VIAJE A LA MEMORIA – Gloria Baste Pascual

Por Gloria Baste Pascual

Viaje a la memoria
En el aeropuerto de La Habana, Víctor Casaus vino a recogernos;
después de 9 horas de vuelo, fue una gran alegría encontrarnos.
Mi padre y yo habíamos decidido regresar juntos a La Habana,
después de 30 años que él no pisaba suelo caribeño. Yo, en cada
uno de los viajes de los muchos que hice desde nuestra salida en
el 1961, le iba explicando la evolución de ese pueblo, valiente,
culto y con mucha energía. Mi madre nunca quiso regresar; le
dolía recordar la marcha un poco forzada por la situación y las
dificultades cotidianas. Uno de los motivos importantes de la
decisión familiar de regresar a Barcelona era mi incorporación
con 11 años al proyecto de alfabetización de la revolución en
1958. Los niños y niñas a partir de esa edad debíamos ir al
campo, pueblos y poblados de la sierra para enseñar a leer y
escribir a una población hasta entonces prácticamente analfabeta,
pero con una capacidad humana indescriptible. Fue un proyecto
generoso y muy eficaz. Los rumores corrían a raudales, poco
ciertos, pero en una ciudad donde los chismes corren como la
pólvora, hicieron mella en la población. Esta decisión familiar,
que más tarde entendería, en aquel momento fue crucial para mis
posteriores actuaciones y rebeldías.
Un día almorzando con mi padre, mi madre ya había fallecido, me
dijo:
—Pues yo sí que regresaría a La Habana; ahora que Montse no
está, me gustaría acompañarte en uno de tus viajes.
—No se hable más —respondí.
Emocionada por su decisión, empecé a preparar ese viaje, que
sería mi “Viaje a la memoria”. En la Navidad del 2004,
finalmente estábamos ya viajando hacia Cuba. Víctor, amigo ya
de mis viajes anteriores, nos vino a buscar al aeropuerto José
Martí. ¡Qué recuerdos sentir ese olor a humedad y queroseno
característico de la isla! El olor que siento cada vez que llego a La
Habana me transporta a mi niñez, que no siempre fue dulce, pero
con el tiempo fue aumentando la añoranza de esos años y la
necesidad de regresar.
—Qué alegría verte de nuevo, chica, y conocer por fin a tu padre
—nos dijo Víctor a la llegada. Les tengo preparados varios
encuentros que seguro que a Pedro le encantarán. La beneficencia
catalana, la ermita de los catalanes, también el centro catalán, que,
según me dijiste, vivieron ahí, actualmente es una escuelita de
primaria llena de pioneros estudiosos; les encantará.
—Le he hablado tantas veces a mi padre de ti, Víctor, y de María,
que ha estado todo el viaje preguntándome, sobre sus actividades,
cómo nos conocimos, etc. (Víctor Casaus es un poeta, cineasta y
periodista cubano. Licenciado en Letras Hispánicas por la
Universidad de La Habana, fue uno de los fundadores de El
caimán barbudo, publicación primordial para la producción
cultural en Cuba desde hace más de cincuenta años).
—Pues tendremos tiempo de sobra para platicar sobre su historia
aquí en La Habana y todas nuestras actividades —me respondió.
Víctor y yo nos conocimos en uno de mis primeros viajes a Cuba;
él rodó un documental sobre nuestra experiencia. En esos
primeros años de las nuevas políticas en el país, los que decidían
irse de la isla y abandonar el nuevo proyecto social, estábamos
considerados “gusanos”. Muchos jóvenes, ante esta dura decisión
del gobierno cubano, nos acercábamos a los consulados de EE.
UU., México, Venezuela, España, insistiendo en la necesidad de
poder regresar. Éramos niños y jóvenes que habían emigrado con
sus padres sin que tuvieran la decisión en sus manos, deseando
volver a conocer de cerca las ideas socialistas y su puesta en
marcha. Ante la insistencia de toda esa juventud ansiosa de poder
volver, aprobaron nuestro regreso y nos agrupamos en la
organización “Brigada Antonio Maceo” (nombre que daba honor
a un luchador por la independencia cubana de España; en la
Guerra de los Diez Años, murió de un tiro en el cráneo en 1896).
Y así se dio mi primer viaje de regreso a la isla, junto con cientos
de jóvenes que habían tenido esa misma necesidad. Emocionante
proyecto del que disfrutamos algunos años más. En la isla
trabajábamos voluntariamente en construcción de escuelas, en el
campo o en lo que hiciera falta, menos cortar caña, trabajo que
hacían los expertos para no destrozar las cosechas posteriores.
Con la idea de hacer un documental sobre nuestra historia, Víctor
y su equipo vinieron al campamento donde estábamos
habitualmente alojados, así nos conocimos. El documental era una
experiencia educativa para los jóvenes del país que deseaban
marcharse de Cuba, y la nuestra que queríamos regresar; la
historia siempre nos sorprende…
–Nos interesa mucho, Víctor, saber sobre tu centro “Pablo de
la Torriente Brau” y todas las actividades musicales y culturales,
pero tendremos tiempo de todo. Primeramente, ¿cómo están
María Santucho y vuestras hijas?
(María Santucho es argentina y refugiada en La Habana desde
1972; su familia fue duramente perseguida y torturada durante la
dictadura cívico-militar que duró hasta 1973).
–María está estupenda, nos dice Víctor, como siempre, a caballo
entre Argentina y La Habana. Las niñas, ya mujeres, están cada
vez más independientes; la vida…
Ya con las maletas en el pequeño maletero, empezamos a recorrer
esas calles, desde el aeropuerto José Martí hasta El Vedado.
–Ya están en este magnífico Hotel Nacional, que ya sabrán
ustedes que es de los años 30 y el hotel líder de La Habana; has
hecho muy buena elección, espero que lo disfruten.
—Así es, compañero —le respondí—; quería brindarle a mi padre
en este viaje tan especial la estancia en este hotel, que veíamos
desde nuestra casona del malecón y que tanto les hizo soñar poder
alojarse algún día.
Agotados por el viaje, Víctor nos acompañó a la recepción del
hotel. Arrastrando las maletas y nuestros cuerpos, nos fuimos a
descansar. Al día siguiente empezaríamos nuestra visita y nuestro
“viaje a la memoria”.
Con una agenda repleta de visitas y con la energía que solo se
vive en ese brillante cielo habanero, desayunamos opíparamente
guayaba con queso, piña, cafecito cubano y deliciosas pastas. Mi
padre estaba cansado; a sus 85 años, había decidido hacer
ese viaje y estaba lleno de energía que me contagió durante los
15 días que compartimos el viaje.
–Buenos días, Víctor y María, que bueno verles de nuevo.
—Pues hoy vamos a la Ermita de los Catalanes —nos informó
Víctor—, en Rancho Boyeros, para que Pedro recuerde los
festivales donde cada 27 de abril bailaba la sardana con el grupo
que dirigía. Está un poco deteriorada, pero hay un sacerdote que
la cuida.
Yo no había regresado a ese lugar desde que nos fuimos; ese viaje
al pasado lo pude hacer con “mi viejo” porque, en mis anteriores
visitas a la isla, había vivido el presente y futuro.
En ese bohío de madera y caña, de la ermita, recordé las
comilonas y mis juegos con el resto de los niños por el bosque de
pinos. Al entrar al interior de la ermita y reconocer todos sus
rincones y el olor a yerba mojada, me saltaron las lágrimas. Qué
bonito fue recordarlo todo con mi padre; ahora que ya no está, me
gustaría seguir preguntándole más cosas sobre ese pasado común.
—Chica, te has emocionado… Víctor me abrazó.
Acabamos la visita; el día tenía mucho más que ver.
_Vayámonos a Cojimar; almorzaremos en un paladar que
conozco y visitaremos los lugares donde Hemingway escribió El
viejo y el mar.
En este viaje, mis sensaciones y sentimientos afloraron como en
ningún otro viaje anterior. Vi la vulnerabilidad de mi padre y sus
dudas sobre si hicimos bien en irnos o no; se le empañaban los
ojos recordando y viendo la calle Obispo, donde trabajó, la
escuela donde era una de nuestras casas en La Habana Vieja, con
olor a tamales y ron; yo le seguía con mi cámara, no quería que se
me pasara nada por alto de ese viaje. Cada esquina, cada rincón le
llevaba a sus propios recuerdos de adulto; al fin y al cabo, yo solo
tenía 11 años y mis recuerdos eran más limitados.
Nuestro viaje tenía largo recorrido, pero teníamos prisa por volver
a la casa donde vivimos hasta nuestra marcha: el centro catalán en
el hermoso Paseo del Prado. En esos balcones señoriales de una
casona colonial se había instalado el centro catalán; mi familia era
la responsable de su mantenimiento, actividades y cocina (que
bueno cocinaba mamá). La mezcla de frijoles con «mongetes y
butifarra», tamales y «pa amb tomaquet» era la delicia y el deseo
de los socios del centro. Fuimos una gran familia, donde empecé
a sentirme mujercita. En Latinoamérica las chicas crecen más
rápido: mis primeros bailes, mis coqueteos, y a la vez seguía
jugando a los «yaquis”, esa edad inclasificable que nos hacemos
mujeres. Después de una caminata por el malecón, llegamos al
Paseo del Prado; mi padre se emocionó al doblar la esquina y
reconocer la casa.
__Mira, Gloria, nuestra casa. Vamos a ver si podemos entrar.
_Papa es una escuela, ahora y seguramente no nos dejarán entrar.
Él me agarró del brazo, caso omiso a mi comentario, y entramos
por la escalinata de mármol blanco que nos llevaba hasta el
primer piso, donde estaba el centro catalán. Nos recibió una
profesora y al vernos emocionados, nos preguntó y al explicarle
nos dijo:
__Entonces, ¿ustedes vivieron acá?
_Sí, era nuestra casa antes de irnos; nos gustaría poder ver lo que
podamos, sin molestar.
__Claro, ahora estamos en recreo, y les explicaremos a los niños
que ustedes vivieron acá, son experiencias que les gustará saber.
El suelo de mármol, el patio interior, todo estaba bastante
parecido; los grandes salones eran ahora clases para los niños,
pero la estructura seguía igual, un poco descorchada como todo en
La Habana. Nuestra vivienda estaba en el piso superior, una
pequeña casita en la azotea, pequeña y calurosa, pero cuando se
ponía el sol salíamos a jugar y a disfrutar de las vistas de las
casonas del Paseo. El juego preferido con mi hermana, era ver los
coches pasar y decir «este tuyo, este mío…, podíamos pasar horas
y horas jugando así.
Al salir de la escuela, ya era hora del almuerzo. Nos dirigimos a
La Habana vieja y entramos a tomarnos un daiquirí en El
Floridita, por donde no habían pasado los años, con la foto de
Hemingway al final de la barra y los barmans con elegantes
guayaberas blancas que iban haciendo cócteles para una barra
abarrotada de lugareños y turistas.
Los días transcurrieron llenos de emociones y muchas visitas; una
de las que esperábamos con ganas era visitar el Centro Pablo de la
Torriente Brau, institución independiente y cultural que tiene
como objetivo estimular la producción de historia oral e
incentivar el rescate de la memoria cubana. Asistimos a una de
sus actividades, una lectura de poemas acompañados de una
guitarra; en el centro se encuentran habitalmente trovadores
cubanos: Víctor y María son los artífices, directores y activistas.
Mi padre conectó de inmediato con los jóvenes trovadores y
tuvimos una charla muy interesante.
Así siguieron transcurriendo hermosos días de nuestro “viaje a la
memoria”: paseos intensos por la ciudad, recorridos en “tuc tuc”
(moto con 2 asientos detrás muy utilizada en La Habana) hasta el
parque de Almendares, excursiones a Pinar del Río y sus fábricas
de tabaco, y cómo no, una noche en el cabaret Tropicana. Al
regreso y con todo ese material grabado, edité un video con todo
lo ocurrido; nunca me arrepentiré de ese viaje que me ayudó a ver
a mi padre en una perspectiva más humana y cercana.
¡¡Porque no lo hice antes!!

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