ANGELITA Y LAS CENIZAS DE MARIANO – Maria Begoña Nicolau Gago

Por Maria Begoña Nicolau Gago

Angelita era adorable como suelen serlo las personas entradas en carnes. En sus mejillas sonrosadas se formaban dos grandes bolas relucientes cada vez que aparecía una sonrisa en su rostro. A pesar de haber pasado el meridiano de su vida, le gustaba peinarse como una jovencita, y solía dejar que su melena rubia y de bonitos rizos cayese a ambos lados de su cara, o se la recogía con gracia, en dos coletas. Por ser muy ancha de caderas, no había talla de pantalón en la que cupiese, y gustaba vestir faldas de grandes vuelos, faldas tan inmensas que, a veces, cuando bajaba la cuesta de su casa, parecía una gran mesa de camilla a la deriva. Sin embargo, el exceso de peso, lejos de resultarle una carga, a Angelita le parecía una bendición, y miraba con recelo a las personas enjutas, sin apenas carne que cubriera sus huesos. Ella solía decir: “El apetito es salud” y reía jocosamente con una risa contagiosa y fresca.

Por contra, Mariano, su marido, era hosco y refunfuñón, y de ir siempre malhumorado se le había quedado la expresión ceñuda. Había sido funcionario de prisiones, y el haber pasado entre rejas todo su tiempo profesional le había avinagrado el carácter. Ya estaba jubilado y salía poco, con la salvedad de un paseo al día, que discurría desde la puerta de su casa hasta la cancela del jardín, para dar de comer a los numerosos gatos que allí se refugiaban a la espera de su rancho diario. Llegando la hora, los mininos se congregaban, y cuando le veían aparecer por la puerta, con sus pantalones desgastados y tan grandes que sujetaba con unos tirantes anchos, empezaban a maullar y la serenata se oía desde el camino de entrada al pueblo.

Por lo demás, muy pocas eran las personas con las que Mariano trataba, y era mejor así, porque apenas tuvo buenas palabras con algún vecino. Con don Ignacio, sin ir más lejos, su vecino de enfrente, con el que tuvo una pelea monumental que no llegó a las manos porque apareció Angelita y puso paz. Y todo porque estaba convencido de que don Ignacio mandaba a su perro Chispas, un caniche chiquito y negrillo, no por color, sino más bien por suciedad, a levantar la pata en su verja y dejar allí sus aguas menores.

-¡Para ahuyentar a mis gatos! -gritaba Mariano levantando una vara de encina cuando Angelita acudió al rescate de su vecino.

Fueron muchos más los que tuvieron que poner distancia de por medio. Al jardinero y su mujer los tenía martirizados. Cierto es que estropearon su olivo añoso con una poda tremenda a destiempo, y ya no volvieron a crecer sus ramas, y que dejaron secar las hortensias, por descuido o por salir apresurados cada vez que trabajaban en su jardín. Y el cartero, apenas metía las cartas en su buzón, salía corriendo, desde que una vez lo esperó agazapado y le arrojó un cubo de agua helada, bien entrado ya el otoño. Lo justificó diciendo que las malas noticias que el mensajero le traía sólo merecían una fría respuesta.

Por mucho que se esforzase Angelita en combatir con su dulzura la amargura de su consorte, nunca llegaba a compensar. La rolliza mujer sufría, además, desde hacía años, la devoción que Mariano mostraba por la bebida, y que le llevaba a proferir contra ella numerosos insultos por sus hechuras, amén de algún que otro bofetón que, a ella, de natural alegre, la sumía en la pena. Y como las desgracias nunca vienen solas, a tal vicio se unía una extraña suerte de síndrome de Diógenes, que consistía en guardar cada una de las botellas que apuraba. Poco a poco, había ido llenando el cuarto junto al garaje, que servía de despensa, al que siguió el propio garaje, viéndose obligados a sacar el coche fuera. Continuó con la habitación reservada a los invitados, al fin y al cabo, nunca se utilizaba. Recordaron que una vez, la hija de una tía de Angelita que iba camino de Madrid quiso aprovechar

 

que pasaba cerca para saludar a su prima, y de paso acercarle unas viandas del pueblo. Le causó tal alegría ver el paquete con los productos de su tierra, que Angelita insistió en que se quedara a dormir, contraviniendo los deseos de su marido. Y esa fue la única vez que dicho cuarto se usó.

Cuando ya no cabía ni una botella más, Mariano comenzó a amontonarlas en la estancia donde su mujer se dedicaba a la costura. De nada sirvieron sus quejas, él y su afición coleccionista ganaron la batalla. ¿Qué podía hacer la buena de Angelita? Cuando ya sólo les quedaba la cocina, además de la alcoba conyugal y el baño, ella decidió hacer algo, o de lo contrario no les quedaría ni una estancia donde vivir. Y como nuestra Angelita todo lo tenía en abundancia, su desvarío no iba a correr diferente fortuna, y no se le ocurrió mejor cosa que rallar cristal hasta hacerlo muy fino, y añadirlo en cada comida de Mariano. Éste al principio pensó que tenía malas digestiones, pero, a cada día que pasaba, se encontraba peor. Ningún medicamento lograba calmarle y en pocas jornadas comenzó a ver sangre en sus deposiciones y a notar un sabor como de hierro en su boca. Poco tiempo le duró su padecimiento porque, en apenas dos semanas, se fue en sangre, cuan copiosas eran sus hemorragias internas.

A Angelita, que siempre había sido casi tonta de puro buena, le sentó muy bien su recién estrenada viudedad. Sin su Mariano renegando todo el día por la casa, se sentía a sus anchas. Los tres cuartos libres que le quedaban a la vivienda, los limpiaba primorosa cada mañana, cantando contenta. Pero acababa tan pronto la faena, que la jornada se le hacía muy larga y aburrida. Colocó la urna con las cenizas del difunto sobre una repisa de la cocina, y se sentaba a reprenderle. Al principio, esa nueva actividad la entretuvo mucho, pero pasadas varias semanas cayó en el hastío. Se empleó entonces en pensar el lugar idóneo donde esparcir las exequias, por temor a que un día contestaran a sus reproches. Bien se había decidido por un lugar, le venían las dudas y lo descartaba, y vuelta a empezar.

Pasados ya varios meses sin decidir qué hacer con el pobre Mariano, un buen día creyó haber dado con la solución. Pensó que lo mejor sería arrojar aquí y allá por el pueblo los restos del difunto, como un último castigo por no haber querido salir de entre aquellas paredes en sus postreros años. De esta manera, daría cada día un paseo llevando consigo, en un pequeño tarro, unas pocas cenizas que extendería por donde le pareciera oportuno.

Partió muy animosa a la mañana siguiente con una nueva misión en marcha. Al llegar a la cancela del jardín, el ímpetu la llevó a abrir con demasiada fuerza y girar con poca estabilidad, con la mala fortuna de toparse con el cartero que estaba a punto de echar una carta en su buzón. Como resultado del testarazo, el frasco mal cerrado se abrió, y todas las cenizas que llevaba dieron a parar sobre el pobre hombre. Al sobresalto inicial le siguió una sonora carcajada, al ver al cartero cubierto de Mariano en polvo. Y cuanto más lo pensaba, más reía sin parar, ante el estupor del mensajero, que no pudo sino sacudirse y dejarla en ese estado.

El episodio le causó tal regocijo, que hizo una pequeña alteración en su plan: dejaría caer las cenizas sobre los habitantes de la pedanía, que así le aliviarían de su carga. A partir de ese momento, siempre salía con unos pocos residuos del difunto en su bolsillo, preparados a que se presentara la ocasión. Sus vecinos, que no imaginaban el origen de semejante polvo, y no podían explicarse ese comportamiento extraño, la excusaban por su pérdida. Y así, Mariano reposó sobre don Ignacio, cuando ella se ocultó tras el seto de su vecino y chocó con él, mientras se desternillaba de risa.

También se llevó su parte el matrimonio de jardineros, al simular caerse por las escaleras llevando una bolsa que dio con su contenido sobre los dos empleados, que se miraban confundidos al verla reír a carcajadas. Y una larga lista de personajes que con la disparatada Angelita se cruzó, quedando todos ellos atónitos y empolvados. Tampoco se libraron los gatos, a los que el fallecido rendía tanto

 

cuidado, y los últimos restos que quedaban en el jarrón fueron extendidos sobre la comida de los felinos que, tras mucho tiempo sin acudir, se dieron un gran festín.

Unos días después, y sin ninguna explicación, Angelita desapareció. A la puerta de su casa, sobre el escalón de la entrada, únicamente la urna vacía de las cenizas de Mariano con una nota de agradecimiento por haberle hecho más liviana su carga. El mensaje añadía: Espero que llevéis en cada uno de vosotros algo de él.”

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Maria

    No suelo ser lectora de cuentos cortos, pero creo que , gracias a Maria Begoña Nicolau, voy a variar mis hábitos como lectora.
    Me ha encantado su cuento, con su toque de Roald Dahl. Ha dibujado sus personajes con mucha destreza, mezclando pequeños anécdotas de cada uno, haciéndoles más interesantes, y cercanos, y la trama engancha desde su incio.
    Enhorabuena a M.B. Nicolau. Creo que tenemos una futura gran escritora en ciernes.

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