LA OTRA CARA DE LA MONEDA – Rosanella Bado Abalos

Por Rosanella Bado Abalos

LA OTRA CARA DE LA MONEDA
Deliraba pero aún tenía algunos momentos lúcidos. Desde que se sintió mal, dos noches atrás, Franca no
se había apartado de su lado.
—Hermana… —llamó Eris con una voz débil y pastosa; parecía que los ojos se hundían cada vez más en sus
órbitas —. Perdóname… todo… siempre… fue mi culpa —le costaba respirar.
—Shh, descansa —la tranquilizó extrañada, colocándole un paño húmedo sobre la frente caliente. Su
hermana jamás se disculpaba.
Un sutil aroma de almendras flotaba en el aire de la habitación en penumbras. Ana crispó una mano sobre
el brazo de su marido. Sintió un escalofrío. Algo no encajaba. En silencio, ambos besaron a sus hijas y se
retiraron de la habitación.
Ana y Alberto se habían casado muy jóvenes. Como él había heredado la vetusta casa familiar a las afueras
del pueblo, no dudaron en recurrir a una hipoteca para acondicionarla e instalar un almacén. En poco
tiempo, establecieron un pequeño negocio de venta de productos locales que les permitía vivir con
modestia.
Al enterarse de que Ana cursaba un embarazo doble, la alegría de la pareja se vio empañada por la
responsabilidad del negocio incipiente, la deuda contraída y dos bocas más que alimentar. Sin embargo,
durante los meses siguientes, redoblaron su dedicación al trabajo.
Las niñas parecían dos angelitos rubios y conquistaban a todos con sus sonrisas. Mientras crecían también
lo hacía el establecimiento que, en una década, se convirtió en la tienda de abarrotes más importante de la
zona.
Ana las vestía y las peinaba iguales y ellas no tardaron en darse cuenta de que podían intercambiar roles (si
se las ingeniaban para ocultar el lunar que Eris tenía en la nuca). Les divertía desconcertar a sus padres, a
los clientes de la tienda y, más tarde, también a sus maestros.
Quizás por ser la mayor, Franca era más responsable y recatada. Eris era la otra cara de la moneda:
traviesa, caprichosa y rebelde. A veces, Eris hacía diabluras y Franca resultaba regañada, pero esos
pequeños malentendidos parecían no afectar su relación.
Una mañana, al borde de la piscina del club, las niñas y sus amigas saltaban -en hilera- tomadas de las
manos. De pronto, ¡zas! Eris resbaló y cayó en la parte más profunda. Franca reaccionó de inmediato y
avisó al profesor. Ya fuera del agua, Eris clavó una fría mirada en su hermana y dijo con voz melosa:
—Me soltaste, pero igual te quiero mucho, hermanita.
El profesor regañó a Franca y la puso en penitencia. Más tarde, ella debió enfrentar una reprimenda en
casa. Recordaba que, al resbalar, Eris no se encontraba a su lado y eso fue lo que les dijo a sus padres. Sin
embargo su hermana lo negó, una y otra vez, abrazándola y diciéndole que la perdonaba. Ante tal
insistencia, la mente infantil redibujó la escena: «Entonces sí la solté…».
En el secundario, Alicia y Franca se hicieron amigas. Las gemelas ya no pasaban tanto tiempo juntas y Eris
se sentía desplazada.
—¡Franca! —gritó Alicia, acercándose en bicicleta.
Eris le devolvió el saludo y simuló ser su hermana.
—Quiero contarte algo —dijo Alicia preocupada —. Es que soñé varias veces con Martín… que me besa…
me gusta tanto…
—¡Ajá!… ¿Y hasta cuándo pensabas ocultármelo? —la regañó entre risitas.
—Creí que te habrías dado cuenta. Temo que se me note en la cara cada vez que lo veo. Prométeme que
guardarás el secreto —Alicia miraba a su amiga como un cachorro abandonado.
—¡Claro, boba! Sabes que soy una tumba.
Las gemelas solían ir de vacaciones a casa de una tía en la ciudad. La noche previa, fueron al cine con un
grupo de amigos. A la salida, Martín apartó a Alicia. Eris los miró de reojo; conociéndolo, sabía que no
tardaría en sugerirle a la chica que Franca la había delatado. Satisfecha, se alejó con los demás.
Al retomar las clases, Alicia no volvió a estudiar ni a salir con Franca.
Las hermanas no solo llamaban la atención por ser idénticas; los ojos azul violáceo y esos cuerpos
menudos, que se movían con innata soltura, las convertían en una delicada versión humana de las gatas
siamesas.
Carlos estaba por recibirse de arquitecto; era un muchacho afable que destacaba por su buen humor y
optimismo. Tal vez por eso no salió huyendo cuando la preciosura -que conoció en un baile del club- le
contó que tenía una gemela.
Cuando Franca y Carlos se enamoraron, Eris volvió a sentirse relegada. Resolvió concentrase en las
prácticas de hockey, a las que Franca ya casi no asistía.
Durante un almuerzo dominical, Ana y Alberto pidieron a sus hijas que los acompañaran a la tienda; habían
agregado un sector de ropa juvenil y querían su opinión. A Eris le dolía un poco la cabeza y optó por
quedarse. Su hastío era mayúsculo y el silencio de la casa la abrumaba… hasta que sonó el timbre. Apenas
abrió la puerta, Carlos -que la dominaba en altura- la envolvió en un abrazo y, besándola efusivamente, la
arrastró hacia adentro.
—¡Hermosa! ¡Párate aquí y no digas nada! ¡Tengo una sorpresa! —gesticulaba con su entusiasmo habitual
y una sonrisa que iluminaba su rostro bronceado.
Asombrada, pero divertida, Eris le siguió el juego. «¡Qué ímpetu el de este chico!».
Carlos se arrodilló frente a ella y le tomó las manos.
—¡Amor! ¿Qué haces? —interrumpió la voz agitada de Franca desde la puerta abierta.
—¿Y tú?, ¿no tienes límites? —dijo clavando una mirada fulminante en su gemela.
Carlos, desorientado, se sentía el más tonto del mundo.
Eris aprovechó su desconcierto y le estampó un sonoro beso en la mejilla.
—¡Poco más y te me declaras, guapo! —Eris reía —. Y tú, siempre tan aburrida que no aguantas ni una
broma! —agregó mientras se alejaba.
Por lo general, las actitudes de Eris no podían tildarse de malintencionadas, siempre había una explicación
convincente. Franca recordó otras situaciones en las que acababa siendo avergonzada o comprometida de
alguna forma a causa de su hermana y decidió que, en adelante, sería más precavida.
El Torneo Estatal de hockey estaba por definirse y Las Voladoras (el equipo de las gemelas) podían ganar la
Copa. Franca había vuelto a entrenar y fue designada capitana, con el número seis.
Llegó la final. Era una noche fría y despejada; la luna iluminaba como un foco. La cancha bullía de fans. A
último momento, Las Voladoras se coronaron campeonas. El entusiasmo inundó el ambiente con aplausos,
silbidos y matracas. Tras dar la Vuelta de la Victoria, las sudorosas ganadoras corrieron a abrigarse con sus
largas chaquetas deportivas. Sin numeración a la vista, el homogéneo grupo de jovencitas vociferaba el
himno del equipo de camino a los vestuarios. Desde las gradas, Carlos le hizo una señal a su novia. Ella se
separó del equipo. Les tomó apenas unos segundos escabullirse en la oscuridad. Protegidos por los árboles
del campus, festejaron el triunfo entregándose a un sexo desenfrenado.
Por un instante, un rayo de luna brilló en la nuca de la chica… sobre el lunar de Eris. Como un resorte,
Carlos se apartó asqueado.
—¡Eris! ¿Qué hiciste? ¿Te volviste loca?… ¡Desgraciada! ¡Eres puro veneno! —gritaba hecho una furia y
reprimiéndose para no golpearla.
Eris, muda, lo miraba aterrada. Los grandes ojos de Carlos destilaban ira y repulsión. Cuando logró
calmarse le exigió que ocultara lo sucedido, quería evitar el sufrimiento de su adorada Franca. Pero, tres
meses más tarde, no tuvieron opción: la joven le confirmó que estaba embarazada. Tenían que casarse
para preservar la dignidad de Eris.
Encerrada en su cuarto, Franca lloró durante días. No quiso saber más de Carlos. Eris intentó justificarse,
pero su hermana actuaba como si ella no existiera. Los agobiados padres decidieron enviar a Franca a la
ciudad, para que terminase allí los estudios. La boda fue rápida y austera. Franca no asistió.
A los ocho meses de embarazo, Eris comenzó a tener grandes hemorragias y fue hospitalizada. Corría
peligro y había que recurrir a una serie de transfusiones, pero el problema era su grupo de sangre. La
solución fue su gemela. Temiendo la muerte de Eris, Franca volvió al pueblo apenas recibió la desesperada
llamada de sus padres. Durante los días en que le transfirió vida a su hermana, el dolor y la rabia fueron
mutando hasta convertirse en un recuerdo triste que ya no la lastimaba. Evocó su infancia, comprendió
que un fuerte lazo las unía y que, pese a todo, la amaba. Eris se recuperó.
Desde que nació Miguelito, cada vez que su madre lo tomaba en brazos el niño lloraba. Solo Franca lograba
calmarlo. Con el paso del tiempo, parecía que cuanto más se esforzaba Eris en estrechar el vínculo más la
rechazaba el niño.
Eris era quien estaba casada y tenía un hijo, pero Carlos estaba enamorado de su hermana y su propio hijo
se apegaba cada día más a la tía. No soportaba ver cómo Franca atraía a todos como una sirena. Ella era la
esposa y la madre. «No aguanto más, no puedo seguir así. Franca siempre se roba lo que es mío».
Dos noches atrás, durante la celebración del primer año de Miguelito, Eris se comportaba como la
anfitriona perfecta. Ana la observaba con cierto recelo, no era propio de su hija mostrarse tan servicial. De
camino a la sala, llevando una bandeja con el champagne ya servido, Eris se detuvo en el aparador para
acomodar unas rosas. Ana creyó verla ocultar algo detrás del florero, pero le restó importancia.
La joven entregó a cada miembro de la familia una copa. Brindaron y le cantaron el «Cumpleaños Feliz» a
Miguelito que, con ojitos curiosos, contemplaba todo desde el regazo de su tía.
La fiesta no terminó bien. Media hora después del brindis, Eris se desplomó inconsciente.
Por más que repasaba los síntomas, el médico no encontraba la causa. Eris volaba de fiebre y Franca no se
movía de su lado.
En su delirio, Eris revivía una y otra vez una única escena. Tenía cuatro años. Una pesadilla la despertó.
Saltó de su camita en busca de consuelo. Vio luz en la cocina y se acercó sin hacer ruido porque nunca
había oído llorar a sus padres.
—… es que ya no sé si podremos afrontar los gastos… velar por nuestras hijas… ¿Cómo haremos?… —se
lamentaba Alberto.
—Las niñas son una bendición, pero… Ay, Alberto… ¿Crees que si el parto hubiera finalizado antes… con la
primera?… ¡Jesús!, ¿qué estoy diciendo?…
«La primera», esas dos palabras bastaron para destruir el pequeño mundo de Eris así como su inocencia.
Volvió a su cuarto muy asustada: «Nooo, nooo… mis papás no me quieren… ¡Todo es culpa de Franca! ¡La
odio, la odio!». Esa noche, Eris lloró bajito hasta dormirse.
A partir de entonces se volvió una chiquilla inquieta y enredadora. Con el paso de los años, sus celos
aumentaron dando paso a una profunda envidia. Cada relación, cada logro de su hermana y hasta la sola
existencia de ese «doble de sí misma» que le robaba todos sus sueños, alimentaban el veneno que crecía
en su interior. La mente de Eris estaba enferma, tanto como su alma.
Cuando Ana salió de la habitación de su hija, una corazonada la condujo al salón. Se dirigió hacia el
aparador. Detrás del florero, tocó una bolita rugosa. «¿Qué es esto?». Con manos temblorosas abrió el
papel apretado. Encontró restos de un polvillo, parecido a la sal fina, con un ligero olor a almendras
amargas. De inmediato, el aroma la transportó al día en que la empresa de control de plagas desratizó el
galpón trasero de la tienda.
—¡No… no puede ser! ¡Cianuro!… ¡Doctooor, doctooor! —gritaba desesperada escaleras arriba en busca
del médico.
Eris había decidido eliminar a su hermana pero los nervios la traicionaron y, en el momento de actuar,
confundió las copas. Le había entregado la suya a Franca.

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