UN INVITADO INEXPERADO

Por Macarena Mahugo

Si algo caracterizaba a Inés era su mente analítica. Como psicóloga siempre trataba de encontrar una explicación lógica para las cosas. Las supersticiones y misticismos siempre le habían parecido una forma poco racional de eludir responsabilidades o, en el mejor de los casos, cuentos para niños. A sus veintiséis años hacía tiempo que había dejado la infancia atrás y sabía que todo en esta vida tenía explicación. Incluso los nervios que sentía en esos momentos. Después de varios años de relación con Colin, por fin iba a conocer a su familia política. Pasaría las navidades con ellos en Birmingham.

—¿De qué te ríes?

Inés apartó la mirada de la ventanilla del taxi que los llevaba a la casa familiar de Colin y se volvió para hablar con él.

—Estaba pensando que nada puede ir peor que la primera vez que fuiste a casa de mis padres.

—¡No me lo recuerdes! Creo que perdí parte del oído ese día.

Ella no pudo evitar soltar una carcajada. Al parecer sus padres habían creído que ser ingles era sinónimo de ser sordo y cuando éste no entendía algo, lo repetían más alto y más lento, eso sí, en castellano de nuevo, por lo que el pobre continuaba sin enterarse de nada hasta que ella llegaba al rescate y ejercía de traductora. Por suerte el idioma no era un problema para ella, que hablaba la lengua de Shakespeare de manera fluida gracias al dinero que sus padres habían invertido para que así fuera. Una batalla ganada, faltaba el resto. El mayor inconveniente surgía de su carácter reservado. Pese a sus problemas idiomáticos su chico había desplegado encanto y extroversión, mientras que a ella le costaba sacar conversación.

—Tranquila, les vas a caer bien —le aseguró Colin, que había sido capaz de leer su inquietud en la expresión de su rostro.

El primer encuentro fue mucho mejor de lo que ella hubiera podido imaginar. Duncan y Elysa la recibieron con los brazos abiertos y aunque hubo un par de momentos incómodos al principio, a medida que avanzó el día Inés se fue sintiendo más cómoda entre ellos.  Su suegra había resultado poseer el carácter abierto de su hijo. Mientras que su esposo era algo más serio, tal y como Colin le había advertido las veces que le había hablado sobre su familia. Al día siguiente llegarían sus hermanos, cuñado y sobrinos.

—Serán unos días intensos —aseguró Duncan.

Con intención de no perderse nada, los recién llegados se retiraron a descansar. Para ellos habían reservado el antiguo dormitorio de Colin, el cual permanecía igual que cuando era un adolescente. Lo primero que llamó la atención de Inés, no fueron los pósters o las fotografías que decoraban las paredes, sino el frío, como si hubiera algún tipo de corriente que hizo que los vellos del cuerpo se le pusieran de punta. Al mirar las ventanas descubrió que éstas estaban cerradas.

—¿Siempre hace tanto frío aquí? —preguntó restregándose los brazos para recuperar algo del calor perdido.

Su novio la miró algo sorprendido.

—Más bien hace calor. Es más, mis padres han subido un par de grados la calefacción por ti.

«Está claro que habré cogido frío en el camino», se dijo a sí misma mientras rebuscaba el pijama en su maleta. Cuanto antes entrara en la cama, antes recuperaría la temperatura normal de su cuerpo. Por suerte conciliar el sueño no le resultó difícil y enseguida quedó dormida. Y así habría seguido si no fuera porque a las tres de la madrugada algo la despertó. No quería abrir los ojos, pero una repentina claridad la obligó a ello. Extrañada comprobó que la lámpara del techo estaba encendida. Colin la había apagado al meterse en la cama. Estaba completamente convencida de ello. Creía haber escuchado una voz al despertarse, pero no había nadie en la habitación salvo ellos dos y tampoco encontró nada fuera de lo normal. Una pequeña inquietud que se asentó en su interior.

—Um… ¿por qué enciendes la luz? —le preguntó su chico mientras escondía la cabeza bajo la almohada huyendo de claridad.

—Cuando me he despertado estaba así. ¿Habrán sido tus padres?

—Lo dudo. Esto seguro que ha sido obra de los duendes.

—O David el Gnomo. ¿Qué tienes, cinco años? —A veces Inés creía que así era.

Colin se encogió de hombros como diciendo: «allá tú pero yo sí creo en ellos y no me importa lo que tengas que decir al respecto». No obstante la conversación con él sirvió para disipar  la intranquilidad que sentía. Salió de la cama y apagó la luz para que ambos pudieran seguir durmiendo. Lo mejor sería olvidar lo ocurrido.

El ajetreo que prosiguió durante las jornadas siguientes consiguió borrar el suceso de la mente de Inés. El hermano pequeño de Colin llegó al día siguiente que ellos. Físicamente no se parecían en nada. Mientras Josh era un pelirrojo algo enclenque, su hermano era alto y bastante moreno. Sí compartían el carácter, y enseguida estaba auto invitándose  para pasar las siguientes vacaciones en España y compartiendo sus disparatadas experiencias universitarias. Bastante más crítica resultó ser Lizzi, la mayor de los tres hermanos.

—No me puedo creer que hayamos tardado tanto en conocernos. Creíamos que eras una imaginación de Colin, como nunca estabas cuando hablaba con nosotros…

—Eso es más propio de vuestra abuela —comentó el marido de Lizzi.

Inés no supo a qué se refería, al menos no lo supo en ese momento, aunque el resto estaba claro que sí, a juzgar por sus muecas cómplices. Más tarde le preguntó a su novio por ello y éste respondió que eran tonterías de su cuñado sin importancia. Entonces por qué a ella le parecía que sí la tenía…

Al cuarto día Inés amaneció con fiebre y se quedó en casa mientras que el resto salió a realizar sus compras de Navidad. Colin había querido quedarse a su lado, pero ella le aseguró que no era necesario. Con un Paracetamol y unas horas de sueño estaría como nueva enseguida. Además aún les faltaba comprar los regalos para sus sobrinas. Las dos pequeñas no podían quedarse sin el regalo de su tío favorito. Tras mucho hablar, él acabó claudicando. Antes se cercioró de que ella se tomara la medicina y que estuviera bien arropada entre las sábanas.

—No tardaré mucho— se despidió con un beso en la frente.

O al menos eso es lo que Inés creía, porque enseguida se sintió bastante adormecida.

La fiebre remitió dejándola sedienta, había sufrido fuertes sudores hasta que su cuerpo logró regularse. Por ello bajó a la cocina en busca de un vaso de agua. Todo estaba en completo silencio, advirtiéndole que la familia aún seguía fuera. Se sirvió dos vasos de agua. El primero se lo bebió sin apenas respirar y el segundo lo reservó para más tarde. Iba a volver al dormitorio, pero un sonido lo evitó. Su investigación la llevó hacia el salón y descubrió que el televisor estaba encendido. Apenas dos minutos antes, cuando había pasado por allí, camino a la cocina, el aparato estaba apagado.

—¿Colin?

Dejó el vaso sobre la mesa de café y recorrió la planta baja buscando a su novio o alguno de sus familiares. Nadie contestó. Algo nerviosa regresó al salón con la idea de coger su vaso y encerrarse en el dormitorio hasta que los demás regresaran. La televisión volvía a estar apagada. «Esto es por culpa de la fiebre, me hace imaginarme cosas», se dijo. La sensación de inquietud que sintió durante la primera noche regresó. Paralizada, se quedó mirando la negra pantalla. Sus pensamientos iban y venían. Su mente racional trataba de darle sentido a lo ocurrido. «¿Y si ha entrado alguien?». Tan sumida estaba en sus pensamientos que no escuchó los pasos que resonaron por la casa. Unas manos agarrándola por la cintura la hicieron reaccionar dando un bote.

—Ey, ¿estás bien?

El corazón casi se le había salido del pecho al pensar que el intruso era quien la había sujetado.

—Eh… sí, es que hubiera jurado que la tele…

—¿Se ha estropeado? Porque cualquiera le dice a mi madre que no puede ver su serie favorita —Colin se acercó a comprobar si el aparato funcionaba correctamente, y así era.

—Es que juraría que se ha encendido sola —reconocerlo en voz alta le costó algo de trabajo.

—Esto sin duda es obra de los duendes del otro día. Son como niños y cuando hay gente se vuelven juguetones.

—¡Colin, tómame en serio! Me he llevado un susto de muerte pensando que alguien había entrado en casa.

—Lo siento. Aquí solo estamos tú y yo. Habrá sido algún efecto de la fiebre. Es por eso que estoy aquí, no estaba tranquilo dejándote aquí sola —comentó él mientras acariciaba su frente con los labios para comprobar su temperatura.

—¡Sé cuidarme!

Antes de acabar enfadada con él, Inés prefirió  comprobar los regalos que había comprado para sus sobrinas.

—Parece que no te fiaras de mí. No hay margen de error cuando compras con una lista muy concreta —Lizzi le había dado un par de recomendaciones sobre lo que las niñas deseaban.

Tratando de que le disculpara, se acercó a ella y la besó. Pero el intenso abrazo le dejó muy claro a Inés que las intenciones de su chico no eran tan castas.

—No, aquí no, Colin, tus padres podrían llegar en cualquier momento. Además no estoy de humor.

El fingió unos pucheros como si se tratara de un niño pequeño al que le negaban un dulce. Poco impresionada por las dotes interpretativas de su chico, se dirigió a la habitación para envolver los regalos, que necesitaban estar listos para mañana.

En la cena de Nochebuena Inés pudo conocer al fin a la abuela, esa mujer que tantos comentarios misteriosos despertaba entre los suyos. Era una mujer pequeña, un tanto extravagante vistiendo para sus ochenta años y que además se llamaba como ella, Agnes, algo que a la anciana le había hecho mucha gracia.

—¿Por qué hay nueve sitios si somos ocho?

Al sentarse a la mesa del salón para cenar y ver un sitio vacío le resultó extraño. Si esperaban a un noveno comensal no se hubieran sentado a la mesa hasta su llegada. Además su novio la hubiera advertido, como lo hizo con la llegada de su abuela.

—Es para él —respondió Agnes críptica.

Inés iba a preguntar a quién se refería, pero una vez más lo inexplicable sucedió. Con todos sentados alrededor de la mesa,  el equipo de música se encendió reproduciendo el disco de canciones navideñas que Elysa había puesto unos días antes mientras horneaban galletas.

—Ya está aquí.

—El amigo de mi abuela —le explicó Colin entre susurros y en castellano.

Observó que nadie estaba preocupado. Pues ella lo estaba. Una vez podría ser casualidad, dos vaya, tres… acababa de presenciar un Poltergeist. Ahora comprendía por qué Colin siempre hablaba de «el duende» cuando ocurría algo inexplicable.

—Es inofensivo, cariño —aseguró la abuela.

Y ella pensaba que se iban a reír de ella por creer que alguien había entrado y encendido la televisión. Pues era mejor que la realidad. Por debajo de la mesa su mano izquierda buscó el consuelo y el apoyo de su novio. La inquietud había dado paso al miedo. Este de inmediato le apretó fuertemente la mano mientras que con el pulgar le acariciaba la muñeca para darle sensación de seguridad. Durante el resto de la noche ella trató de olvidar lo ocurrido, pero le fue bastante complicado. Por primera vez en toda su vida se encontraba con algo que su mente no podía explicar y, sobre todo, que nadie más trataba de hacer.

—No te preocupes, querida, he logrado que nuestro amigo deje de jugar mientras estés aquí. Me he dado cuenta de que no te sientes cómoda con estas cosas…

¡A quién en su sano juicio le gustarían estas cosas! Fueran lo que fueran prefería que cesaran, si no buscaría el primer vuelo de vuelta a Madrid y que Colin se las apañara.

Tal y como Agnes le prometió, ningún incidente paranormal ocurrió durante la semana siguiente. Eso no había impedido que cada vez que Inés se quedaba a solas buscara enseguida la compañía de algún miembro de la familia, y ellos la mantenían ocupada. Agnes era la madre de Elysa, y según Colin, siempre había tenido una sensibilidad especial para las cosas que no son perceptibles para la mayoría. Para ellos era tan común como para Inés podría ser hablar con sus padres de los vecinos del pueblo.

—Podrías haberme avisado antes —le había recriminado ella.

—No me habrías creído.

Y en el fondo llevaba razón. Si se lo hubiera contado antes hubiera pensado que estaba bromeando o tratando de asustarla.

Finalizaron las vacaciones. Un taxi los esperaba, con las maletas acomodadas en la parte trasera del vehículo, para partir rumbo al aeropuerto.

Se despidieron y prometieron regresar tan pronto como les fuera posible.

—O también podríamos ir nosotros —sugirió el patriarca.

—Siempre seréis bienvenidos —aseguró ella.

Alzó la mirada cuando estaba por meterse en el coche y lo vio. Tan claro como si fuera real. A las puertas de la casa estaba un hombre de unos veinte años vestido con ropas de otro siglo. Se llevó la mano a su boina despidiéndose de ellos. Aterrorizada se metió en el interior del taxi. Quizás de aquí a que volvieran de nuevo podría hacerse a la idea de que todo no tiene por qué tener una explicación lógica.

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