EL CAPITAN DE CARABOBO – María Luz Pastora Gil García
Por María Luz Pastora Gil García

EL CAPITÁN DE CARABOBO
Estaba leyendo la prensa en su mesita, junto al teléfono negro de baquelita. Conforme me fui acercando, lo vi serio serio. Se fue enderezando despacio despacio. Echó la silla hacia atrás con el pie; puso sus manos sobre la mesa; agachó la cabeza como si fuera a agarrar vuelo y me dijo:
¿Qué haces con ese negrito de arriba para abajo, es que no ves que es un aprovechado que solo quiere vivir del cuento una temporadita? Esto se acabó, a mí no me ponen más la cara colorada. No hay más coche ni más negrito.
Esto fue lo que me dijo mi padre cuando ese mediodía fui a pedirle las llaves del coche para encontrarme con Ricardo, al que conocía desde hacía unos días. Éste muchacho se albergaba en la casa de Jill. Casa en la que tenían su punto de encuentro la colonia de artistas extranjeros que venían aterrizando en el pueblo desde hacía unos años. Artesanos de otros mundos, poetas venidos a menos, pintores a los que no les hacían caso en sus lugares de origen, bailarines ya gordos, yoguis visionarios…En fin, todo un mundo artístico y alternativo, del que me hice asidua. A esa casa se accedía cruzando una valla de piedra seca de arenisca que se desmoronaba lentamente y que daba paso a un patio empedrado con poca precisión. En el ala derecha vivía Jill; en el ala izquierda quedaba parte de un caserón abandonado plagado de higuerillas, esperando a que otro extranjero la rescatara de su inminente caída; ambas alas se unían por una construcción que daba forma de u al conjunto donde se encontraba el taller de la longeva escultora, una de las más profesionales del plantel.
Días atrás, con su marcado acento anglosajón a pesar de llevar cincuenta y tantos años viviendo en España, Jill me llamó para que hiciera de cicerone de un muchacho que había recogido haciendo autoestop, y que había instalado en su casa. El sujeto era venezolano, del estado de Carabobo, que mira que el nombre del estado tiene tela, bueno, decía que vivía cerca del golfo Triste; que era capitán de barco, de su barco; y que zarpó meses atrás solo, rumbo al viejo continente; con tan mala suerte, que una tempestad hizo que naufragara en las costas de Portugal, ileso, eso sí.
El muchacho caribeño tenía un rostro armonioso, no era blanco, ni negro ni indio, era pardo, decía él. Físicamente no se le podía poner un pero. Ricardo, el capitán de Carabobo hablaba suave y meloso, por su mirada profunda y viva daba la sensación de que no le temía a nada. Sus grandes manos aleteaban con elegancia ayudándole a explicar la suerte de días que tuvo que sobrevivir en el mar, a la deriva.
Asumí con gusto compartir el impulso solidario de la longeva escultora, encontrando, por fin, distracción en ese aburridísimo verano. No terminé de creerme el extraordinario caso paradojal de la naturaleza, la tempestad que dio
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lugar al naufragio. Pero eso me daba igual. Todo ese pedigrí verdad o no, me distrajo de tal modo que durante unos días vivimos un romance. La suerte de aventuras que me contó en esos días me dejó con la boca abierta, el corazón acelerado y el hipotálamo con vistas solo al amor. Creo que adelgacé kilo por día, dando cochazos, como tú dirías, en el Dian 6 como en una cápsula amorosa.
Hasta ese día, que fui a pedirle las llaves del coche a mi padre y me paró en seco. El caso es que al parecer, el marino se estaba paseando por el pueblo diciendo a boca llena, que iba a pedir mi mano. Esa mañana, mi padre coincidió con él en el bar de Paco, al que parece que lo estoy viendo, con su gorra y su labio rojo. Era un hombre menudo pero con mucho nervio, un gracioso que no terminaba de cuajar. Mi padre entró en su establecimiento, para cerrar algún negocio imagino, cuando, con toda la mala leche, le dijo:
Mira Juan, -señalando a mi pretendiente que no me explico que tenía que hacer en ese bar de viejos a esa hora de la mañana-, ese es tu yerno, el capitán Ricardo, dice que se va a casar con tu hija, que quiere pedirte su mano; se la va a llevar a Venezuela, dice. Y tú ni te enteras. Llevan un montón de días de arriba para abajo.
A lo que mi padre respondió con su gracia: ¿Qué estás diciendo, Paco, estás chalao? Mirando de reojo al muchacho, que se quedó inmóvil, entre las risas de los mirones que estaban en el bar y el asombro de mi querido amigo Manolito, el hijo de Paco. No dijo nada más, y se fue, echando chispas.
Hoy se me ha presentado una mañana nostálgica y melancólica, de tanto haber perdido a seres queridos. Y por esas cosas que pasan, hoy los recuerdos de mi padre me dan vueltas en la cabeza y venga echarle de menos. De modo que voy a escribirte papá. Aunque estés muerto, ahora tienes todo el tiempo del mundo para leerme, o sentirme u oírme o como sea que puedas, estando donde quiera que estés. Quiero que te enteres de este calorcito que me llega del estómago al corazón cuando pienso en ti. Lo malo es que no me contestarás. Pero puedo imaginarme las caras que pondrás.
Papá, ahora que también soy madre, sé lo difícil que es hablar con los hijos. Me refiero a hablar de las cosas de verdad, las que te hacen mella. Y caigo en la cuenta de que nosotros, tú y yo, no hablábamos de cosas importantes, y mucho menos incómodas. No se rodeaba. Andábamos a lo nuestro, en una familia en la que mamá se ocupaba de todo, y todo funcionaba. Lo que mamá diga, eso era lo que decías. Y mamá todo lo hacía bien. Estabas en cierto modo distraído de nosotros; tenías tus ocupaciones, tus amigos, y sobre todo el negocio familiar del que te hiciste cargo cuando mataron a tu padre y del que tenías que dar cuantas a todos tus hermanos. Cierto que no nos privaste de tu cariño, de tu sentido del humor, tus besos repetitivos cómo un pájaro carpintero, tus apelativos particulares e ingeniosos. Pero no te metías en nada. Con mamá era suficiente, creías, me lo pregunto. Sin embargo, papá, recordarás cuando una mirada tuya o una palabra más alta de lo habitual, me provocaba un nudo en la garganta, un hilo de lágrimas, que entre paréntesis eran verdaderas, e imagino que irresistibles para ti. Mamá, era otra cosa, ella sí que me reñía, sabía que yo era muy atrevida y me ataba corto.
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Dice mi hermana que soy un espíritu libre. Ella lloraba desconsoladamente cuando me iba a pasar unos días a las casas de nuestros familiares, a casa de amigas, donde fuera, a la primera de cambio. Cualquier oportunidad era buena para explorar otras costumbres, otros paisajes, otros olores, otros sonidos… Ahora sé que esas ganas de descubrir se deben a mi hemisferio derecho, que lo tendré más desarrollado que el izquierdo. He sido siempre muy curiosa, a veces, demasiado curiosa, si se puede decir así.
En fin, por estas ansias de conocer, a veces me metí en líos, de los que aprendí pronto a salir sola. Te cuento algo que no sabe nadie. Cuando ya vivía en la residencia, fuera de casa. Todos los días pasaba por delante de una tertulia de intelectuales. Uno de ellos, pintor famosillo de la ciudad, me paró un día y me aseguró que estaba pintando un cuadro, una maternidad me dijo, y que yo lo inspiraba cada día y que si podía posar para él. Haciendo uso de mi libertad y curiosidad acepté, subí al estudio y entre postura y postura el pintor me toqueteó. Con tan mala fortuna para él, que con toda mi furia, indubitable, segura y seria me retiré sin decir ni pío del escenario y salí del estudio, tan fría y segura que el pintor no reaccionó. Hoy me cruzo con una de sus hijas, reconocida por todos como la hija de un gran pintor local. Qué poco sabemos de nada, y sobre todo que poco sabemos de la vida de los creadores, que a veces son seres despreciables. De todo esto ni te enteraste, claro no tuviste que preocuparte, ni ocuparte, tampoco mamá, que como ya sabes estaba muy pendiente, claro, pero no estaba allí. Me imagino que te habrás quedado frío, más frío aún, pero como ves salí del trance. Que Te enteres ahora, me reconforta.
Pero, el episodio del capitán, papá, quiero aclararlo contigo. Ese día ejerciste tu ausente autoridad hasta entonces. En aquella ocasión, me llamaste al orden y te obedecí sin rechistar, tal vez por no haberla gastado anteriormente. Como cuando solo me mirabas, de pequeña.
Cuando me dijiste –No hay más coche ni más negrito. Me quedé muerta. Salí sin saber qué había pasado, gimoteando, rabiosa, pero no te pregunté, no me sentí con derecho a réplica.
No, no sabes cómo me quedé, me quedé sin voz, y sin saber qué había pasado hasta que mi querido amigo Manolito entre risas y apuro me contó lo ocurrido. Él presenció el episodio, estaba allí echándole una mano a su padre.
Las risas de los paisanos, el desparpajo de Paco, el muchacho… Entonces, me estremecí, como lo hago ahora al recordarlo. Sentí algo parecido, de muy pequeña, cuando hubo una pelea de chavales en una fiesta y tú, cercano al alboroto, te metiste a poner orden; el promotor de la disputa, el más hombretón, arremetió contra ti, te empujó, tropezaste y te caíste al suelo. Recuerdo cómo te tambaleaste como en cámara lenta, y una ráfaga de chispitas efervescentes me subió desde los pies a la cabeza. Pues algo parecido sentí en ese momento Te percibí débil, sin saber qué decir, avergonzado, herido en tu orgullo, y descompuesto.
Lo que en un principio fue una corajina contra ti, se transformó en una ira contra el capitán, por charlatán e indiscreto. Tú sabes papá que tengo mucho genio, así que sin cuestionármelo, envuelta en lágrimas de decisión bajé a
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deshacer mi compromiso estival. El capitán, tomaba el sol sentado en una piedra junto a la casa, y sin mediar saludo, le dije que cómo se atrevía a ir contando por ahí estupideces. Que se había pasado con tanta pedida de mano. Y que no volvería a salir con él. Sus grandes ojos me miraron impávidos y ni me quedé para ver qué decía.
De regreso paré en el establecimiento de Paco Reina. Y descargué mi coraje. Le reproche haberse reído de ti. Le dije que parecía mentira, aprovechar la ocasión para faltarte al respeto, porque eso fue lo que fue. Los que se encontraban allí se quedaron mudos y muy atentos a lo que yo vehementemente le reproché. Y me fui muy tranquila.
Esto no te lo conté, ni te abracé después. Ni te dije que mi obediencia sólo se debió al amor que te profesaba. Que aunque me estaba divirtiendo, e incluso pensaba que ese muchacho significaba algo para mí, nunca me vi en Venezuela, ni mucho menos. El capitán fue una andanza propia del verano y de mi gusto por los personajes, como dice mi hermana. Papá, fue la única vez que me prohibiste algo categóricamente y bastó esa íntima y tan deseada llamada de atención, para que de un zarpazo se terminara aquella historia, aunque no tuviera nada de malo.
Tras la ruptura, no supe más de él. Jill me dijo que esa misma tarde lo dejó en la Barca de Vejer, cuando fue a entregar una escultura de una niña paseándose en un columpio. Y ya está. Papá. Espero que bien contada la historia te haga incluso gracia, te haga sentir bien, saber cuánto te quise en esa ocasión, y te des cuenta de lo bien que ejerciste tu autoridad, que por no haberla derrochado, surtió un efecto implacable. Y tranquilo, que dejé tu honor bien alto.
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