BENDITA INOCENCIA – Inmaculada López Arce

Por Inmaculada López Arce

Alejandra, se crió en un pueblo de interior de menos de dos mil habitantes. El entorno que la rodeaba era su mundo, no existía nada más para ella, era lo que conocía y en lo que confiaba. Un día de noviembre, recién estrenados sus trece años, vivió uno de los escenarios que le condicionó el resto de su vida en el municipio. Nunca hubiera esperado lo ocurrido de las personas que para ella en aquellos momentos eran lo más importante, sus amigas.

Se levantó temprano, le esperaba un día lleno de sorpresas y regalos. Era el día de su cumpleaños. Lo que más le apetecía era la celebración de sus días con sus amigas por la tarde. Siempre lo festejaban por todo lo alto. La cumpleañera preparaba la merienda en casa y las amigas le organizaban una sorpresa, algo novedoso, inesperado…

Al gozo de Alejandra también se sumaba el de su madre, ya que nacie-ron en mismo día con treinta años de diferencia. Ambas preparaban sus cele-braciones al unísono, para Alejandra era importante porque no tenía muchas ocasiones de compartir actividades con ella, el exceso de trabajo y las necesi-dades del resto de sus hermanos se lo impedían. Doña Pepa, como la llama-ban sus alumnos, también invitaba a sus amistades a pasar la tarde en casa ese día.

Era domingo. Alejandra y sus amigas tenían por costumbre los días fes-tivos encontrarse a las doce de la mañana en la iglesia, no precisamente para escuchar lo que el evangelio tuviera que decirles sino como el lugar de en-cuentro desde el que después partían a dar un paseo por el pueblo, ponerse al día de todas las novedades de la semana, tomarse un refresco en el bar de los jóvenes donde se hallaban las máquinas recreativas más novedosas del mo-mento: billar americano, futbolines, juegos de mesa… Esa mañana no fue di-ferente, la pasaron entre risas y gritos cuando las bolas eran encaladas y no había que pagar la próxima partida. Se despidieron a la hora de comer. Se cita-ron para las cuatro de la tarde para seguir la fiesta y celebrar el cumpleaños.

Alejandra, canturreando y sorteando las rayas del suelo, subió la cuesta hasta llegar a la plaza donde vivía. Se sentía feliz. Todavía tenía mucho que preparar hasta engalanar la mesa con los bocadillos, pastas caseras, bebidas y la tarta con las velas que antes de ir a misa habían preparado… Como le gus-taba escribir les diseñó una tarjeta personalizada con una foto en la que esta-ban todas. Escribió detrás el mejor recuerdo que le inspiraba cada una de ellas. Fue muy emotivo, recordar cuando robaban golosinas, cuando se iban a la balsa a bañarse sin permiso de sus padres, cuando hacían autostop para ir al pueblo de al lado sin avisar… Disfrutó mucho recordando cada momento. El broche del escrito lo puso el deseo de unidad, de estar siempre juntas, de que siempre se tuvieran las unas a las otras. Pretendía darles un regalo con el que siempre pudieran sentir la fuerza de esa unión, de esa amistad y que cuando sus vidas se fueran bifurcando por tener novio, casarse en un futuro o quizás en un momento de debilidad, cada una pudiera echar mano de esa fuerza que sentían al estar juntas.

Pasadas las cuatro de la tarde comenzó a sonar el timbre, Alejandra co-rría a abrir esperando ver la cara se sus amigas, pero las tres veces que sonó eran las de su madre las que iban llegando. Doña Pepa ocupada con las ban-dejas repletas de pasteles, la cafetera y los regalos no advirtió la cara de de-cepción de su hija.

—Mamá, me voy a buscar a mis amigas, no llegan, —le dijo Alejandra a su madre.
Con el entusiasmo del momento, la profesora, no se paró a atenderla, la siguió con la mirada mientras Alejandra desapareció a través del pasillo y salió por la puerta.

Alejandra expectante a la par que ansiosa por la tardanza decidió ir a buscarlas justificando que la misma sería porque que le estarían organizando algo muy especial. No andaba desencaminada. Algo que no olvidó nunca en su larga vida y que sin duda la marcó para siempre.

Comenzó por la más cercana, su amiga Manoli. Subió la cuesta que la condujo hasta su portal. La tarde comenzaba a decaer, el sol ya se había es-condido y la oscuridad comenzaba a hacer acto de presencia. Tocó a la puerta, su amiga le contó que no podía ir al cumpleaños, le había sentado mal la co-mida y le dolía mucho el estómago. Alejandra intentó convencerla, pero no tu-vo éxito. Siguió en la búsqueda de su siguiente amiga en cercanía, Eloísa. Bajó la cuesta todo lo rápido que pudo, con la misma ilusión y fuerza de poder cumplir con las expectativas del día, esta tampoco iría, su abuela se había puesto enferma de repente y no podía dejarla sola. Alejandra no daba crédito. Las otras tres amigas que quedaban le pillaban más lejos, pero no dudó ir en su búsqueda. Tere le contó que se había torcido un pie y no podía caminar. Reyes y Loli no le abrieron la puerta.

Alejandra cabizbaja no atisbaba a comprender como unas horas antes todas estaban radiantes de salud y felicidad y ahora indispuestas o desapare-cidas. Llegó a casa, su madre le abrió la puerta:
—¿Qué pasa? —le preguntó, observando que su hija llegaba sola.
—Mis amigas no se encuentran bien, no van a venir…

La madre se quedó perpleja:
—¡No puede ser, si has estado con ellas toda la mañana!
—No pasa nada mamá, lo celebraremos en otro momento, —contestó Alejandra entrando en el comedor donde se hallaba el combite intacto.

Alejandra pasó la tarde con su gata Cuchi y su perra Lola, estas nunca le fallaban. Al arrullo de sus mascotas y acompañada por el calor de la estufa puso en orden sus libretas, acabó de hacer sus deberes y comenzó el libro que la profesora de lengua les había mandado. Su bendita inocencia le permi-tió deleitarse con sus quehaceres y estar en paz sin darle demasiadas vueltas a lo ocurrido. Eso fue la clave para disfrutar la tarde. Sus mascotas no se sepa-raron de ella parece que tenían mayor comprensión que la propia Alejandra de lo que estaba ocurriendo.
Cuando ya se habían marchado las amistades de sus papás, ayudó a su madre a recoger las mesas. La tarta de Alejandra mantenía las velas sin prender. En ese momento sonó el timbre. Era su vecina Angelita, cuatro años mayor que ella. Vino a felicitarla por su cumpleaños, pero, sobre todo, a pre-guntarle como se encontraba. Llegaba de la discoteca, había visto allí a todas sus amigas sin ella. Estas le contaron que Alejandra no había podido ir porque estaba enferma.
Alejandra observaba como su vecina relataba los detalles de la tarde sin poder dar crédito a sus palabras, pensaba que se trataba de una broma… Mientras Angelita narraba y narraba lo bien que lo habían pasado los oídos de Alejandra iban dejando de escuchar, su mente se sumió en una gran confu-sión y sus ojos comenzaron a brillar. Agradeció a su vecina la visita, solo deseaba que se marchase, no podía contener las lágrimas por más tiempo.
Se adentró en casa sin ganas de comentar, pero sus preciosos ojos en-rojecidos la delataron. Su madre la cogió entre sus brazos y le dijo a su padre que le ayudara a montar otra vez la mesa que había que celebrar el cumplea-ños. Alejandra sin ninguna gana sopló sus velas sin acordarse de pedir un deseo.
Durante la semana intentó hablar con ellas. Todas le dijeron que espe-rara al fin de semana y aclararían la situación. La líder del grupo después de la homilía del siguiente domingo le espetó que ya no podían ser amigas, que lo habían decidido entre todas:
—¡No vas a ser la lista del grupo, para pertenecer al mismo tendrías que trabajar igual que nosotras y dejar los estudios! —exclamó Eloísa contando con la complicidad del resto.

Alejandra se quedó plantada en la puerta de la iglesia. Cuando llegó a su casa arremetió contra sus padres. Ellos eran los culpables de haber decidi-do que debía estudiar, matricularla en el instituto y no dejarla ir a trabajar a la fábrica como el resto de sus amadas amigas. Les odiaba, le habían destrozado la vida. Se había quedado sola. ¿Qué sería de ella?

En su tristeza, en el sentir profundo de su rabia, podía advertir un halo de alivio, porque en el fondo ella anhelaba estudiar, emprender, conocer lo que había más allá de los cuatro pueblos que circundaban el suyo… Vio a su madre llorar por primera vez, más tarde supo que era por el dolor que sentía de ver a su hija domingo tras domingo sola en casa, sin amigas… Sin embargo, eso duró poco porque el instituto estuvo repleto de nuevas oportunidades y los libros fueron el mayor punto de unión entre todas ellas.

Sus nuevas compañeras ocultaron el odio y la rabia que sentía por aquella pandilla con la que creció y significaba todo para ella. Ha sido en su madurez cuando ha podido entender que con el tiempo ese hubiera sido el destino de aquellas relaciones. Que las expectativas son las grandes respon-sables de las decepciones. Que sus padres tomaron la decisión correcta para ella, la única que podían tomar. Su guion estaba escrito, al igual que el de sus amigas. Cada una interpretó su papel lo mejor que pudo, no hay culpables, solo inocencia, porque aquí en este universo nada es lo que parece.

 

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