SUS NOMBRES – Rebeca Corral Gregorio

Por Rebeca Corral Gregorio

Antes de que la enfermedad se instalara en mi cerebro y en mi existencia, había llegado a conclusiones de extremada simpleza y, sin embargo, profundo significado.

 

Había pasado media vida atesorando objetos con los que desperdicié innumerables minutos de mi tiempo y a cambio me proporcionaron escasa satisfacción. Mi rutina la regía una agenda en la que no apuntaba nada. Adornaban mis estanterías

y mesas centenares de libros de cuya portada nunca pasé. Los armarios de las casas que habité atesoraban incontables pares de zapatos que nunca llegué a calzar, prendas que nunca vestiría y miles de accesorios de muy dudosa utilidad. Chismes, trastos, cacharros, chirimbolos. Una vida repleta de todo y vacía de mucho. O eso parecía.

 

Yo creía ser feliz porque me habían enseñado que tal era el camino que había de seguir. Y si lo había logrado, ¿acaso no debía sentirme satisfecha? ¿No era eso, precisamente la felicidad, el acometimiento de tareas con éxito, la consecución de resultados, el cumplimiento de objetivos?

 

Pasaba mucho tiempo con personas de igual condición y escala de valores. Me sumergía en conversaciones triviales que nada aportaban a mi espíritu y no pocas veces me generaban jaqueca.

 

Tardé en comprender que toda aquella batería materialista era banal, propia del escenario fútil que se nos imponía en esta centuria, parte del sistema que yo misma sostenía y alentaba. Tardé unos cuantos años en valorar lo que tenía a mi alrededor y trascendía a lo material, en darme cuenta de que lo único por lo que cada día merecía la pena mirar al sol eran ellos, los míos.

 

Ahora que este mal no me deja retener los instantes, que borra momentos y aniquila recuerdos, lo único que con nitidez mi cerebro guarda como una inscripción tallada en piedra, son sus nombres. Antes de que ya ni tan siquiera los retenga, quiero rememorarlos y dejar constancia de lo que son y lo que fueron, porque sin ellos yo no habría podido ser. Ellos me han definido invariablemente.

 

JORGE

 

Jorge pareció ser mayor en todo momento. Era de ese tipo de personas de las que resulta inverosímil imaginarse una adolescencia, menos aún una infancia. Luchador, hecho a sí mismo, duro como las piedras. También lo fue conmigo. Y eso que fui siempre su ojito derecho. O eso me hacía creer.

 

Fue él quien me transmitió el gusto por las letras. Desde niña he jugado con las palabras más que con las muñecas. Las aprendí rápido y bien: sin confusiones ni titubeos. A él le nacía una especie de orgullo inocentón cada vez que escribía tres líneas que, para mi edad, resultaban siempre pomposas. A mi madre le parecía gracioso y para mis hermanas era un motivo de mofa: “¡será cursi esta enana!”

 

Recuerdo cómo a él le brotaban los versos desde que sacaba un pie de la cama. Los de otros, los recitaba con su voz resonante. Los propios, los dejó manuscritos en pedazos de papel de variada procedencia y tamaño, a modo de legado inmaterial.

 

Perderle supuso mi primer roce con la muerte quien, aunque llevaba años rondándole, se presentó por sorpresa un caluroso día de junio, trayendo desgarro y soledad. Soy más de Jorge de lo que nunca seré de mí misma. Lo que sé y lo que soy, lo inventó él.

Y mientras me desdibujo, solo en él, en su recuerdo, hallo mi esencia.

 

SOLEDAD

 

Soledad me abrazó un día. Probablemente me abrazó muchos más, pero yo recuerdo uno solo. Me sostenía en su regazo, sentada al borde de la cama y me susurraba alguna palabra dulce al oído. Mentiría si dijera que nunca le tuve en cuenta esa falta de cariño, porque lo cierto es que sí, cuantos más años cumplía, con más saña se me clavaba una espinita de resentimiento en alguna esquina de mi corazón. Pero aprendí a no juzgarla. No tuvo una vida edulcorada, eran otros tiempos. Postergada, anulada a veces, humillada otras. Sacrificada, humilde.

 

Además, ¿cómo la iba a juzgar? Guardo una imagen candorosa de Soledad antes de que la misma dolencia que ahora a mí me aqueja le agriara el carácter. Fui implacable con ella en tantas ocasiones y ahora siento como si la vida, o los hados, o Dios (¡maldito Dios!) me devolvieran la jugada en forma de castigo.

 

Dicen que hasta que no eres madre no alcanzas a comprender el proceder de la tuya. No puedo confirmar este axioma íntegramente, pero lo cierto es que me he sorprendido en más de una ocasión con actos y palabras más propios de Soledad que míos. De ella también conservo valiosas enseñanzas, a pesar de ese sentimiento de reproche tan contradictorio (y molesto, molesto, ¡porque no quiero sentirlo!, pero lo siento…).

 

Soledad permaneció años anclada en los recuerdos de su infancia, como si el resto de su existencia hubiera quedado anegado por el fango de las vivencias desagradables, hasta ahogarlo del todo. Se fue lenta y silenciosamente y yo pude recomponer mi corazón para quererla y despedirla como se merecía, rodeada de cariño.

 

ELENA

 

Si hay un estigma que inexorablemente te persigue toda tu vida es el de hermana mayor, aunque por experiencia propia he de decir que el de hermana pequeña no se queda atrás. Elena hizo siempre gala de su condición de primogénita y responsable de casi todo. Pero como ocurre con el agua contenida en diques, que en cuanto encuentra una fisura se escabulle, Elena se deslizaba indistintamente entre las obligaciones y los placeres, con escasa maestría, al menos mientras fue joven. Esto determinó una vida de enfrentamiento con nuestro padre. Ambos de igual naturaleza.

 

Buscó y encontró el amor a muy temprana edad, construyendo un refugio contra el hostigamiento paterno. Los años fueron apaciguando esa chispa visceral y rebelde alojada en su fuero interno, que se encendía con poco y no se apagaba ni con agua. Durante mi adolescencia la veneré y hasta la imité. Después, en edad adulta, reparé en sus defectos, deshaciéndose el encantamiento, para, finalmente, hacerme inseparable de ella.

 

Siempre nos imaginé caminando juntas de viejecitas, luciendo con orgullo canas y arrugas, disfrutando de los pequeños regalos que la vida pudiera depararnos en una apacible senectud.

 

Y lo cierto es que ahora ella no se separa de mi lado. Con los mismos ojos vivos de siempre peina mis cabellos y empuja la silla que me transporta a todos lados. Con el mismo vigor de siempre. Yo ya no sé que es ella, pero la intuyo.

 

MIGUEL

 

Y con Miguel llegó el TODO con mayúsculas. No puedo decir que fuera amor a primera vista, porque no le esperaba y no le vi cuando llegó. Pero esa línea recta de sus labios, que ligeramente se curvaba al sonreír, me conquistó poco a poco.

Su alegría y sentido del humor. Su sentido de la justicia. Todo ello me ganó  definitivamente, aunque su carácter de sabio distraído, siempre perdido entre enciclopedias y legajos, crispaba mis nervios tan a menudo.

 

Él moraba lejos de este terrenal mundo que a mí me aprisionaba y caminaba siempre unos centímetros por encima del suelo, ¡pero con tanta humildad y sabiduría! Me ayudó a calmar mis ansias, a moderar mis anhelos caprichosos. Tenía un dicho para casi todo que le daba la vuelta a tu pensar en el momento. ¡Y cómo reíamos juntos!

 

No puedo imaginarme la vida sin él y sin embargo siento que ya no estoy a su lado. Le miro pero no le veo, aunque barrunto esa línea de su sonrisa… Nunca perdió el ánimo, ni siquiera cuando me diagnosticaron esta maldita enfermedad.

 

En ocasiones percibo su mirada de profunda devoción y ni un ápice de lástima. En todo momento ha vivido nuestro viaje juntos como un precioso obsequio. De él retengo en mi haber innumerables cosas bellas, pero sobre todo una enorme capacidad de crear felicidad en derredor.

 

ANA

 

Ana llegó al mundo con ojos de búho: no podían estar más abiertos, profundos, como un túnel al final del cual espera algún misterio. Eterna observadora. Silente. Ana me enseñó a callar ante el ruido y a valorar la calma.

 

Tenerla en mis brazos es otra de las sensaciones que me resisto a abandonar en este cajón del olvido en el que parece querer convertirse mi cabeza. ¡Qué maravilloso olor a vida nueva, qué alegría indescriptible!

Yo no quería separarme de ella ni de día ni de noche. Y eso que solía tener cerca alguien que me la arrebataba de las manos con algún argumento trasnochado: “No debes tenerla siempre en brazos, que se acostumbra pronto a lo bueno. ¡Menudos son los bebés!”. Era inconmensurable el sentimiento que hizo nacer en mí. Tras su llegada, estaba profundamente convencida de que nunca podría querer a otro ser humano tanto, menos aún a uno “nuevo”. Hasta que llegó su hermano.

 

Cuando en estos tiempos de sombras la veo sufrir por mi causa, siento desmoronarme y asoma la tentación de darme por vencida. Pero no lo haré. Se lo debo a ella. Se lo debo a todos ellos.

 

ROBERTO

 

Mi niño pequeño de tímida sonrisa, siempre a la sombra de su hermana. Le di un nombre con R para que le imprimiera fuerza (o eso creía). Siempre albergué la inocente creencia de que los nombres que empezaban por tal letra eran para las personas de carácter determinado y alma de líder.

 

Él, como su padre, habitaría el mundo de las ideas. La música se convirtió muy pronto en ese lugar seguro y calentito que tanta paz aporta a las personas introvertidas. Supo ser feliz y rodearse de amor. Yo no puedo exigir más a esta vida caprichosa.

 

RAQUEL

 

Este es mi nombre. A veces también se me olvida, pero casi siempre hay alguien que me lo susurra e incluso lo grita, como si por ello fuera a recordarlo mejor.

 

Fantaseé muchas veces con el origen de mi nombre. O más bien, de su elección. Pensaba que mis progenitores habrían querido dejarme su impronta con un nombre con personalidad. Recuerdo una película antigua en la que la protagonista se llamaba de igual modo: la trama giraba en torno a ella, era guapa y sofisticada. Sin embargo, años después, mi madre confesaría que así se llamaba alguien de su pueblo, sin más.

 

Ahora que este mal no me deja discernir los rostros y encapota mis recuerdos. Ahora que los días son iguales, fundidos en uno solo, nublado e interminable, es ahora cuando sus nombres me recuerdan que viví con ellos, que fui para ellos y que lo seré siempre. De todos ellos me llevo enseñanzas vitales, la fortuna ha querido que estuvieran a mi lado y me siento inmensamente agradecida por ello.

 

 

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