AÑORANZAS – Antonio Valcarcel

Por Antonio Valcárcel

Me llamo Juan Quiroga y tengo 37 años y ya me siento cansado de tanto andar por el monte; en busca del ganado que muchas veces pastando se meten en otras zonas que son competencia del Monasterio de Samos. Y aunque los monjes siempre fueron los feudales de la aldea, ésta estaba donada a mi antepasado D. Juan Valcárcel Teixeira que ejercía de Señor Jurisdiccional de esta terras. Y aún les incordia tales comportamientos del ganado. Soy nacido en Lugo, de la montañas altas de los Ancares las cuales dividen Galicia de León. La tierra aquí es pobre y difícil de cultivar debido a su orografía. Unos seis jóvenes de mi aldea emigraron al norte: (País de los Vascos). Los vascos falan otro idioma: donde hay grandes ferrería y fábrica que transforman el mineral de pirita en hierro sacado de sus muchas minas de hierro.

Ayer recibí una carta de Joaquín Armesto: qué me dice que ha hablado con el capataz de minas y me reserva un puesto de caballista de arrastre de vagonetas –que circulan por un rail llenas de piedras de hierro– que luego en unos altos hornos las funden y sacan coladas de lingotes de hierro. Toda la noche la he pasado soñando en esa nueva tierra que Joaquín me describe – debo de decir que no soy letrado- por tanto la carta me la leyó el señor cura. Y aunque me entristece dejar ni aldea creo que comenzaré a preparar mis cosas -que son pocas- e iré a traballar a aquelas terras. Y una frase se imprime en mi mente: (Tristes son los tiempos pretéritos cuyos recuerdos hieren el alma). Cuando desde la óptica y la memoria de un  hombre que ha pasado toda su vida cultivando a terras y cuidando de los ganados. Trato ahora de evocar desde la perspectiva de un hombre que deja a su padre y madre ya ancianos, con mi hermano Antonio de dieciocho años.

Con la experiencia que brida la edad y con los riñones cansados y el alma lleno de morriña.

Al rebuscar en los recovecos de la memoria invocando al subconsciente para que afloren los recuerdos que quedaron gravados a fuego en algún lugar de la mente. Y como un montón de arcilla húmeda intento moldear a los personajes de aquél pasado y van tomando forma dentro de la creación que mis manos y dejaran huella incluso en las pedras como os canteiros.

Desconozco obviamente a los personajes que encontraré. Y en mi mente los voy dotados de cuerpo, mente y alma: debo de darles vida, investirles de personalidad, con perfiles físicos y psicológicos, traerlos de nuevo a la vida; una vida que sin duda será calamitosa, pues en las minas mueren los mineros de enfermedades y accidentes diversos: las pegas que explosionan a destiempo haciendo volar grandes piedras de vetas de hierro.

Cuando de niño, en aquella pequeña Aldea del Pueblo de de Lugo de nombre Teixeira, lugar que quiso Dios en el que yo naciera: entre naturaleza viva, calizas pétreas para firme edificación, vetas de hierro, terrazas ganadas a la montaña y convertidas en pequeños huertos; el ruido de los cencerros, el soplo del viento golpeando en la contraventana y sobre todo el ulular del aire. Creando una sinfonía de flauta de pastor: los pastores nos improvisamos varios instrumentos musicales y con un poco de oído componemos esa melodía de la naturaleza. Surcaba su melodía por los sotos, prados y macizos rocosos llenos de venas de pirita. Y al llegar a la misma cresta del Pico del Poio se rasgaba en sonidos con tonos agudos ¡Que mejores maestros necesito para emprender esta próxima aventura y otros montes?

Recuerdo a los zorros que mi abuela llamaba raposos –sigilosos asaltaban el gallinero– dejando a las cobardes gallinas desangradas, con un halito de vida convulsionante, hasta abandonar el latido vital. Todo eso lo observaba y me sirvió para cuando en la edad de adulto se requiere competir, observase a los hombres zorros y los tratase con cierta precaución. También conocí a los hombres pastor, con su zurrón en bandolera y apacentando a los rebaños. Por los hombres pastor siempre sentí simpatía y empatía. Los hombres que se convertía en topos, estos eran los mineros, que tras arrebatar las vetas exteriores se adentraban en un laberinto de subterráneos hasta perderse de la luz del día. Estos hombres mineros me producían miedo; porque son llamados a los cambios y revoluciones y no lo digo desde la mentalidad conservadora: los mineros manejan elementos diversos que se interrelacionaban para conseguir unos objetivos: el mineral y alcanzar el pan.

 

Después el minero tras una larga explotación laboral cercana a los tiempos no tan remotos de la esclavitud, supo que lo más prioritario por lo que se debe luchar es por conseguir la dignidad. Sabiendo que no existe la libertad cuando la tiranía, la especulación y la explotación cabalgan juntas.

 

Cuando supe que mis abuelos, padre y tíos formaban parte de esta etnia de esclavitud comencé a sentir al minero como algo propio, lleno de sentimientos de afinidad por la grey minera. Algo que supe con el tiempo que se trataba de solidaridad. Conocí a las mujeres que lavaban las ropas en el lavadero comunal, el agua de manantial brotaba de un caño de agua subterránea pura y cristalina: remojaban y aclaraban sus ropas con jabones hechos en casa con sosa, aceite requemado, lejía u sosa, así los fabricaban.

 

Por tanto tuve a los mejores maestros y preceptores que me enseñaron e influyeron a la vez, forjándome de un carácter peculiar.

A mil doscientos metros de altitud se encontraba mi Aldea construida por gallego desde tiempos inmemoriales que dejaron de labrar sus tierras en muchas ocasiones para ser llamados a las diversas guerras simplemente por ser hidalgos y encima pobres. Tras de sí dejaron de cuidar sus ganados para transformarse en soldados algunos alcanzaron el grado de capitanes y mariscales de campo.

Los recuerdos que fueron felices, los menos, y traumáticos los otros; pero no por ello quiero arrinconarlos y dejar que la vida en este caso la mía, haya sido de modo alguno un sendero adornado de rosas. Si he de decir, que aquella etapa de mi vida o tramo del camino iba andando con los pies descalzos y las rosas dotadas de espinas alfombraban el derrotero –dejándome mis pies lacerados– al igual que mil agujas de hospitales. No es de extrañar que el olor a rosas me recuerde a los algodones impregnados de alcohol.

El hombre en su afán de perpetuarse de forma consciente o inconscientemente pretende que su vida deje un poso de eternidad, una marca, una huella imperecedera, para cuando él ya no esté, otros puedan recorrer su camino y vivirlos a través de su experiencia. Así sentirá que la baldía vida valió las penas y algunas alegrías. Mientras tanto anestesiar la soledad del hombre y su sentimiento efímero de una realidad que dura tanto como los días de la mariposa. La soledad está cargada de seres queridos que acabaron sus días junto a nosotros. Todo lo dejamos hasta el mayor de los tesoros: la inteligencia y experiencia, tomando el viaje de la eternidad con las alforjas deshabitadas de monedas. El único pago que sirve de resarcimiento sea el libro de su vida.

A la mañana siguiente tomé la escasa moneda que mi madre me daba de un bote de zinc que uno de los varios buhoneros iba prestando sus servicios por unas perras gordas.

–Musitó mi madre – No sé ni siquiera si te llegará para tomar el tren pero ya sabes el camino; acuérdate de que por nuestra aldea siempre los peregrino a Santiago nos pedían auxilio y nunca sé lo negamos. Así que la justicia divina te ha de acompañar, hijo.

–Madre no tema, llevo el crucifijo de la abuela Josefa que es para mi mi mejor talismán. ¿Recuerda madre que la abuela siempre decía que Cristo estaba siempre crucificado para que nos acordemos de que seremos redimidos?

–Si, hijo pero ella sabía muchos responsos y eran tantos que cuando acababa sus rezos ya habían transcurrido dos horas, pues ella mezclaba palabras sagradas de de la Torah sin saber bien su significado.

— Musitó la madre, mira Joaquín ¿Por qué no te llevas su libro?

— ¿Qué libro madre?

— El de los siete brazos impresos en sus tapas.

— Madre recuerde que ese libro nunca ha estado bien visto por el cura.

— ¿Acaso no sabe el cura que cristo fue y es judío?

— Joaquín – ¿madre es judío o fue judío?

— ¿Hijo que poca fe tienes no sabes que Cristo vive en los corazones de quienes le oran? Aquella conversación amenazaba con seguir con un gran debate y las prisas por encontrar el edén de hierro en el País de los Vasco me obsesionaban. Tanto, que interrumpí sus jaculatoria y oraciones: que sé puso mi madre a musitar: la abracé a ella y al padre, mi hermano con los ojos llenos de lágrimas; el cual ahora debería de hacer mis tareas en el campo y cuidar los ganados… Luego llegará la primavera y la aira: (parte delantera de la casa donde sé libra el trigo de la paja se llenará de espigas de trigo)

El hombre puede aceptar o no los retos que proporciona la vida. Yo, Joaquín, he crecido entre baños de adversidad y no he perecido ahogado. Pero la resistencia o fuerza que estamos dotados con más o menos energía hay días que se va como la luz de las velas. Y dependiendo de la intensidad de la vida, al final, todos quedamos fundidos por la nada que es en sí misma equivales a la eternidad. Solo pido una eternidad de luz aunque sea en la oquedad de la mina.

 

 

 

 

  1. Antonio Valcárcel Domínguez

 

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