LOS TODOPODEROSOS – Eva María Pilar lAlvaro García
Por Eva María Pilar Álvaro García

LOS PODEROSOS
Recogió con mucho cuidado todo el material utilizado durante el día, con una meticulosa rutina tal y como había adquirido en su carrera de química.
Primero cerró el documento y apagó el ordenador. Después apiló los exámenes de los alumnos ordenados de forma alfabética y los guardó con mucho cuidado en su maletín. Bolígrafos, plumas y lápices de dos colores, todo perfectamente ordenado en una cajita plateada.
En la calle llovía. Estaba acostumbrado a esa sensación de gotas frías rozándole la cara y no le disgustaba, después de largas horas de despacho y aulas.
Pensó en Isabel. Se había marchado de su piso con una clara intención de no volver y ya habían pasado dos días. Ahora esa idea había perdido fuerza escondida en un rincón de su cabeza. Quería verla y abrazarla y pedirle perdón.
Apenas quedaba gente por las calles, alguna pareja cobijada bajo el mismo paraguas, dando una falsa sensación de unidad, algún adolescente pisando charcos con clara intención de derramar más el agua que caía. Empezaba a oscurecer.
De manera automática metió las manos en los bolsillos de la gabardina.
Al fondo de uno de ellos, casi pegado al forro, sintió con las yemas de los dedos un papel plegado que no reconocía como suyo.
Sacó el papel de su bolsillo y comenzó a desplegarlo, al mismo tiempo que se iba aproximando a la tenue luz de la farola. Y lo leyó. Se retiró el pelo húmedo que le caía por la frente y por la cara, un pelo demasiado largo que le daba un aspecto descuidado.
Continuó caminando por la misma acera de una calle cada vez más deshabitada, más oscura y más triste y sus pasos, como queriendo acompañar esa tristeza, se volvieron más lentos y torpes. Se subió el cuello de la gabardina. Parecía un detective despistado, una figura algo siniestra que aumentaba en la noche con ese tic que le caracterizaba cuando se sentía inseguro o presentía un cambio importante.
Pasó la noche nervioso, quizá por la anterior sensación de haber descubierto una situación que no controlaba, que le producía inquietud y una enorme melancolía.
Se despertó con esa sensación sudorosa que dejan en la memoria y en el cuerpo algunas pesadillas. Apenas reconoció la habitación en la oscuridad. Tropezó con algunos libros que tenía esparcidos por el suelo.
Se acercó a su gabardina, todavía mojada, y sacó el papel del bolsillo. Lo leyó por segunda vez.
Lo dobló cuidadosamente por los pliegues ya marcados y lo guardó de nuevo en el
bolsillo donde lo había encontrado.
La noche casi había terminado.
Se levantó cansado. Se duchó. Permaneció unos segundos viendo cómo el agua discurría por el sumidero de la ducha. Salió a la calle. Ya no llovía pero el cielo amenazaba lluvia y llevaba puesta su gabardina.
Sentía un profundo arrepentimiento después de haberse marchado de su casa de aquellas maneras. No era su estilo. Ahora, más que nunca, necesitaba hablar con ella y mostrarle aquel papel doblado encontrado entre los pliegues de su gabardina.
Después llamó a Isabel.
-¿Estás sola? ¿ Puedo pasar por tu casa? Isabel se puso tensa.
– ¡Sí! !Claro.
– Tengo que hablar contigo.
Se volvió a escuchar a Eduardo.
Y ambos estuvieron de acuerdo en tener una conversación.
Al llegar, ella no le dejó hablar. Sus manos temblorosas empezaron a deslizarse con suavidad por su cuerpo.
Rozó sus ojos que le obligaron a cerrarlos. Rozó con sus labios una boca entreabierta y deseosa.
Sus dedos bailaban por su pecho, su deseo iba en aumento.
Le besó los pezones hasta que se endurecieron, los presionó con habilidad y siguió bajando por su cuerpo.
Su mano se paró en su miembro y lo besó, lo acarició hasta ponerlo completamente duro y firme.
Se colocó encima de él apretando el sexo contra el suyo. Al principio sin mucha presión, después más fuerte hasta fundirse en unos movimientos rápidos y rítmicos.
Un aroma a menta y canela lo despertó. Isabel había preparado unas infusiones. Se duchó y medio desnudo se acercó a ella que estaba mirando fijamente por la
ventana. La besó con suavidad en la nuca, en el cuello, en los labios.
– Tengo que mostrarte algo- le dijo- y su voz sonó fría.
Isabel se volvió hacia la ventana otra vez y en el cristal se reflejaban dos lágrimas que discurrían por su cara.
Se recompuso.
– ¿Qué sucede, Eduardo?
Ahora su rostro se veía sereno sin rastro de la anterior melancolía.
– He encontrado esto en mi bolsillo, y mostró con gesto serio el papel doblado.
Isabel lo cogió, lo desplegó muy despacio y al fin lo leyó aunque conocía muy bien su contenido.
Isabel era su compañera desde hacía muchos años pero últimamente sabía que algo no iba bien. Su amor se había quedado en varias escenas de sexo, cada vez con menos pasión. Trabajaba en una oficina de Hacienda y había solicitado el traslado a otra ciudad con el propósito de alejarse, aunque fuera de manera temporal, de Eduardo.
Le había dejado esa nota en su bolsillo con el fin de insinuar que su relación no le hacía feliz, que le había decepcionado.
Estaba cansada de las discusiones casi a diario, ya no era capaz de soportar más sus razonamientos ni su impulsividad.
Ella buscaba paz, solo paz. Su vida con su exmarido había sido muy tortuosa, solo quería esa tranquilidad que da un amor sereno. Y no lo había conseguido. Pero lo quería, lo amaba desde el día que lo conoció y la decisión de huida era por tanto muy dolorosa para Isabel.
Eduardo la miró sereno aunque su rostro había cambiado.
– Cariño, yo te quiero. No puedes pensar que no siento nada por ti. Que todo se ha convertido en una rutina peligrosa, que hasta las discusiones forman parte de un ritual, que ya no tiene sentido.
Isabel no contestó, en su cabeza sólo mantenía la decisión, cada vez con más intensidad de su traslado. Sin embargo no pudo ser. No hubo tiempo para el traslado ni para más aromas a canela.
Y aquella fue la última vez que estuvieron juntos.
MAYO 2024
El tren llegaba otra vez con retraso y los viajeros se habían agrupado en el andén. Unos llevaban equipaje voluminoso, algunos mochilas a la espalda, otros, maletines con documentos.
Por fin se empezó a divisar una lucecita amarilla que cada vez se iba haciendo mayor y todos
se empezaron a mover.
Se acercaban a esa línea prohibida, donde se avisa de que no se puede avanzar, pero muchos, haciendo caso omiso de la advertencia, se acercaban asomando su cabeza, esperando, como quien espera a una novia, la parada del tren.
Paró y se apresuraron a subir rápido para elegir el lugar más cómodo. Era de esos trenes regionales que van sin asiento definido.
Fueron subiendo todos. Los que llevaban mochilas, portafolios y los que llevaban equipaje voluminoso, que tardaron un poco más en subir y acomodarse.
Eduardo permanecía ahí de pie, inmóvil, pero nadie reparó en él. Miraba con unos ojos que se habían vuelto tristes, sin vida. Desde hacía un tiempo no podía dejar de parpadear. Ese tic le acompañaba y se marcaba más cuando presentía que algo iba a cambiar.
En una mano llevaba un maletín de cuero negro, con el asa desgastada, de la que se asomaban unos hilitos que ya habían perdido su color. Allí ya no guardaba los exámenes de los alumnos sino los viejos poemas que Isabel le había dedicado durante tantos años. En la otra mano, y como por descuido, llevaba un periódico de una fecha caducada. En el suelo, a su lado, una vieja maleta.
El frío no se había marchado de la ciudad y el cierzo golpeaba con insistencia los cristales de la estación.
Una estación que se había quedado vacía. El andén, también solitario, permanecía impasible, esperando, sin prisa, que llegaran otros viajeros que se acercaran ahí con pasos cortos y decididos.
Ojeó el periódico que llevaba en la mano. La noticia que le había llevado allí no había aparecido en portada, sino en la sección de economía casi como a escondidas. Se acordó de Isabel. ¡Ojalá estuviera allí! ¡La echaba tanto de menos! Cerró los ojos pensando en ella, en sus pechos, en sus nalgas y en sus labios mientras todavía podía oler el aroma a canela y menta. Hizo transbordo en Zaragoza y subió al AVE.
A su lado se sentó una señora con varios paquetes y bolsas, le ayudó a colocarlas encima del asiento, en el lugar destinado para equipaje pequeño con la esperanza de que siguieran en su sitio durante todo el trayecto y no se movieran. Se oía el murmurar de otros viajeros, sus movimientos en los asientos, sus idas y venidas. El revisor hacía tiempo que ya había pasado comprobando que cada persona estuviera en el asiento correspondiente. La última vez que lo vio transportaba un carrito con café y otras bebidas ofreciéndolas a los pasajeros. – ¡Servicio de bar móvil, café, té, !
– Agua del tiempo, por favor.
El vaso de plástico y la botella temblaban en la mesita con el movimiento del tren. Eduardo levantó la vista y comprobó que los paquetes seguían en el mismo sitio donde los había colocado.
– ¡Ah! ¡Está usted despierto! Mi nombre es Amaya y me preguntaba si podría indicarme sitios interesantes para visitar en Madrid. No vengo con frecuencia y cuando lo
hago es siempre en viajes de ida y vuelta pero, en esta ocasión voy a quedarme más tiempo, ¿sabe?, así que aprovecharé para hacer turismo, para conocer gente ¡Me encanta conocer gente distinta! ¡Es tan emocionante!
El otro día, sin ir más lejos… y continuó hablando sin importar si le escuchaba.
Eduardo sintió un escalofrío que le recorrió la espalda, Hacía tiempo que no sentía nada parecido e incluso, él mismo se sorprendió. Fue solo un instante.
La miró con cansancio y al fin ella se calló.
Casi al mismo tiempo se anunciaba la llegada a la estación: Madrid, puerta de Atocha, Almudena Grandes. “No olviden recoger sus pertenencias”
Bajó cada uno de los paquetes y bolsas que habían permanecido quietos durante todo el recorrido. Ella le agradeció su amabilidad sin extenderse.
Esperó que el vagón quedara completamente vacío y salió, al fin, con la esperanza de encontrar taxi justo a la salida de la estación.
– Al hotel Mirasierra, por favor.
– ¡ Allá vamos !
El taxista empezó su carrera sin hablar una sola palabra, sorteando los diferentes vehículos que se cruzaban con ellos, intentando no parar en ningún semáforo, aunque alguno, que rápido cambió de color, le fue imposible sortear.
Detrás de él, otro taxi se dirigía al mismo hotel. Llevaba el maletero cargado con varios paquetes y una señora en el asiento de atrás, Amaya.
Eduardo se registró en el hotel. Y la recepcionista le entregó el paquete que él mismo había enviado. Contenía una bomba casera en una lata de cerveza fabricada con pólvora negra, cableado para detonar con pila, un temporizador y filamento incandescente. Mientras buscaba y le entregaba su paquete, la recepcionista le informó que algunas dependencias del hotel estaban reservadas para un grupo que tenía su reunión anual.
Era precisamente lo que estaba buscando.
Tenía que acercarse a ese grupo de poderosos que se habían citado allí. Debía conocer cómo había sido todo el proceso de creación de la vacuna contra el virus SARS-COV-2. La idea la había madurado durante cuatro largos años, cuatro años sin Isabel, con el convencimiento
de que era la única manera de vengar su muerte. La de ella y la de tantas personas que habían fallecido durante la pandemia.
Intentó hablar con alguien de ese selecto grupo, al menos con el director ejecutivo de
Pfizer-BionTech COVID-19. Pero todos sus intentos fueron inútiles.
Necesitaba respuestas que parecían haberse olvidado en la atmósfera del miedo. ¿Qué había pasado con las mascarillas? ¿Por qué estaban defectuosas? ¿Quién se estaba enriqueciendo a costa de las muertes? ¿Hubo algún interés económico y no solo sanitario en ese
confinamiento?¿ Fue sólo interés del Gobierno? ¿Estaban las farmacéuticas esperando para patentar y recibir más dinero? Eduardo había estado investigando sobre todo el proceso de la pandemia sin conseguir apenas resultados, todo estaba envuelto en el mayor de los secretos.
Pero ellos ya estaban en otro momento. Otra manera de decidir cómo manejar al mundo, a esa población que seguía con interés el cambio climático o el cambio de género o la pantomima de la protección a la mujer y, la mayoría de las personas ya no se ocupaban de otros temas. El dolor y el miedo se esconde siempre en los sitios más escondidos del cerebro para proteger al ser humano. Eduardo se quedaba sin respuestas. Sería imposible acercarse a ellos a no ser que lo hiciera desde el exterior. Escondió la lata bajo unos geranios que adornaban una ventana donde se encontraban los poderosos, miró a ambos lados de la calle asegurándose de que nadie lo viera y activó el temporizador.
Entró de nuevo en el hotel. Amaya estaba hablando con la recepcionista. Se acercó a ambas.
-Usted es el caballero que conocí en el tren ¿verdad? ¡Fue tan amable!
Él fingió una sonrisa que dedicó a ambas mujeres y guiñó un ojo a Amaya en señal de complicidad.
– Voy a dar un paseo por los alrededores, dijo Eduardo, en una clara invitación para que le acompañara.
Ella no contestó.
Salió del hotel. No llevaba nada. Ni maleta, ni maletín, ni peródico caducado.
Cruzó la calle y se alejó un poco. Esperó tomando un café en un bar donde se escuchara la explosión y se aseguró de que lo vieran allí entablando para ello, conversación con el camarero.
El café ya se había quedado frío cuando se activó la detonación. Amaya, con el rostro pálido y desencajado, entraba en la cafetería.
Eduardo la invitó a sentarse y ella aceptó el café. Comenzaba una vida distinta, lejos de todo aquello que le había hecho tanto daño. O, al menos, era lo que deseaba porque de Amaya no sabía absolutamente nada.
RELATO DEL TALLER DE:
Taller de Escritura Creativa SuperiorOtros relatos
Ver todosEL AMOR ENTRE BALAS Y VENDAS – Jose Ángel Varela
Jose Ängel Varela
01/04/2025
Descubre nuestros talleres
Taller de Escritura Creativa

Taller de Escritura Creativa Superior

Taller de Autobiografía

Taller de Poesía

Taller de Escritura Creativa con especialización en Poesía

Taller de Literatura Infantil y Juvenil

Taller de Escritura Creativa con especialización en Autobiografía
