RELATO – Esther López Jimenez

Por Esther López Jiménez

Volvió a leer la carta y sonrió.
Sentada en el mismo sitio y tomando lo de siempre, el ruido de la terraza en la hora punta del almuerzo le parecía lejano. Después de esperar tanto tiempo por fin tenía los resultados. La alegría del descubrimiento se fue cuando pensó en la reacción de su padre al saber que su familia no usaba los apellidos auténticos desde hace mucho tiempo. Se terminó el café e intentó sentirse orgullosa por lo que había conseguido.
Eire era una chica de estatura media, delgada, blanca, de ojos grises y pelo moreno. Vivía con su padre y su madrastra en un barrio obrero y tenía un trabajo sencillo. No había nada destacable en ella, según decía la propia muchacha. Si le preguntáis a los vecinos, os dirán que tiene un encanto, porte y una elegancia especial.
Sus aficiones eran un tanto peculiares y de difícil mantenimiento. Las practicaba en secreto, puesto que la mayoría de la gente no entendería que alguien como ella pudiera hacer tiro con arco, hípica, forja y genealogía, entre otras. Las personas de mente cerrada critican lo que no pueden comprender y para evitar situaciones incómodas decía que iba a entrenar. Así era libre, pero le quemaba por dentro la noticia que tenía que dar a su padre, ya que no tenía muy buena relación con el nuevo matrimonio. Cuando era niña, su madre murió y a los tres meses de enviudar, se casó con la mejor amiga de su madre. La pequeña quedó traumatizada.
Le envió un correo electrónico a Alberto, el presidente de la asociación de genealogía para ponerle al día y recordó con cariño el motivo de su iniciación. Su bisabuelo le contaba de pequeña un cuento en el que una niña especial, descubría que sus padres no son quien creían ser. Ya con veinte años, la nostalgia le hizo recordar aquella historia y se percató de que los personajes encajaban con su familia. Se planteó si quizás su bisabuelo le quería decir algo y al cabo de unos días empezó a buscar información en el archivo del ayuntamiento.
—Niña ¿te pongo la comida? —Berta le sacó de sus pensamientos señalando el reloj.
—Si, gracias. Tortilla y otro café —miró la hora, efectivamente se le había hecho tarde.
Eire suele ir al bar de Berta donde le tratan como a una más de la familia. De pequeña le llevaba su abuelo Rafael todos los domingos y el padre de Berta dejaba que el abuelo preparase algún café con su receta secreta. Esos días los clientes hacían cola para tomar café del señor Rafael. Una mañana, el dueño del bar le invitó a unos orujos y al abuelo se le escapó algún ingrediente de la receta. Desde entonces, en aquel bar el café lo empezaron a hacer así y eso le trae bellísimos recuerdos.
—Mañana haces treinta, cari ¿qué planes tienes? —le preguntó Berta mientras limpiaba la mesa de al lado.
—Nada, ya sabes, entrenar temprano. Ah, acabo de recordar que tengo una cita en la notaría para mañana a las diez. Maravilloso.
—Si se te hace tarde mañana para comer pásate que te invito —le sonrió.
Terminó con la tortilla mientras iba a la parada del autobús que le llevaba al trabajo. Fue consciente de que en horas iba a cumplir una cifra que le daba vértigo. Era la edad en que debía comprar un piso, encontrar la pareja definitiva y ser madre. Daba igual el orden, pero ya notaba la presión social. Trabajaba en una droguería en la ciudad, de cuatro a ocho de la tarde. Era perfecto porque por la mañana entrenaba y por la tarde no trabajaba, más bien hacía vida social. Era una tiendita sencilla de los años setenta que aún conservaba la decoración original. Las clientas también eran de esa década y se reunían allí en corrillo para criticar todo mientras sus maridos iban a echar la partida.
—Buenas tardes Martina —saludó Eire a su compañera mientras entraba a la tienda.
—Buenas —le contestó con una sonrisa pícara— tenía para mañana dos sorpresas pero igual te digo una ya. He conseguido el teléfono de un conocido y creo que podríais encajar muy bien.
—No hace falta —se sonrojó— por cierto, hoy he tenido una mañana agotadora, ¿podrías cerrar por mí?.
—Vale, pero con la condición de que te plantees volver al mercado.
—Bueno, ahora estoy con unos proyectos —ya empezaba a oír esos comentarios— tiempo al tiempo.
—Lo de Enrique supéralo, eres joven y tienes que disfrutar. Deja un poco tus aficiones y conoce a más chicos, seguro que te divertirás —le recomendó.
Pasaron las horas entre recetas de canelones y trucos para plantar rosales que comentaban las clientas y dieron las siete de la tarde. Se despidió de todas imaginando qué sorpresa le habría preparado Martina para su cumpleaños.
Cogió el autobús de vuelta y se acordó de que tenía que decirle a su padre el descubrimiento. Además, la cita de la notaría le tenía intrigada. Empezó a ponerse nerviosa porque faltaba poco para llegar a casa y no tenía ni argumentos ni ganas para una posible discusión, dio al botón de su parada y vio que un chico sentado más adelante también lo había presionado.
Bajaron unos cuantos pasajeros y por último, el chico. Eire seguía pensando en las vueltas que da la vida y que realmente ese descubrimiento
era su regalo de cumpleaños. De repente, le pareció que ese chico la seguía. Aceleró el paso y él también lo hizo. En segundos la alcanzaría y aún no veía su portal. Sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta por si lo tenía que utilizar.
Vio el portal. Del otro bolsillo sacó las llaves pero se le cayeron. Las recogió pero perdió de vista al delincuente y eso hizo que se le acelerase el corazón.
—Te sujeto la puerta, pasa.
Se quedó paralizada. Disimuló la cara de sorpresa y pensó que no había oído una voz de hombre tan agradable.
—Soy Marcos, tu nuevo vecino del quinto. Por cierto, llevas el bolso abierto desde que has bajado del autobús y quería advertirte.
—Gracias— fue lo único que se le ocurrió decir.
Pasó delante de él y llamó al ascensor. Le sonó el móvil pero se cortó, era Alberto. Un mensaje le decía que sus contactos le aconsejaban dejar el tema porque era más complejo de lo que se pensaba. Se montaron en el ascensor más lento del mundo y no supo qué decirle a su nuevo vecino, así que cuando llegó a su piso se despidió de la forma más educada que pudo,
entró en casa, saludó a sus padres y fue directa a su cuarto. Estaba cansada pero orgullosa porque esta era su esencia, descubrir y celebrar las verdades en la más completa soledad. A fin de cuentas, nadie la entendería. Volvió a leer la carta del obispado y celebró como pudo entre esas cuatro paredes su pequeña victoria. Era feliz así, deshojando la realidad para averiguar la verdad. Todo lo que la vida le deparaba lo aceptaba, pero a veces le gustaba soñar que vivía con una familia que le apoyase, o con alguien que entendiera y se alegrase por alcanzar sus metas. Se acordó de la voz de Marcos y se durmió.
El despertador sonó temprano. Desayunó y se preparó para ir a la notaría. Se felicitó por su cumpleaños y se puso más elegante por si coincidía con su nuevo vecino en el portal. Sus padres estaban tan atareados haciendo el café del abuelo y leyendo el periódico que ni siquiera se dieron cuenta del día que era. Cogió la cita, intuyó que este año tampoco le iban a felicitar y con tristeza les dijo adiós.
Ya en la notaría empezó a sentirse un poco nerviosa. Iban con retraso y ella al mediodía se tenía que ir a trabajar. Quiso distraerse y se fijó en el tono de las paredes, era muy oscuro pero le recordaba a algún pasaje de su infancia, se abrió una de las puertas y un señor de edad muy avanzada se asomó mientras la llamaba. Entró y vio que había una persona más.
—Adelante, siéntate. Me llamo Luis y este es mi hijo Jaime que me ayuda en todo. Lo primero, feliz cumpleaños.
—Gracias. Antes de empezar le quería preguntar si vamos a tardar mucho.
—No te preocupes querida, nos encargamos de todo.
El ayudante le sirvió primero un café a Luis y luego a ella. Le pareció ver que lo hacía como su padre, la misma pose, los mismos gestos y las mismas cantidades, pero estaba tensa como para verificarlo.
—Bien, tu bisabuelo dejó por escrito que el día de tu treinta aniversario se te citase para aclarar cierto caso. No te extrañarás si te digo que tu primer apellido es compuesto y tu familia usa solo la primera parte.
—Sí, ayer conseguí un acta confirmando mis sospechas.
—Lo sé. Te pareces a tu abuelo. No te agotas tan fácil y avanzas cueste lo que cueste.
—¿Conocía a mi abuelo?
—Era muy querido y respetado en nuestro círculo. El caso que nos concierne ahora es un poco especial y necesito que prestes atención por tu seguridad.
—No entiendo a qué se refiere.
—Hace siglos, en este mismo lugar tu familia era poderosa. Tu linaje siempre salía bien parado de cualquier disputa con los adversarios porque eran buenos, dignos y honrados. Para la gente de la zona, tanto ricos como pobres, eran bien vistos y queridos. Trataban bien a todos. Un día se instaló otra familia también poderosa con unas ansías ilimitadas de deshonrar a tu linaje, a ser posible acabando con todos ellos. La primera generación plantó la semilla de la duda en los aldeanos y los centros de gran poder, y la segunda generación llevó a cabo el plan consolidándose como la familia más importante a costa de sobornar a algún notario despistado y demás cargos públicos y eclesiásticos, cambiando así escrituras, fechas y actas, tu familia tuvo que adaptarse a la nueva situación y empezaron a trabajar para este nuevo clan. Era humillante haber sido de alta sociedad y ahora estar sirviendo al enemigo. Pasaron las generaciones y tu linaje acabó mezclándose con los de clase obrera, consiguiendo así escapar de la vista de aquellos seres tan vigilantes, pero antes de que pudieran desaparecer entre los trabajadores, os maldijeron, cargando así con una maldición hasta que alguien la revierta. Después de muchas generaciones, tu bisabuelo se dio cuenta de todo esto porque un día se acordó del cuento que su abuela le contaba de pequeño que despertó en él la curiosidad por saber su origen y la verdad, ¿te suena?

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