EL REGALO

Por Beatriz Benito

Habían llegado las vacaciones de Pascua, y con estas fechas mi cumpleaños. Mis padres trabajaban todos los días a excepción del fin de semana. “En Estados Unidos no celebran la Semana Santa, Rob” me explicaban, “y nosotros tenemos que seguir su calendario. La empresa es americana y llevamos su ritmo; pero no te preocupes que llegaremos a tiempo a tu cumpleaños”. Esa era su manera de justificar el enviarme con mi abuelo paterno, que vivía en un pueblo recóndito de la isla de Menorca. Yo no quería ir, porque a duras penas le conocía. Habíamos estado viviendo en Estados Unidos durante más de diez años; prácticamente nos marchamos a los pocos meses de nacer yo. Así que desde entonces no había tenido mucho contacto con él. Tampoco hablaba castellano, sino que utilizaba un dialecto menorquín tan cerrado que difícilmente se le entendía. Ahora llevábamos viviendo en España unos meses, y había conseguido hacer amigos en mi nuevo colegio. Pero la perspectiva de pasar una semana a solas con un extraño, en una casa aislada, en una isla que tampoco conocía resultaba completamente fastidioso.

Sin embargo, ahí me mandaron. No escucharon ninguna de las propuestas que les hice y me enviaron con aquel desconocido, con la esperanza de que estableciéramos una relación abuelo-nieto que nunca había existido.

Llegué al pequeño aeropuerto de Menorca y un viejo con un trozo de cartón en el que estaba escrito mi nombre, me recibió explicándome con gestos y palabras que era mi abuelo. Subimos a un coche destartalado que nos llevó durante más de cuarenta minutos por pequeños caminos de cabra, hasta que llegamos a una casa antigua bastante grande. Había un sinfín de animales por la finca, sobre todo ovejas y gallinas. Un enorme perro nos recibió a saltos. Mi abuelo le acarició el lomo y le dio algo de comer que sacó de su bolsillo. El perro se marchó satisfecho.

El viejo me acompañó al interior de la casa y me guió hasta una gran habitación que según entendí era la de mi padre. En el centro de la estancia se encontraba una cama que también parecía antigua, con la estructura de hierro y el colchón de lana. En el suelo había un baúl de madera, parecido a los que describen los cuentos de piratas. Pesaba mucho, y al abrirlo descubrí juguetes antiguos bastante oxidados, nada que se pudiera enchufar. Lo único interesante que encontré fue un balón desinflado.

Inmediatamente cogí el móvil y comprobé que no tenía cobertura y sólo media batería; tenía que encontrar un enchufe donde recargarla. Registré toda la habitación pero nada, ni rastro de enchufes. Rebusqué en el baño, que estaba al otro lado del pasillo, y tampoco. ¿Pero qué pasa en esta casa? ¿no hay un maldito enchufe por ningún lado? Llamé al viejo, pero había desaparecido, así que me puse a buscarlo por todas partes. La casa era más grande de lo que parecía. Tenía dos plantas. En la de arriba estaban los dormitorios, en total cinco; y en la parte de abajo se encontraban la cocina, lo que parecía una sala de estar y luego toda una zona separada donde se ubicaba el establo de los animales y cuyo único acceso era por el exterior de la vivienda. Busqué al viejo por todas partes y no había señal de él ni de ningún enchufe. De hecho no había ni televisión. El único atisbo de tecnología era un artilugio que deduje se trataba de un teléfono. Me extrañó porque tenía los números en una especie de rueda giratoria. ¡Ni siquiera había un microondas en la cocina!

Salí fuera y le llamé a voces, pero el único que me contestó fue un ganso que deambulaba despistado por allí. Encontré un pequeño camino de tierra que me propuse explorar, pues estaba claro que esa iba a ser toda mi diversión.  A mitad del sendero encontré al viejo junto al perro trayendo de vuelta un rebaño de ovejas. Me dijo que en breve cenaríamos.

El viejo no era muy hablador, y yo tampoco estaba de humor. Traté de preguntarle por un enchufe y no supo de qué le hablaba. ¡Estaba condenado a una semana de infierno totalmente desconectado del mundo!

Nos acostamos pronto y al día siguiente cuando me levanté me había dejado el desayuno preparado en la cocina, y él había vuelto a desaparecer. Cogí el balón de mi padre y lo inflé con una especie de bomba que también había en el baúl. Daría algunos “toques” mientras inspeccionaba la zona.

Seguí el camino de tierra y al no encontrar al viejo continué para ver dónde me llevaba. Atravesé una barrera de arbustos y vegetación que dominaba todo el espacio, y que desembocaba en una pequeña playa de arena blanca, de apenas unos diez metros de ancho. ¡Aquello parecía un pequeño paraíso!

Me lancé a dar unos toques con el balón, y en uno de ellos, el esférico salió disparado colándose entre unos arbustos. Había muchas ramas espinosas y temí que mi única distracción se hubiera “pinchado”. Atravesé como pude esa gran barrera de zarzas que iban dejando su rastro en mis brazos y pantalones y descubrí la entrada a lo que parecía una cueva. Cogí el móvil y encendí la linterna para adentrarme en la extraña caverna. Me llamaron la atención sus paredes que brillaban deslumbrándome, y al acercarme a mirarlas con detenimiento me sorprendió descubrir que estaban recubiertas de grandes cristales de cuarzo de diferentes colores y que al contacto con la luz de mi linterna brillaban aún más. Seguí el camino de la cueva adentro, pero en breve el trayecto concluyó; me topé de bruces con una puerta que cerraba el paso a las profundidades de la cueva. Tenía un gran candado cerrado que impedía abrirla.

Decepcionado, salí de allí en busca del viejo, tenía que contarle mi gran descubrimiento. Pero el viejo no apareció hasta bien tarde. Cuando traté de explicarle lo que había encontrado, me miró con extrañeza sin creer una palabra de lo que le decía. Así que decidí llevarlo a rastras hasta la cueva. Al entrar e iluminar las paredes, los cristales se habían evaporado, sólo se veía una roca normal y corriente, y al continuar por el pasadizo para llegar a la puerta, ésta también había desaparecido, sólo estaba el final del túnel. Aturdido por la situación, no podía creer lo que había pasado. ¿Había sido una mala pasada de mi imaginación? ¿Dónde estaba todo lo que yo había visto?

Esa noche no pegué ojo tratando de pensar qué había ocurrido, si quizás había entrado en otra cueva, pero allí no había ninguna más. Ese era el único acceso al interior de esa pequeña montaña.

A la mañana siguiente regresé a la cueva, y en esta ocasión cogí una linterna que encontré en un armario. Quería cerciorarme de lo que había visto. Pero nada, allí no había nada; ni paredes brillantes, ni puerta con candado en el interior.

Me senté en la orilla de la pequeña playa, con los pies a remojo, dejando pasar el día, desencantado y frustrado porque de nuevo mis vacaciones iban a ser un aburrimiento. Sin embargo, algo me sacó de mis pensamientos. Oí un ruido extraño de algo que atravesaba los arbustos e iba en dirección a la cueva. Con sigilo me acerqué y vi cómo el perro del viejo se adentraba en la cueva. Pensé que estaba siguiendo el rastro de algún animal, pero después de un buen rato el perro no había salido, ni tampoco se oía nada dentro. Decidí entrar a buscarlo.

Mi asombro fue descomunal al descubrir que las paredes de la cueva brillaban de nuevo. Animado y contento porque no era mi mente la que lo había inventado, decidí adentrarme hasta que encontré de nuevo la puerta cerrada con el gran candado. Pero allí no había ni rastro del perro. ¿Dónde se había metido? Estaba completamente seguro de que no había salido de la cueva. Había estado mirando la entrada todo el tiempo, y el perro era demasiado grande para pasar desapercibido. Esto sí que era un misterio.

Quería ir corriendo a buscar al viejo, y demostrarle que no me había inventado nada, pero tenía miedo de salir de allí y que todo volviera a desaparecer. ¡Era absurdo! ¡Tampoco podía quedarme todo el día vigilando! Debía encontrar algo para abrir ese candado, debía descubrir qué se escondía tras esa puerta.

Rastreé desesperadamente una piedra por el suelo y cuando encontré una empecé a golpear el candado intentando romperlo para abrirlo. Pero el candado era de hierro y la piedra no era suficientemente fuerte para partirlo, se estaba destrozando. ¡Tenía que encontrar la llave como fuera!

Me acerqué al candado y observé un escudo grabado que me resultaba familiar. Era la imagen de un halcón que sostenía con sus garras una piedra que resplandecía. Ya lo había visto antes, pero ¿dónde? ¡Ya sé dónde! ¡En el baúl de juegos de mi padre! Su cerrojo termina en un candado decorativo que tiene el mismo dibujo.

Salí corriendo de allí como alma que lleva el diablo, en dirección a mi habitación, y cuando llegué frente al baúl me arrodillé a observarlo con detenimiento. Era exactamente el mismo dibujo. Tenía el corazón a punto de estallar y la respiración atropellada de la carrera que me había dado.

Lo sostuve un rato entre mis manos y abrí el baúl en busca de la llave. Tenía que estar por algún sitio. Pero nada. Puse la habitación patas arriba en busca de la llave, pero seguía sin aparecer. Decidí registrar la casa. Tampoco hubo suerte.

Al caer la noche apareció el viejo junto al perro.

–   ¿Dónde estaba el perro?- le pregunté al viejo. Me miró extrañado.

–   Conmigo – chapurreó en un mal castellano.

–   Pero yo le vi entrar en la cueva y luego desapareció.

Al decir esto la cara del viejo se transformó en pura estupefacción. Al instante, reaccionó cambiando de tema para después sumergirse en sus pensamientos. Desde luego no era muy hablador, y estaba claro que algo escondía. Tendría que observarle más atentamente.

Decidí levantarme al alba, cuando suponía que el viejo salía de casa. Hoy le seguiría de cerca, había algunas incógnitas que descubrir: ¿dónde pasaba todo el día? ¿qué era lo que hacía? ¿realmente iba al campo con las ovejas?

Cuando me levanté el viejo ya había salido de la casa. Avanzaba hacia el camino que conducía a la cueva. Salí como una bala en pijama, siguiéndole a hurtadillas, manteniendo las distancias para que no me descubriera. El perro le acompañaba. Se desvió un poco del camino y se acercó a un grupo de ovejas que estaban pastando allí. Al agacharse observé que llevaba algo colgado al cuello. ¿Qué era eso? Parecía… ¡Llevaba una llave colgada al cuello! El corazón me dio un vuelco. ¿Sería esa la llave del candado?

El viejo reanudó la marcha hacia el camino. Se dirigía a la cueva. El perro iba a su lado. Entraron en la gruta y yo me quedé algo rezagado, manteniendo las distancias. Cuando me adentré, de nuevo las paredes brillaban. Continué adelante hasta que casi los alcancé. Agazapado tras una columna de cuarzo observé cómo el viejo introducía la llave en el candado, lo abría y cruzaban la puerta. Corrí hacia allí con la esperanza de llegar antes de que se cerrara y descubrir qué se escondía tras ella.

De chiripa, conseguí que mi pie bloqueara la puerta antes de cerrarse, dejando una rendija para ver. Asomé la cabeza y lo que allí descubrí me dejó fascinado. Un gran tesoro de piedras preciosas y joyas cubría toda la estancia. No había ni rastro del viejo ni del perro.  ¿Dónde se habían metido?

Husmeé entre el tesoro, probándome joyas y coronas. ¡Parecían sacadas de los cuentos de piratas! Pero fue un solo objeto el que más atrajo mi atención. Estaba en el centro de la estancia colocada en un pedestal. Una gran piedra morada y tallada iluminaba toda la cámara. Me acerqué a ella y la toqué. En ese momento se produjo un destello cegador que me transportó a lo que parecía la bodega de un ¡BARCO PIRATA!

Cuando recuperé la calma y la seguridad de que no se trataba de ningún sueño, noté cómo alguien se acercaba a mí. Sentí cómo mis piernas chocaban entre sí y mi cuerpo se estremecía de terror. “Que no sea un pirata, que no sea un pirata…” me repetía a mí mismo en silencio. Sentí un gran alivio al descubrir que era mi abuelo junto a su perro. Pero llevaba la vestimenta de un bucanero, con un gran sombrero y un parche en el ojo.

–   ¡Bienvenido a mi barco, Rob! – dijo el viejo en un castellano perfecto.

–   Pero ¿qué es esto? ¿Por qué estás vestido así? – balbuceé sin comprender nada.

–   ¡Has descubierto mi secreto! Soy el Capitán Robert Popper, y con mi tripulación surcamos los mares en busca de tesoros escondidos.

–   ¿Cómo hemos llegado aquí? – todavía tenía que asimilar el cambio de escenario, ¿qué había ocurrido?

–   La piedra te transportó aquí, y ahora estás en mi barco. Durante generaciones hemos recibido esta piedra mágica que nos lleva a lugares emocionantes donde vivir aventuras. El tesoro que viste, lo ha ido acumulando nuestra familia en las diversas andanzas que hemos emprendido – explicó el viejo.- Ahora llega tu tiempo, eres el heredero de todos estos tesoros, y del más importante de ellos: la piedra morada. Con ella conocerás lugares únicos y vivirás experiencias mágicas y maravillosas. Yo te guiaré al principio. – El viejo se quitó la llave que colgaba de su cuello y me la entregó.- Con esta llave podrás entrar en la gruta secreta, que únicamente se iluminará al detectar la llave. Llévala siempre contigo.

Emocionado, cogí la llave y me la colgué del cuello, y en un arrebato de exaltación me lancé hacia el viejo y le di un fuerte abrazo. Era el mejor regalo que me habían hecho nunca.

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