CAPRICHOS DEL DESTINO – Francisco Alcázar Rubio

Por Francisco Alcázar Rubio

Mi autobiografía no se inicia como suelen empezar la mayoría de ellas, con el nacimiento del protagonista. En mi caso es el destino quien elige cuando debe de comenzar esta historia y es el veintitrés de febrero de mil novecientos cuarenta y cinco. Sin los hechos ocurridos en ese luctuoso día no estaría aquí contándoles mi vida. Luis y Visitación era un joven matrimonio que vivía en Murcia, en un edificio conocido como “la casa de los nueve pisos” Él poco antes de casarse, el uno de marzo de mil novecientos cuarenta y tres. Había conseguido plaza por oposición en el Banco de España de la ciudad de Murcia. Ella era natural de Portman, pedanía de La Unión. De familia dedicada a la explotación y exportación de minerales, especialmente de plata. Su abuelo fue ministro de Fomento y Gobernador del Banco de España en la época de la Dictadura de Primo de Rivera. El matrimonio tuvo una hija que nació el siete de diciembre de mil novecientos cuarenta y tres. Eran años de escasez y de penurias como consecuencia de la pasada Guerra Civil. A pesar de los dramas de la guerra: familiares asesinados, persecución, prisión, batallones disciplinarios y las cartillas de racionamiento. Era una familia feliz con un futuro prometedor y una hija que era su alegría. El miércoles veintiuno de febrero de mil novecientos cuarenta y cinco, era un día corriente en la vida de la familia Alcázar. Luis fue a su trabajo en la sucursal del banco, Visita (como la llamaban en su familia) salió a la compra y la bebé se quedó en casa al cuidado de la niñera. Murcia tiene un clima suave en invierno y caluroso en verano, el mayor inconveniente es la humedad que hace que las casas sin calefacción, sean frías en invierno. Para quitar el helor provocado por la humedad, el método habitual en aquella época era quemar en una palangana alcohol y así atemperar un poco la habitación.
La niñera preparaba el baño a la niña, de catorce meses. Prendió el alcohol en la jofaina, la desnudó y se percató de que le faltaba una prenda para vestirla. Salió del cuarto de baño y la bebé atraída por el movimiento de las llamas azuladas del fuego se acercó al recipiente con pasos titubeantes, golpeándolo con el piececito provocando que la palangana volcara y el alcohol ardiendo cayera sobre su cuerpo. La niñera al oír los chillidos cogió a la niña y en vez de apagar los restos de las llamas salió corriendo con ella en brazos a pedir ayuda. Nunca sabremos si la bebé hubiera sobrevivido si la niñera hubiera apagado las llamas introduciéndola en la bañera o envolviéndola en una toalla. Unas horas después del accidente debido a la gravedad de las quemaduras, la niña fallecía el día veintitrés de febrero. Para los padres y la familia fue una tragedia y una conmoción social en Murcia, ciudad pequeña, donde todos se conocen directa o indirectamente. Fueron días dramáticos, para la madre sobre todo porque le quedaba el resquemor de que si hubiera estado en casa no hubiera ocurrido el accidente.

Unos pocos años después el matrimonio decidió irse a vivir a Madrid. Era imposible seguir viviendo en esa casa y en esa ciudad llena de recuerdos de los días felices. Alejarse de Murcia era una huida y a la vez un destierro para él, por lo unido que estaba a su familia. Para ella, parte de su familia vivía en la capital y fue una ayuda emocional.

Nueve años después de esa tragedia familiar, el mes de marzo de mil novecientos cincuenta y cuatro en concreto el día ocho, Madrid me acogió, en el sentido literal del verbo, al ser un niño no deseado, no querido y abandonado. Los cinco primeros años estuvieron condicionados por los servicios de beneficencia de la Diputación de Madrid. Mi madre Mª José Cobacho Pineda, natural de Baldolatosa (Sevilla), me trajo al mundo en la Maternidad Provincial de la calle Mesón de Paredes en Madrid. Esta información no es fruto de un arduo trabajo de investigación. Mi nacimiento se clasificó por la Inclusa como abandonado con datos. Se daba la oportunidad a la madre de quedarse con el recién nacido. El día nueve de marzo fue inscrito mi nacimiento en el Registro Civil de la Inclusa. El día doce fui bautizado en la maternidad en la pila bautismal de la iglesia de San Cayetano, en la misma calle de Mesón de Paredes, se encontraba en la maternidad porque la iglesia había sido destruida durante la Guerra Civil. El diecisiete de marzo ingresé en el Orfelinato de la calle O’Donell de Madrid. Haciéndose realidad el lema algo irónico de la institución: “abandonado de mis padres la caridad me recoge” Para garantizar la supervivencia de los bebés y que crecieran en un entorno lo más parecido a una familia, un porcentaje de niños eran enviados a “crianza externa”. Los que entrábamos en esa clasificación fuimos trasladados a pueblos pobres de las sierras de Ávila, de Toledo o de Guadalajara. Las familias de acogida recibían de la Diputación de Madrid un sueldo mensual para hacer frente a los gastos de manutención.

En mi caso el veintidós de septiembre de mil novecientos cincuenta y cuatro me acogió la familia de Doroteo Rollón, en Navatalgordo (Avila). Viviendo con esa familia hasta el diecisiete de diciembre de mil novecientos cincuenta y seis. En esa fecha me devolvieron al orfelinato en Madrid. Una semana después coincidiendo con la Nochebuena era entregado en crianza externa a la familia de Manuel Alonso en Mijares (Ávila). Con esa familia estuve hasta el once de marzo de mil novecientos cincuenta y nueve. Mi vuelta al orfelinato se debió a una epidemia de una enfermedad infantil contagiosa. Cuando me recogieron con un taxi para llevarme a Madrid, no entendía por qué me llevaban a mí y no a otro hijo de esa familia. Yo creía que eran mis padres y llorando decía que se llevaran al otro niño. La crianza externa tenía el inconveniente de que los cambios de familia provocaban en los niños una nueva sensación de abandono. Un trauma que se veía acentuado cuando el niño cumplía los cinco o seis años volvía al orfelinato para al cabo de un corto espacio de tiempo ser trasladado al internado del Colegio de San Fernando si era niño o al de la Paz si era niña.

Se puede creer o no en el destino, en mi caso se dieron una serie de causalidades que llevaron a mi adopción. En la fecha en que se produjo el encuentro con mis padres adoptivos yo no tenía que estar en Madrid sino en Mijares (Ávila) pero esa epidemia en la comarca provocó mi devolución al orfelinato. Durante la primavera de ese año estaba en uno de los patios de la inclusa cuando apareció una monja de la institución acompañando a un matrimonio y a un fraile de la Orden de los Capuchino, buscando una niña para adoptar. El matrimonio había perdido a su hija de meses en un trágico accidente doméstico. La presencia de un matrimonio y un hombre con una poblada barba, tan alto como mi futuro padre, pero algo más obeso y con un hábito marrón y un grueso cordón blanco a modo de cinturón llamó mi atención y despertó mi curiosidad. El matrimonio tenía un porte distinguido e irradiaban seguridad y confianza. Lo que hizo que me acercara al grupo cogiendo la mano del señor con sombrero y le dijera: ¡papá! La palabra y el gesto provocaron en el grupo sorpresa y una cierta conmoción. El fraile Samuel de Yudego lo interpretó como la “Mano de Dios”, una señal divina y convenció al matrimonio de adoptarme a mí en vez de a una niña. Iniciando el largo proceso de adopción que culminó el dieciséis de enero de mil novecientos sesenta cuando abandoné definitivamente el orfelinato.

Dejé de ser Francisco Cobacho Pineda para llamarme desde ese momento Francisco Alcázar Rubio. Cambiando así mi futuro. El Destino está en tus manos.

 

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