CARTAS PARA AMORES FALLIDOS – Noelia López Aso

Por Noelia López Aso

Un día más en la vida rutinaria de Ana, que volvía de su trabajo en una notaría del centro de Madrid. Al entrar en el zaguán, abrió con lentitud el buzón, como lo venía haciendo cada vez que entraba o salía del edificio de apartamentos en el que vivía. Cuando vio el sobre, se sorprendió y con manos temblorosas, lo cogió y decidió que más tarde lo abriría con tranquilidad. No estaba segura de que fuera la carta que estaba esperando en respuesta a un anuncio del periódico, al que había escrito ya hacía un mes y una semana. Subió lentamente la escalera hasta el primer piso, entró en su casa y puso el sobre, todavía cerrado, en exposición en la mesa del salón. Con una extraña lentitud, se puso ropa más cómoda, hizo un té y se sentó en el sillón en el que siempre se quedaba horas leyendo, examinando minuciosamente el sobre que había recibido. Su nombre y su dirección estaban escritos con una letra clara y firme, como de maestro o profesor, pero todavía no quería saber quién era el remitente, así que abrió el sobre y sacó la única hoja que había. Estaba segura de que era la carta que esperaba y que el azar le había destinado, porque suponía que al anuncio debían haber respondido algunas otras mujeres. ¿Cuántas serían, diez o doce? Sin embargo, sabía que había sido la elegida, y que esa carta que ahora empezaba a leer con asombro y ansiedad era para ella. Después de un comienzo demasiado formal para su gusto, el remitente decía: “la verdad no sé qué espera usted de mí, qué quiere que le diga y por qué me pide que le escriba para llamar su atención y convencerla de que soy un ser digno de ser amado,sobre todo porque estoy seguro de ser capaz de amar a una mujer como usted. También, estoy convencido de que, aunque yo puse el anuncio, la que me necesita es usted. Querida Ana, no sé si te parecerá mal que te llame así, pero te he imaginado tanto para escribirte esta carta, que me parece que somos casi amigos. Me llamo Ricardo y me siento en la obligación de advertirte que tengo una historia dolorosa detrás, porque una vez tuve una familia, pero la vida me la arrancó de golpe y he quedado casi inerte, casi discapacitado emocionalmente durante muchos años. Por eso, puse el anuncio y me he tomado tanto tiempo para escribir esta carta que te estoy enviando, ya que me parece una oportunidad que me da la vida y que me doy yo mismo para salir de esa parálisis emocional y afectiva a la que me condené por seguir viviendo a cambio de mis hijos y de mi mujer. La culpa por tener vida creo que la tenemos todos, pero se hace más aguda para quienes hemos sufrido una desgracia o una catástrofe en la que hemos perdido seres queridos. Cómo te darás cuenta no puedo prometer grandes cosas, no tengo mucho dinero, pero tengo un buen trabajo porque soy ingeniero en una línea aérea. Cuento con unos pocos amigos aquí y en Canadá, donde pasé casi cuarenta años de mi vida hasta que me destinaron a Madrid, ciudad en la que me he instalado atrapado por la alegría mediterránea. Debo reconocer que tengo algo de cultura, porque el arte y la literatura me han ido salvando, sobre todo durante los últimos años en los que me he dedicado a leer todo lo que he podido. 2 Aunque te parezca extraño, la literatura ha sido para mí un refugio, una especie de adicción o de escondite, en el he podido aliviar por momentos el dolor que sentía. Espero y deseo conocer a una mujer que busque una relación seria, ya que no estoy buscando divertirme. Una compañera real a quien respetaría, amaría y mimaría. Cuando llegue mi momento, no elegiría ningún otro lugar que no sea estar con ella y, si Dios no lo permite, llegará su momento, ella dejará atrás muchos recuerdos felices y amorosos que atesoraré hasta que llegue mi momento y me una a ella. Te veo como una mujer madura con una apariencia única y a la vez, interesante… Una persona amable, bondadosa y amorosa con quien viviré el resto de mis días si las cosas salen bien. Me decidí a publicar el anuncio para forzarme a salir de mi refugio y me atreví a escribirte para arriesgarme al éxito o al fracaso, pero como aún tengo miedo, te propongo conocernos sin expectativas como si fuéramos dos periodistas a quienes nos han pedido hacer una entrevista a personas desconocidas, en tu caso a un hombre y en el mío a una mujer. Si te parece bien mi propuesta, en nuestra primera cita tendrás que entrevistarme y yo prometo responder a todo lo que me preguntes. A todo lo que quieras saber acerca de mí, desde mi primera novia, a mis amistades, a cómo ha sido la familia de mis padres, porque creo que todos repetimos historias… Bueno, no quiero alargarme, es decir, todo lo que se te ocurra, hasta puedes hacerte una lista de preguntas. La segunda cita, que puede ser una cena, me corresponderá a mí el privilegio de preguntar y a ti la responsabilidad de responder. Aunque te parezca que estoy planificando demasiado, ten en cuenta que soy ingeniero y que planear es parte de mi trabajo. Además, estoy seguro de que por lo menos este intento nos va a parecer divertido, pese a que puede terminar en un fatal desencuentro, que por lo menos tendrá el valor del esfuerzo que supone exponerse ante u una desconocida. ¿Qué te parece mi idea? Me encantaría recibir una respuesta a esta carta en cuanto puedas, pues si te fijas en la parte de atrás del sobre está mi dirección y mi teléfono, por si quieres abreviar y llamarme para acordar nuestra primera cita. Si no me escribes o no me llamas, porque has decidido que no quieres verme, esperaré unos diez días para contactar con la segunda postulante que respondió al anuncio. Sin embargo, quiero que sepas que esperaré con ansias y con temor tu respuesta”. Ana leyó las últimas líneas entre dolorida y furiosa, porque este hombre le parecía un soberbio, pese a que en los primeros párrafos le había dado pena. Después pensó que no debía decidir con tanta rapidez, sobre todo porque se sentía muy sola y tal vez valía la pena seguirle el juego. Esa noche soñó con un hombre sin cara, que desde un sillón que parecía un trono, gritaba dando ordenes absurdas, que ella iba cumpliendo, a veces con risas y otras con lágrimas. Cuando se despertó la carta seguía en la mesa del salón, dentro del sobre. Al volver de la notaría, trajo un sobre nuevo y papel de carta, pues había decidido que tal vez le convenía aceptar la propuesta del pretendiente desconocido. Después de pensarlo mucho, quizás demasiado, su respuesta fue muy breve, ya que solo le proponía un encuentro a media tarde en una cafetería cerca de su trabajo. 3 Al cabo de tres días, recibió una nota confirmando la cita, pero se quedó pensando que hubiera sido más adecuado llamarlo por teléfono para, por lo menos, poder oír su voz y si no le gustaba, tenía la posibilidad de inventar una excusa. Aunque le parecía una exageración que una simple cita con un desconocido le provocara tanto miedo y tanta ansiedad. La noche anterior, apenas durmió y por la mañana estuvo a punto de llegar tarde a la notaría, por las vueltas que dio para elegir cómo iría vestida. Finalmente, optó por un conjunto de falta y chaqueta y sus elegantes stilettos de tacón medio, más adecuado para una reunión de trabajo que para una cita romántica. Antes de salir del despacho, se retocó el maquillaje y el peinado. Cuando entró a la cafetería, le temblaban tanto las piernas, que buscó una mesa muy cerca de la puerta para sentirse más segura, y poder mirar a los hombres que había en el salón, ya que él le había dicho que lo reconocería porque tendría un libro de tapa roja en la mano o sobre la mesa. Enseguida lo divisó, así que se acercó lentamente, esperando que la mirara, pero él parecía observar con una sonrisa a una mujer que se detuvo en la entrada del local y que era su antítesis, alta, delgada, casi una modelo y tan llamativa, que todos los hombres se volvieron para mirarla. Ana se paralizó y no supo qué hacer hasta que la intrusa, llegó a él y con una carcajada, cogió el libro, diciendo: ¿pero qué haces tú con un libro, si no has leído en tu vida? El hombre, visiblemente contrariado, porque ya había identificado a su cita, se puso de pie y casi corriendo salió a la calle con su amiga siguiéndole los pasos. Al cabo de una semana, Ana encontró en su buzón una larga carta en la que el supuesto ingeniero, intentaba explicar el desgraciado desencuentro, diciendo que por casualidad se había encontrado con una antigua compañera de trabajo. Aunque parecía sincera la excusa, ella no le respondió, hasta que la décima carta la convenció de que tal vez él decía la verdad y entonces, a su pesar, aceptó otra cita, porque se había imaginado una manera de vengarse.

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