GÉMINIS

Por Mercedes Navazo

Acababa de cumplir dos años cuando mi padre nos abandonó; estaba a punto de tener un hijo con otra mujer. Decía que al fin había encontrado al amor de su vida, que lo suyo con mi madre era simplemente el afecto surgido del compromiso entre dos familias que, desde niños, acordaron unirlos para acrecentar sus respectivos patrimonios. Para él se trataba de algo natural, era razonable esperar que cada uno buscase en otro lado la felicidad que juntos no alcanzaban, y no estaba dispuesto a renunciar  a aquella bendita oportunidad que el azar le había proporcionado; mucho menos a esconderse ni abochornarse ante nadie.

La irresistible damisela resultó ser una vecina del barrio que, tras el fallecimiento de sus progenitores, vendió la casa heredada en el pueblo y se trasladó a la ciudad en busca de un porvenir. Desconozco los detalles de cómo y dónde se conocieron, pero estas espabiladas poseen un sexto sentido para identificar presas débiles a las que hábilmente atraen hasta conducirles a su infalible trampa. Me pregunto qué le vio mi padre para arriesgar su estabilidad familiar y hasta económica; a mis ojos, era una mujer vulgar, en cuyo semblante lucía invariable una estúpida sonrisa entre pícara e ingenua que revelaba el placer del triunfo y, sin embargo,  era su consentida y se deshacía en carantoñas con ella.

Al poco de confesar la situación a mi madre, en el mes de junio, vino al mundo una niña, a la que, por decisión de la mujer, llamaron Elisa en memoria de una tía suya. A partir de ese instante, aquella chiquilla y yo compartimos casi todo: el barrio, el colegio, juegos y juguetes, los amigos, la fiesta de cumpleaños, por la proximidad de ambos en el calendario, hasta el padre. Existía una artificiosa relación de cercanía entre todos, por lo que mis padres prescindieron de la separación y a nosotras jamás nos ocultaron que fuésemos hermanas; solo nos faltaba compartir la casa para que aquel extraño revoltijo compusiese un modelo familiar. Nuestra infancia transcurrió paralela, por lo que a menudo tenía que soportar detestables comparaciones en las que siempre me correspondía la peor parte: “Emilia, tienes que esforzarte más en los estudios. ¡Fíjate en las calificaciones de Eli!”. Las reuniones de los domingos constituían un ritual costumbrista, padre y las dos madres a ratos charlaban animadamente y otras veces se les oía discutir; aunque hubieran pactado proyectar comprensión y armonía, especialmente por el bien de las niñas, no era sencillo cumplirlo a rajatabla, y el tiempo llenaba la convivencia de resentimientos. Nosotras, aunque sabedoras de lo que ocurría a solo unos metros, jugábamos desentendidas, y en verano incluso me llevaban al chalet que la nueva pareja había adquirido a las afueras porque se llegaron a convencer de que éramos inseparables y así, juntas, lo pasábamos mejor. Sin embargo, me resultaba inevitable odiarla por todo, por los demás, por ella misma, siempre tan guapa, tan rubia, tan delicada, tan inteligente, tan perfecta, o al menos así me lo parecía, cegada como estaba por los celos hasta el punto de considerar que cuanto yo anhelaba, a ella le sobraba; ni siquiera soportaba su nombre melodioso, como sacado de la partitura de Beethoven, ¿por qué tuvieron que llamarme a mí como la abuela? Cuando nos quedábamos a solas, solía burlarme diciéndole que su nombre era un diminutivo que se utilizaba para las niñas, pero que cuando creciese le llamarían “Felisa”, que por cierto era horrible, y entonces, perdía su gesto dulce y su rostro angelical se desfiguraba con pucheros incontenibles que se esfumaban en cuanto que la amenazaba con terroríficas consecuencias si se la ocurría contarlo. En esos momentos, mi corazón vibraba satisfecho, ¿o acaso esa niñata no se merecía algo que le produjese dolor?: destruyó mi hogar, me arrebató la plenitud del cariño de mi padre y, lo más importante, despojó de felicidad a mi madre, cuyo rostro, lánguido y sombrío, desvelaba las huellas de la fatalidad.

A medida que crecimos, paulatinamente nuestras vidas fueron tomando rumbos diferentes. Al comenzar el bachiller decidí matricularme en el instituto a pesar de la resistencia de mi padre, empeñado en mantenerme anclada al colegio religioso en el que habían estudiado él, sus hermanos, sus primos, el abuelo… toda una tradición, pero mi rebeldía junto a los dóciles ruegos de mamá se impusieron, consiguiendo el primero de los triunfos en esa particular batalla mía contra el destino; también me integré en un grupo de amigos diferentes. Elisa me pedía que saliésemos en la misma pandilla, como siempre, pero yo pasaba de ella o me inventaba un montón de mentiras para alejarla, así que eran escasas las ocasiones en que coincidíamos, solo algún fin de semana cuando íbamos de marcha. A pesar de mis intentos  por esquivarla, de un modo u otro siempre terminaba conociendo pormenores de su vida. Había quienes pensaban que éramos simplemente hermanas, y quienes creían que amigas inseparables; a mí me daba igual, no daba ningún tipo de explicaciones. Lo que seguía siendo ineludible eran las obligadas citas organizadas por nuestro padre, emperrado en mantener indemnes unos lazos siempre frágiles y que el paso del tiempo se encargaba de descomponer.

En dos mil tres, dejé mi ciudad para ir a la universidad, iba a comenzar Psicología, quien lo hubiera imaginado. De pequeña decía que quería ser modelo y cantante, aunque esa etapa había quedado muy atrás, pues por las circunstancias que marcaron mi infancia, decidí estudiar algo que  me permitiese adentrarme en el pensamiento humano y entender sus impulsos, sus motivaciones, sus actos. Durante la carrera, solo regresaba a casa por vacaciones. A menudo, mantenía largas y emotivas conversaciones telefónicas con mamá, a quien echaba mucho de menos.

Cuando llegó el momento, Elisa eligió Económicas, no sé si por una repentina devoción, por complacer a papá, por permanecer en la burbuja protectora del hogar, o para garantizarse el futuro ocupándose de la empresa familiar. Los años trazaron distancias insalvables; cuando  nos encontrábamos apenas nos mirábamos, las conversaciones pasaron a ser triviales y breves, no había bromas ni anécdotas ni complicidad, actuábamos como desconocidas. Entre nuestros padres la relación también mermado, acabando por abandonar los esfuerzos por conservar la llama del amor fraternal. Al finalizar los estudios y tras  la reciente muerte de mi madre, me instalé en Madrid, ya nada me unía a mi ciudad natal; al contrario, deseaba mantenerme lejos, infinitamente lejos de quienes consideraba culpables de causar al ser que más he amado aquel sufrimiento que sembró de desdicha su existencia y la condujo a un final precipitado y amargo.

Transcurrieron varios años hasta que una fría madrugada de otoño, recibí una llamada intempestiva. Al otro lado de la línea, escuché una voz temblorosa que apenas reconocí al principio; era Casilda, la madre de Elisa que, desesperada, acudía a mí para preguntar por su hija, de la que nada sabía desde que la mañana anterior saliese a pasear con su perro. Yo conocía el gusto de Eli por transitar por parajes aislados y tranquilos, aseguraba que la naturaleza le proporcionaba una inusual sensación de paz. A partir de entonces, retomé el contacto con mi padre y diariamente hablaba con él que, con la voz rota en sollozos, repetía que me quería e imploraba mi perdón. Una semana después, me comunicaron que el perro había aparecido sucio y maltrecho en la puerta de casa. De la chica no había noticias, solo una letra de plata que, sin duda pertenecía a su llavero y una goma de pelo, negra con estrellas, aparecieron en uno de los senderos por los que creían podía haber pasado. Esta revelación instintivamente me estremeció y tomé conciencia de la situación y su gravedad; las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar en mi cerebro: mi paciente, su enfermedad, nuestras confidencias, mi rencor, las estrellas, y lo peor de todo, el resultado me señalaba a mí como culpable.

Hacía tiempo que había tratado a una paciente aquejada de fobias y trastornos de ansiedad. Conectamos desde la primera visita. Olga, que así se llamaba, cargaba con una niñez triste: no conocía a sus padres, careció de la estabilidad de un hogar, deambuló por centros de acogida y familias de adopción hasta que huyó y eligió vivir bajo las estrellas, decía que al menos ellas le acompañaban cada  noche; eran su fetiche, siempre llevaba algo adornado con ellas. Su historia reavivó mi pasado, de alguna manera me identificaba con ella, entendía su rebeldía, sus frustraciones, su soledad, y así, llevada por el resentimiento, caí en el error de exponerle mi vida y los sucesos cuyas profundas huellas no conseguía borrar. Durante aquella época, como si hubiéramos intercambiado los papeles, ella me escuchaba atentamente mientras sumaba mi dolor al suyo. Me admiraba, me apreciaba y maldecía a cuantos malograron mi vida. Yo me sentía apoyada, inexplicablemente protegida, pero jamás imaginé que en su mente enferma se estuviese urdiendo la venganza contra Elisa. Ahora entiendo esas misteriosas ausencias a las citas seguidas de disculpas absurdas, y aquel día que, entretanto mantenía la mirada absorta en una fotografía mía junto a mi madre que tenía sobre la mesa, se limitaba a responder con monosílabos; fue la última vez que la vi. Traté de localizarla, comunicarme con ella, pero mis intentos fueron inútiles y terminé por achacar su desaparición al empeoramiento de sus padecimientos. De nuevo me equivocaba. Inducida por mi relato, Olga, igual que yo la había ayudado, me devolvía el favor liberándome de la aborrecible existencia de Elisa. Estoy segura, lo supe desde que la policía mencionó el detalle de las estrellas. Las pistas coincidían y los hechos cobraban sentido. ¡Oh Dios!, ¿cómo no me di cuenta antes? La rabia me había convertido en la asesina de mi hermana y ahora el destino se toma la revancha. Tarde o temprano tendré que asumir las consecuencias de este disparate.

Tú ganas Eli, has conseguido formar parte de mi vida. Te garantizo que no pasará un solo día sin que tu maldita presencia se pasee entre mis recuerdos.

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