BAJO LAS NOTAS DEL PIANO – Mª Teresa Navarro Castro

Por Mª Teresa Navarro Castro

Nunca abría la puerta cuando sonaba el timbre. Estábamos almorzando en la terraza del jardín con un sol radiante de finales de verano. Me miró con una sonrisa como diciendo “esta vez no me libro” y se encaminó hacia la puerta. Fernanda arqueó sus cejas y riéndose dijo:
-Papá, ¿pero no estabas sordo? -y soltamos todos una carcajada.
Al cabo de un rato, Matías se asomó a la terraza y con el dedo índice como un gancho me insinuó que le acompañara.
– ¿Quién era? -le pregunté desconcertada.
Entró en el despacho y me dijo que me sentara. Sostenía en su mano derecha una carta doblada en tres partes sin sobre.
-No entiendo qué es esto -alcanzó a decir con su rostro nervioso y algo desencajado.
Sus ojos azules quedaron fijos en los míos, pero yo sabía que no me estaba mirando. Estiró el brazo y con su mano temblorosa me entregó la carta. La desdoblé como si estuviera pelando una patata recién hervida. Mientras leía escuchaba rumiar a Matías:
-Parece que hay un error, no sé quién es esa gente…
Salimos al jardín para terminar de comer y Lucas, mi nieto de seis años, se me acercó a darme un abrazo como si sospechara que algo estaba sucediendo.
Empezó a anochecer y nos quedamos solos en casa. Matías se retiró a “su cueva”, como cada vez que busca el silencio de las notas musicales de su piano.
– ¿Podemos hablar? -le pregunté en voz baja asomando la cabeza por la puerta.
-Shhhhhh -me respondió con los ojos cerrados dejándose arrastrar por la melodía, suspendido en un trance lánguido.
Me acosté y esperé con la luz apagada a que Matías se acostara. De pronto, el piano dejó de sonar. Sus pasos silenciosos se acercaban a la habitación.
– ¿Y ahora podemos? -volví a preguntar.
-Estoy cansado, mejor mañana, cariño -me respondió con voz de ultratumba.
-Pero antes dime, ¿seguro que no sabes quiénes son?
-Por favor, Elena, no sigas. Aún no salgo de mi asombro. -Se puso la radio en la oreja y cerró los ojos. Representé en mi mente, en un duermevela desapacible, la escena de Matías abriendo la puerta y recibiendo esos papeles. ¿Cómo es posible que algo tan confidencial venga sin sobre? ¡Y para una vez que abre la puerta los recibe como si fuera la cuenta de la luz! ¡Sin preguntar y sin mirar! Si hubiera ido yo no estaríamos en este berenjenal. Miré a Matías con la boca retorcida y escondí mi cabeza entre las sábanas.
– ¿Te preparo un café? -me dijo Matías al despertar.
-En taza grande, por favor -respondí.
Nos sentamos en la cocina a desayunar. Con el ceño fruncido abrazaba la taza de café como si tuviera frío en las manos. De soslayo le observaba con su plato vacío y el pan de la panera intacto. La presencia del silencio era circular y de color rojizo. Era tan hablador que me quemaba la piel. Por primera vez en nuestros treinta y ocho años de casados me sentí frente a un extraño. Me detuve a pensar por qué a la gente no le suceden tantas adversidades. No conocía a nadie de nuestro círculo con un contratiempo tan peculiar como el que acabábamos de recibir. ¡Y a estas alturas de nuestra vida!
-Según los hechos de la demanda, “el nene” nació en el año setenta y nueve, o sea que tiene…, ¡más de cuarenta años! -dije alzando la voz-. Está impugnando la paternidad de un señor que lo reconoció en el Registro Civil como si fuera su hijo biológico cuando se casó con su madre. ¿Te has percatado?
-Sí, cuando el niño tenía tres años -agregó Matías.
-Por lo que dice la demanda, los padres siguen casados, ¿y ahora pretende repudiar al padre? No entiendo nada. Y, ¿la madre? ¿Quién es? -pregunté con desprecio.
-Ni idea. -dijo con un punto final mudo.
-Matías, sé que han pasado más de cuarenta años, pero nadie reclama una paternidad sin tener seguridad de…
-Ya te he dicho que esto tiene que ser una equivocación -me interrumpió sobresaltado-. ¿Cuántos Matías Ovalle habrá en Chile?
En mi despacho me recomendaron a un colega especialista en la materia. Me reuní con él para exponerle el caso. Le pareció muy interesante por las particularidades que lo rodeaban, pero no se aventuró a emitir ninguna opinión sobre las probabilidades de éxito hasta que no contáramos con ciertas pruebas indispensables. Empezamos a trabajar el caso juntos a pesar de no ser de mi especialidad.
Continué investigando durante días sobre esa gente bajo la música de fondo del piano. Mi ira iba en aumento. Esa quietud interior que estábamos empezando a alcanzar en el atardecer de nuestra existencia, cuando por fin ensalzaba las virtudes de la vida contemplativa, justo cuando estábamos aprendiendo a decir Stop, se iba desmoronando y me extraviaba en una nebulosa como si perdiera el contacto conmigo misma. ¿Y ahora, qué…?, quería gritar a Matías.
-Tienen más de setenta juicios por deudas millonarias y varias querellas criminales por estafa y falsificación de firmas en los últimos cinco años. Esta gente es una panda de delincuentes y está claro lo que pretenden.
– ¿De dónde has sacado tanta información? -me preguntó perplejo.
-El demandante es tan idiota que ventila su vida en redes sociales y una publicación me llevó a revisar en el poder judicial. Lo más curioso es que hace más de un año publicó que mandó su ADN a una plataforma norteamericana que da a conocer los ancestros, ¿no te parece sospechoso?
Pasaron los días frente al ordenador, lo abrazaba con la mirada como si fuera una drogadicta. Se transformó en mi asesor, mi psicólogo, mi investigador privado y mi mayor enemigo.
Una mañana me levanté muy inquieta y, después de una larga ducha, salí disparada al notario con las fotografías y demás antecedentes con el fin de recabar pruebas antes de que esa gente las eliminase de sus redes.
Habíamos quedado con el abogado a mediodía en su oficina. Me senté frente a mi cliente, le escuchaba con atención. Anotaba en un cuaderno su relato. Se veía sereno pero muy dudoso, la memoria le traicionaba. Sus ojos le brillaban y resaltaban sobre la piel bronceada de su rostro. Ese hombre que me miraba como si fuera la primera vez, era él: mi marido.
-¿Recuerdas qué hacías en aquella época?, ¿con quién salías?, ¿dónde vivías?, ¿estabas trabajando? Busca fotos, cartas, testigos… Cualquier antecedente puede ser relevante -le dijo mi colega.
En ese momento no sabía quién era la víctima, si él o yo. Mi cabeza era un péndulo golpeándome las paredes del cerebro. Solo contábamos con treinta y dos días para la audiencia preparatoria, y cinco antes teníamos que presentar la contestación de la demanda, igual que los padres del demandante, pero… ¿qué contestarían? Si se allanaban a la demanda y Matías no estaba en lo cierto, lo teníamos perdido.
En mi soledad pensaba en las consecuencias que podría acarrear este asunto. Era una sombra que me perseguía durante todo el día. “No pienses en ello, déjalo en manos del abogado”, me insistía Matías. “Para eso le estamos pagando”. ¿Pero acaso no era consciente de lo que podía suceder?
-Matías, tenemos que ordenar el patrimonio.
– ¿Para qué?, si esto no va a llegar a juicio.
-Ten por seguro que si están demandando es por algo, y… te advierto que si acogen la demanda no voy a aceptar nunca a “ese”. ¡Lo que me faltaba! Y los hijos…, veremos qué dicen cuando lo sepan.
-¡Ya están acechando tus “perros negros”[1] en tu mente! Pues nada, ¿qué van a decir? Además, ya me estás endilgando un hijo que no sé quién es; y su madre, ¡con esa pinta! Te juro que todo lo que dice la demanda es falso -dijo levantando la voz-. Hay que ser muy sinvergüenza para decir que habíamos mantenido una relación de más de un año.
Un WhatsApp del abogado interrumpió la conversación:
-Elena, el demandante fue inscrito en el Registro Civil al nacer con el apellido Brown, «de padre no compareciente. Y tuvo otro hijo, también de padre desconocido, un año después.
– ¡Menudo elemento! ¿Cómo lo has sabido?
-Hay que tener amigos en todas partes
-Ahora entiendo por qué mandó su ADN a esa plataforma que te comenté -le añadí.
Llegó el día.
-Buenos días, vamos a dar inicio a la audiencia decretada para el día de hoy -dijo la juez.
La audiencia se realizó a través de videoconferencia. Nos juntamos en el despacho del abogado, cada uno se instaló en una oficina y yo acompañaba a Matías. Las caras de los actores aparecían en la pantalla. Asomé mi pescuezo con sigilo sin que se me viera para observar esos rostros que había visto en fotografías. Esos rostros sin voz ni expresión cobraban movimiento. Mi curiosidad se centraba en la del «nene» de cuarenta y dos años. Una barba poblada y unas gafas ópticas ocultaban parte de sus rasgos; su piel, sus ojos y su pelo eran oscuros. ¡Ni un parecido!, pensé.
Me preocupaba cuáles serían las pruebas que iban a proponer, ¿tendrán fotografías de Matías con la fulana? ¿Alguna carta? ¿Le pedirán la prueba de ADN? Empecé a transpirar, Matías apagó el audio para decirme que no reconocía a esa mujer de papada colgante como un pelícano. Me senté, me levanté y encendí un cigarro. Hacía cinco años que había dejado de fumar. Matías me miró apretando los dientes.
Era el momento de fijar el objeto del juicio y los hechos a probar. La parte demandante y demandada de impugnación no ofreció ninguna prueba a rendir en el juicio. ¡Bien!, sin pruebas no van a pedir el ADN, aunque el demandante lo había solicitado. Levanté el pulgar mirando a Matías con una sonrisa, él me la devolvió. Tocaba nuestro turno. Anunciamos una larga lista de pruebas que acreditarían la filiación del demandante y demandado de impugnación, la aparente buena relación entre ambos, las deudas millonarias con los bancos, los juicios y querellas en tramitación y, por último, solicitamos oficiar a la clínica el certificado de parto.
-Pues bien, se ordena la prueba de ADN -dijo la juez con voz aflautada.
-Pero… ¿cómo es posible? Si no han ofrecido pruebas que acrediten, ni siquiera, que la fulana y tú os conocíais ¡Ni una fotografía, ni testigos…! ¡Nada!
-Tranquila, cariño, después de ver y escuchar a esa mujer no tengo duda de que aquí hay gato encerrado -dijo Matías-. Sé que no he sido un santo, pero como le dije al abogado, en la fecha de concepción del demandante yo estaba en Canadá, lo recuerdo porque nosotros empezamos a salir un mes después de regresar, como ya habrás calculado tú, es imposible que sea yo el padre.

Al mes siguiente de hacerse la prueba se publicó en el poder judicial el resultado del ADN: 99,9996% compatible con el de Matías. Cinco semanas después, se recibió el oficio del certificado de parto: el demandante era sietemesino. Se fijó la fecha de juicio.

[1] Un dicho de Winston Churchill.

 

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