EL NAUFRAGIO – Almudena Bereciartua
Por Almudena Bereciartua

D. Alonso de Fonseca, boticario de Madrid, acababa de recibir una trágica noticia, su mujer Inés
de Buendía se encontraba entre los fallecidos de un naufragio, la carabela Isabel se había hundido
en aguas del caribe.
Pedro, almirante del tercio de los almidonados y amigo de la infancia, fue el encargado de darle
los pormenores del desastre marino.
No lo entiendo, Pedro, le decía Alonso llorando como un niño, a la vez que sujetaba el amado
Bichón Maltés de su mujer ¿Ha habido algún superviviente? Pedro no sabía cómo aliviarle,
siempre había considerado a Alonso un melindre ¿qué te parece si nos sentamos?
A lo lejos el toque a clamor de las campanas aumentó la desdicha del viudo.
Inés joven, bella y muy rica, sólo buscaba un marido para abandonar un hogar enloquecido, tenía
una madre loca de atar. Ni los baños purificadores, ni las esponjas empapadas en opio y
mandrágora conseguían apaciguarla. Atizaba guantazos y mandobles, a diestro y siniestro, al
cochero, a la guisandera o su propia hija, a la que abrió la mollera con el espetón de la chimenea
dejándola de por vida con una cicatriz en la frente, que ocultaba con un reducido mechón de pelo.
Ese día se juró a sí misma que saldría de esa casa, desposándose con el primer hombre que se
fijara en ella.
Y Alonso se fijó en ella. En cuanto Inés, acudió a la botica a sanar sus magulladuras, reparó en
una mujer rica, virtuosa y entrada en carnes, sería la futura madre de sus hijos. Primero fueron las
curaciones, luego los paseos y finalmente la petición de mano.
El casamiento con Alonso fue digno de reyes, ella con un vestido azul, signo de pureza y fidelidad,
confeccionado con telas ricamente bordadas traídas de Oriente y el pelo suelto en señal de su
preciada virginidad; él con un jubón blanco de lino con gorguera y puños a juego, calzas de igual
tonalidad bajo una negra capa típicamente castellana; al finalizar el enlace, todos los convidados
disfrutarían de un espléndido agasajo.
Fueron tiempos venturosos, enseguida quedó encinta y aunque amanecía vomitando, se sentía
inexplicablemente feliz.
Pero según el bebé fue crecía, ella desmejoraba. Iracunda y colérica ya no se sentía dichosa ni
deseada; se creía fea, obesa y aborreció su preñez; no entendía su tristeza y esos cambios bruscos
de humor, se creía tan trastornada y caótica como su madre, ya internada en una casa de curas;
pero Inés no estaba loca, tan solo experimentaba las ansiedades propias de la maternidad.
Un buen día le notificaron que su padre, capitán de navío, feo, sin escrúpulos y alcohólico, al que
no había conocido, pues desapareció harto de las chifladuras de su mujer, había fallecido
dejándola en herencia unos fecundos predios al otro lado del océano.
– Alonso, necesito comentar contigo….
Alonso, la interrumpió para atinarla un sonoro beso en la boca, que apestaba a tocino y cacahuete.
Este hombre no me va a dejar marchar, mejor será dejarle una nota, pensó Inés.
De modo que un caluroso día de junio cuando Alonso salió a sus quehaceres matutinos,
desapareció sin avisar, ayudada por cuatro pendejos, que organizaron su partida de Madrid a
Cádiz.
Casi un mes de trasiego, de diligencia en diligencia y de posta en posta para llegar exhausta a
Cádiz y emprender de nuevo otro viaje aún peor, embarcar en una nave con personas desconocidas
y a punto de parir.
En el puerto observó cómo, a los pies de la carabela tripulantes, vagabundos y huérfanos se
peleaban a codazos por lograr una mejor plaza en cubierta, carecían, como ella, del privilegio de
un espacio reservado; los animales esperaban ansiosos su turno: subieron gallinas, ovejas, cerdos,
y caballos, todos a las bodegas con los más desfavorecidos.
Entre grandes dudas, finalmente embarcó, saludó al temido y a la vez venerado capitán de la nave,
representante de la corona y se encerró con premura en su habitáculo.
Fueron días duros; un avituallamiento escaso y precario; una embarcación que parecía un cenagal
donde convivían los vómitos de los enfermos, con las deposiciones de la tripulación, que ponían
sus boñigas más dentro que fuera; una multitud malviviendo hacinada sin ninguna higiene
personal y las ratas al acecho de manduca.
Tras dos largos meses navegando, sin ataques de piratas, ni de corsarios y estando próximos a la
costa, divisaron por el este, unos oscuros nubarrones que no auguraban un final de trayecto
sosegado.
– No es una simple tormenta, mi capitán- dijo el timonel – mucho me temo que se trata de un
ciclón.
Todo empezó con un pequeño aguacero sin importancia, pensaron que sería una de tantas
tormentas que ya habían padecido pero el viento huracanado levantó una lluvia torrencial, para la
que no estaban preparados ni tenían fuerzas para enfrentarse a ella.
Las olas ciclónicas rompieron contra la nave, que erguida sobre la popa se estrellaba
estrepitosamente contra el mar embravecido.
La tripulación nerviosa intentaba achicar el río de lluvia, que ahogaba los gritos de un tropel
corriendo a la deriva, en un intento desesperado por guarecerse. Los rayos descargaban su ira
sobre los mástiles como imanes, las velas ardían incontroladas y los maderos calcinados caían
fulminados contra el suelo.
Mientras tanto, Inés, en su cámara, mareada de tanto oleaje, empezó a tener contracciones, su hija
quería nacer y nadie podía auxiliarla, iba a tener que afrontar ese momento en absoluta soledad;
se ató la muñeca al camastro para no salir despedida y empezó a empujar; las sacudidas del barco
no ayudaban con los espasmos; el agua le llegaba por las rodillas, estaba exhausta y sin fuerzas;
con la respiración entrecortada, empapada en sudor y en un último envite, entre gritos y lamentos,
dio a luz a una niña, Jimena, una preciosa niña parecida a su padre.
De pronto se abrió la puerta del compartimento y apareció el capitán.
– Señora, es mi deber comunicarle que nuestra embarcación se encuentra a la deriva; nuestros
hombres no son capaces de amainar la cólera del océano. Le recomiendo que, si es creyente, se
encomiende a lo más sagrado.
– Oh, Dios mío….
Salió a duras penas de su estancia, totalmente inundada, al igual que el buque que ya empezaba a
escorarse, pero necesitaba respirar aire puro y ponerse a salvo; entonces comprobó horrorizada el
escenario dantesco que tenía ante sí. Estrechó a su niña entre sus brazos, la ató con unos paños a
su cuerpo; si caía y era capaz de sobrevivir, lo haría con ella adherida y comenzó a orar junto a
los clérigos que imploraban a Dios en la cubierta de la nave, esperando un milagro.
Un rayo partió en dos la carabela, Inés fue una de las víctimas propulsadas al mar sin remedio. Su
hijita anudada a su regazo; sus recuerdos a su memoria. Al anochecer, en medio de un océano
negro como el alma de Satanás, se despidió de su corta existencia.
Un ejército de cubanos acudió a socorrer la carabela española, que se ahogaba en fuego junto a
sus costas. La hallaron junto a su hija, en el interior de un barril entre restos de bacalao putrefacto,
la depositaron con sumo cuidado en la arena blanca de la Habana.
Entretanto en tierras castellanas, un desconsolado Alonso visitaba a su abogado.
– Como usted sabrá mi mujer ha fallecido en el naufragio del Isabel. De momento, la Casa de
Contratación nos ha comunicado que no hay supervivientes, pero tampoco han encontrado sus
cuerpos, dicen que han sido devorados por los tiburones; ¿esto supone algún impedimento, para
empezar con los trámites testamentarios? – entonces empezó a llorar afligidamente- perdone usted,
es que no soy capaz de vivir sin ella.
– Puede empezar cuando quiera- el abogado no salía de su asombro, pensó, que nunca se había
cruzado con un ser tan ambicioso.
Inés despertó en un catre, en el hospital de San Juan de Dios, a su lado una ama de leche
amamantaba a su hija. Inés se removió incomoda.
– Tranquila señora, su hija está sana. ¿Cuál es su nombre? le preguntó, mientras acomodaba la
niña en su pecho, ahora podrá alimentarla usted.
Inés no supo que contestar, no recordaba absolutamente nada.
– No se altere, el chichón que tiene en la cabeza es la causante de su mala retentiva, en breve
recapitulará.
– Supongo que estaré casada, ¿sabe mi marido de mí?
– Señora, solo ustedes dos han sobrevivido, mucho me temo que las noticias que llegaron a
Castilla no fueron halagüeñas, todos los pasajeros han fallecido, por eso, necesitamos con
urgencia identificarla para comunicarnos con su familia.
Estuvo un mes convaleciente en tierras extrañas y cuando la lucidez volvió a su renovada
existencia, enviaron a Castilla una misiva con la buena nueva, habían sobrevivido Inés de Buendía
y su hija, Jimena de Fonseca.
Tristemente la correspondencia entre los dos continentes era demasiado lenta.
Enseguida Inés gestionó los trámites de su herencia y el regreso a su preciada rutina, pero tenía
por delante otros dos meses de viaje, esta vez en un galeón, más seguro que una carabela.
Habían pasado ya seis meses desde que salió de su hogar, serían sus primeras navidades en familia
junto a su hija, turrón y roscón.
Pensó en su matrimonio, aun cuando había sido una mera formalidad, recordaba con júbilo la
buena compañía que le había brindado Alonso, en el poco tiempo que estuvieron maridados.
Anhelaba volverle a ver. ¿Cómo se encontraría? ¿Habrá llorado su muerte? ¿Estará sufriendo?
Cansada y dolorida, finalmente, llegó a su residencia, una mansión en la calle Camino del sol con
fachada en la calle del Príncipe y la otra en la calle Virgen de los Peligros (1). Franqueó la puerta
barroca, que escondía un inmenso vergel de tiempos de su bisabuela y escuchó los familiares
ladridos de su querida Fufú.
Acompañada por la nodriza, una mestiza cubana y su pequeña Jimena, tocó la aldaba cabeza de
león, emblema familiar, con dos toques enérgicos y contundentes.
Abrió su mayordomo. Buenos días, Santiago, le dijo Inés a la vez que franqueaba el portón, con
su hija en brazos. Estaba lívido de la impresión.
En la entrada un impresionante Belén les daba la bienvenida.
– Veo que nadie me esperaba- dijo, dejando a su niña en el suelo.
Una voz a lo lejos, la puso en alerta.
– ¿Pero quién llama a estas horas? preguntó una joven, que nerviosa se encaminaba al origen de
tanto albedrío, era menuda, rubia y en estado de buena esperanza. Mirando fijamente a Inés, le
preguntó: Pero ¿quién es usted?
Inés paralizada se resistía a que sus ojos explosionaran en un feroz llanto, no sollozaría y no
imploraría; ahora, necesitaba calma y fortaleza.
Inmediatamente, entendió que nadie la estaba esperando. ¿Acaso su marido la había amado? ¿O
simplemente buscó una posición social y un patrimonio, que por casamiento le vino dado?
A lo lejos Alonso, arrastrando los pies como un anciano, se fue acercando impávido, más por
vergüenza que por sorpresa.
¿Cómo puede ser que estés viva? – le dijo sin mirarla siquiera. Puedo explicarte…
– Sobreviví, junto a tu hija- le dijo Inés.
Alonso se quedó embelesado viendo como Jimena, una niña morena, ojos negros y tez blanca
como el alabastro, ajena a la trifulca de sus padres, jugueteaba con Fufú.
Inés decepcionada, sintió repugnancia y hastío por la persona desconocida que tenía ante sí.
– Mi querido Alonso, no te reconozco y no tengo ganas de hablar y mucho menos de escuchar
tus tristes monsergas. Estoy agotada. Te exijo que abandones mi casa de inmediato y espero no
volverte a ver nunca más.
– Pero….
Inés apartó a Alonso de un empujón y cogió en brazos a su pequeña Jimena, que cansada
empezaba a berrear.
Cuando se disponía a subir a sus dependencias, observó que la joven embarazada, salía por la
puerta, gritando: “eres un fementido” y “pum” con un portazo que sonó a despedida, desapareció
sin mirar atrás.
– Tengo mucho trabajo por delante, Alonso- me voy a descansar. Después de todo mañana será
otro día.
RELATO DEL TALLER DE:
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