SUSTANCIAS NUTRIENTES

Por Teresa Alvarez

Necesito contemplar su cuerpo sin vida frente al televisor. Mejor dicho, necesito ser testigo del  último latido y ver su negro hígado explosionar como un obús. Sí, mañana será el día y no me temblará el pulso. Es la única manera de saciar esta sed de venganza que estrangula mi vida y amenaza mis sueños.

Desde la ventana veo su automóvil aparcado, un rayo de sol hace brillar la pintura desconchada. ¡Cuántos kilómetros hemos recorrido  para nada! La decisión está tomada y es una tarde maravillosa para trazar un plan; una ligera brisa hace bailar las hojas del ciprés, una cigüeña insiste en hacer el nido en lo alto del campanario y, como ella teje las ramas, urdiré los pasos a seguir. Con calma, con mucha calma…

Escondida entre las cortinas, observo que cruza la calle y saluda sonriente al vendedor de periódicos. Ha salido por el jardín silbando su canción preferida, y el crío de la vecina ha empezado a llorar a pleno pulmón.

El motor de su viejo Renault me eriza la piel. Reconocería su sonido en cualquier parte. Hace años, cuando venía a buscarme a casa de mis padres para perdernos por las calles de la ciudad, me parecía el auto más hermoso del mundo. Todas las semanas lo limpiábamos a fondo,  lo decorábamos con flores robadas en los jardines y siempre olía a limpio. Aún lleva colgado en el espejo retrovisor el peluche que ganamos en una tómbola. Ahora huele como él: a tabaco, sudor, alcohol y vileza.

Esta noche buscaré la pistola que esconde en la buhardilla.

No será difícil; mañana cuando se acomode en el sofá y encienda el televisor, le miraré a los ojos y dispararé sin dudarlo. Llevaré puesto el vestido horrible que me regaló en mi cumpleaños y, cuando empiece a insultarme porque no me queda tan lindo como le gustaría, le reventaré el hígado (no sé por qué la he tomado con esa parte de su cuerpo).

Apago el cigarro en el vaso con restos de cerveza que ha dejado encima de la mesa y, mientras recojo los platos sucios, me acuerdo de Michi, ahora yo estaría sirviéndole las sobras en su cuenco. Tan suave, con su mimoso ronroneo en las caricias. Al pequeño Babú también le echo de menos, y a cada animal que ha traído a casa.

— Toma —siempre dice—, cuídale como si fuera el hijo que no has sabido darme. Tonta de mí que enseguida  me encariñaba de ellos y le perdonaba creyendo que se arrepentiría;   pero en la siguiente bronca, de nuevo se liaba a patadas y puñetazos con los pobres animales. Ya no me consuela regar las plantas del jardín que ocultan sus cadáveres enterrados. Les recuerdo, y mis lágrimas caen al suelo como las hojas en otoño, arrugadas y secas. Lágrimas secas. Ya no sé llorar.

En el cuarto de baño continúa el cuerpo inerte de Michi, bañado en su propia sangre. Sus ojos me miran pero ya no me ven. No me atrevo a tocarlo, estará frío. Supe lo que ocurriría y no fui capaz de impedirlo. Un maldito portazo me lo avisó.

—¿Por qué no estás en la cama como te dije? ¡Sabes lo que quiero cuando entro en casa y nunca me complaces!

Imbécil de mí que no estuve pendiente de la hora, las pastillas para dormir me dejan atolondrada. La forma de andar, la ceja levantada y el brillo en la frente eran el aviso. Michi salió corriendo como si supiera su destino, el suyo y el mío. De nada sirvieron excusas ni súplicas. La cama crujió de nuevo y una nube gris atravesó la ventana. Esta vez sí que ha conseguido penetrarme. Ojalá eso hubiera sido suficiente, pero se ve que no. Siguiente objetivo: el gato. Lo que no se atreve a hacerme se lo hace a los animales. Cobarde ¿Los trae a casa para tener con quien cebarse, o los trae porque sabe que muero de dolor cuando lo hace? Qué más da. Hace una tarde preciosa y he de encontrar el arma.

En la buhardilla todo está amontonado y sucio, la ropa de bebé, que compramos cuando quedé embarazada se apelmaza en las bolsas de la tienda. Le prometí deshacerme de todo, he prometido tanto a tantas personas. Aseguré a mamá en su lecho de muerte que nunca pasaría por lo mismo que ella, no dejaría que ningún hombre me pusiera la mano encima. Cómo he sido capaz de consentir lo que está ocurriendo, si aún tengo grabados en la memoria los gritos nocturnos de ella. Entonces murieron las promesas, mis sueños profesionales, la autosuficiencia. Yo era una adolescente y cuando quise aprender la lección, ya era demasiado tarde, ella había muerto. Aunque pensándolo bien, qué iba a enseñarme, si decía que aguantaba por mí, por su hija del alma; el dueño y señor del dinero era mi padre y siempre la amenazaba con separarme de su lado. Ella sufría para que mi padre me pagara los estudios, y me hizo prometer que estudiaría Periodismo, así saldría en la televisión y todas las vecinas verían mi triunfo. Ahora me doy cuenta de la estupidez, y pienso si no sería mejor que el tiro me lo déyo. Papá vivió demasiado, hasta mi mayoría de edad. En la residencia de ancianos no se molestaron en llamarme, para qué, si no me habían visto nunca por allí.

Los libros de la Universidad se amontan en las estanterías.

Nunca debí acercarme a él. Mis amigas tenían razón: me secuestró, enajenó mis sentidos, el corazón, el cuerpo y la cabeza, pero me hacía sentir importante, adulta, única. Anuló la poca voluntad que me quedaba, todo lo decidía él y yo le seguía como perro faldero. Fundimos la poca herencia que me quedó, nos fuimos lejos y me prometió las estrellas. Yo era feliz. ¿Feliz? No, no quería salir del barrio ni mudarme a otra ciudad, pero dijo que yo era superior a mis amigos, que eran estúpidos y unos pijos malcriados. No teníamos una perra, pero él trabajaría en lo primero que encontrara, y yo podría acabar la carrera en un ambiente más sano.

—Confía en mí —dijo.

¿Dónde estará la maldita pistola?

Él no sabe que yo sé. Hace unas semanas colgó la americana de una silla y el arma asomaba del bolsillo derecho. Me acerqué y la golpeé ligeramente con la rodilla, entonces la culata se coló dentro. El escalofrío me desintegró el corazón y me escondí en la cocina entre el gato y la mesa. Subió rápidamente a la buhardilla y bajó al rato sin la pistola ¿Acaso pensaba pegarme un tiro?

Me ha costado mucho encontrarla. Es de color gris oscuro y fría al tacto. Está cargada y apunto al frente para practicar.

El hígado ¿A la izquierda o a la derecha? Es muy importante saberlo y con desesperación, busco un diccionario entre los libros almacenados. “Se encuentra en la parte derecha del abdomen y almacena sustancias nutrientes”, dice. Qué ironía, el suyo solo almacena litros de cerveza.

Saco a Michi al jardín y empiezo a cavar su tumba al lado de mis otras mascotas. Ya suman cinco: dos gatos, dos perros, y una paloma.

Lágrimas secas como las hojas en otoño.

El deseo de venganza me empuja a seguir cavando, y como la tierra está tierna por las lluvias pasadas, no me resulta complicado. Me duelen las manos y la cabeza, el agujero cada vez es más largo y profundo. Me tumbo en el hueco excavado y miro al cielo, los pájaros vuelan alto y, mientras, imagino que cubren mi cuerpo de arena y mi madre llora en el exterior. Me gusta el olor a humedad y tardo un rato en salir. Estoy tranquila, la paliza ha merecido la pena, nadie me ha visto porque los muros son altos y ahora, sin prisa, limpiaré la sangre del cuarto de baño.

Me acuerdo cuánto negoció con el casero el alquiler de esta casa. Los primeros trabajos fueron en la construcción. Yo pude trabajar en oficinas o cuidando niños pero me dijo que lo importante era la carrera, y que mi obligación era estudiar, pero llegó la maldita herencia. Su padre falleció y todo quedó para él. Nunca quiso casarse y nunca abrimos una cuenta bancaria. Antes, con mi dinero, me convencía para que hiciéramos lo que él quería; con el suyo lo hizo sin dar cuentas a nadie ¿Cómo puede alguien manipular la voluntad de otro? ¿Por qué no he puesto fin? Llegaron las juergas, las noches sin dormir, las amenazas, las drogas, el alcohol, los negocios turbios y los amigos inseparables que me vigilaban en su ausencia. Compró la casa y el dinero se evaporó a la velocidad del rayo. Al parecer, yo soy la culpable de su decadencia, hasta llegué a creer que merecía los insultos y los golpes. Tenía tanto miedo que era incapaz de huir, de pedir ayuda. He de matarle, ya está decidido. Con su muerte pagará todas las hojas caídas en otoño.

Ante todo calma, mucha calma. No me temblará el pulso. Me da igual lo que ocurra después. Le quitaré el dinero de la cartera, pues siempre lleva buena cantidad de billetes y me iré lejos. Viajaré en tren a cualquier ciudad, empezaré de nuevo y tendré un perro, un gato y una paloma blanca. Si al final descubren mi crimen, estudiaré Periodismo en la cárcel. Quién sabe, igual por una vez en mi vida soy capaz de cumplir una promesa, aunque sea entre rejas. Siempre viene por la noche; pero hoy, después de patear al gato, ha dicho que volvería mañana.  Esperaré a que se siente en el sofá.

Siempre se sienta en el sofá frente al televisor, a cualquier hora.

Me acercaré a la puerta del salón y desde allí apuntaré a la parte superior derecha del abdomen, donde las sustancias nutrientes. Dos tiros, tienen que ser dos tiros, no sea que con uno no baste. Arrastraré su cuerpo sobre la alfombra hasta el agujero y lo enterraré.

Todo a plena luz del día.

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