APENAS UNA VIDA – Mª Gracia Marín González

Por Mª Gracia Marín Gonzalez

24/08/2022

Creo que a medida que pasan los años la memoria se vuelve más selectiva, los hechos vividos se van dulcificando o bien elegimos recordar lo que nos resulta más agradable. Cuando en tu vida hay un suceso violento o de difícil resolución, la memoria te hace recordar como solucionaste el problema o como saliste adelante, omitiendo las vivencias escabrosas, solo si te detienes a pensar y volver a hurgar en la herida salen a la luz aquellas cosas que te hicieron daño y que has ido olvidando por tu propio bienestar.

La memoria es fiel si la trabajas, si dejas que pase de puntillas por tu pasado encontrarás un camino de muchas rosas y pocas espinas, y que puede desvirtuar la realidad de lo vivido.

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Nací en un familia grande y numerosa. Mi abuelo paterno tuvo 15 hijos reconocidos de 3 mujeres diferentes, mi abuela, 2ª en el ranking, murió en la mal llamada gripe española, él también falleció antes de mi nacimiento. De mis abuelos maternos solo conocí a mi abuela Mariquita, a él lo fusilaron en la guerra civil, tuvieron 5 hijos. Mis padres, que ya no están a mi lado, tuvieron 7, yo soy la más pequeña. Desde niña he oído relatar historias, sobre todo cuando nos sentábamos por la noche al lado de la chimenea, eran tiempos de leer en los libros antiguos heredados de mi abuelo materno, oír la radio y contar los recuerdos de las familias.

Vivía en un barrio a las afueras de la ciudad, las calles estaban empedradas y adornadas con árboles de acacias y moreras, que perfumaban el aire a pan y quesillo y moras.

Mi casa era grande, de dos plantas, encalada de blanco con ladrillo rojo bordeando las ventanas, balcones y puertas. Tenía 2 torreones laterales y un gran balcón central. Daba a dos calles.

Una cancela de hierro daba paso al jardín que bordeaba la casa, Sin lugar a duda uno de los sitios que tengo guardados en la memoria, con muchísimos recuerdos de los primeros 20 años de mi historia, es haber tenido y disfrutado de ese jardín.

Tenía forma de ele, todo él estaba rodeado de un muro exterior de hiedra. Nada más entrar, el suelo de la parte que daba desde la cancela de forja hasta la puerta principal estaba cubierto con piedras lavadas de río de color marrón rojizo, suaves y lisas, y con trocitos de mármol blanco haciendo un dibujo geométrico sencillo y bonito diseñado por mi madre. Todos contribuimos a hacerlo, mi padre nos pagaba 25 céntimos la baldosa.

A los lados, dos parterres de plantas y flores: lirios, violetas, pensamientos, geranios, arbustos de celinda, jazmín, rosales y lilos. En la pared derecha mi madre puso una virgen de piedra y un rosal trepador de rosas rojas, en el otro una zona de estar con muebles de bambú. Muy cerquita, en el esquinazo, una fuente cantarina que alegraba y daba frescor, cubierta de conchas cogidas en un viaje al Mediterráneo y rodeada de flores de temporada.

El lateral comenzaba con una mesa redonda de piedra donde solíamos comer a la sombra de las acacias. Un porche, que me cobijó más de un día de tormenta. Dos pinos grandes que se plantaron cuando yo nací y una alberca, que en un principio tuvo la misión de regar un pequeño huerto, y luego fue nuestra piscina.

En un patio adyacente había una gran higuera y hacía las veces de techo una parra de uvas grandes y rojas. Al final del verano era un manjar de dioses comer las primeras brevas y esas uvas carnosas, eso sí, teniendo cuidado de las avispas.

En este jardín, soñé, viví, reí, disfrute, lloré, sufrí, aprendí a abrir mi mente: a la fragancia del césped recién cortado, al colorido de las flores, a pasar horas sintiendo el aire en mi piel solo distraída por el murmullo y el movimiento de las hojas, a desconectar y disfrutar de los encantos más sencillos y placenteros.

La entrada principal daba a un recibidor, con el suelo de mármol blanco y rosado haciendo dibujos geométricos, siempre estaba frío, en verano calmaba mi calor tumbándome en él cuando llegada sofocada de la calle. En un lateral la escalera para acceder a la planta superior y frente a la puerta principal una de vaivén daba paso a un largo pasillo donde se situaban, a ambos lados, las habitaciones.

En lo que fuera el patio central se situó el cuarto de estar, de techo acristalado que dejaba pasar la luz natural, el suelo de damero blanco y negro, con una chimenea de piedra que despedía aroma a lumbre, patatas asadas y café de puchero en invierno. En ese cuarto de estar se situaba una mesa de comedor donde de niña pasaba las horas muertas jugando, la mesa tenía una serie de traviesas donde ponía mis cacharritos, las alas solo se abrían a la hora de comer y a mi me permitían estar debajo de ella sin que nadie me molestara y a la vez observar el ir y venir de la familia.

En una lateral había una puerta que daba acceso a la otra estancia principal: la cocina, era el reino de mi tía Rafaela, en ella nos enseñó el arte de cocinar, trabajar y limpiar.

El piso de arriba estaba forrado por completo de madera, con habitaciones amplias y una terraza-solárium por la que accedía al que fue mi dormitorio de jovencita y que también hacía la vez de estudio. Era una antiguo palomar restaurado, las paredes guardaban la estructura de los nichos de las palomas, forrados de madera al igual que el resto de la casa, me servían como estanterías para poner libros, discos, pinceles, pinturas…..

Cuando al pasar los años se vendió la casa, la derribaron por completo, solo quedaron a la vista los nichos de paloma con algún libro olvidado. Lloré desconsoladamente.

Mi niñez y juventud trascurren rodeada de mis padres, mi tía Rafaela, mi abuela Mariquita y de mis hermanos, todos mis sentidos estuvieron abiertos a todo lo que ellos me iban trasmitiendo y la verdad es que aprendí muy temprano a vivir, a veces con ternura, a veces con dureza.

Todo hubiera sido divertido y bonito, pero desgraciadamente tuve un padre bastante severo, muy conservador y a veces bastante violento…………

 

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