EL GLADIOLO

Por Alba Vazquez

Mientras Laura preparaba la maleta le surgieron muchas dudas, no solo qué llevar a un pueblo escondido en la sierra, sino especialmente si conseguiría adaptarse a su nuevo trabajo. De todas formas, ya no había vuelta atrás, la esperaban al día siguiente en la Residencia para Mayores Corolla.

Llegó puntual y fue recibida por Andrea Corolla, dueña y directora del centro. Era una mujer de unos cincuenta años, de ojos pequeños y amables. Le enseñó las instalaciones, le habló de los residentes y le presentó a sus compañeros. Así, Andrea logró que Laura se sintiera más tranquila.

Más tarde la ayudó a instalarse en una casa cercana, desde donde podría llegar caminando a la residencia. Pasearon por el pueblo, pues ya era primavera y el tiempo lo permitía, almorzaron y volvieron al trabajo. Visitaron a los residentes, que eran tratados con mucha ternura, y se notaba que la directora y los trabajadores se habían ganado el afecto de todos, excepto el de doña Alicia.

Doña Alicia llevaba unos meses en el centro, pero ya había hecho llorar a varios empleados. Era una mujer cruel que no se unía a los demás en la sala de la televisión, ni participaba en las actividades. Comía y cenaba sola, apartada del bullicio. Incluso había dispuesto que le colocaran otra mesa y un par de sillas para desayunar en su habitación.

Cuando la conocieron incluso Andrea tuvo que ocultar su temor. Laura la encontró sentada en una butaca, desde donde la observaba de arriba abajo con mirada altiva. Tenía los ojos verdes, el cabello gris y muy bien recogido, parecía una antigua dama de clase alta, refinada y extremadamente seria.

—Así que tú eres la nueva. Otra que viene a decirme qué comer, qué vestir, o qué ver en esa estúpida televisión…

—¡Oh, no señora! No pienso decirle qué vestir, no es uno de mis cometidos. Además, no creo que lo necesite, es usted una mujer elegante que seguramente sabe qué ponerse en cada momento —respondió Laura, ante la mirada atónita de Andrea.

A doña Alicia no le gustaba que la corrigieran. Se levantó de su butaca y se acercó a las dos mujeres. Asía un bastón, que no necesitaba para caminar, pero que le daba un aire distinguido. A Laura le sorprendió su altura, imaginaba que las ancianas eran mucho más pequeñas. Cuando estuvo frente a Laura, volvió a examinarla con la mirada y anunció:

—Mi desayuno es a las siete y media, ni un minuto más.

Ya en el pasillo, Andrea soltó el aire que había contenido dentro de la habitación, se notaba que doña Alicia le imponía respeto. Caminaron en silencio hasta las escaleras y Laura pensó que recibiría una reprimenda.

—No sé cómo has sido capaz de darle semejante respuesta —dijo Andrea al fin.

—Lo siento, es que…—balbuceó Laura.

—Ha sido lo más divertido que he visto en meses! ¿Has visto su cara? —añadió la directora mientras estallaba en risas.

Laura se contagió de sus carcajadas y tuvieron que pararse en las escaleras.

—Mañana tendrás que llevarle su desayuno, pero ya sabes, a las siete y media y ni un minuto más —decía Andrea imitando burlona el  habla de la señora.

El reloj aún no marcaba las seis de la mañana, pero Laura ya no podía dormir. Intentaba recordar los nombres de todas las personas a las que asistiría, aunque, evidentemente, quien más le preocupaba era doña Alicia. Cuando llegó a la residencia algunos de sus compañeros la esperaban. Conocían lo sucedido el día anterior y querían advertirla. Aquella Lady Tremaine también infundía cierto asombro en ella, pero no entendía el miedo que suscitaba en los empleados.

—Es despiadada, experta en buscar debilidades, y cuando las encuentra, te machaca, te las recuerda en todo momento. Nosotros hemos firmado una petición para que se vaya, pero Andrea siempre la defiende porque dice que no tiene ningún familiar que pueda hacerse cargo de ella —contó Luis, un cuidador.

—Tampoco lo necesita, si quisiera podría comprar el pueblo y hacernos sus sirvientes —dijo Irene, una enfermera.

—Hace años que vive sola —aclaró Mario, el cocinero—, pero tiene dinero, podría estar en su casa y pagar a alguien para que la aguantara, si es que lo encuentra, claro. Hasta sus hijos la abandonaron, uno de ellos escapó siendo un niño y nunca logró encontrarlo.

La bandeja del desayuno sorprendió a Laura, pues aseguraría que alguien la había preparado con mimo al gusto de doña Alicia: una tostada con mantequilla y mermelada, una humeante taza de té, una servilleta de tela  y un pequeño jarrón de cristal con un gladiolo blanco. Laura pensaba que todo aquello era un anacronismo, doña Alicia  parecía un personaje sacado de una novela del siglo xix.

Llegó a la habitación y llamó a la puerta. La abrió sin esperar a ser invitada, tal vez doña Alicia entendería así que no era una gran señora en su mansión, y que los trabajadores de la residencia no eran sus criados.

—Buenos días, doña Alicia, le traigo el desayuno. Avíseme cuando haya terminado para recoger la bandeja —al decirlo Laura intentó sonar autoritaria.

—¿Dónde vas tan rápido? —dijo la anciana sin mirarla—, ayúdame a acercarme a la mesa.

—La creo capaz de hacerlo sola —respondió Laura satisfecha.

Alicia levantó una ceja, demostrando que esa respuesta tampoco le había gustado. Se levantó, caminó hacia la mesa y se sentó. Pidió a Laura que le acercara un viejo álbum de fotos de uno de los estantes.

—Ahora voy a enseñarte quién soy, y por qué me debes respeto —dijo.

—Disculpe, pero yo soy una trabajadora de la residencia, por lo que usted también me debe respeto a mí; además, no creo habérselo faltado en ningún momento.

—Siéntate —la interrumpió ella ignorando la respuesta de Laura y señalando la otra silla.

Laura obedeció y la observó pasar páginas del álbum. Después lo cerró, lo puso encima de la mesa y dio un bocado a la tostada como si hubiese olvidado la presencia de Laura.

—Cuéntame quién eres —le ordenó—, de dónde vienes y por qué trabajas aquí.

—Creo que eso a usted no le incumbe, señora, he sido contratada por Andrea Corolla, dueña y directora de la residencia.

—¿Crees que dejaré que cualquiera se ocupe de mis asuntos?

La respuesta sorprendió a Laura, que no entendía que la señora se refiriera a una bandeja de desayuno como “sus asuntos”.

—Me he fijado en ese colgante que llevas, es realmente precioso ¿quién te lo regaló?

Laura calló, estaba cada vez más contrariada.

—¿Vas a contestarme a alguna de las preguntas, chiquilla?

—Sí, señora —titubeó Laura, que comenzaba a entender a sus compañeros, esa mirada, esa voz y ese porte eran aterradores—, nací y viví en Madrid, llevaba un tiempo buscando trabajo y cuando vi el anuncio llamé. Vine a hacer una entrevista en enero, pero Andrea me propuso que terminara antes mis estudios de Auxiliar de Geriatría, y volviera con el título, me aseguró que entonces me contrataría, y eso he hecho. El colgante fue un regalo de mi padre, ni siquiera sé qué flor es, pero es muy antiguo.

—¿Tus padres viven?

—Sí. ¿Ahora va a contarme quién es usted? —preguntó Laura con apuro.

—Es tarde —sentenció mientras se limpiaba con la servilleta y la colocaba en la bandeja—, recoge esto y vete.

Andrea la esperaba nerviosa en la escalera, pero, al oír de Laura lo ocurrido, pareció conforme. Recordó a Laura que debía ayudar a los residentes a vestirse y a desayunar, y se fue.

Tras el desayuno, Laura los acompañó al salón, unos le pedían un libro, otros que encendiera la tele, y otros querían un poco de conversación. La mañana marchaba bien, y Laura pensó que le gustaría su nuevo puesto. Un rato antes del almuerzo, Irene entró en el salón, dijo que la relevaría y que doña Alicia la llamaba. No solo ella se creía una gran dama en su mansión, sino que todos la trataban como si lo fuera y se comportaban como criados.

—¿No puede ir nadie más?

—No, te llama a ti. Más vale que vayas —dijo Irene.

Cuando Laura llegó a la habitación,  Andrea estaba allí. Alicia tenía el álbum abierto, y ambas observaban una fotografía.

—Laura, acércate y mira —dijo doña Alicia.

La imagen mostraba una familia, la mujer sentada en una silla sosteniendo un bebé, el marido de pie junto a ella. También había un niño de unos ocho años que era el único que sonreía. Se fijó en la fecha, 1957, y esperó a que alguna de las dos mujeres hablara.

—Esta mañana —continuó—, cuando te pedí el álbum, trataba de comprobar que el colgante que llevas es el mismo que este. No puede haber dos iguales, mi marido lo encargó para mí, ya que los gladiolos son mis flores preferidas. Tu padre te lo dio, y eso significa que mi hijo vive. Al escapar se llevó algunas joyas, por eso supe que no regresaría. Lo he buscado durante años, pero nunca conseguí una pista, hasta que en enero viniste a hacer la entrevista y Andrea reconoció el colgante pues ha visto tantas veces esta fotografía, que no lo confundiría con otro —la anciana lloraba, y por primera vez no parecía malvada y orgullosa, sino una mujer que sufría.

Laura no entendía lo que doña Alicia estaba contando, pero su llanto no le permitía hacer preguntas. Miró a Andrea, para averiguar si ella había entendido algo, pero sus ojos, también brillantes, estaban fijos en la anciana.

—Andrea, ¿crees que intenta decirme que mi colgante es suyo y que ella es la mujer de la foto? —preguntó Laura.

—Sí.  Y yo soy el bebé, y ese niño, mi hermano, es tu padre. Huyó pocos años después de tomar esa foto, no soportaba más la severidad con la que mi madre lo trataba, no obstante, sabíamos que no se había deshecho del colgante.

—Creo que os confundís, pudo vender el colgante, o perderlo, vete tú a saber, pero ese niño no es mi padre. Ni siquiera mi apellido es Corolla.

— No, si se deshacía del colgante la policía nos alertaría. Y con respecto al apellido, de haberlo mantenido lo hubiésemos encontrado. ¿Alguna vez tu padre te ha hablado de su familia? —preguntó Andrea con una ligera sonrisa. Desde que conoció a Laura meses atrás había hecho averiguaciones. La había convencido para que volviera al terminar sus estudios y llevaba meses esperando ese encuentro.

—No, su familia lo abandonó cuando era un niño —Laura entendió que esa era la respuesta que Andrea esperaba. Tal vez no se confundían, todo encajaba ahora, incluso la reacción de su padre cuando Laura le contó que la habían contratado en la residencia Corolla, situada en un pueblo de la sierra.

—Andrea, necesito llamar a mi casa.

—Claro, cariño.

La llamada duró pocos minutos, pues su padre la esperaba, confesó ser cierto lo que las mujeres contaban y prometió visitarlas al día siguiente. Laura volvió a la habitación y abrazó a su abuela y a su tía.

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