CACTUS

Por Mª Sagrario Escribano Olivares

Recordaba los cactus que había sobre aquellos pallets viejos en casa de mi madre, mientras miraba su piel vomitando sangre. Después de una cena de negocios al borde del Bósforo, sudaba champagne por cada cráter de mi cuerpo. Quizá estar medio borracha, fuese la principal razón de volver a una vida anterior en la que yo me hubiese comportado de esa forma. También podría ser que verle a él, apoyado en la balaustrada de ese terraza, con el palacio de Topkapi al fondo, provocase que el cuerpo me doliese de deseo. Se me antojaba poseerle hasta contemplar como moría a mis pies, desnudo, atado y de rodillas. Mis ojos bizquearon cuando le examiné, era como si ya le conociese. Nos habíamos topado en el camino, un encuentro tras una reencarnación pensé, pero había tanta lujuria en mi mente, que más bien pensé que era un encuentro cárnico. Cuando me ofreció cambiar la copa vacía por una llena y me miró a los ojos, me percaté que tenía que ir al baño a cambiar mi tanga por la cosecha de un algodonal. Mi sexo tembló y yo subí mi temperatura al máximo, mis axilas se volvieron chorreantes, mi cuello brillante, y entre mis tetas se podía hacer una colada. Pero yo era muy digna, muy señora, muy ama. Y mientras cogía la copa, agarré a la vez su mano, así pude mantenerle cerca y de esa forma acercarme a su oreja, susurrar un hola,  y rozar con la lengua y  la nariz, su lóbulo. Cuando me separé y cruzamos las miradas, sus ojos estaban entornados de deseo, proyectando sus pupilas en mis labios y mi pecho. Solté su mano y agarré la copa, que bebí sin perderle de vista.
Tras intercambiar qué habíamos hecho hasta llegar a esa noche en Estambul, casi quedó de lejos que los dos estábamos casados. Hablamos de nuestros sueños. Su deseo era irse a vivir al campo, donde poder estar desnudo y comer de la tierra. Un lugar donde meditar, crecer y trabajar en remoto la mayor parte del tiempo. Yo le hablé entonces de mi sueño de trabajar viajando sin parar, pero tener un campamento base de paz. Esa era mi perspectiva a largo plazo, porque a corto era atarlo a una cama para mi placer, como le dije. Él me miró y asintió mientras pedía una nueva copa, mientras veía temblar su cuerpo, deseoso de sentir algo distinto, como el mío. La transcripción de nuestras carcajadas se traducía en cómo hacerlo posible, aquí y ahora, en ese hotel, esa noche.
Fue una suerte cenar y poder dormir en el mismo lugar, y le cedí la llave de mi habitación. Yo así pediría una en la recepción, mientras él se preparaba para su primera orden. Debía esperarme desnudo, de rodillas y con las manos en la nuca a los pies de la cama. No le dije cuánto tardaría en llegar, pero sí que tenía que marcharse ya.
Mientras le vi alejarse, sentí lo mismo que cuando iba al baño de la discoteca en mi adolescencia. Ese leve mareo de ser alguien distinto, de quién quizá no fiarse demasiado. Recordé cuando casi no acertaba a desabrocharme los botones de la bragueta de los Levi´s y no sabía si atinaría a mear en aquellos servicios repletos de charcos de orín y en los que por supuesto no te podías sentar. Me tambaleaba alcoholizada, con una mano siempre apoyada en la pared para no caerme, mientras sonreía, viendo como el pipí salpicaba mi tanga y mis pantalones. Me sumergía en un placer de elegir entre dos o tres hombres que pretendían follar conmigo, y el orgasmo de decirles a todos que no. Después me miraba en el espejo, y me aseguraba que yo era la que mandaba, que yo decidía mis presas, y que yo no era captura de nadie.
Charlé y bebí durante una hora más, sintiendo electricidad en mi espalda, sabiendo que él me estaba esperando. Y cuando ya no pude más pedí otra llave, no sin antes recorrerme el hotel a la búsqueda de objetos para jugar. Me puse a buscar en Google, diferentes artículos bondage, para poder suplirlos con lo que encontrase a mi alrededor. Pensé en los alzapaños de las cortinas del comedor, esas cuerdas gruesas y brillantes. También algún tenedor y cuchillo para corte de emergencia. Velas, tabaco, pinzas de la ropa, y una botella de vino blanco. Guardé casi todo en una servilleta sucia de la cena, de las mesas abandonadas tras el inicio de la orquesta. Fue fácil encontrar casi todo, menos las pinzas, que tuve que ir hasta la lavandería del hotel. Hubiese sido igual, pensé, pero de repente se convirtieron en un fetiche cuando las visualicé en diferentes partes de su cuerpo.
Tuve que dejar la botella en el suelo para abrir la puerta de la habitación 555, y fue al mirar hacia el pasillo de la derecha cuando vi unos cactus en una consola junto a una pequeña zona de espera. Me retorcí al pensar qué podría hacer con ellos y los uní al inventario. Pasé con todo mi tesoro y lo deposité sobre la larga mesa que recorría la pared frente a la cama, como el despliegue de utensilios de una matanza.
Y allí estaba, tal como le pedí, de rodillas, desnudo y con las manos tras la nuca. Debía estar cansado de la misma posición. Cogí sus brazos y los bajé despacio. Noté el dolor en sus ojos, su cuerpo votaba. Llevé mi mano a sus sísmicos labios, para que fuese besada. Y le pedí que se fuese al baño para preparar nuestro encuentro, ducha incluida. Le costó unos minutos despertar sus piernas, y cuando se levantó me comprimió por la cintura hacia su pecho y me besó, avivando los golpes de mi corazón y de mi pelvis.
Recogí algo más para la mesa de operaciones, se me ocurrió que el cargador del IPhone podría hacer perfectamente de látigo. Y añadí también aceite corporal y crema de manos. Mirando todo esto, eché un paso atrás, pensando mi locura, con alguien que no conocía de nada, sin condones, deseando someterle y con una pareja que me quería a miles de kilómetros de allí. Era un desfase que me hizo dudar por unos segundos, pero que olvidé cuando le vía salir del baño, su olor, su mirada y su belleza me transportó a ese lugar del pasado, donde yo había habitado siendo ama de esclavos.
Su lívida piel no presentaba cortes de sol, solo los granos mostraban que era humano. Las extremidades y el tronco se acompañaban perfectamente en tamaño, al igual que su pene. Y poniendo mis labios junto a los suyos, respirando el mismo aire, le pedí que se tumbase boca abajo en la cama, con los brazos y las piernas abiertos. Lo até a los vértices de la cama con las cuerdas de los alzapaños y observando cada cacho de carne de sus piernas me desnudé y posé mi cuerpo sobre él, mordisqueando su cuello, mientras pensaba que ya le había amado antes, que no era casualidad estar ahí. Me incorporé a abrir la botella de vino, beber y respirar, necesitaba narcotizarme para estar preparada. Cogí un cactus en cada mano y me dispuse a hacer algo con ellos sobre su cuerpo, sonreía al recordar los pomposos cactus de mi madre. De repente mis pies se perdieron entre las borlas de los alzapaños que colgaban de la cama, y caí sobre su espalda con los dos cactus. Estaba bastante mareada cuando abrí los ojos, y solo veía sangre en la espalda de él. Las náuseas se apoderaron de mi razón, y temí haberle matado, aunque mi mente sabía que no era así. Entonces él se movió, y gritó:
-¡Desátame de una vez o no podré ayudarte y perderás el ojo!
Entonces me toqué la cara y vi mis manos ensangrentadas, la sangre era mía. No podía cerrar el parpado derecho, debía tener púas del cactus en él, aunque aún veía. Grité hasta que se ahogó mi voz. Y de repente me acordé de aquel día en el que viajaba con un grupo de amigos para conocer Barcelona. Había mentido a mis padres diciéndoles que no teníamos clase, y que me iba a casa de una amiga a dormir un par de días para estudiar. Entonces en Valencia, mi amigo Javier atropelló a una chica que conducía una moto. Esos días, la ilusión y la mentira se fueron a la mierda. Lo mismo que ese momento. Parecía que cuando el placer estaba al borde de algo que yo creía que no estaba bien, se estropeaba. Esto hacía sentirme pequeña, querer abandonar, y huir de cualquier lugar donde me conociesen. Con una gran piedra en la garganta, desaté una de sus manos y caí al suelo inconsciente.
Seis días después en el American Hospital, me quitaron el parche del ojo. Volvió la ansiedad de pertenecer a este planeta de nuevo, al poder ver con ese ojo.
Regresé al hotel, a esa habitación. Sentí un escalofrío y también tristeza, ya no supe nada de él desde aquella noche. Cuando entré aún olía a su perfume, al que me estremeció, y lo seguía haciendo. Vi dentro del armario, al dejar mi bolso, la bolsa de plástico de la ropa sucia anudada. Dentro tenía todas las cosas que estaban extendidas en la mesa aquella noche. Él las había recogido antes de que la ambulancia llegase.
De repente llamaron a la puerta, traían un ramo de rosas rojas y una de ellas era negra. Había una nota, que decía: “Aún tengo una llave.”

 

RELATO DEL TALLER DE:
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Esta entrada tiene un comentario

  1. Ariadna

    Enganchada desde el primer momento, con mucho movimiento, sacudida tras sacudida. Solo puedo decir, quiero más.
    Gracias por un talento diferente.

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