¿SEGURO QUE FUE UN SUEÑO?

Por Mari Ángeles Carretero

“¿Quién puede saber de qué está hecha una mirada?” Con esta pregunta empezaba Irene a escribir el sueño que había vivido esa noche. Como les pasa a todos los que recuerdan lo soñado, a medida que iba tirando del hilo los detalles saltaban aquí y allá, como pececillos voladores en la superficie del agua: una melena suelta, los números rojos, las cuencas vacías de unos ojos. Lo que Irene no podía imaginar era lo que sucedería en la oficina unas horas más tarde.

“Aún tengo la mirada del ascensorista clavada en mi retina. Sólo él y yo íbamos en uno de los ascensores del edificio Torre de Madrid de la plaza de España ¡que en el sueño tenía noventa plantas! Le dije que iba al piso doce y en unos segundos subíamos a una velocidad que sentí en mi estómago como si bajara en la montaña rusa. En la pantalla aparecía en números rojos el piso dieciséis, el diecisiete, el veinticuatro. El ascensorista apretaba el botón de emergencias, pero seguíamos subiendo tan rápido que empecé a preocuparme.

El hombre me miró, levantó los hombros y las cejas a la vez y me dijo:

-Esté tranquila que al llegar al piso cincuenta y ocho el ascensor se para automáticamente.

Se llevó la mano derecha a los ojos, se sacó algo y añadió:

-Tome esto y piense que todo va a salir bien.

Tendí mi mano y puso en ella una semilla con forma de castaña alargada, que apreté muy fuerte para que me diera seguridad. Con las cuencas vacías, el hombre seguía mirándome y yo sentía un calor dulce que se iba alojando despacio, muy despacio, en cada rincón de mi cuerpo.

Me avergoncé de haberme asustado tanto y también por la marca de sudor que mi mano había dejado en la manga de su brazo izquierdo.

Al llegar al piso cincuenta y ocho, el ascensor empezó a pararse y respiré aliviada.

-¿Ve cómo ha funcionado? –me dijo el ascensorista.

Me preparé para salir; me alisé la melena con los dedos (el mismo tic que tengo despierta, si estoy nerviosa), un toque en la falda, y el ascensor dio un tirón tan fuerte que los dos caímos de espaldas. En la pantalla veía el piso sesenta, el sesenta y cinco, el setenta y dos, el *$, el *|. Sentí un golpe seco en la cabeza y me desperté.”

Fue Roberto, su padre, quien la despertó, tras acudir al oír un grito desde su habitación:

-Irene, despierta; tranquila, que estás soñando.

-Me he estrellado en el ascensor de un edificio de noventa pisos –respondió Irene, dándose cuenta de que había sido un sueño.

-Si te levantas ya, te da tiempo a escribirlo –la animó Roberto.

Esa mañana, en el banco, le tocó  ventanilla en el primer turno. Carlos, el cliente nuevo, después de que le atendiera le dijo:

-¿Podemos  vernos  esta  tarde? –como ella hiciera un gesto de asentimiento, continuó-: Entonces, a las cinco en el Faro de Moncloa. Llévese  su semilla, volverá a darle suerte.

Cuando Carlos se fue, Irene miró en su bolso ¡y allí estaba la semilla del sueño!

-¿Trae su semilla? –preguntó Carlos a modo de saludo cuando se encontraron por la tarde.

-Claro –contestó Irene abriendo la mano derecha para mostrársela.

-Vamos. La vista desde arriba es espectacular –dijo Carlos mientras la agarraba de la mano y la llevaba volando al ascensor.

El aparato  fue tomando más velocidad, por lo que Irene se agarró al brazo izquierdo de Carlos para no perder el equilibrio.

-¿No puede  pararlo? –preguntó gritando Irene.

El ascensor se paró de golpe y empezó a bajar, primero despacio y después tan rápido que, cerrando los ojos, Irene empezó a gritar.

-Irene, ¿qué te pasa? Despierta, Irene –le acariciaba Roberto la cara para despertarla suavemente.

Irene miraba a su padre con gesto desencajado por lo que acababa de soñar.

-Estabas gritando, hija, seguro que era un mal sueño –dijo Roberto intentando calmarla.

-Ha sido horrible. El ascensor del Faro de Moncloa bajaba como un cohete. Iba con un cliente del banco que podía ser el ascensorista del otro sueño.

Por la cabeza ladeada de Roberto se dio cuenta de que no lo comprendía; hizo una pausa, puso en orden un montón de imágenes y continuó relatando:

-Primero me estrellaba en otro ascensor, en el edificio Torre de Madrid donde iba con un ascensorista. Me despertaba gritando y me ponía a escribirlo porque tú me animabas. Después, ya en el banco, llegaba un cliente que se llama Carlos…

-¿En la realidad? –preguntó Roberto.

-Sí, en la realidad y en el sueño.

-Decías que llegaba un cliente que se llama Carlos –la ayudó Roberto a retomar el relato.

-Me citaba en el Faro de Moncloa y me decía que me llevara la semilla para que me diera suerte. El ascensorista de la Torre de Madrid se sacaba una semilla de los ojos y me la daba para que me sintiera segura. Lo raro era que después seguía mirándome con las cuencas vacías. Hacía un gesto levantando los hombros y las cejas a la vez y después lo hacía igual Carlos en el banco. O sea, que podía ser la misma persona porque me decía que me llevara la semilla.

-Un sueño dentro de otro sueño. Este sí que lo tienes que escribir –animó Roberto a su hija, a la vez que salía de la habitación-. Ve levantándote que, a este paso, hoy llegamos tarde los dos.

Irene abrió el primer cajón de la mesilla de noche y sacó un cuaderno. Mirándolo con decepción dijo:

-Era una tontería pero estaba pensando que tal vez estuviera escrito.

-Espabílate  con  la  ducha  y, mientras, preparo el desayuno –le oyó decir a su padre desde el pasillo.

-Es una pena porque creo que lo escribí con mucho detalle –dijo Irene-. Ya me levanto, no te apures, papá.

En la ducha se demoró más de los diez minutos cotidianos porque aún no había conseguido despegarse los ojos del ascensorista. Tenía la certeza de que las miradas salen de los sueños para quedarse en la realidad durante el tiempo que dura su recuerdo. No entendía lo de la semilla pero si cerraba los ojos volvía a sentir la mirada cálida que salía de unas cuencas vacías, desparramándose como el agua caliente que en esos momentos caía sobre su piel.

-Como sigas así, llegamos tarde –la apremiaba su padre.

-Sí, papá, ya termino –respondía ella mecánicamente.

Como todos los días, la dejó en la puerta del banco y él continuó a su taller.

-Cuidado a la vuelta –previno Roberto a Irene.

-Tranquilo, papá. Nadie quiere alhajas con dientes             –contestó  riendo  Irene.

Desde la muerte de su madre, seis años atrás, Roberto se había vuelto sobreprotector. Irene le entendía pero le recordaba que cumpliría veintitrés en noviembre.

Al entrar en el edificio, vio a Paco esperando el ascensor. Todo de blanco, pantalón y nicky, contrastaba con el mármol gris oscuro del hall. Sin pensarlo, giró a la derecha para subir andando.

-Irene, el ascensor ya está aquí –le gritó Paco.

-¿Ascensor? No, gracias –respondió Irene moviendo repetidamente la cabeza.

-Entonces, a hacer deporte –contestó Paco.

-Sí, ahora nos vemos –respondió Irene pensando en lo poco que le apetecía aguantar sus bromas esa mañana.

Paco era un buen compañero pero se le podría aplicar el apelativo de incontinente verbal. Fútbol y lo que había corrido la tarde anterior eran sus dos primeras conversaciones matinales. Que ella le gustaba lo sabía todo el banco, pues le decía piropos delante de cualquiera. Para ella la mirada de su compañero era demasiado estrecha, ¡nada que ver con la del ascensorista del sueño!

Era un fastidio tener que subir al segundo piso sólo para fichar. ¿A qué mente tan clarividente se le había ocurrido? Y volver a la planta baja donde estaba su puesto de trabajo. Ese día, por no querer ni pisar un ascensor, llegó la última. Paco la esperaba en la puerta para decirle que el jefe había cambiado los turnos de ventanilla y que a ella le había asignado el segundo:

-Si vas a despotricar, hazlo antes de entrar, que no te oiga.

-¿Es una orden? -bromeó Irene haciendo un remedo de saludo militar-. Gracias, Paco.

Irene echó a andar para no tener muy cerca a su compañero. Le resultaba violento cómo le miraba el lunar de su labio superior. En una comida de Navidad, le había dicho delante de todos que su lunar era como el de Marilyn, a lo que ella había respondido «como el de mi madre», con una sonrisa que contradecía la dureza de su mirada.

Después del desayuno llegó Carlos Santos. Irene se quedó mirándole con curiosidad después del sueño que había tenido con él.

-Hoy le toca a usted ventanilla -le dijo con su amabilidad de siempre.

-Cambios del jefe -respondió Irene intentando ser natural.

El pelo canoso le hacía mayor pero también interesante. No era ni la mitad de guapo que Paco, pero le gustaba su mirada. Al compararlos mentalmente levantó los ojos del ordenador para corroborarlo. Él arqueó las cejas y después levantó los hombros; al ver que Irene abría mucho los ojos le preguntó:

-¿Algún problema?

-No, no, ninguno. Decía que quería hacer una transferencia –preguntó Irene cuidando que su voz no delatara su azoramiento.

-Sí, a la empresa El Faro de Moncloa.

-¿Cómo? -preguntó Irene, sentándose en la silla que tenía detrás.

-Aquí tiene el número de cuenta –dijo Carlos alargando un papel y entornando ligeramente los ojos.

Irene empezó a atusarse el pelo con movimientos rápidos.

-¡Qué bárbaro! –exclamó Paco leyendo una noticia en el ordenador-. Se estrella un ascensor en un edificio de noventa plantas en Dubai.

-¿Cuándo? –saltó como un rayo Irene olvidando la norma de la empresa de no distraerse mientras se atiende a un cliente.

-A las siete de la mañana -dijo Carlos Santos-; lo he oído mientras preparaba el café.

-¿A las siete lo ha oído o a las siete se ha estrellado el ascensor?

-Se ha estrellado a las siete, hora de España, que eran las diez en Dubai –intervino Paco de nuevo-. Sólo iban dos personas y no les ha pasado nada. ¡Serían de goma!

Si a las siete se estaba duchando, lo había soñado antes de que sucediera, calculaba mentalmente Irene, cuando sus ojos se quedaron clavados en la marca que Carlos llevaba en la manga izquierda de su chaqueta.

-¿Estará  usted   en   ventanilla   el   próximo    miércoles? -preguntó mirándola a los ojos de tal forma que Irene sintió que su cara se arrebolaba-. La melena suelta le sienta muy bien.

-Es el jefe el que planifica los turnos –respondió Irene manteniéndole la mirada durante un tiempo inusualmente largo, tal vez treinta o cuarenta segundos.

Si el mostrador que había entre ellos no se derritió fue porque el mármol es una piedra muy dura que no tiene entre sus propiedades la de conducir la electricidad… ni los sentimientos.

Carlos le dijo “hasta luego” y se fue separando del mostrador sin dejar de mirarla, hasta que se chocó con otro cliente. Arqueó las cejas, levantó los hombros, sonrió, dio media vuelta y salió del banco.

Irene estuvo en una nube el resto de la mañana. Cuando bajó, ya lo había decidido.

Y no se equivocó. Allí estaba Carlos, a la misma hora y en el mismo lugar del sueño. No hubo ascensores. Sólo pasearon, hablaron, se besaron.

Lo que Irene no supo hasta varios meses después fue que Carlos, a través de la empresa El Faro de Moncloa, importaba semillas con forma de castaña alargada, cuya procedencia, al parecer, era tan ajena a la Tierra como la habilidad de mirar con las cuencas de los ojos vacías.

Hubo muchas señales para que Irene advirtiera que había algo extraño en Carlos. Pero, como todo el mundo sabe, cuando uno se enamora de verdad no se hace preguntas y, después, ya es demasiado tarde o está demasiado lejos.

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