CEREZAS – Noelia Rodríguez de Celis

Por Noelia Rodríguez de Celis

Son las 4 de la mañana y me despierto con una sensación que me ahoga, zafándome de una ola que me voltea y, angustiada, necesito coger aire. Con la respiración entrecortada y el cuerpo paralizado del cansancio, pienso en el maldito momento en el que accedí acompañar a Juan a visitar esa clínica de salud mental donde quiere ingresar a su madre.

El viaje aumenta mi malestar. El tenso silencio entre nosotros me aplasta como una losa. Al llegar siento un escalofrío que me impide bajar del coche.

-Vamos -dice autoritario Juan.

Observo la finca solitaria, con amplios jardines arbolados y frutales, como ese cerezo bajo el cual asoma un banco rojo que llama mi atención, al ver entre las tablillas cerezas pudriéndose.

El edificio es un gran chalet algo obsoleto que contrasta con un moderno porche acristalado. Me sobresalta un hombre que sale a nuestro encuentro con los brazos abiertos caminando con una vitalidad que parece bailar. Se presenta como Rafa, el encargado de enseñarnos el centro y explicarnos los cuidados de los terapeutas donde no solo hay terapias, sino fitness, yoga, meditación. Pierdo el hilo. No puedo evitar pensar en mi suegra a sus casi 90 años saludando al sol o jugando al baloncesto en esa canasta de ahí… ¡qué locura!

El hastío me invade, quiero volver a mi cama, me siento demasiado cansada para tanta palabrería.

Me abruma la amabilidad de Rafa, que nos acomoda en un acogedor porche con vista a los jardines y sillones de mimbre blancos. Pero no es mi cama.

Rafa te arrastra al “buenrollismo”. Nos invita a comer interesándose por nosotros, nuestros hijos. Juan le habla de la reforma que hemos hecho en nuestra nueva casa, hasta que llegamos a la parte de lo bien que va a estar atendida mi suegra, fijando ambos su mirada en mí.

Me evado de la conversación y pienso que a mi madre no la llevaría a 300 kilómetros de casa, donde no podría ir a visitarla, pero Juan no me deja opinar al respecto, “es mi madre”, sentencia.

Lo más agradable del edificio es el salón-cafetería, distribuido en distintos ambientes, el de butacas con diferentes formas y colores; la zona de cafetería tradicional con mesas y sillas, donde destaca una estantería con juegos y libros, y la pequeña barra desde donde se dispensan cafés y bebidas.

El salón está ocupado por varias personas leyendo, jugando a las cartas, tomando un café, o paseando.

Percibo entonces que la gente es de edades variadas. Hay un grupo de veinteañeros escuchando el punteo de guitarra de uno de ellos, varias mujeres de mediana edad jugando a las cartas, un hombre maduro leyendo en una butaca reclinable, y un par de octogenarias tomando un café, mirando cada una su taza sin mediar palabra.

Es un ambiente aparentemente apacible, pero en ese momento me doy cuenta de que no es un sitio para una demencia senil. Pregunto a Juan, ¿qué hacemos aquí? Caigo en la cuenta de que me lleva esquivando desde que llegamos, aunque no es inusual entre nosotros. Veo acercarse decidida a una mujer uniformada con traje azul que, dirigiéndose a Juan, nos dice que la doctora puede recibirnos.

Entramos a un despacho pequeño, blanco, y de frente en la mesa, la directora y psiquiatra del centro, una mujer curtida y firme, pero con un aspecto juvenil, con su bata blanca y el pelo teñido rubio cenizo entrelazado en un recogido despeinado. Las gafas de pasta de color rojo se apoyan sobre la punta de su nariz, y sin dirigirse a nosotros, escribe en una carpeta protegiéndola de miradas indiscretas.

Suavemente levanta su cabeza y nos mira, escrutándome sobre todo a mí, lo cual me saca de mi letargo. Lleva su mirada furtivamente de vez en cuando a Juan. Después de un silencio sepulcral, en el que casi hasta dejo de respirar, nos empieza a preguntar cómo nos encontramos, cuántos hijos tenemos, cómo hemos hecho el viaje… A cada pregunta solo contesta Juan, de mí solo está presente mi cuerpo, en mi cabeza la neblina empieza a bajar. Entonces vuelve a salir la reforma de la casa. La neblina baja más deprisa. Le comenta que a mí me ha alterado mucho, que estoy muy estresada, fuera de mí, que no soy yo. En ese momento consigo enfocar mis ojos que pasan de uno al otro, como si estuviera viendo un partido de tenis. La doctora, en silencio, me mantiene la mirada, hasta que dice:

– Juan ¿te importa dejarnos solas?

– Claro, voy a recepción para el papeleo.

– Juan, ¿qué quieres que diga…?

La puerta se cierra sin darme tiempo a terminar mi pregunta. Me giro inquieta hacia la doctora que me observa muy seria. Siento que me atraviesa con su mirada, que hasta puede leer mi mente.

– Andrea, ¿cómo te sientes?

– Bien. Cansada por el viaje.

-Tu marido dice que estás muy estresada.

– Bueno, ya sabe cómo son las obras, han durado demasiado tiempo, y yo soy muy perfeccionista. Me impliqué mucho para que todo estuviera perfecto.

-¿Duermes bien? – No entendía qué importancia tenía cómo durmiera yo, pero seguí su juego por hacer tiempo.

– Últimamente no duermo bien, me cuesta y me despierto sobresaltada muchas noches. Tengo cuatro hijos, y si no es por una cosa es por otra, las preocupaciones del día a día…

Ella no deja de escribir en sus notas.

-¿Qué edad tienen tus hijos?

-17, 15 y gemelos de 12. Por eso cuando se van al colegio me vuelvo a acostar y trato de dormir un ratito más. A veces pasan horas sin enterarme -sonrío.

-¿Tienes ayuda en casa?

-Sí, una mujer filipina, Sue, pero tengo que estar encima para que haga las cosas como tienen que hacerse.

-Bueno Andrea, vamos a salir y hablamos con tu marido.

Por fin…

Tenemos que volver a casa, quiero ver a los niños. Juan le había dejado instrucciones a Sue por si nos retrasábamos. Nunca lo había hecho antes, eso es cosa mía, pero no le di importancia. Llegaré a darles un beso de buenas noches, como siempre.

Al salir a la recepción, seguida de la doctora, me encuentro con una dura mirada de Juan, Rafa mucho más serio, y la mujer uniformada ligeramente nerviosa.

En ese momento, mi marido me dice algo que no soy capaz de entender. Miro todas esas caras serias, que se dirigen a mí, alguna incluso con cierta desazón.

-¿Lo entiendes, Andrea?

-¿Qué está pasando, Juan? No entiendo nada.

-Andrea, te tienes que quedar aquí. Estás mal y necesitas ayuda. En casa te necesitamos recuperada.

-¿Cómo que quedarme aquí? Yo tengo que estar con mis hijos. ¿De qué estás hablando? ¿Has perdido la cabeza?

Mi voz se resquebraja en un lamento sordo, nadie me escucha. Rafa me retiene firme con lo que pretendía ser un abrazo y con su amable verborrea me dice:

– Ya verás qué bien vas a estar aquí.

-Juan, ¿qué están diciendo?

Oigo a la doctora decirle a mi marido:

– Las despedidas mejor cortas. Ya nos hacemos cargo nosotros.

Juan me mira asustado, me da un beso furtivo en la frente, y antes de poderme agarrar a él desesperada, sale corriendo del vestíbulo sin mirar hacia atrás.

Mis piernas no responden, se me nubla la vista y me siento desfallecer.

Una pequeña comitiva, al son de mis sollozos, me dirige por un largo pasillo. La angustia me come por dentro. No entiendo nada. ¿Por qué Juan me ha traído aquí engañada? En ese momento se me nubla la vista, siento un mareo, no tengo fuerzas para resistirme… Al grupo se une una enfermera que me hace tomar una pastilla, “para calmarte”, dice.

Sin fuerzas me tumban en la cama y me ponen mi pijama. ¿De dónde ha salido mi pijama? ¡Yo sólo llevo mi bolso! ¿Dónde está mi bolso? ¿Y mi móvil?  ¿Qué broma macabra me están gastando? De repente todo se vuelve negro.

 

– Juan, soy Miriam, ¿cómo quedó mi hermana?, ¿crees que entenderá lo que estamos haciendo?

– Eso espero, porque se está muriendo en vida y nos arrastra a todos.

-¿Estás llorando?

-Ha sido muy duro dejarla allí…

-Todo saldrá bien, lo acabará aceptando.

 

No sé qué hora es cuando despierto. Oigo pájaros cantar.  Abro los ojos y efectivamente no es un sueño, no estoy en mi habitación, ésta es pequeñita, donde veo una butaca de cuadros rojos y blancos, un pequeño aparador sencillo y un espejo más sencillo aún sobre él.

Sobre la butaca está la ropa que llevaba ayer y ¡mi bolsa de viaje! No puedo moverme. Los ojos se me vuelven a cerrar. Estoy muy cansada… me vuelvo a dormir.

Alguien entra en mi habitación y oigo en la lejanía:

– Andrea, soy Inés, asistente del centro, tienes que levantarte, necesitas comer. Ya es hora de que te incorpores a la rutina del centro.

-¿Por qué estoy aquí…? – acierto a decir sin saber si mis palabras suenan coherentes.

-Te ayudo a vestirte y te acompaño al comedor, allí te esperan tus compañeros.

– ¿Compañeros de qué? – el terror atenaza mis músculos.

No, no, no, no, yo no conozco a esas personas ¿y si están locos? ¿Cómo me voy yo a relacionar con locos? Esto es cosa de Juan, se quiere librar de mí. De repente mi cerebro empieza a ir demasiado deprisa. ¡Es eso! ¡Quiere dejarme! ¡Esto no es más que una artimaña para hacerme parecer una loca y quitarme a mis hijos! Tengo que salir de aquí.

Me señalan mi sitio en una mesa con otras tres mujeres. A un lado una treintañera con el pulso tembloroso que come compulsivamente sin mirar a nadie; al otro lado una mujer mayor, seria, callada, que da vueltas a la comida; de frente una mujer de mi edad aproximadamente, rubia y de ojos verdes que me miran con ternura y expectación. El resto del comedor está lleno de gente pintoresca. Me centro en la rubia, que es la única que me mira y le susurro:

– Esto es un complot entre mi marido y su abogado, quiere separarse y quitarme a mis hijos… ¿sabes cómo puedo salir de aquí?

La rubia, sorprendida, me pregunta:

-¿Estás bien?, no tienes buena cara, es normal que estés asustada, pero aquí te pueden ayudar.

La treintañera se mete un trozo de pan en el bolso y se marcha decidida sin decir nada.

-¡No necesito ayuda! Me han tendido una trampa… ¿Tú estás aquí voluntariamente?

– Sí, depresión provocada por un estrés crónico por culpa del trabajo, de la que no me di cuenta hasta que exploté y lo único que sentía era miedo a vivir.

– No es mi caso.

– Eso pensaba yo y este centro era mi última esperanza para mitigar mi dolor. En mi entorno nadie me entendía, todos decían: “lo tienes todo, no tienes derecho a quejarte”. Pero la depresión no es tristeza, es una enfermedad silenciosa, invisible, incomprendida, por eso mucha gente queda camuflada entre ciegos que no son capaces de ver.

– ¡Yo no tengo estrés crónico, y mucho menos depresión…!

-¿Estás segura?, mira Celia -se refiere a la octogenaria de mi derecha, impasible a nuestro lado- lleva más de 5 años con depresión, la trajeron sus hijos porque solo dormía, ni siquiera comía. Y aquí está, haciendo el esfuerzo por comer, ¿verdad, Celia?

-Sí, cariño… pero tampoco sé por qué estoy aquí…

La rubia le acaricia el brazo,compasiva.

Ésta no me conoce de nada, ¿no se dan cuenta de que solo estoy cansada? ¡Tengo que salir de aquí!

Pero los días pasan sin encontrar esa salida y la rubia se empeña en acompañarme a las terapias, a dar paseos. Sí, su compañía es agradable, y siento una paz extraña creciente. El banco rojo se convierte en nuestro rincón favorito, y le ponemos nombre a cada cereza que cae y se esconde.

Pero por mucho que se empeñen, no tengo depresión, ni estrés. No soy una de estas cerezas que se confunden en el banco y se van pudriendo sin que nadie las vea, o ¿quizás sí?

 

RELATO DEL TALLER DE:
Taller de Escritura Creativa

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Elisa

    Enhorabuena por tu descripción de la desazón personal, de la angustia vital…

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