ALGO DE MI – Mª de las Nieves Corrales González

Por Mª de las Nieves Corrales González

 

    Hoy día, embaucados en una pandemia, se están viendo afectadas nuestras costumbres, nuestro modo de vida, nuestras relaciones sociales, familiares y laborales. Estamos viendo cómo se van miles de personas, sin una despedida digna, sin una mano que apretar, sin poder dar un adiós a la familia; familiares que se quedan con ese amargor hasta no sabemos cuándo. Algunos quedarán marcadas por la enfermedad o por la pérdida de algún ser querido. Ello hace que estén cambiando prioridades y valores para muchas personas. Y cuan doloroso ha sido no poder ver a nuestros mayores con más frecuencia.

            En mi vida ha habido sucesos de esos que suponen un punto de inflexión, como esta pandemia, pero sin lugar a dudas todo cambió cuando el cáncer irrumpió en mi día a día, entonces empezó a generarse en mí esa transformación de valores y de prioridades.

            Todos tenemos un conocido, un familiar o un vecino, que ha padecido cáncer, alguien que lo ha superado o que ha terminado con su vida, o que está en plena lucha por superarlo. Cada vez son más los que se curan, pero aún son muchos los que mueren por esta enfermedad, porque, aunque sean menos, siempre seguirán siendo muchos. Y son bastantes los que no tienen ni la oportunidad de luchar, porque en poco tiempo esta enfermedad pone fin a sus vidas, aunque luego se diga que han muerto de una ¨larga¨ enfermedad, y es que al día de hoy parece que sigue siendo tabú la palabra cáncer, algo que da la impresión de que a ti no te va a tocar, pero de repente llega a tu vida, prácticamente sin avisar. Pues esta enfermedad a la que yo sin tapujos llamo cáncer, lleva conviviendo ya doce años conmigo, prácticamente no me ha dado tregua, hemos vivido épocas de paz y épocas de odiarnos a muerte, pero hemos conseguido acoplarnos y he logrado que me permita ser feliz. 

            Aunque en general no tenga una vida tan especial como para escribir sobre ella, hoy quiero hacerlo sobre este largo periodo de mi vida, desde mi vivencia, con inevitables momentos duros, pero quiero llenar estas páginas de paz, tranquilidad, fuerza, valor y esperanza, porque aunque parezca surrealista éstos han sido y son los años más felices de mi vida. 

 

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            Pero también he sido dichosa en otras etapas de mi vida, como en la niñez en un pequeño pueblo de calles empedradas y rodeada de primos, tíos, abuelos y por supuesto mis padres y cuatro hermanos, solo tengo buenos recuerdos. Las calles, plazas y barrios donde jugábamos los niños del pueblo, los campos por los que corríamos, la escuela, las fiestas populares o las reuniones familiares son estampas que caracterizan mi feliz infancia.

            Tendría unos siete años cuando nevó en mi pueblo y a la salida de la escuela de camino a casa, mi capa azul marino se tiñó de blanco. Mi padre no pudo ir a recogernos a mí y a mis hermanos en el coche como hacía en ocasiones cuando llovía, la nieve no se lo permitió. Aunque no era necesario que lloviera para que él con su coche furgoneta nos recogiera del colegio a los cuatro hermanos más pequeños y a algún que otro vecino.

            No podré olvidar nunca esos impermeables rojos con su gorrito de agua independiente, que a mi madre se le ocurrió comprarnos y colocarnos a los hermanos cuando llovía, y con el que los niños, con razón, nos llamaban a los hermanos ¨Los Bomberos¨. 

            La última calle de mi pueblo, desemboca a una carretera y justo en esa encrucijada está la casa donde pasé mi infancia y adolescencia. Debajo de la casa se encontraba el negocio de mis padres, una panadería, cuyos hornos se encargaban de aclimatar nuestra casa, en invierno para bien, pero en verano era un calor tan insoportable, que nos llevaba a dormir con las ventanas abiertas, incluso noches de mucho calor sacábamos los colchones a la terraza, donde dormíamos arropados con una sábana y donde el sol nos despertaba al amanecer, por muy tarde que nos hubiéramos dormido. Por las mañanas había en todo el edificio un aroma a pan recién hecho, que aún hoy al recordarlo lo percibo, el resto del día era menos intenso, sobre todo para los que vivíamos allí, pero la gente que iba a mi casa por primera vez, fuese a la hora que fuese, respiraba hondo y decía lo mismo: ¡Que bien huele a pan! Hoy recuerdo como un lujo el comer el pan recién sacado del horno, un pan de horno de leña, que empiezas a pellizcar y acabas por comértelo entero. O esos buñuelos que mi madre hacía para desayunar, con la masa ludiada.

            Antes de ir a la escuela desayunábamos en la cocina, cuando los primeros rayos de sol entraban por la ventana, la misma ventana por la que por las tardes se oía a los niños jugando, gritando y riendo en la calle, y la misma por la que mi madre nos llamaba  a voces para que volviéramos a casa cuando ya era tarde o nos necesitaba para algo.  

            Aunque era un pueblo muy pequeño, sus calles estaban llenas de vida, de niños, señores que iban y venían de sus campos o huertos, en sus burros o a pie, y por entonces, entre el tiempo que pasaba un coche y otro, se podía jugar un partido de fútbol, en ese campo que cada tarde los chicos improvisaban. Al llegar de la escuela, comíamos la merienda y rápidamente salíamos a la calle a jugar,  a esa calle que los chicos tomaban como suya y aunque estábamos siempre merodeando por allí,  quedaban otros espacios para las chicas, como campos de alrededores donde trotar, jugar al escondite, o el enorme patio del Cuartel de la Guardia Civil, que estaba enfrente de mi casa, por la calle, donde hacíamos actuaciones en las que alguno contaba chistes y otras deleitábamos a los espectadores con un simple pino o una vuelta lateral.

            Y frente a mi casa, por la carretera, esa enorme casa de mis tíos donde nos reuníamos toda la familia, lo mismo para hacer una tradicional matanza, que para el bautizo de un muñeco de esos pelones de entonces, que parecían ser bebés. Especial emoción en esas mañanas del día seis de enero, desde bien temprano mi hermana pequeña y yo, que compartíamos el dormitorio, mirábamos por nuestra ventana, una y otra vez, hasta que veíamos el postigo de esa, nuestra otra casa, abierto, lo que significaba que ya estaban despiertos, y ahora empezaba el voy y vengo de todos los primos, de una casa a la otra, recogiendo los regalos de Reyes. Y mientras nuestra abuela «Lela» estuvo con nosotros todos teníamos asegurado una naranja de caramelo, con esos gajos azucarados envueltos en un plástico transparente.

 

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            No puedo olvidar un hecho crucial en mi existencia que me abrió un maravilloso camino, me retrotraigo a ese puente de mayo de 2007 en el que tras suspender un viaje a Madrid con mi hermana pequeña porque iba a llover mucho, opté por irme a casa de mi hermana mayor, a Sevilla, e intentar disfrutar de la feria de Abril.

            Quedé con un buen amigo sevillano, que estaba empezando entonces una relación con su actual pareja, lo cual me hacía pensar que no me dedicaría mucho tiempo, pero tenía que lanzarme, no podía o no quería quedarme en casa en un fin de semana tan largo. Efectivamente, mi amigo, que por cierto siempre ha tenido mucha cara, llegó con un colega suyo que acababa de separarse y estaba solo igual que yo, así que nos presentó y nos dijo algo así como ¨ya tenéis compañía para la feria de hoy, os la apañáis como podáis¨. Estuvimos charlando bastante tiempo los dos solos, hasta que llegó más gente y pasamos el resto del día y noche en grupo.

            Era un hombre de buena planta, con agradable conversación, podría decirse que gracioso, pero con una autoestima tan alta que en algún momento me pareció algo repelente. Después de aquel día me llamó para quedar en varias ocasiones, pero yo no estaba muy convencida de querer verlo, el hecho de ser separado y con una hija me parecía no solo mucha carga para mí, sino un motivo de enfrentamiento con mis padres que por su edad y sus creencias católicas no lo aceptarían. Pasados unos dos meses, accedí a que fuera a visitarme al lugar donde yo vivía por entonces, un pueblo al norte de Córdoba. Llegó a las cuatro de la tarde e hizo que el resto del día se me pasara volando, hablamos de nuestras vidas, de nuestra profesión que es la misma, de su hija, de nuestro paso por la universidad, y de más y más temas. Reímos sin parar, se cruzaban miradas de complicidad y sentí como me hizo sonrojar en varias ocasiones, me hizo pasar una tarde muy amena y divertida. Y ahí empecé una relación con quien hoy es mi marido.

            Empezamos nuestra relación en junio de 2007 y aunque sea un tópico es lo mejor que me ha pasado en la vida. Dios quiso que ese viaje a Madrid se suspendiera para poner en mi camino al hombre que me ha ayudado enormemente a ser feliz y que ha aportado a mi trayectoria vital humor, amor y optimismo. Es más de lo que había soñado jamás y creo que sin él todo lo que me quedaba por vivir no hubiera sabido soportarlo.

 

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            En septiembre de 2009, dos meses después de casarme, unos dolores que ya padecía desde hacía tiempo empiezan a aumentar, son tan fuertes como insoportables y tras varias pruebas, los médicos deciden ir a una intervención quirúrgica, en la que descubren un tumor en la vena renal de riñón izquierdo, extirpando el tumor y el riñón. El diagnóstico es cáncer llamado leiomiosarcoma de partes blandas. Una vez recuperada y superado el primer golpe, el tiempo pasa con la esperanza de que esto no sea más que un episodio aislado de mi vida. Tanto es así que me quedo embarazada, pero con triste final, se convirtió en un aborto de once semanas en octubre de 2010.

            En noviembre de 2011, habiendo tenido revisiones médicas periódicamente, nos encontramos con la primera recaída, o recidiva como se llama en el argot médico. Esta vez me derivan a Madrid para una terapia innovadora que se denomina Radioterapia Intraoperatoria, al tiempo que la cirugía. Otro episodio que se superó con éxito, pero hay que seguir con revisiones. A estas alturas ya he tenido dos abortos y empiezo a pensar que sería acertado abandonar el deseo de ser madre, muy a mi pesar.

            Es en verano de 2012, cuando de nuevo el cáncer irrumpe en mi vida. Ahora me diagnostican cáncer de ambas mamas. El tratamiento es duro, primero seis meses de quimioterapia, para después pasar a una cirugía no conservadora de mastectomía bilateral (difícil de digerir), a posteriori colocación de expansores (muy dolorosos) y por último implante de prótesis. Todo este proceso acaba por marzo de 2014. Pero hay que seguir con un tratamiento que entre otras cosas me obliga a aceptar que ya no puedo ser madre. En este momento recurro a la ayuda de profesionales, y además cuento con el total apoyo, optimismo y humor de mi marido y por supuesto mucho esfuerzo por mi parte, así y con el paso del tiempo, consigo superarlo. Mi vida toma otro rumbo, empiezo a pensar que la muerte me persigue, pero no con miedo (bueno un poco sí), pero plantándole cara y queriendo vivir deprisa que el tiempo se acaba.

            Otra recaída y cirugía en noviembre de 2014. Y vuelvo a recaer en verano de 2015, ésta es la primera vez que hablamos de metástasis en hígado, y esta palabra se clava en mi mente y en mi alma como un puñal. De nuevo otra cirugía y otro tratamiento de quimioterapia muy duro.

            Todos estos golpes me van machacando, sobre todo físicamente, pero de cada uno de ellos aprendo algo, me hacen más fuerte, me dan más ganas de vivir y cierto es que cada vez toco fondo, pero para subir con gran impulso.

            Tras otra recaída y cirugía más de 2016, llega la sexta en enero de 2017, cuando se lleva a cabo la última cirugía. De nuevo aparece la enfermedad en verano y ya no se pueden hacer más cirugías, mi vida a partir de ahora será con tratamientos de quimioterapia constantemente,  hasta el día de hoy, en ocasiones simultaneada con radioterapia. En estos últimos años los oncólogos me han ido cambiando de tratamiento  de quimioterapia, han aparecido nuevas metástasis, otras han disminuido y el tumor primario que esta anclado en venas y arterias de riñón derecho, crece y disminuye según se va amilanando o familiarizando con los fármacos.

            Este periodo, afortunadamente y contra todo pronóstico, se está alargando más de lo esperado. Me está dando tiempo a aceptar mis limitaciones físicas y a aprender a vivir con ellas, a disfrutar de cada instante, a levantarme de cada caída, me está enseñando a vivir de verdad, me está dando tiempo a prepararme para lo que está por llegar y a dar gracias por cada día, que yo me lo tomo como un regalo de Dios. Mis proyectos son a corto plazo.

            Me gustaría que el cáncer tuviera cara, para ponerme frente a él y mirándole a los ojos decirle: «Maldito cáncer llegaste a mi vida para matarme, pero te lo estoy poniendo difícil. Al final serás tu quien gane esta guerra, pero yo te he ganado ya muchas batallas. Eres lo peor que me ha pasado en la vida, pero sin quererlo has sacado lo mejor de mí, una fuerza que yo ignoraba tener, capacidad de lucha y unas ganas de vivir que antes no tenía¨.

 

 

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