TRABAJO FINAL – María del Pilar Punyed Mateu

Por María del Pilar Punyed Mateu

TRABAJO FINAL
Siempre fui muy madrugadora, así que mis hermanos que viven en el exterior solían
llamarme a esta hora, en que estoy más tranquila.
Es un martes, y mi hermano que viven en Miami me ha llamado, teniendo una
conversación agradable, escucho que en mi habitación suena el teléfono de mi marido,
me pareció demasiado temprano para una llamada de trabajo.
Al tomar la llamada mi esposo, de inmediato abre la puerta para que yo escuche quién
llamaba; un primo que está muy cercano al presidente, influyente personaje de la
política y empresario.
Y le está explicando que ha sabido que hay una orden de captura para mi esposo, que
seguramente la harían efectiva este día, Mi primera reacción es transmitirlo a mi
hermano, y me dice:-¿Qué puedo hacer desde aquí? Realmente el, no podía hacer
nada.
Nuestro hijo menor que vivía con nosotros, estaba ya en clases en la universidad y el
mayor, ya casado, nos dice, que nos vayamos a su apartamento, siendo un
condominio cerrado, que no se puede entrar sin permiso.
Recuerdo que metí en una maleta de mano, dos tejanos, tres blusas, algo de ropa
interior y mis cosas personales.
No quisimos salir por la puerta de casa, al estar comunicados los jardines, con casa
de mis padres, decidimos salir por allí, mi madre al escuchar que entrábamos salió a
nuestros encuentro, nos ve con el pequeño equipaje, y me dice: -¿dónde vas con esos
zapatos tan feos?
• ¡Mamá! No lo sé, pero han dado una orden de captura para mi esposo donde
vayamos, yo tengo que estar cómoda.
Mi madre dió un grito de dolor y horror, que con eso se quedó mi corazón, empezó a
llorar. Mi esposo le pidió uno de los coches, para salir de allí.
Al salir a la calle me di cuenta que el guardián de nuestra casa miraba hacia el lado
izquierdo, como si no nos viera ni escuchara, yo pensé, “mejor, así no nota que
subimos equipaje”.
Lo que no sabía es que la policía estaba ya allí, pero se habían bajado del patrulla,
esto nos favoreció, al salir de la cochera, y verlos allí, aceleramos y nos fuimos hacia
el otro lado, donde nos encontramos con que venía el coche de la fiscalía, pero al ir en
un coche que no era nuestro, no nos identificaron, y salimos por una calle poco
frecuentada. Llame de nuevo a mi hijo mayor, le expliqué lo vivido, y dijo: -mejor vayan
a casa de mi padrino, puede ser que mi calle esté vigilada también.
Al llegar adonde el padrino, ya nuestro hijo y su esposa estaban allí, y habían
explicado lo que pasaba. Apareció el menor de mis hijos, había terminado clase y
empezaron cada cual a hacer diferentes llamadas a ver qué tan grave era la situación.
No teníamos ni abogado penalista que defendiera a mi esposo, averiguando quién
podía ser el mejor, nos conectaron con un abogado de izquierda, muy bueno.
Llegó a reunirse con mi esposo y nuestros hijos, ellos le explicaron cómo estaba la
situación, se le entregaron documentos, para que los estudiara. Y después diría si
aceptaría defender o no a mi esposo.
Mientras tanto nos habíamos contactado con un buen amigo de Guatemala, venía en
camino, para sacarnos del país, antes que cogieran a mi esposo preso, sin ningún
juicio, solamente por una acusación falsa.
Llegó nuestro amigo, con un coche de tres filas de asiento, y los vidrios oscuros, le dijo
a mi esposo que se sentara en la última línea, y yo junto al conductor, y les dijo a mis
hijos: ¡ahora tus papás son mi responsabilidad! ustedes se dedican a desenredar esta
farsa.
En menos de diez minutos estábamos en carretera, nos había comprado unos
jamones y quesos, porque casi era la hora de la comida, por supuesto que mi
estómago y el de mi esposo no estaba con ánimos de comida, más bien teníamos un
nudo de angustia en el estómago.
Nuestro amigo, trataba de darnos conversación, para que nos relajáramos, yo notaba
como él miraba constantemente por el retrovisor, y yo miraba a mi esposo, que
también iba mirando para todos lados. La hora y media de camino a la frontera, fue
muy estresante.
Cuando nos empezamos a acercar a la frontera, yo pensaba cómo pasaríamos, sin
que nos vieran, sin presentar documentación. Menos mal que como veinte kilómetros
antes de llegar, empezó a llover, yo le pedía a Dios desde lo más profundo de mi
corazón, que siguiera lloviendo ya que así se tendría que hacer todo más rápido.
Cuando llegamos nuestro amigo no nos dijo nada, se parqueo al otro lado del edificio
de migración, se bajó el solo, documento, y se volvió a subir al coche, el que tenía que
revisar la documentación y contar a los íbamos en el coche, por la lluvia se había
refugiado, así pasamos sin ningún problema.
Ya en tierra extrajera, sabíamos que estábamos a salvo, de momento, agradecí
inmensamente a Dios su protección, en este primer trance, y gracias por tener un
amigo tan generoso que se la jugó por nosotros.
Al encontrar la primera gasolinera, entramos, y dijo nuestro amigo: – Aquí ya estamos
a salvo, bájense, estiren las piernas, y a mi esposo le dijo, pásate para en medio, vas
a ir más cómodo.
Así llegamos hasta su casa donde nos esperaba su esposa que si sabía los motivos
que nos llevaban allí, y sus hijos acostumbrados a vernos de visitas por un par de días
no les pareció extraño. Y así empezamos siete meses con siete días, escondidos,
esperando encontrar soluciones legales para nuestra situación.

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