CAP GROSS – Yolanda Sola Santamaría

Por Yolanda Sola Santamaría

El español, 10 de diciembre de 2000

Una escueta noticia en el periódico digital. El trágico final de una historia de amor entre Sara Cerdanyola y Alfons Casals. Dos desgracias separadas tan sólo por unas horas. Sara moriría de madrugada en el mismo lugar del accidente de tráfico. Alfons, por su parte, fue encontrado esa misma noche, ya muerto, en el domicilio familiar en Mataró.
El accidente había sido muy aparatoso, el coche se había estrellado contra un árbol en una carretera comarcal de madrugada. Sólo había huellas de la rodada de un coche. Ni siquiera le había dado tiempo a frenar. El lado derecho del automóvil absorbió todo el impacto. Sara no tuvo ninguna oportunidad de sobrevivir.
La verdadera historia comienza casi 20 años atrás, cuando Alfons llega a Mataró. Eran los finales de los 80. Veinteañero de origen catalán, su carácter se había forjado en la tranquilidad de su Fraga natal. De natural impetuoso, había tomado la decisión de dónde instalarse, al azar. El barrio de Cap Gross, el más bullicioso, poblado y lleno de vida de Cataluña, fue su elección final.
Nada más salir de la estación del tren, se topó con un restaurante del que salía un olor característico a caldereta de pescado. Tenía hambre y decidió entrar, aún le quedaba algo de dinero. En la puerta de entrada del local, hubo de ceder el paso a una joven morena elegantemente vestida. Se miraron, fue un flechazo. Era Sara Cerdanyola, única hija de Augusto, dueño de media Mataró. Comenzaron su relación con una exquisita ración de gamba langostera y casi tres horas de sobremesa. Desde ese mismo día se hicieron inseparables
Alfons no era muy alto, había salido a la familia de su padre, con una cierta tendencia a una incipiente barriguita cuidada día a día gracias a cervecitas y pinchos de tortilla. Era el décimo de once hermanos y se había tenido que espabilar con la cocina de supervivencia. A Alfons se le ganaba del todo con un suculento manjar.
Alfons había venido al Cap Gross a hacer las américas como decía su abuelo Tomás. Era un verdadero manitas y un cotizado ebanista, pronto montaría su propio taller en el barrio donde se lo rifaban para contratarlo para el diseño y construcción de los salones de los nuevos burgueses de Cap Gross. Un hombre bueno y honrado, en definitiva.
Sara era morena de grandes ojos, muy expresivos, que pronto supo ver en Alfons el buen hombre en el que se convertiría. Nunca pasaría necesidad con Alfons y ella que no estaba acostumbrada a trabajar, buscaba seguridades, lejos del control casi carcelario de su padre.
No me gustaría darles a entender que no se querían, se adoraban, y vivían el uno para el otro. No obstante, antes de formalizar su relación, ambos llegaron a un pacto: Las Navidades, las pasarían separados. Sara se mostró desconcertada al principio, pero Alfons le dio numerosas razones para el acuerdo. Su nula o mala relación con Augusto, los mercadillos de la madera de Navidad de Munich de dónde sacaba gran parte de su inspiración. Sara enseguida cedió. ¡Por la paz un Ave María!
Menos de un año más tarde de conocerse, Sara y Alfons se casaban con el subsiguiente disgusto del padre de la chica. Augusto era un hombre alto y corpulento de unos 50 años, con mucho dinero y pocos escrúpulos. Hizo todo lo posible para romper ese matrimonio, pero una y otra vez fracasaban. Conocedor de las escapadas de Alfons en Navidad, le puso un detective, pero todos los seguimientos fueron en vano, el de Fraga se esfumaba poco después de abandonar su domicilio en Mataró. En resumen, veinte años de feliz convivencia, dos hijas en común, Lara y Joana. Buenas chicas, buenas estudiantes.
¿Qué ocurrió en las vidas de ambos aquel fatídico día de invierno? ¿Pudo ser una negligencia de Alfons la causa del accidente? Demasiadas preguntas para las que la familia y los amigos no tenían respuesta. Cada uno, quizás la suya, con toda probabilidad. Nadie vivo porque Alfons puso fin a su vida por un motivo. Sólo él hubiera podido resolver el misterio.
Todas estas reflexiones rulaban en la cabeza de Angels intrépida reportera del Español Digital, al leer en la redacción la nota de prensa decidió acercarse a Cap Gross y entrevistar a las personas que pudieran darle una información objetiva, en su opinión nadie que perteneciera al círculo más íntimo. Era su oportunidad de hacer algo por su cuenta y de venderle a su redactor jefe que había que hacerle un contrato indefinido.
Angels comenzó con Omar, policía que acudió en primer lugar al domicilio de Alfons y encontró su cadáver. Tumbado en el suelo del salón de su casa, no presentaba signo alguno de violencia. No había sufrido o al menos eso parecía. La autopsia diría si un infarto se lo había llevado, por ahora no había más información. El secreto del sumario, que ambos ignoraban, escondía una carta que fue hallada en su habitación. La carta respiraba una atmosfera romántica con un tal Marcos e iba dirigida a Alfons. Nadie lo hubiera imaginado y Angels no lo pudo averiguar por Omar. Lo que sí pudo intuir por cómo hablaba el marroquí, era una admiración inexplicable por la bella mujer de Cap Gross.
La reportera fue a llamar a su jefe para dictarle una breve nota de prensa, pero algo le detuvo, una imagen le vino a la cabeza. Omar no había mencionado si había algún otro hallazgo en la casa, y eso podría tener su importancia. Decidió buscar algún conocido del matrimonio en el barrio. Se dirigió a la casa que compartieron Sara y Alfons y entró en un popular bar de bocatas y tapas. La dueña era Susana, una alta y desgarbada rubia de una edad similar a la de Sara. Efectivamente eran amigas de la infancia, aunque la diferencia de clases las había separado y sólo se saludaban cordialmente cuando se encontraban. Cuando Angels le preguntó por la heredera, una sonrisa burlona se reflejó en su cara. Según Susana, el matrimonio modélico escondía muchos pasajes de su vida. ¿Por qué nunca habían pasado juntos ni una Navidad? Ni siquiera cuando sus hijas eran pequeñas. Eso era muy raro, dejó caer Susana. Muy raro, repitió mentalmente Angels, muy raro. Necesitaba en ese momento un punto de vista más cercano y no dudó en abordar a Eudald, ochentón y vecino del matrimonio e hijas Casals.
Eudald estaba sordo como una tapia y vivía sólo en la puerta de al lado de los Casals. Después de tres aporreos y timbrazos, el anciano salió a abrir y saludó a la joven reportera. Eudald apenas tenía visitas y aquello era una novedad para él. Se explayó en sus anécdotas sobre el matrimonio Casals. Se notaba que apreciaba a Sara pero que no soportaba a Alfons. No sabía conducir, era un negado para las maniobras. Él era el único responsable de la muerte de su esposa. No servía más que para trabajar y amasar dinero. Apostaba por un suicidio agobiado por la culpa. Ridículo resumió Eudald, un albañil venido a más y un gordito con mucha pluma.
Pluma, repitió Angels. Este punto lo omitiré en mi nota, no tengo ningún indicio adicional y me puedo meter en un lío. Condenado viejo, tenía mucho veneno el octogenario.
Cuando salía de la casa se encontró con la mayor de las hijas del matrimonio, Lara, con un aspecto de punki muy alejado de la de una niña rica del Cap Gross. Se saludaron, pero Lara corrió a meter la llave en la cerradura. Angels estuvo rápida y le puso la mano sobre el hombro. Todo chinchetas, como me esperaba, suspiró. No pudo sacar apenas información al principio, sólo lágrimas. La periodista tenía como objetivo con Lara profundizar sobre cómo era la relación del matrimonio. Mi padre no era feliz, vivía acuciado por las deudas, le confesó la punki. De hecho, se encontró un papel de la casa de empeño en el bolsillo de la chaqueta de Alfons, había empeñado un valioso collar de Sara, hacía unos días. Lara desconocía este extremo, pero sabía que su padre había dejado de pagar cosas tan importantes como el seguro de vida que la pareja había contratado cuando se casaron. En estas circunstancias, Angels llegó a pensar en un suicidio de Alfons por cuestiones económicas. Sin seguro de vida, la muerte de Sara era una tragedia aún de mayores proporciones, pensó la reportera.
Hubiera finalizado los interrogatorios periodísticos con Augusto, pero no era posible, porque hacía seis meses que había sufrido un ictus, no podía hablar y tenía medio cuerpo paralizado.
Angels se dirigió a la redacción y redactó un artículo basado en una historia de amor entre una rica heredera y un currante aragonés que se había abierto camino en el Cap Gross. Sola en su despacho, las teclas de su ordenador echaban humo. Se quedó sola en la redacción y absorta con sus pensamientos se aisló del mundo.
¡Como le hubiera gustado escribir la historia que ella realmente intuía! Desde el cielo, Alfons sonrió a Àngels. Gracias muchacha, suspiró el ebanista, me gustaría que al menos tú conozcas la verdad de lo que ocurrió ese horrible día.
El terrible accidente de coche al alba de una noche en blanco. Habíamos estado horas en una habitación de un hotel rural, tomando decisiones sobre nuestro futuro. Discutimos y decidimos regresar a casa en mitad de la noche.
En el viaje de vuelta surgió el tema de mis hijas. Debía desvelarles mi secreto según Sara. Me negué y por un instante perdí el control…Una décima de segundo de distracción y un estruendoso golpe. El coche chocó con un árbol enorme y calló a Sara. Yo, ni un rasguño. Policías, ambulancias, curiosos de pueblos cercanos, estaba mareado y confuso, como en un mal sueño y no articulé palabra mientras permanecí horas en el lugar de los hechos
Llegué a mi casa y encontré una carta de Marcos, anunciando nuestra ruptura, quería algo más que las Navidades juntos. Marcos había conocido a un prestigioso abogado que le ofrecía un futuro juntos, y lo iba a aceptar. La soledad en Fraga le oprimía y se iría a vivir a Madrid con Baltasar Fuentes, abogado penalista. Un agudo dolor en el brazo izquierdo me detuvo, había sido un día horrible.
Se acentuó el dolor del brazo izquierdo y se unió a él, el dolor en el pecho. No podía siquiera pedir ayuda. Nadie hubiera podido haber hecho nada.
Desde el cielo, Alfons sonrió de nuevo a la reportera. Gracias muchacha, pero Angels no podía oírle

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