A TODO COLOR – Alexander Buckley Bryce

Por Alexander Buckley Bryce

El Ciego Oblitas es el mejor futbolista de todos los tiempos. Tenía una zurda potente y regateaba a todos los rivales con facilidad. Jugaba de extremo izquierdo en mi club, el Sporting Cristal, y aún tengo su camiseta, la mítica número once. Cuando iba a jugar fútbol con mis amigos, siempre la llevaba puesta y sentía que podía regatear a cualquiera que se me pusiera en frente. Sin la camiseta, era un jugador más, pero con ella era el mejor del parque. De adolescente, me sucedió lo mismo con mis botines Puma, iguales a los de Maradona. Podía pegarle al balón hasta con la zurda y meter goles de tiro libre. No miento si aseguro que de chiquito tuve super poderes. Podía convertirme en mis ídolos, hacer todo lo que ellos hacían; incluso volar.

Con nueve años, mi papá me llevó por primera vez al Estadio Nacional, a ver el partido entre Universitario de Deportes, más conocido como La U, contra el Sporting Cristal. Fuimos con su hermano, mi tío Kiko; ambos eran hinchas de La U y los muy cabrones trataban de lavarme el cerebro para que yo también lo fuera. Aquel año, el Cristal había contratado al Ciego Oblitas, que venía de jugar en la liga mexicana.

Un tipo macanudo, el Ciego, tenía mucho encanto y todas las chicas se morían por él, incluida mi mamá. Salía en anuncios de revistas y televisión patrocinando Glostora Cristalino, una marca de fijador de cabello. «Yo uso el cabello largo, libre y suelto… pero con Glostora Cristalino, que no tiene grasa, todo el día se ve peinado». Yo era un mocoso de primaría y tenía el pelo corto, pero me daba igual; todas las mañanas usaba mi Glostora Cristalino para ir al colegio. Algunas veces me ponía más de lo debido y me iba al colegio con una especie de casco brillante.

Eso no sería un problema si no fuese porque, jugando en el patio, empezaría a sudar y, claro, la Glostora se derretía y los chorretes se metían por el cuello de la camisa. De vuelta al aula, empezaba mi calvario con la picazón atacándome por toda la espalda. Era espantosa; me rascaba como un contorsionista, como si fuera un oso, me frotaba con el respaldo de la silla, e incluso con la regla intentaba llegar a mis antípodas. Los malnacidos de mis amigos me pusieron el mote del Ciego Sarnoso durante todo ese año.

La entrada al estadio fue memorable. Habíamos dejado el coche en el aparcamiento del Lawn Tennis Club, que quedaba a unas cuantas manzanas de distancia y echamos a andar. Durante el camino nos íbamos juntando con más y más personas. Era tanto el gentío que para evitar que me aplastaran mi papá me cargó en sus hombros, eso fue lo máximo, veía la marea de gente desde las alturas. Al llegar a la puerta de control me bajaron del caballo y entramos a punta de apretones para empezar a subir las escaleras. El run-run de voces y risas iba aumentando a medida que subíamos, como si fueran enjambres de abejas zumbando alrededor nuestro. Solo podía escuchar retazos de conversaciones, pero el tema más recurrente era sobre el nuevo talento de La U, Germán “Cocoliche” Leguía. Los mayores decían que iba a ser el mejor de todos los tiempos. Mi papá y mi tío decían que cuando lo viera jugar me olvidaría de Oblitas.

Al ver las potentes luces que iluminaban el campo, el corazón me empezó a latir a mil por hora. El color del césped era de un verde brillante como nunca había visto, las líneas blancas bien rectas y perfectamente pintadas. Las vallas de publicidad tenían muchísimos colores que contrastaban con la sobriedad del césped. El estadio estaba lleno a reventar, los hinchas se dejaban la garganta entre canticos y gritos. Era una fiesta a todo color. Apreté fuertemente la mano a mi papá, él me miró y dijo –¿A que es muy lindo, hijito? Afirmé con la cabeza porque no me salieron las palabras. Mi papá y su hermano conocían a mucha gente, hasta saludaron por su nombre al señor que vendía panchos. Me acuerdo que se llamaba Juan Carlos, como el Ciego.

Estábamos en la tribuna de Occidente, zona Pullman, fila 3, asientos 25, 27 y 29. Como diría un mexicano “En el mero centro, güey”. Dos filas más abajo estaba el palco de las directivas. Mi papá saludó a uno de los directivos y le preguntó si jugaría Leguía.
–Por supuesto, Alfredo. –le dijo el señor –Ha entrenado muy motivado y está como loco por marcarle un gol al Cristal.
–Ya, pero Cristal tiene al Ciego Oblitas. –Se me escapó, y mientras lo decía me iba arrepintiendo. Eso y mi cara de cojudo generó una sonora carcajada entre los tres señorones, incluyendo a mi tío.
–Alfredo, te voy a conseguir la camiseta de Leguía para tu hijo y lo hacemos de La U. El mejor equipo del Perú. –Dijo entre risas
Ese gordinflón me caía muy mal.

Estaba en otro mundo viendo a las barras cantar, y de pronto el estruendo de un petardo me sobresaltó. Mi tío señaló hacia un grupo de fotógrafos agolpados en la puerta del túnel. Una violenta ráfaga de destellos me puso en alerta, cuando los futbolistas saltaron al campo. Los de La U, vestidos con su uniforme totalmente crema y las calcetas negras; los del Sporting Cristal de celeste y blanco. Hasta entonces, sólo había visto los partidos de fútbol que transmitían por televisión en blanco y negro. Hasta los periódicos y revistas imprimían en blanco y negro. Por primera veía fútbol a todo color.

La pelota estaba en el centro del campo, el árbitro hablaba con los capitanes y por los altoparlantes empezaron a dar las alineaciones. Recuerdo como si fuese ayer la del Cristal: en la portería, Chupete Quiroga; defensas, Panadero Díaz, Chumpitaz, Gutiérrez y Soria; Mediocampistas, Quesada, Uribe y Reyna; Delanteros, Cachito Ramírez, Ortiz y Percy Rojas. No estaba Oblitas de titular.
– Seguro saldrá en el segundo tiempo, hijo. Ya no está para jugar todo el partido. –Dijo mi papá cuando el balón se puso a rodar.

La U empezó como claro dominador del juego. Leguía jugaba en el medio del campo repartiendo juego con una clase increíble. Cristal no atinaba a dar dos pases seguidos. En uno de los ataques llegó el primer gol de La U, Leguía dio un pase, haciendo un sombrero a dos defensas y Rey Muñoz fusiló a Quiroga. El estadio explotó, mi papá y mi tío se abrazaron con todo el mundo, parecían estar en la misa dándose la paz. Fue la primera vez que saqué la metralleta para disparar contra todo el mundo, menos a mi papá que no se lo merecía. La U nos estaba metiendo un meneo, hasta parecía que tenían más jugadores en el campo. Faltando poco para acabar la primera parte, vino un centro al borde del área que Leguía la amortiguó con el pecho y sin que la pelota cayera al suelo, le metió un zapatazo. El estadio estalló con el segundo gol de La U. Con los ojos rojos y contenidos volví a sacar mi metralleta y disparé contra todos los hinchas de La U, esta vez no se salvó ni mi padre. Cuando estaba a punto de meter un segundo cargador, el árbitro terminó el primer tiempo. No puedo asegurarlo, pero estoy convencido que el arbitro me vio y mando a los jugadores al vestuario para frenar la matanza que estaba propiciando.

El segundo tiempo se inició con los mismos jugadores. El partido estaba ligeramente más parejo, pero seguíamos perdiendo. Los hinchas de La U empezaron con las provocaciones del «ole, ole y más ole» cada vez que daban pases. Estaba a punto de lanzar una mentada de madre sonora cuando mi papá me dice:
–Tranquilo campeón, mira quién ha salido a calentar.
El Ciego Oblitas estaba al borde del campo preparado para entrar. Me puse a aplaudir como un loco mientras me secaba los ojos de la emoción. Con la primera pelota que cogió, el Ciego se fue como una bala por la banda izquierda, regateó a un defensa y sacó un centro que cabeceó Cachito Ramírez; Uy…por poco y es gol. El partido cambió totalmente, empezaron a buscar al Ciego. Solo lo podían frenar con faltas, porque había salido endiablado.

De repente, los bullangueros hinchas de La U enmudecieron. Cachito cogió la pelota de un rebote en el área y la mandó al fondo de la portería. ¡Gol, carajo, gol! El pequeño grupito de hinchas de Cristal estalló.
–No te hagas ilusiones campeón que ya no queda tiempo para que remonten. –Sentenció mi padre.
Efectivamente solo quedaban 10 minutos y, por más que Oblitas estaba haciendo de las suyas, era muy complicado que el resultado cambiara.
–Complicado, pero no imposible. –Escuché decir a un señor que estaba sentado en la fila de atrás. Otro romántico como yo.

El segundo gol fue el más bonito de toda la tarde. El flaco Quesada salió de nuestro campo haciendo paredes con el Mudo Gutiérrez, y este desde fuera del área, hizo un disparo que clavó el balón en la escuadra de la portería. ¡Qué tal golazo! Me levanté como un resorte, me giré hacia el señor de atrás que me esperaba con los brazos abiertos y nos fundimos en un eterno abrazo de alegría.

Los últimos cinco minutos fueron los más emocionantes y hermosos que he visto en mi vida. La U se jugaba el campeonato y se volcó con todo. Cristal se defendía como podía, estábamos encerrados aguantando el chaparrón. Hubo un tiro de Leguía que se estampó contra el travesaño y retumbó en todo el estadio. La tensión se podía cortar con un cuchillo, y cuando quedaban solo segundos para el final, vino un despeje de la defensa de Cristal que fue a parar al medio del campo. La pelota llegó a los pies del Ciego y este empezó a correr hacia la portería de La U. Como un titán, iba luchando contra todos los defensas. No sé si fue porque los ojos se me llenaron de lágrimas o porque no quise seguir viendo, pero solo recuerdo estar volando por los aires abrazado con el señor de atrás. Grité y lloré como un loco hasta el pitido final.

Mi papá me dio un beso, me cogió de la mano y en silencio empezamos a salir del estadio. Bajamos las escaleras dentro de un ambiente desolador, mi papá, mi tío y el resto de los hinchas parecían viudas en un velorio. Todos menos yo, mi rostro dibujaba una sonrisa de oreja a oreja. Había visto mi primer partido de fútbol en un estadio a colores, con gol de mi ídolo. Mañana iría al colegio bien engominado y llevaría en mi mochila mi camiseta número once.

De regreso a casa, yo iba echado en el asiento de atrás del coche, agotado de tanta emoción. Estaba a punto de quedarme dormido con la imagen del Ciego alado cuando escuché:
–Lo siento hermanito, pero a este no lo vas a hacer jamás hincha de La U. –dijo con resignación mi tío. –Eso sí, te aseguro que cuando tenga un hijo, va a contar las horas para llevarlo a ver su primer partido de futbol y le hablará del cabrón del Ciego Oblitas.

 

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