ESMERALDA – Ioar Tainta Noble

Por Ioar Tainta Noble

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Era una chica con piel azabache y ojos verdes. Verdes como su nombre, Esmeralda. Vivía en un pueblo pequeño junto a sus padres y dos hermanas mayores que ella. Era una joven llena de ideales en un entorno rígido y de ideas férreas, inamovibles. Donde pensaban que existe una manera de vivir y donde, si no seguías los estandartes de ese pensamiento, te castigaban con aislamiento social como si fueras un paria de ese mundo ideal. Esmeralda tenía 16 años y pensaba para sus adentros: Se sienten libres y están rodeados de cadenas. Cadenas de prejuicio, cadenas de miedo. Es mucho más difícil liberarte de estas de cadenas que liberarte de unos grilletes. Qué pena, y yo aquí, con una máscara social, pesa tanto que parece hierro. Y siento que, aun con esa felicidad que transmiten, llevan máscaras más pesadas que las mías.

Su pensamiento reflexivo cesó cuando su madre le preguntó si tenía novio. Dijo que no y fue a su cuarto a escribir, la escritura era su refugio. Sus hermanas fueron tras ella repitiendo a dúo lo que su madre había preguntado: ¿Lo tienes? ¿Lo tienes? Esmeralda cerró la puerta con fuerza y pensó: ¿Me habrán visto algo en los ojos? ¿Ilusión, miedo, ganas, de todo? Los ojos son el espejo del alma. Y sí, Esmeralda estaba enamorada. Y lo mejor, era correspondida. Pese a esto, ella se sentía en un precipicio: en un momento vertiginoso, de auténtico pánico. Seguía reflexionando en su particular soliloquio: La vida es irónica. Con lo mágico que es el encuentro común de sentimientos, sentir algo tan pleno y correspondido, más allá de los deseos carnales… Y lo tengo que sentir con ella. Y ella conmigo. Y sí, estoy orgullosa de ser y de sentir así, pero vida, ¿por qué ella?

 Seguía reflexiva cuando sonó el timbre de la casa. Su madre abrió la puerta y exclamó:

-Eva, ¡cuánto tiempo, amiga! Qué bien que hayas podido venir a tomarte unas pastas con café al fin, tenemos que ponernos al día.

A Esmeralda se le paró el corazón, como si de un disparo a bocajarro se tratase. Eva era una amiga de la infancia de su madre, como si fuera una tía para toda la familia. Menos para ella. Eva era la mujer que la enamoró. Y Eva se enamoró de ella también, probablemente por su modo de ser y dejar los grilletes de la sociedad a un lado. Eva nunca lo hizo, estaba casada y tenía dos hijos, uno de la edad de Esmeralda. Eva estaba en una constante huida hacia delante, sin querer admitir sus sentimientos, amando locamente a Esmeralda en la clandestinidad. Cada vez que Esmeralda miraba a Eva pensaba en los grilletes al igual que Eva. La vida les había dado un regalo envenenado: se amaban de verdad, pero su amor era impensable en un entorno así.

Eva estaba merendando con la madre de Esmeralda cuando ella decidió acudir donde estaban, con una excusa poco convincente, solo quería ver a Eva:

Mamá, mis hermanas quieren que vayas un rato con ellas, no sé qué te querían preguntar, la verdad, creo que es algo de los yogures que les gustan…

Su madre, un poco extrañada, acudió a ver las peticiones de sus otras hijas con la dicha de ahora vengo. Llegó el momento otra vez, el momento “caramelo”:

-Eva, no sé hasta cuándo aguantaré con estas cadenas. Dame un beso, ahora que no hay nadie.

-Esmeralda, esto es una locura. –Se besaron apasionadamente, pero en un tramo corto de tiempo-. Yo tengo hijos, tengo marido, una casa, trabajo, amigas, la vida ejemplar y resuelta.

Esmeralda añadió a sus palabras:

Pero no me tienes a mí. No como quisiéramos tenernos.

La conversación tuvo que acabar, vino la madre de Esmeralda diciendo que ya había hablado con sus hijas y que le habían pedido chocolate, no yogur. A Esmeralda le importaba entre poco y nada. Eva se levantó, inquieta, y exclamó la necesidad de tener que marcharse, que ya se había hecho tarde y que tenía cosas que hacer.

Esmeralda volvió con sus grilletes a su dormitorio y Eva, con los mismos grilletes, a su casa.

Pasaron los días y concertaron una cita en un pueblo a las afueras, donde nadie las conocía. Estaban en la orilla de un rio, era anochecer y Eva comenzó a acariciar a Esmeralda. Parecía que aquello era inevitable; aunque la razón de la situación les hacía sentir todo lo contrario. No se pueden razonar los dictados del corazón.

Se amaron como otras veces. Pero esta vez fue distinto: esta vez no lloraban después, fruto del miedo y de la impotencia. No lloraban pensando en el regreso de aquel mundo ideal al mundo real. Tenían más ganas que miedo, más ilusión que pena. Comenzaron a hablar mientras se acariciaban el pelo:

-Eva, siento que algo ha cambiado en mí. Quiero intentarlo, de verdad. Sin grilletes, al desnudo, sin máscaras.

-Esmeralda, yo siento eso también, pero tengo responsabilidades sentimentales, quiero dejar arreglada la situación de mi casa, necesito tiempo para hablar con Pedro y los chicos… dame un poco más de tiempo. Aunque nuestro desnudo emocional suponga la ruptura total con tu familia. Eres consciente de ello, ¿verdad?

-Tarde o temprano lo tendrán que entender. Que me gustan las chicas y que te quiero a ti, que para mí no eres la tita Eva.

-Te falta edad para entender cómo funciona el mundo, y que las personas raramente cambian de verdad. Tiempo, cielo, necesitamos tiempo.

Por un instante, parecía que fluían en sintonía. Pero la cruda realidad les hizo volver a poner los grilletes. Se fueron a sus casas. Eva, sosegada y en una encrucijada eterna. Esmeralda, enfadada y cansada.

Al día siguiente, el sábado por la noche, Esmeralda salió de fiesta con sus amigas, no  tenía claro si para desconectar de sus zozobras emocionales o si para ahogar sus penas. A altas horas de la madrugada se encontraba con otra copa (de tantas que se bebió) de tequila, bailando como si no hubiera un mañana. En un baile de tantos, escuchó una voz familiar: era el hijo de Eva, el hijo que tenía su misma edad, Adrián.

Adrián y Esmeralda siempre se habían llevado bien, como hermanos; se conocían desde pequeños. Esa noche algo era diferente: Esmeralda dejó de ser su hermanita para pasar a ser la chica más explosiva que había visto nunca. Esmeralda seguía bailando, ahora con Adrián, al son del tequila.

Y el tequila habló: en un abrir y cerrar de ojos Adrián y Esmeralda se estaban besando.  Lo más irónico de la cuestión era que Esmeralda no quería parar y Adrián mucho menos. Esmeralda pensó en aquella evasión que le producía el estado de embriaguez, que quizá estaría bien olvidarse de Eva, pero que no lo quería hacer con Adrián, pero a la vez sí…

Si antes estaba inquieta, ahora lo estaba más. Pero se dejó llevar, tenía la necesidad de no pensar acerca de sus sentimientos por un instante.

En el transcurso de la noche y con la valentía que le proporcionó el alcohol, Esmeralda y Adrián se fundieron en uno: esa noche los dos perdieron la virginidad. Bueno, Esmeralda había experimentado con Eva, pero nunca con un chico.  Y para Adrián fue su primera chica. La vida está siendo doblemente irónica, y esto es realmente trágico, pensó Esmeralda. Se sentía rara, abrumada, pero a la vez descubrió a un Adrián al que no conocía y eso le atraía. Adrián, en cambio, estaba en una nube rosa, volando sin parar.

Se hizo de día y cada uno se fue a su casa. Esmeralda subió a su cuarto sintiéndose bien y mal, más mal que bien; más perdida que nunca y a ratos contenta por la experiencia… Era un cóctel explosivo de preguntas. Pero cerraba los ojos y veía a Eva. No conseguía dormirse, pero finalmente su cuerpo no aguantó más y cayó rendida.

Al día siguiente empezó a reflexionar, una vez más, en el refugio de la escritura, con dolor de cabeza y con doble de peso en los grilletes: 

No puede ser verdad. ¡Con Adrián!  Ha sido un error garrafal. Pese a ser una experiencia nueva y buena, para mi sorpresa, yo quiero a su madre. ¡A su madre! Me callaré para siempre, esto no ha ocurrido. Tengo que hablar con él, cuanto antes, hoy mismo. ¿Se lo habrá dicho a alguien? Seguro que sí, con lo bocazas que es… ¿Y se enterará Eva? ¡Tengo que arreglar esto!

Dejó pasar unos días, no sabía muy bien cómo abordar la situación con Adrián y necesitaba madurar las palabras antes de transmitírselas. Fue entonces cuando se percató de algo realmente importante: habían mantenido relaciones sexuales sin protección. Esmeralda sabía perfectamente qué consecuencias podía tener aquello  y como es normal, su estado de ansiedad fue in crescendo. Sintió que no tenía la necesidad de empeorar una situación que de base ya se presentaba bastante torcida y se autoengañó: no pasará nada, muy mala suerte tendría…

 

 

Pasó un tiempo prudencial desde el acto que marcó la vida de Esmeralda. Por suerte, la noche desenfrenada con Adrián no desencadenó en un embarazo. La vida le dio un  pequeño respiro. Pero nada volvió a ser lo mismo con Eva. Esmeralda se empeñaba en hacer como si no hubiera pasado nada y seguía quedando a escondidas con Eva. Pero su cuerpo cada vez pesaba más, como  su conciencia. Un día, sin saber por qué, se despertó valiente: había quedado con Eva y estaba dispuesta a contarle lo ocurrido:

– Eva, necesitamos hablar. A partir de esta conversación, nada será lo mismo. Creo que, al final, sin querer provoqué una situación porque no podía seguir con esta dinámica prohibida de relación que tenemos. Eva, perdóname. Una noche salí de fiesta y… Adrián y yo… Nos acostamos. Pero te juro que todo quedo en eso, Eva. De hecho, ha pasado el tiempo y es como si no hubiera pasado nada. Perdóname de verdad, Eva, dime algo.

– Efectivamente, Esmeralda. Aquí se tiene que terminar todo, muy a mi pesar. Era lo natural, esta relación no tenía ningún sentido.

-¿Solo me dices eso?

Eva se marchó sin articular ninguna palabra más.  Esmeralda se marchó llorando, aceptando las consecuencias de sus actos. La conciencia le pesaba un poco menos y esa noche logró dormir del tirón.

Al día siguiente, una llamada la despertó por la mañana. Era Adrián:

– Esmeralda, ¡no te lo perdonaré jamás! ¡Mi madre se ha suicidado y es por tu culpa! Lo ha dejado todo escrito, estamos destrozados. Por respeto a su memoria este secreto quedará sellado en mi familia, no complicaremos más las cosas ni mancharemos la memoria de mi madre. Y sí, quiero que sepas que tú eres la culpable y ojalá la culpa te persiga hasta el final de tus días.

-¡Adrián! ¡Qué dices! ¿Adrián?

Adrián había colgado. Esmeralda se quedó tumbada en su cama como si le faltara el pulso. Pasó de cero a cien en un segundo: empezó a temblar, a llorar y ya no pudo parar. Su familia también se enteró de ese trágico final, aunque no sabían el   porqué.

Era la noche antes del funeral cuando Esmeralda, presa de su insomnio, bajó a la cocina y comenzó a beber el alcohol que sus padres guardaban para ocasiones especiales: licores, vino, cervezas… Le daba igual.

Entró en una atmósfera peligrosa de que todo le daba igual. Y cada vez se sentía más valiente. Tan valiente y tristemente más consciente que nunca, fue al cajón donde guardaban las medicinas de la casa. Cogió un bote de pastillas y se lo metió entre pecho y espalda mientras pensaba:

Todo lo romántico debe acabar en lo trágico, eh, Eva. Yo solo quiero descansar, no puedo llevar el peso de tu muerte en mí. Y no puedo vivir sin ti. No puedo…

A la trágica muerte de Eva se le añadió la trágica muerte de Esmeralda. Dos amantes que no supieron gestionar sus sentimientos y que eligieron un desenlace fatal, como si no hubiera otra opción, cuando la vida es un abanico de oportunidades y formas de vivir. Presas de su entorno, de sus miedos y de los prejuicios, decidieron acabar con la vida sin saber que nada es más importante que cuidarse a sí mismo y cuidar a lo que se quiere.

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