ARGUMOSA NUMERO 11 – Guillermina Verónica García García

Por Guillermina Verónica García García

El 12 de septiembre de 2012 mi padre, Mario Vidal Expósito, saltó por la ventana del tercer piso de la que entonces era nuestra casa. El día anterior la comisión judicial vino a comunicarnos que el desahucio tendría lugar a las seis de mañana. Nos parecía increíble que después de dos sentencias del tribunal europeo a nuestro favor y del apoyo que habíamos recibido por parte del ayuntamiento, el fondo inmobiliario hubiese comprado el edificio. Todos los vecinos estábamos avisados: esta vez no habría prórrogas. Esa misma tarde comenzaron a llegar las plataformas antidesahucio, subieron a las casas para advertirnos de lo que pasaría; nos dijeron que el desalojo era ilegal y que harían lo posible por impedirlo. A partir de ese momento todo lo que sucedió estuvo impregnado de gritos de histeria y de llanto. Mi hermana Teresa junto a dos chicas de la plataforma colgaron carteles en los balcones:

“Proindivisos nos quita los pisos”, “Las Vecinas de Lavapiés nos quedamos en casa”, “Este desahucio lo vamos a parar”, “No más casas sin personas ni personas sin casa”. Las escaleras se hallaban repletas de gente, era difícil llegar hasta el portal y mejor no salir a la calle. A las diez de la noche el “campo de batalla” estaba al completo: miembros de varias plataformas sentados en el asfalto y cinco coches de policía a ambos lados impidiendo el acceso a la vía; la noche se presentaba larga. Los activistas entraron en las casas y se colocaron en los pasillos bloqueando las puertas de los cuatro pisos. En el primero vivía Meli con sus dos hijas, en el segundo, Juan y Aurora, un matrimonio octogenario; mi padre, mi hermana Teresa y yo, en el tercero; en el cuarto Antonio, un jubilado solitario. -Todas las personas del edificio éramos consideradas como población vulnerable, pero nunca dejamos de pagar el alquiler ni de cuidar nuestros pisos con amor.

 

-Yo nací en esa casa. Recuerdo el olor a cera en las escaleras y el anhelo de aventuras que producían las buhardillas; los balcones abiertos con olor a geranio. Me gustaba escuchar a las vecinas cotillear sobre mengana y zutano en los patios; el sonido agudo del afilador recorriendo la calle. Mi madre murió en esa casa y mi padre no quiso desprenderse de nada que hubiesen tocado sus manos. Al entrar en la alcoba veía siempre la colcha de ganchillo que ella tejió y en la mesilla sus velas de canela. Ella nunca se marchó; estaba presente en la vajilla de Talavera, en los pañuelos con la “V” de su nombre y en sus retratos, que mi padre colgó por toda la casa. Él siguió viviendo gracias a cada detalle que ella dejó, y se conformó con eso y con sus hijos; nunca le escuché quejarse ni llorar, trabajaba mucho y fumaba más, eso le provocó una bronquitis crónica que le obligó a dormir con un respirador artificial y por la que le dieron una invalidez permanente.

 

Esa noche nadie durmió, mi padre y yo estábamos en el salón, el murmullo de la calle cada vez se hacía más fuerte y las luces azules creaban un reflejo intermitente que iluminaba la estancia. La tristeza se convirtió en ansiedad y luego en rabia.

-Papá deberíamos haber aceptado el piso de acogida, esto tiene muy mala pinta.

-Yo no me voy de mi casa ¡esos cabrones no van a echarme! Supe que no podía convencerle, veía su miedo a desaparecer como un plato roto.

 

 

A las cinco de la mañana comenzó el estruendo, los vecinos salimos a los balcones: mi hermana gritaba con todas sus fuerzas: “Tenemos dos sentencias del tribunal europeo que nos dan la razón, pero en este país vale más el dinero que las personas”. La policía comenzó a tirar pelotas de goma contra los manifestantes y estos a su vez les tiraban cubos de basura, zapatos, papeleras y todo lo que encontraban a su paso. No sé cómo se originó fuego en el portal; los chicos de la plataforma que estaban en el edificio comenzaron a salir asfixiados por el humo, todo el mundo corría, Meli bajó con sus hijas; a Juan, Aurora y Antonio les sacaron los activistas. Las llamas ascendían por el patio de vecinos, pero mi padre no quería salir. Le dije a Teresa que bajase ya, yo me encargaría de sacar a Mario. – ¡Papá, vámonos, ya no queda nada! ¡Por favor, salgamos!

Tiré de él, intenté levantarlo del sofá, le pegué para que reaccionase, pero se aferraba al pasado con una voluntad inamovible. Sentí que me ahogaba. Cuando los bomberos rompían la puerta, mi padre se arrastró hasta el balcón, quise retenerle, pero se encaramó a la barandilla con sus últimas fuerzas y saltó. Tardé tiempo en entender lo que había sucedido y posiblemente ustedes no comprendan en lo que me he convertido.

 

Hoy 12 de septiembre de 2022, se ha celebrado una misa en la parroquia de San Cosme y San Damián en honor a Mario Vidal Expósito, estoy con Teresa en la entrada -mi móvil no para de sonar y ¡no puedo cogerlo! Van pasando algunos amigos, mis tíos, las hijas de Meli con sus niños, – el cura…nadie olvida lo que pasó, un día como hoy, hace diez años.

Mi hermana me dice que van a picar algo donde siempre. -No puedo, Teresa, tengo trabajo, -mañana hablamos-le respondo

 

Me quedo solo y escucho el primer mensaje: “-¿Saúl, dónde estás?- tío, te están esperando en el Partido. Han llegado los inversores del proyecto para Lavapiés, el de la calle Argumosa número 11. ¡Sin su dinero no podemos financiar la campaña! ¡Te he estado llamando toda la mañana! ¿Qué pasa ya no te interesan las primarias?”.

 

Por un momento dudo: no quiero deshonrar la memoria de mi padre. Nunca pensé estar en este lado del tablero pero he aprendido que si no eres alfil al servicio de un rey, te quedas en peón y de eso ya tuve bastante.  -En media hora estoy ahí ¡entretenles!

 

Yo vivía en un emblemático edificio de principios del siglo XIX que ahora es un solar tapiado. Voy a encargarme personalmente de que se convierta en la casa más llamativa y lujosa de todo el barrio. ¿Podréis entonces perdonarme?

 

 

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