en la cara. Tomás fue el primero en decirlo en voz alta, lo hemos encontrado, lo tenemos, dijo casi gritando. Tenemos que entrar, le interrumpió Alberto.
Los cuatro se pusieron a trabajar para construir un andamio que les permitiera adentrarse por las escaleras de forma segura. Tomás había previsto todas las posibles opciones para acceder a las cuevas, y tenía perfectamente planeado como podían hacerlo. César dijo que lo mas seguro es que dos personas entrasen en la cueva y los otros dos se quedasen fuera en la plataforma que estaban construyendo. Iban a ser Mónica y él quienes bajarían, les comunico, sin dar pie a que nadie cuestionase su decisión.
Tuvieron que cortar bastante maleza para abrir un camino por el que poder transitar escaleras abajo, pasado un primer tramo de escaleras, había un segundo tramo que dejaba ya de estar a la intemperie. Este segundo tramo terminaba en una zona subterránea muy amplia que, de alguna manera que no comprendían muy bien, se había conservado en muy buenas condiciones. Por el suelo había restos de diferentes materiales y mucho polvo, pero sorprendentemente no había humedad ni vegetación.
Mónica iluminó despacio todo el perímetro del vestíbulo y en una esquina pudieron distinguir una sección de escaleras que descendían hacia las profundidades, pero que no eran de piedra sino que eran de metal.
Esa noche celebraron con entusiasmo el rotundo éxito del día. Delante de la caravana tenían una zona donde cocinaban y comían y allí pasaron varias horas hablando sobre lo que habían encontrado. Mónica estaba especialmente intrigada por las escaleras de metal, que para ella habían sido una sorpresa. Les planteó a sus compañeros que quizás al día siguiente deberían continuar bajando por esas escaleras. Al decir esto Tomás la interrumpió, las escaleras de metal podrían ser una trampa, si por los túneles de las cuevas viajaba toda la comunicación de las ciudades antiguas seguro que estaban protegidos de alguna manera. Alberto le miró sorprendido, desde cuando Tomás era un experto en cuevas pensó, pero no dijo nada. Cuando el resto ya estaban durmiendo en la
caravana, Alberto volvió a escribir en su cuaderno:
“Hoy finalmente hemos conseguido entrar en lo que todo apunta a ser una de las cuevas tueneladas de comunicación que tanto ansiamos encontrar. Si es así, todo este esfuerzo habrá merecido la pena. Tengo que confesar que me abruma la emoción mientras pienso que nuestra expedición puede llegar a los libros de historia.”
Amanecía el día veinticuatro de la expedición, y César ya estaba levantado sentado fuera de la caravana. Tomás se unió con una taza de café. Tu también lo has notado, verdad, dijo César el tiempo está cambiando muy rápido. Afirmativo se limitó a decir Tomas, añadiendo tras un breve silencio que si lo que venían eran las temidas tormentas de las tierras húmedas entonces iba a ser el momento de comenzar el viaje de vuelta.
Alberto y Mónica se unieron al poco, salían de la caravana hablando sobre si quizás hoy deberían ser los cuatro los que entrasen en la cueva. Podrían hacerlo en dos tiempos, primero bajan dos y cuando estén seguros abajo y todo esté iluminado dan la señal para que bajen los otros dos. Esa cueva llevaba miles de años en pie, dijo Alberto, las posibilidades de que se derrumbase justo hoy eran mínimas, continuó diciendo, si entraban los cuatro podrían hacer fotos y tomar muestras, e incluso alguien podía bajar por las escaleras de metal.
Fue Mónica la que se dio cuenta de que Tomás y César estaban muy serios, que pasa les pregunto. César constató, y lo hizo sin dar rodeos: el tiempo ha cambiado, se están formando las tormentas, debemos emprender el camino de regreso a una latitud más segura, dijo César sin mirar a nadie. Todos se quedaron en silencio, Mónica sabía que poder regresar a salvo era quizás la parte más crucial de la expedición. Alberto se revolvió en su silla, y haciendo grandes gestos con sus manos comenzó a decir que como se iban a marchar ahora, que quizás no se daban cuenta pero que habían encontrado una cueva tunelada perdida, que esto era lo más importante que iban a hacer en sus vidas. César le interrumpió, pidiéndole que se calmase. Cesar dijo que podrían pasar un día mas aquí donde estaban, pero que tenían que estar muy pendientes de cualquier indicio de tormenta.
Entre los cuatro acordaron que Alberto y Tomás bajarían hasta el vestíbulo esta mañana, no querían marcharse sin haber estado en la cueva al menos una vez. Prepararon todo lo necesario para recoger muestras de los materiales y hacer el máximo de fotos posibles.
César y Mónica pasaron el tiempo mientras Alberto y Tomás estaban en la cueva mirando mapas dentro de la caravana, querían encontrar alguna manera de dejar marcado el lugar donde habían encontrado la cueva. A medida que transcurrían las horas se formaron una gran cantidad de nubes en el cielo, algo que hasta el momento no habían visto antes.
César se asomó fuera de la caravana, estaba desconcertado, porque para nada esperaba que empezase a llover. Cuando miró hacia el cielo y vio las nubes azul oscuro que habían aparecido comprendió que esto era el comienzo de una de las terribles tormentas de las que habían hablado.
En un instante las gotas de lluvia comenzaron a golpear con fuerza contra el techo de la caravana y el cielo se volvió de un color morado oscuro. Mónica dijo que lo mejor sería conducir la caravana hasta la entrada de la cueva y avisar a Tomás y Alberto. César no tardó un segundo en ponerse al volante, tiempo en el que el vehículo comenzó a ser zarandeado por fuertes ráfagas de viento. César aceleró pero fue en dirección contraria a la entrada de la cueva, mientras comenzó a decir que no había tiempo, que tenían que alejarse de la tormenta lo mas rápido posible. Mónica le miró horrorizada y llevándose las manos a la cabeza comenzó a gritar que tenían que volver a por Alberto y Tomás. César no apartaba la mirada del camino y cada vez conducía más deprisa. Mónica se lanzó sobre él, para intentar que parase, forcejearon y César perdió el control de la caravana, que comenzó a dar botes sin control hasta que se precipitó en caída libre por un acantilado. Ráfagas de lluvia y vientos huracanados se habían adueñado de todo el paisaje. Cuando Alberto y Tomás intentaron salir de la cueva ramas de árboles e incluso troncos volaban por el aire, no había rastro de la caravana ni tampoco de sus dos compañeros.
Habían ya pasado dos meses desde que la expedición Túneles Vertebrados había partido, y en la asociación para la investigación histórica planetaria sabían que ese era el tiempo máximo para el que tenían provisiones. No tenían forma de comunicarse con ellos, ya que no existía ningún sistema capaz de comunicación remota en la Tierra, lo único que podían hacer era esperar. Pasados seis meses de espera, declararon a los cuatro exploradores perdidos y cerraron el proyecto. Habían pasado casi tres años cuando de manera fortuita el mar arrastró a la costa restos de la caravana con muestras que habían recogido en la expedición. Fue una joven investigadora la que supo interpretar las antiguas letras de una de las muestras encontradas, donde ponía el extraño mensaje de Metro de Madrid.
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