CABALLO. PESETA. MANZANA. – Lourdes Novalbos Bou

Por Lourdes Novalbos Bou

 Lo siento, Isabel, pero no puedo. Sí, ya sé que te lo prometí, que te prometí que no dejaría que te convirtieras en un vegetal. Pero no puedo. Soy un cobarde, ya lo ves. Te juré que acabaría con tu sufrimiento cuando llegases a esto. Pero es que te miro y no puedo. No puedo, Isabel. No puedo. No tengo huevos. Aunque tú no sepas quién soy, yo a ti sí te reconozco. Durante un breve momento y por un pequeño resquicio, pero te reconozco en esa mirada ausente, Isabel. Hasta en esa mente perdida tuya creo reconocerte a veces. Un fugaz instante, sí, demasiado corto, lo sé, pero a mí me basta para sentirte conmigo.

 

¿Pero a quién pretendo engañar? Ya no estás y nunca más vas a volver, y aún así, aunque seas una extraña en tu propio cuerpo, yo te veo, te reconozco y te quiero. No puedo matarte, Isabel. Lo siento. Al final vas a tener razón: soy un egoísta. ¡Cuántas veces me lo echaste en cara! Marcial eres un egoísta. Solo piensas en tu trabajo y cuando tienes tiempo libre te vas a pescar y no nos haces caso ni a los niños ni a mí. Es verdad, soy un egoísta. Únicamente pienso en mí. Si pensara en ti no te hubiera dejado llegar a esta situación. Pero es que no soporto la idea de estar solo. Aunque no sepas quién soy, ni me hables y ya ni me mires, por lo menos te tengo a mi lado. Eres el motor de mi vida, Isabel. Si tú no estás, ¿yo qué voy a hacer?

 

¿Te acuerdas de todos los sueños que teníamos? ¿De los planes que habíamos hecho para cuando nos jubilásemos? ¿Pero qué digo? ¿Cómo te vas a acordar? ¡Cuántas cosas nos han quedado por hacer, Isabel! Nunca podremos ir a Pompeya, ¡con lo que te hubiese gustado! Decías Tenemos que ir a Pompeya, tenemos que ir a Pompeya. Pero siempre acabábamos yendo a otro sitio. ¡Incluso a Cancún fuimos un fin de año! ¡Qué ya ves tú! ¿Qué se nos habría perdido a nosotros en Cancún en Nochevieja? Y al concierto ese que dan por la tele el uno de enero también querías ir. No sé por qué, pero yo no me imagino allí, tocando palmas al ritmo del nananá nananá nananá naná, nananá nananá nananá naná… A la ópera sí que fuimos una vez. Vimos Madame Butterfly. Y no me dormí, Isabel. Con el miedo que tú tenías a que me durmiera y empezara a roncar en mitad del Liceo. Y al salir me dijiste Pues tampoco ha sido para tanto. A ver, que la música muy bonita. Y el montaje y el vestuario, una maravilla. Pero yo me esperaba algo más. Prefiero el teatro, la verdad. A la ópera no hace falta que volvamos. Y yo suspiré aliviado porque si Puccini ya me había parecido un coñazo, no quiero ni pensar si te hubiese dado por ir a ver una de Wagner.

 

 

¿Quieres qué te ponga música? ¿Te apetece escuchar alguna canción? El médico dice que la música te hace recordar. Pero no sé si eso es del todo bueno porque una vez te puse un disco de sardanas y te levantaste del sillón con los brazos en alto y moviendo los pies, y empezaste a cantar El cant de la sardana és el més joiós que hi ha, la dança més galana que jo sempre vull ballar… Y te sentaste de repente y empezaste a llorar. Creo que por un momento recordaste cuando eras una cría y los domingos ibas a bailar a la explanada de la Sagrada Familia. Y creo también que por un instante te diste cuenta de en qué te habías convertido. Y no lo pudiste soportar. No, no voy a ponerte música. Pero te voy a peinar. ¡Qué guapa estás con el pelo así, recogido hacia atrás! El peine. Todo empezó con el maldito peine. Bueno, la verdad es que llevabas un tiempo un poco rara, como triste, callada, demasiado pensativa. Y fíjate que creíamos que tenías un poco de depresión porque tu hijo se había ido a vivir con una chica a la que no tragabas. Y además acababas de jubilarte y tenías demasiado tiempo libre. Todo se juntaba. Y entonces nos fuimos a Roma. Y allí te noté más torpe de lo normal. Vacilante. Despistada. Como desorientad. Y te caíste al bajar del autobús que nos llevaba al Vaticano y te rompiste el brazo. Pero al regresar a Barcelona todo pareció volver a la normalidad. Hasta aquella tarde en la que te plantaste en mitad del comedor, con un peine en la mano, y me preguntaste Marcial, ¿esto para qué sirve? Al principio pensé que estabas de cachondeo, pero por tu mirada angustiada me di cuenta de que te pasaba algo. No quise decírselo a tus hijos, pero no hizo falta. Poco después pasó lo del autobús y no pude ocultarlo más. Volvías con Maribel. Habíais ido a la prueba de su vestido de novia. Ella se bajó dos paradas antes de casa porque tenía que recoger algo para el pelo y tú continuaste el trayecto. Solo dos paradas, Isabel, dos paradas. Pero ya no supiste dónde estabas ni dónde debías bajar. Y al llegar al final del recorrido, el conductor se dio cuenta de que seguías sentada, sola, mirando a tu alrededor con los ojos muy abiertos y sin hablar. Y llamó a la guardia urbana. Ahí empezó el calvario de los médicos. Pruebas y más pruebas y un solo y terrible diagnóstico.

 

Alzheimer.

 

Aquello fue un mazazo para toda la familia. Creo que la que mejor se lo tomó fuiste tú. Quizás es que ya no eras del todo consciente de lo que te esperaba. Tus hijos y yo tampoco sabíamos realmente a lo que nos enfrentábamos, pero intuíamos que iba a ser devastador. Y fue entonces cuando en un momento de desesperación o lucidez, no lo sé, me dijiste Marcial, por nuestros hijos te lo pido, no dejes que me convierta en un vegetal. Mátame, por dios, mátame. Cuando ya no os conozca, mátame.

 

         Pero no puedo, Isabel. No puedo.

 

No sé si tú te habrás dado cuenta de cómo ibas dejando de ser tú. Ha sido una regresión lenta, pero continua. Pasaste de ser una farmacéutica recién jubilada, lectora empedernida, a convertirte en una niña con pañales que ya ni siquiera recuerda masticar. Al principio apenas se te notaba, solo tenías pequeños despistes, descuidos sin importancia. Luego, poco a poco, esos olvidos fueron convirtiéndose en peligrosos: la espita del gas abierta, los grifos sin cerrar, el secador enchufado junto a la bañera llena de agua, la olla en el fuego… Hasta que una noche te escapaste de casa y vagaste en camisón por las calles, perdida y asustada, y unos empleados del ayuntamiento te encontraron de madrugada en un banco de un parque, llorando, llamando desesperada a tu madre. Ahí supimos que no había vuelta atrás, que ya no podríamos perderte de vista ni un segundo, que deberíamos cerrar siempre con llave la puerta de casa, que tendríamos que poner un sensor para las fugas de gas… Te habías convertido en un bebé de sesenta y siete años.

 

Caballo. Peseta. Manzana. El médico te dijo esas palabras al entrar en su consulta. Nunca las olvidaré. Dejó pasar un rato y te las preguntó. Silencio. También te preguntó qué día era, en qué año estábamos… Y tú callaste y sonreíste. Con una luz y una inocencia como jamás había visto. ¡Eras feliz, Isabel! ¡Eras feliz! Y yo me eché a llorar porque te había perdido para siempre.

 

Al poco tiempo, dejaste de reconocerme. A veces me llamabas papá, otras me preguntabas que quién era, a menudo te enfadabas conmigo, en ocasiones me escudriñabas curiosa. Tus hijos venían a verte todos los domingos y a ti se te veía feliz con ellos, notabas su amor aunque ya no supieses ni sus nombres. Y cuando nació tu primer nieto y te lo enseñamos, arrulladito en su manta, y tú dijiste Quin gatet més bufó, a tu hija el mundo se le hundió. ¡Pobre Maribel! ¡Pensabas que su bebé era un gato!

 

Mira, mira qué rosas tan bonitas. Son blancas, como a ti te gustan. ¿Las hueles? Te las han enviado tus hijos porque hoy es tu santo. Tú te acordabas de los santos y cumpleaños de todo el mundo. Nunca te olvidabas de felicitarnos. Incluso a tu primo Tomás, el que vivía en Mallorca y al que hacía siglos que no veías, lo llamabas cada año para su aniversario de boda. Pero es que su boda fue muy sonada, ¿eh, Isabel? ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas que cayó una tormenta de tres pares de cojones y se fue la luz y tuvimos que cenar a la luz de las velas y tú decías con sorna Qué romántico? Y la novia se emborrachó y se quitó los zapatos y se subió encima de la mesa y se puso a brindar y a llorar y a agradecernos a todos nuestra presencia. ¡Cómo para no acordarse! ¡Menudo numerito! Tú siempre te acordabas. Hasta que un día ya no te acordaste ni de tu nombre.

 

¡Ay, Isabel! ¿Quién te lo iba a decir a ti?

 

 

Y aquí estamos, tú y yo, esperando el desenlace final, como dicen las enfermeras. Los médicos que han pasado esta mañana aseguran que es inminente, pero que no me preocupe, que no estás sufriendo y que te hable, que te hable, Isabel, que no deje de hablarte porque el oído es el último sentido que se pierde. Quisiera decirte tantas cosas… Y no me sale ninguna. Solo que te quiero. Te quiero Isabel, te quiero. ¿Qué te pasa? ¿Qué susurras? ¿Me reconoces, verdad? ¡Me estás reconociendo! Por eso sonríes. Por eso te saltan las lágrimas. Mi amor. Te quiero. Te quiero, Isabel. Adiós.

 

 

 

 

RELATO DEL TALLER DE:
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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Pili

    Es muy bonito y emotivo. Es una historia que me toca.

    1. Lourdes

      Gracias, Pili. Por desgracia es un tema que muchos hemos padecido.

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