CASIMIRA,LUCES Y SOMBRAS DE UNA NIÑEZ DESVALIDA – Mª Amalia Silveira Vega

Por Mª Amalia Silveira Vega

Casimira no había tenido una vida fácil, su niñez había sido amarga, la que ningún niño merecía. Porque cuando se es niño, la inocencia, la fragilidad y la vulnerabilidad están presentes y no se debería sufrir en etapas tan tempranas. Sus padres, Amalia y Lino, eran campesinos, sembraban tierras ajenas por una vivienda que no podía llamarse digna y un plato de comida. Doce hermanos más uno que Amalia había recogido, un niño que había quedado huérfano.

A los cuatro años de edad, Casi -como la llamaban en familia- había sido llevada a la hacienda de unos señores ricos, muy ricos para dejarla allí como criada. Cuando llegó a aquella mansión tan grande con aquellos jardines tan bonitos nunca imaginó lo que le esperaría dentro. Tenía tres cosas en su contra: ser mulata, ser pobre y ser niña. Fue sometida a trabajos interminables, impropios para una niña de su edad, vejaciones, insultos, maltrato, en tiempos en que ese tipo de actuaciones estaba consentido y permitido de las clases altas a los pobres de solemnidad. Por no tener, no tenía ni una cama donde dormir, su lecho era el pajar; su ropa, una chaqueta vieja y muy usada que le quedaba grande y que intentaba cruzar y prender con un alfiler. Comía los restos de la comida de los señoritos que recogía la cocinera en un recipiente metálico y se lo daba una vez al día con un vaso de leche, que no siempre le tocaba. Los tremendos castigos a los que la sometían, las palizas, cuando alguno de los de la casa desataba su ira y sus frustraciones en aquel débil cuerpo, hacían que su vida fuera muy triste y desdichada. Y así transcurrían sus largos días, la primera en levantarse al alba, la última en acostarse al anochecer, cuando ya todos dormían, deseando no despertar más para no enfrentarse a su pesadilla. Nunca tuvo juguetes, nunca pasaron los Reyes Magos para ella, aunque en su inocencia un día dejó sus rotas zapatillas, creyendo que al día siguiente tendría un regalo. Su gran sorpresa fue que solo tuvo un puñado de carbón, del de verdad, no entendía muy bien el porqué y lloró desconsoladamente, mientras los niños de la casa jugaban alegremente con sus juguetes y se reían de ella diciéndole: “No te trajeron nada porque eres negra”.Nunca cumplía años, veía a sus padres y hermanos muy de vez en cuando, crecía dejada de la mano de Dios, marcada por la violencia de quienes supuestamente estaban a su cargo y también de su progenitora cuando alguna vez le tocó vivir con ella. Su vida era un calvario y ella, en su interior y sin contárselo a nadie, a veces pensaba que tendría que haber algo mejor, que ella hacía todo lo posible por hacer las cosas bien, que era obediente, que intentaba hasta no hacer ruido para no molestar, pero siempre era castigada. No sabía ni los años que tenía, pero por lo ocurrido rondaría los doce quizás.

Un frío día de invierno, limpiando de rodillas el suelo del inmenso patio de baldosas blancas y negras, con aquellos enormes macetones con unas bonitas plantas de un verde intenso, notó que tenía la entrepierna húmeda, se miró y se asustó, no sabía muy bien qué le estaba pasando, se sentó en el suelo y lloró amargamente. Una mucama que por allí andaba la escuchó, acudió a ver lo que pasaba y corrió a la cocina a contárselo a la cocinera. Las dos fueron junto a Casi y trataron de paliar el contratiempo. Se había transformado en una mujer biológicamente hablando, aunque ella no sabía muy bien qué le estaba sucediendo. Solo sabía que quería irse de ese lugar, que no la castigaran más sin motivo, no pasar más hambre, más frío, necesitaba imperiosamente que la quisiesen y que la cuidasen. Y así poco a poco empezó a rondar en su cabeza la idea de escapar de allí.

Hacía un tiempo había llegado a la hacienda una cocinera nueva, una mujer blanca, fuerte, con dos largas trenzas negras, y con un poco de bondad, cosa que nunca había visto antes la niña criada. Conversaba a veces con ella, a escondidas le daba un vaso de leche caliente y muy pocas veces le sonreía. Un día apareció con una libreta y un lápiz y se los dio, y le dijo que en momentos que tuviese libres le enseñaría a escribir. La alegría de Casi era indescriptible, ¡alguien le había regalado algo! Nunca antes había recibido un regalo, se sentía feliz. Y así, muy de tarde en tarde, a escondidas, Jacinta, que así se llamaba la cocinera, le fue enseñando las primeras letras, a escribir su nombre (desconocía sus apellidos), palabras sueltas y poco más, pero para Casi había sido todo un descubrimiento. El tiempo transcurría inexorablemente. Casi había crecido, tendría cerca de quince años y su obsesión era que tenía que salir de aquel lugar como fuese, y en un arrebato y sin saber muy bien qué repercusión tendría, se lo contó a su “protectora”. Ella, horrorizada, le dijo que no podía hacer eso, que si la descubrían la iban a matar. Además no tenía dinero, ¿a dónde iba a ir?, que era peligroso, que se podía perder, se podía morir de hambre y de sed si no recibía ayuda en lo que pretendía hacer. Pero las ansias de libertad de Casi eran tan grandes que estaba dispuesta a correr todos los riesgos, porque seguro que peor que allí no iba a estar en ninguna otra parte.

Jacinta no podía dejar de pensar en lo que le había dicho aquella pobre niña, no lo quiso comentar en su casa porque seguro le iban a intentar quitar de su cabeza la idea de ayudarla, porque incluso eso le valdría perder su trabajo. Ser cocinera en la hacienda de los Cáceres era un buen empleo y, además de cobrar un buen dinero, se traía a su casa los sobrantes de la comida del día y eso también era de gran ayuda. Pero ella ya estaba cansada de ver el maltrato que se le infringía a aquella desvalida niña y se sentía culpable de no hacer nada. Así que le consiguió una ropa usada, pero limpia y decente, unas zapatillas un poco maltrechas, y algún dinerillo que había juntado.

Y llegó el día, los señores habían salido a dar un paseo y seguramente demorarían en volver. Jacinta retrasó un poco su hora de salida, y junto con Casi se dirigieron hacia la estación de trenes, le compró un boleto de ida a la capital y rezó a todos los santos para que llegara sana y salva. No recordaba si alguna vez había subido a un tren, ¡le daba miedo todo! Tenía un largo trayecto por delante, en kilómetros por la vía y en su vida de futuro. Cuando terminó el viaje, allí se quedó sentada en el tren, había recorrido el país de norte a sur y no sabía muy bien qué hacer, no quería ni mirar a la gente, ya casi todos los pasajeros habían descendido y el inspector recorría los vagones para comprobar que no quedara ninguno por bajar. Inevitablemente la vio y le indicó que tenía que bajar. Ella le respondió que no sabía a dónde ir, se puso nerviosa y rompió a llorar, sintiéndose sola y vulnerable. Él se condolió de esa pobre niña indefensa, la bajó del tren y le dijo que lo esperara sentada en ese asiento que le señalaba con su dedo índice, que cuando terminara su horario la llevaría con él a su casa. Las horas pasaban, la espera se hacía interminable, Casi estaba cansada y el sueño la fue venciendo y se quedó acurrucada y dormida en el asiento de la estación. Pasaron unas pocas horas y el inspector volvió para llevársela con él a su casa, pensando por el camino qué le iba a decir a su mujer, que ya tenían tres hijos, que habían emigrado de España para hacer las Américas y no estaban como para dar de comer a una boca más. Pero también vino a su mente que otras personas le ayudaron a él en sus primeros momentos, que su vida no había sido fácil y que trabajando mucho cada día lograba sacar adelante a su familia, y su corazón le decía que no podía dejar a esa niña abandonada a su suerte, que tenía que ayudarla, por lo menos a conseguir un trabajo y que la vida le sonriera, porque todos merecemos una oportunidad.

Manuel el inspector vivía en un conventillo, que era una vivienda comunitaria, tenía dos habitaciones para él y su familia, allí se llamaban piezas que utilizaban como dormitorios, comedor, algunas veces como cocina o lugar para higienizarse. Había un gran patio central donde se desarrollaba la vida cotidiana, se lavaba, se tendía la ropa, se conversaba y algunas noches hasta se organizaban bailes. Algunas jaulas con pájaros y algunas macetas con geranios rojos formaban parte de la modesta decoración. Los baños eran comunitarios y estaban en el patio exterior. Para Casi todo era una novedad, nunca había visto una casa así, pero se sentía protegida. ¡Todo era mejor que el calvario que había vivido, por primera vez se sentía libre! Jugaba con los chicos y las chicas de su barrio provisional, ya no le gritaban por todo, ya no le pegaban, tenía un trozo de pan para llevarse a su boca y un plato de comida caliente. A veces les pedía que la pellizcaran, era para demostrarles que ya no sentía nada, que no le dolía, y entonces se quedaba impasible. Probablemente le hacía daño, pero su memoria encharcada de malas experiencias hacía que lo asimilara como algo soportable. Igual que había asimilado como algo quizás no soportable, pero como mínimo sí perdonable, que su madre la abandonase, siendo tan niña. Su interior era un desierto de afectos azotado por tormentas de violencia física y psicológica. Pero ante todas esas cosas tan malas que había vivido, no mostraba resentimiento. Transcurrían los días y Casi iba acomodándose a su nueva realidad. Manuel, hablando con sus conocidos, le consiguió un empleo en casa de un matrimonio de clase media alta, médicos ambos con un niño pequeño al que iba a tener que cuidar y además hacer las tareas del hogar.

Eugenia y Javier eran personas de noble corazón y enseguida se percataron de las carencias de Casi y se interesaron por ella. La animaron a que fuese a una academia para que le enseñasen a leer y escribir, para ella era como un sueño poder hacerlo. Así que sin pensarlo demasiado se anotó para comenzar sus clases, era inteligente, lista y muy ávida por aprender. Se le abría un mundo totalmente nuevo, que le apasionaba. Su vida había cambiado, qué duda cabe, pero ella quería lograr más, quería ser alguien en la vida. Transcurrieron dos largos años, sus patrones, que mucho la apreciaban por lo bien que hacía su trabajo y lo dispuesta que era, lograron que la cogieran como aprendiz en un reputado taller de la ciudad en los años cuarenta, pero solo podía ir después de las seis de la tarde. Sus ganas y sus condiciones para la costura eran tantas que en poco tiempo se vio ganando un dinero extra cosiendo por las casas de la zona y luego como ayudante de un sastre. Era una joven costurera que soñaba con convertirse en modista. Se acercaban los carnavales y se organizaban grandes bailes de disfraces en la ciudad.

En uno de los talleres tenían que realizar un disfraz de florista para una clienta muy especial. Casi tenía mucha idea de diseño y buen gusto para confeccionar las prendas, y pidió que le dejaran hacer el traje. La modista jefa se sorprendió, pero en su interior sabía que ella era responsable y quería darle esa oportunidad. Dejó que realizara los patrones del traje, y cuando lo vio en el maniquí armado en papel de molde se quedó sorprendida, le dijo que lo iban a cortar juntas y que lo armaría bajo su supervisión. Realizó un diseño tan impresionante que llamó la atención de un cliente asiduo al taller, muy importante. Era un hombre apuesto, jovial y adinerado, casado con una bella joven perteneciente a la clase alta de la sociedad montevideana, que no era otra que la mujer que vestiría el traje de florista en el baile de gala de Carnaval de uno de los hoteles más importantes de la ciudad. Unos días antes del evento se realizó la última prueba del traje, su terminación implicó muchas horas de trabajo, hasta altas horas de la madrugada, pero Casi era una trabajadora impenitente. El vestido causó tal furor, que ganó el primer premio en el baile de disfraces, y salió la foto en las notas sociales de la prensa local. Tuvo tal repercusión que un hombre en particular relacionado con el mundo de la moda se interesó por la persona que lo realizó, se informó donde trabajaba y un día la esperó a la salida para ofrecerle ser la responsable de un taller de costura de trajes de novia. No se lo podía creer, la vida seguía su curso, y Casi, envuelta en ella, necesitó varios días para responder a la propuesta, porque su vida daba un cambio importante y era consciente de ello. Su respuesta obviamente fue un sí, y el comienzo de una nueva etapa que la llenaría de ilusión y alegría.

Trabajó treinta años cosiendo trajes de novia en su casa, se casó, tuvo una hija, luchó siempre por llevar su vida adelante con dignidad y sin rencores. Ella, como tantas otras mujeres de aquella época, de forma anónima, aportaron su granito de arena a la historia viva de la moda, escribiendo desde la sombra, puntada a puntada.

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