EL CAFÉ

Por Pablo Gonzalo

Un día se despertó y ya no le gustaba el café. Sucedió sin aviso aparente, sin que nada hubiera cambiado en su vida. Había estado trabajando hasta tarde el día anterior, había cenado y se había ido a la cama a la hora habitual. Al levantarse, se preparó su café de siempre, en su cafetera de siempre, en su taza de siempre, servido en su mesa de siempre. Pero su cuerpo lo repudió. Era como si nunca le hubiera gustado el café, como aquellos jóvenes quinceañeros que intentan tomar café para parecer maduros, pero que no consiguen soportar su sabor.

Lo volvió a intentar. Tiró la primera taza y se preparó una segunda.

Me habré equivocado en la mezcla de agua y café, pensó. Pero, al acercarse la taza a la boca, tuvo la misma reacción de repulsa.

Nada, no hay manera. He perdido el gusto por este café, se dijo resignado, tendré que comprarme otro de camino al trabajo.

Al salir de su casa pasó por una cafetería de su confianza y pidió un café con leche. Nervioso y con ansia, dio un sorbo a su esperado café. Pero, de nuevo, el sabor le produjo náuseas.

-Demonios, tampoco soy capaz de tomármelo -gritó alterado. Pagó y se fue.

La ansiedad iba en aumento. A esto se sumó un intenso dolor de cabeza y una incómoda somnolencia. Llegó a la oficina y le recordaron una reunión de última hora en el Comité de Dirección. Al finalizar, en el pasillo le abordó el Consejero Delegado y le pidió un informe en el que había estado trabajando, pero que tenía pendiente por falta de ganas. Tras interminables reuniones, llamadas y correos, se sentía exhausto. En la reunión se había dormido y había cometido varios errores que un “muy querido” compañero no había dudado en señalar. Era el peor día de su vida.

Al final de la mañana, sorteando reuniones e informes, intentó probar con la máquina de café de la oficina. Son muchos años tomándolo, éste no me puede fallar, pensaba mientras se aproximaba a la máquina.

Poco a poco fue acercando la taza de cartón a sus labios, temeroso aunque esperanzado. En el fondo de su alma albergaba una tenue ilusión, deseaba que su cuerpo pudiera soportar ese sabor amargo que le devolvería su chispa habitual. Pero, de nuevo, fue caerle unas gotas de ese líquido marrón en la garganta y notó unas profundas arcadas, un ardor exasperante y mareos.

Aguantó unas horas más en la oficina y, en cuanto pudo, salió corriendo por la puerta. Fue a una tienda gourmet y compró una marca carísima de café colombiano y se metió en la cama sin cenar.

Me acostaré, se dijo, y cuando me despierte mañana todo habrá pasado. Seguro que es un mal sueño, se autoconvencía mientras cerraba los ojos.

El despertador, como cada mañana, sonó implacable a las seis en punto. Encendió la radio y preparó una cafetera con el carísimo café que había comprado la tarde anterior. Cuando se sirvió su deseada taza, cruzó los dedos y sintió una leve esperanza, demasiado sutil como para expresarla en voz alta.

¡Esta vez funcionará!, se dijo.

Pero, de nuevo, fue probar un sorbo de café y le entró la misma sensación de náusea intensa que le había obligado a escupirlo en el sumidero la primera vez. La rabia lo invadió y, con todas las fuerzas que tenía, estampó su taza favorita contra el suelo de la cocina, haciéndola estallar en mil pedazos.

El día de trabajo fue interminable; llamadas, reuniones y, todo con dos días acumulados sin poder tomar café. Estaba ansioso, se alertaba y gritaba; estaba irascible, se equivocaba, no era él mismo. Así se sucedieron dos, tres días, una semana. Intentó todo: probó café colombiano, peruano, ecuatoriano, guineano, boliviano. Lo tomó con leche, expreso, cortado, frapuccino. Lo probó de pie, sentado, en taza grande, pequeña, en vaso. Nada funcionaba. Las arcadas y las náuseas se sucedían cada vez que un trago de café pasaba por su garganta.

Era incapaz de soportarlo y su vida, construida sobre el principio universal de seis cafés diarios, se desmoronaba, llegaba tarde a las reuniones, estaba ausente, se olvidaba de los plazos, cometía errores en sus informes y su carácter se había tornado inaguantable para todos los que estaban a su lado.

Así pasaron varios meses y su aspecto físico sufrió un deterioro muy perceptible: se le cayó parte del pelo, adelgazó, le salieron ojeras y se sentía agotado. La falta de rendimiento y el nerviosismo provocaron una serie de problemas personales que ahondaron en su vida profesional. Nadie aguanta eternamente a una persona irascible y depresiva y poco a poco le fueron abandonando todos sus amigos.

A los problemas personales, se fueron uniendo problemas laborales. Pese a haber llevado a su empresa a los mejores rankings mundiales, expandiendo el negocio en Asia, ya no rendía, caminaba meditabundo por los pasillos, estaba desconcentrado y no tenía interés por los objetivos de beneficios que antes eran cruciales para su futuro. Su exposición mediática también se redujo. Ni desayunos informativos, ni charlas con inversores. En este mundo competitivo como es la empresa de inversión, no tardaron en alzarse competidores deseosos de quitarle el puesto. Viejos enemigos de antaño no dudaron en aprovecharse de su situación, lo que llevó a que le encomendaran cada vez menos asuntos, escondiéndole en un despacho perdido en la quinta planta donde le relegaron a tareas burocráticas alejadas del contacto con los clientes.

Desesperado, lo intentó todo: probó distintas variedades de cafés, psicólogos, terapeutas, incluso un viejo curandero vietnamita al que acudió reprimiendo la risa que en otro tiempo hubiera proferido ante la sola idea de encomendarse a un “chamán”; nada solucionaba una situación. La falta de café había sido la «gota» que colmó el vaso, el desencadenante de toda una serie de problemas profesionales y personales, que hundieron su vida.

Un día tomó una decisión radical: dimitiría de su puesto de directivo (ahora sin casi funciones), liquidaría sus acciones y sus participaciones en fondos de inversiones, lo dejaría todo y se iría a vivir a Colombia. Ahora que el destino le había dado la espalda en España, solo y atrapado en su ansiedad, pondría rumbo a otro continente y empezaría una nueva vida. Allí investigaría sobre el café, aprendería la profesión y la forma de plantar y cosechar el café, sus fórmulas y métodos. Encontraría la forma de producir un tipo de café que su cuerpo pudiera tolerar y buscaría otra vida. Ese sería su objetivo vital.

La prensa digital, siempre deseosa de informaciones morbosas sobre la vida de los directivos del Ibex, no tardó en hacerse eco de la noticia:

El Confidencial, 17 de julio de 2013

Excéntrico directivo se cansa del estrés y se fuga a Colombia

Fuentes de este periódico han tenido acceso a la carta en la que un alto directivo de una empresa del Ibex 35 renuncia inesperadamente a su cotizado puesto, tras más de una década de éxitos acumulados, y se marcha a comenzar una nueva vida en Colombia. Las personas con las que se ha puesto en contacto este periódico confirman que M.J.L., de cuarenta y cinco años de edad, ha dejado su puesto en la empresa y ha abandonado el país. Al parecer, llevaba muchos meses con un carácter irascible y nervioso, arrastrando problemas personales. Fuentes cercanas a su círculo lo achacan a problemas de úlcera que le impedían tomar café y que desencadenaron en un proceso depresivo si bien otros hacen mención al estrés propio de su profesión y el escaso tiempo para uno mismo, lo que le habría llevado a un cambio tan radical en su vida.

Al principio, sobrevivió gracias a sus ahorros. Posteriormente, malvivió con los trabajos que le fueron dando los locales. El dueño de un cafetal le acogió en su plantación y le enseñó el negocio del café: el cultivo, periodo de maduración, la producción, distribución. Con el tiempo y, con mucha paciencia, se fue ganando la confianza del dueño y se convirtió en su mano derecha. Finalmente, gracias a sus capacidades de dirección, llegó a sucederle en el puesto de mando.

La plantación consiguió producir un café muy apreciado que llegó a exportarse por todo el mundo. Se hizo famoso y dedicó parte de su tiempo a dar ponencias en universidades. Consiguió que el café dejara de ser su obsesión y se convirtiera en su pasión, se reconcilió con su vida personal y encontró a una bella colombiana con la que compartió su nueva vida. Dicen que, por primera vez, fue realmente feliz.

Después se desvaneció sin dejar rastro. Tras varios años de búsqueda, lo hallé en un lugar perdido de la sierra colombiana dónde, alejado de su fama y ya anciano, me contó su historia, tal y como os la acabo de relatar. No pude resistirme a preguntarle si alguna vez llegó a descubrir por qué aborreció su cuerpo el café.

– No, nunca llegué a saberlo –me respondió.

Sorprendido, le pregunté:

– ¿Y nunca le inquietó?

– Al principio, sí. Pasaba los días paseando entre plantaciones, por las noches no era capaz de dormir. Llegué a obsesionarme con encontrar un café que pudiera tolerar mi cuerpo y que me devolviera la vida que tenía antes, que revertiera el proceso que me llevó a perderme a mí mismo.

– ¿Y qué ocurrió? –le pregunté.

– Me conformé. Lo acepté. De hecho, no he vuelto a probar una gota de café desde hace treinta años.

Muy sorprendido por su respuesta, osé preguntarle:

– ¿Ya no lo echa de menos?

– No. Superé esa obsesión, me liberé de la dependencia del café y de lo que conllevaba. Me ataba a una forma de vida, a una rutina que me provocó mucha infelicidad. No me di cuenta en su momento, pero aunque el café me mantenía despierto para el trabajo, me mantenía dormido para las personas, me alejaba de ellas. Cuando me di cuenta de ello, cuando vi el café como una pasión ajena al trabajo, como un arte, me sentí liberado, hice las paces conmigo mismo. El hombre tiende a obsesionarse con determinadas cosas que marcan su carácter, que le atan a una forma de ser. A veces éstas son el reflejo de una vida que nos impide ser felices.

Me miró de reojo y añadió:

–  Me temo que ésta no sea una respuesta lo suficiente satisfactoria para su artículo. Supongo que su revista lo habrá enviado a buscarme esperando un final más sensacionalista.

No fui capaz de insistir más, pues su historia me había conmovido hasta tal punto que me dejó sin armas. Le di un apretón de manos y me alejé con una bolsa de su última cosecha de café, que aún conservo. Al volverme en la distancia, noté en su sonrisa un brillo que me hizo entender que era perfectamente consciente de todo lo que le había acontecido pero que no deseaba decírmelo. Quizás temiera abrir viejas heridas o desvelar el secreto de su felicidad, pócima que una vez revelada, carece de efectos.

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