RELATO – Claudia Hidalgo Garcinuño

Por Claudia Hidalgo Garcinuño

La grieta se había ensanchado tanto que ya era posible introducir el filo de la hoja de un
cuchillo y retorcerlo sin que el yeso de alrededor se hiciera añicos.
Cada vez que un niño de San Ildefonso cantaba los miiiiiilllll eeeurosss por
número premiado, la grieta que había en la pared del comedor del piso parecía
ensancharse un poco más en un malvado acto de burla hacia sus habitantes, como si
supiera que podía abrirse todo lo que quisiera sin repercusiones. La fisura, que había
permanecido ahí desde que sus padres habían comprado el piso, constituía un recuerdo
permanente de su pertenencia a la clase media. Una reminiscencia de que el edificio
llevaba años hundiéndose y de que la falta de dinero era inherente en todos los
habitantes del lugar.
Aída se estremeció al sentir cómo crujía la pared y se abría una nueva y pequeña
grieta. El miedo a que algún día sucumbiera y se cayera volvió a florecer en su interior.
Durante un tiempo, lejos de aquella casa, en un intento de formar su propio hogar, había
olvidado esa sensación de desasosiego constante y recuerdo continuo de que el piso no
era seguro. Ahora, fracasada, había regresado al lugar que la había visto crecer y
madurar. Y el pavor había regresado.
Estaba ella sola con la tele de fondo, con el olor inextinguible de los churros y
las porras que habían desayunado, del que era consciente que no se desharía hasta que
no lavara su ropa, y el chasquido que de vez en cuando profería la pared del comedor.
Tenía todos los décimos de la lotería de Navidad que había comprado su familia
extendidos sobre la mesa, expectantes por si resultaban ser un número premiado. Sin
embargo, ella, cansada de escuchar el mismo soniquete una y otra vez, los había
organizado y reorganizado descuidadamente y sin prestarles atención, hasta estar a
punto de tirar su café sobre ellos.
Ahora, sentada en el sofá y con la televisión silenciada, miraba a su alrededor
mientras trataba de apreciar su soledad momentánea antes de que volviese su familia;
pues el disfrute, como concepto general, era algo que se había negado a sí misma desde
su gran derrota como persona al quedarse en la calle y verse obligada a volver a casa de
sus padres, considerando la experimentación de la propia desgracia y la infelicidad
como parte de un castigo necesario por haber fracasado en la vida real. Sabía que era
algo extremista y un sinsentido, porque en realidad nada había sucedido por su culpa,
pero, aun así, se sentía un poco mejor si se regodeaba en su propia tristeza, convencida
de que tenía justificación propia para ello.
Pasada una media hora, con el aroma de la churrería rondando aún por su olfato
y los décimos de lotería huérfanos todavía de premio millonario, tomó la decisión de
salir de aquel estado de amargura constante en el que se encontraba desde hacía seis
meses y tratar de restaurar su antigua felicidad. Sin embargo, el inminente regreso de
sus padres, que volvían de la calle riendo y cantando, le devolvió a una realidad oscura
de la que, quizá, no quería alejarse todavía. Aun así determinó fingir que creía en la vida
y en los baches por los que luego el universo supuestamente recompensaba. No
obstante, aquella convicción le duró solo un día. Aída se sentía incapaz de mostrar una
alegría que no experimentaba.
—Cariño, deberías tratar de alegrarte un poco. No tienes motivos para estar
siempre triste y amargada.
Aída levantó la cabeza de la mesa que su madre y ella tenían repleta de regalos
listos para envolver. Su madre la miraba fijamente, con el rostro compungido, pues
sufría al ver a Aída triste un día tras otro. No podía más. Sabía que su hija, su única hija,
había soportado mucho los últimos meses. Conocía que estaba atravesando un punto de
inflexión en su vida, pero debía de tratar continuar hacia adelante, sobreponerse al
pasado.
—¿Cómo?
—Hija, sé que has pasado por un mal momento, que lo estás pasando todavía,
pero eres joven. Estás aquí, con nosotros y no tienes razones para seguir así.
Aída sentía que se desmoronaba por momentos. Sabía que esa conversación
maternofilial debía materializarse en alguna ocasión, pero no pensaba que fuera a
ocurrir en ese preciso instante. Tenía la esperanza de atravesar las fiestas navideñas
sumida en una burbuja de soledad y amargura, porque estaba convencida de que se lo
merecía y de que no tenía derecho a pasar unas festividades alegres; pero su madre
parecía dispuesta a no darle la satisfacción de hundirse en su propia mierda.
—Mamá, sí que tengo motivos.
—¿Qué motivos?
Rosa, su madre, se dio cuenta de que a cada instante alzaba más la voz. Pero a
cada momento, cada segundo que pasaba, creía que no podría estar más tiempo viendo a
su hija hundirse. Se había caído, sí, pero eso no significaba nada. Todo el mundo se
equivocaba y sufría consecuencias que nada tenían que ver con sus actos. Y todo el
mundo continuaba con su vida. ¿Por qué su hija no iba a ser capaz de hacer lo mismo?
—Mamá, ¡soy un fallo! Todo el mundo crece, tiene pareja, se independiza con
ella, trabaja y es feliz. Y yo no he logrado nada de eso. ¡Pensaba que lo tenía todo y en
realidad me he quedado sola y sin nada! Sin trabajo, sin novio.
—¡Aída, por favor! Tenías una vida de mierda, una vida corriente, como la de
todos. Y un novio imbécil que ni te merecía ni te convenía. En vez de estar así deberías
alegrarte por lo que pasó. Por esta nueva oportunidad que te ha dado la vida.
—¿Qué oportunidad? ¿Quedarme sin un duro y tener que volver a una casa que
se cae a cachos y con mis padres? ¿A eso le llamas tú una oportunidad?
Aída sentía cómo le ardían los ojos por el esfuerzo de no llorar. No quería
derrumbarse ante su madre porque no sería capaz de terminar esa conversación y tendría
que volver a enfrentarse a ello más adelante.
Rosa decidió cambiar de estrategia. Se sentó en la silla ignorando todo el papel
de regalo que estaba espachurrando y suspiró, pensando qué decirle a la hija que tantos
disgustos le estaba dando y que tanto quería.
—Mira, Aída. Entiendo que estés dolida, triste y deprimida. Sé que has pasado
por una situación horrible e injusta. Pero todo ello ha terminado, terminó hace unos
meses. Ahora estás aquí. No te encuentras en una casa cochambrosa y con unos
desconocidos. Estás en tu casa, tu hogar, y acompañada de unos padres que te quieren
por encima de todo y que están tratando de ayudarte lo mejor que pueden. Te estamos
dando tiempo, te estamos comprendiendo y te estamos dando todas las oportunidades
que tenemos a nuestro alcance para que poco a poco puedas volver a levantarte. Pero
tienes que querer levantarte tú también… Ya eres adulta. Te caíste, pero el mundo te da
una nueva oportunidad para que cambies y des la vuelta a tu destino. Por favor, deja esa
tristeza de lado.
—Pero no puedo —susurró Aída, sintiendo que iba a empezar a llorar.
—Sí puedes, poco a poco.
Aída negó, cabezona como siempre había sido, recreándose en su incapacidad de
volver a ser una persona nueva, aun sabiendo en el fondo de su ser que sí podía cambiar
y salir de aquel agujero sin salida en el que parecía haberse encerrado.
—No puedo, mamá. Lo intento, pero no me sale. No seré capaz de volver a ser
feliz ni independiente.
—Claro que sí.
—No. Tampoco me lo merezco. Fracasé, enterré mi vida y me aparté de todo.
No tengo amigos, no tengo a nadie más.
—¿Y te parece poco tenernos a nosotros?
—Ahora mismo, ¡sí!
Quedó enmudecida tras darse cuenta de lo que había dicho, no solo porque
supiera que lo que acababa de decir estaba mal, sino porque realmente no lo sentía. Se
levantó de la silla en la que había acabado acomodándose a lo largo de la conversación
y huyó. Necesitaba escapar de aquel lugar, salir de aquella habitación agrietada que a
cada instante se le antojaba más quebrada. Cogió el abrigo y bajo una rápida excusa
salió de casa dando un portazo y subiéndose al ascensor que su vecino acababa de pedir.
Aída se dio la vuelta al percatarse de que había alguien detrás de ella mirándola
fijamente. Su vecino la observaba con una expresión que indicaba que acababa escuchar
toda la discusión a través de las finas paredes que separaban unas viviendas de otras.
Aquello produjo en ella una sensación de asco y repugnancia. Había visto, a lo largo de
los años, como él había engañado a su antigua mujer y había provocado que ella se
fuera de casa, quedándose él un piso que ahora empleaba para llevar allí a sus ligues
veinteañeros e insensatos.
Aída esperaba llegar pronto a la planta de abajo para poder alejarse de esa
persona. Pero al parecer el edificio tenía otros planes. En una fracción de segundo la
construcción se hundió un milímetro más, desencadenando el nacimiento de nuevos
resquicios. La creación de una nueva grieta provocó el movimiento de un cable fortuito
y el edificio sufrió un gran apagón.
Ambos estaban atrapados.

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