CLARA – Mª Asunción de Bustos Marín

Por Mª Asunción de Bustos Marín

He vuelto a ver la foto tan bonita que te hicieron. Ésa en la que apareces con aquel vestido negro con lazos blancos sobre los hombros. ¡Qué ilusionada ibas a aquella fiesta! ¿Por qué no te acompañé? Recuerdo que era el mes de julio, sin embargo las noches eran frescas y, ahora lo recuerdo, discutimos por un viejo mantón de Manila de la abuela. Dichoso mantón que ni sé dónde está. Ya no te volví a ver más… Te miro: tu vestido negro, tu pelo negro que apartas con la mano, esos lazos blancos y tu nombre: Clara. Sigo sin recordar la razón que me impidió acudir a aquella fiesta. La estuvimos esperando durante meses preparando posibles atuendos. Vestidos, faldas, blusas y pantalones salían del armario a la cama impulsados por el ansia de nuestra emoción. Nunca habíamos asistido a una gran fiesta y ésta iba a ser la primera. Te acompañó Valeriano, con su extravagante pañuelo de colorinches al cuello como un intelectual empoderado cuando apenas estaba en cuarto de carrera. A ti te encantaba Valeriano, pero no lo decías. A mí también. Nos lo presentó nuestro primo de Méjico hace años cuando vivíamos en aquel piso enorme de la calle Maipú en Buenos Aires. Luego no le volvimos a ver hasta que apareció un buen día por Madrid tiempo después, cuando a nuestro padre le trasladaron definitivamente a España. A mamá Valeriano le parecía fascinante. Culto, educadísimo, tanto que chocaba un poco comparado con la juventud de entonces; decimonónico y verdaderamente encantador. Le encantaba pasearte por Madrid. Eras tan guapa, tan alegre y vivaracha con aquel largo y ondulado pelo de un negro brillante y esos ojos gigantescos que reían por sí solos. Yo te admiraba tanto… Mamá todas las tardes cuando regreso a casa me pregunta: -¿A qué hora viene Clara? -Pronto – le contesto. Esa palabra para mí ya no tiene significado alguno. Estoy cansada de esperarte. Valeriano a veces me llama cuando pasa por Madrid, procuramos no hablar mucho de ti pues nos supone un trago demasiado amargo. Se preocupa por mamá, ya casi no le reconoce; le hace regalos que le trae de sus viajes a Oriente. Ahora tiene un novio japonés, Iwao. La tarde de la fiesta te fuiste ilusionada con el vestido de organza, te quedaba mucho mejor que a mí. Todo te quedaba mejor que a mí, hasta la sonrisa. Ese vestido de organza es lo único que me queda, arrugado y desvaído. Es lo que me entregó Valeriano aquella madrugada. -Flotaba en el estanque -me dijo. -¿Y Clara? Aquel estanque enorme que había en la casa desvencijada de los amigos de Valeriano. Fuimos una vez de visita con mamá después de que papá falleciera. Una casa que parecía sacada de una novela sureña con terraza de columnas gigantescas abrazadas por las glicinias. Había una gran escalinata de mármol blanco cubierta de hiedra por donde se paseaban orondos los pavos reales. Sus graznidos ensordecían la noche adornando el silencio con misterio. En el jardín, también había jaulas en las que habitaban papagayos y monos enloquecidos que chillaban y brincaban sin ton ni son. Según nos contaron, antiguamente se soltaba algún animal salvaje para que los invitados pudieran darle caza. Te encantó ese lugar, te hacía sentir como una emperatriz que paseaba por sus territorios, rodeada de pretendientes babeantes y criados con bandejas de plata. A mí realmente no me gustaba mucho, lo encontraba lúgubre y demasiado abandonado. Valeriano y tú os dedicasteis a contarme historias tenebrosas y a darme sustos cuando me distraía. Lo pasamos bien ese día, nos agasajaron de lo lindo con champán a raudales, mamá estaba feliz, en su salsa escuchando historias de otro tiempo y aventuras inexistentes de Valeriano. Aquel estanque… con su puentecillo de rocalla para pasar al otro lado y una especie de templete japonés en medio. Allí se colocaban cuando celebraban una fiesta, los músicos que amenizaban el baile. Estaba plagado de tortugas californianas que los niños por generaciones habían tirado allí hartos de tenerlas en casa. Era oscuro, y el agua estancada despedía un olor desagradable según soplara o no el viento. Era lo suficientemente profundo para poder nadar en él, quien se atreviera, e incluso dar un paseo en barca. Tú nadabas muy bien, todos los estilos, de manera elegante y grácil, como si hubieras nacido sabiendo. -¿Y Clara? Valeriano, con la cara descompuesta como cuando la alegría se va de golpe y por sorpresa, no me respondía. Se quedó clavado, absorto con la mirada perdida. Yo sólo me fijaba que ya no llevaba su pañuelo al cuello. Mamá dormía y yo me sentí más sola que nunca. Durante los días siguientes, eras el nombre más repetido. Dijeron que te escapaste con un amante desconocido, que nadie te recordaba en aquella fiesta, que te debiste caer al estanque y éste te engulló… -Pero el vestido yo lo tengo, Valeriano me lo dio… Tu cuerpo no nos lo entregó nadie. Desapareciste. Te esfumaste. Valeriano te buscó sin parar, preguntó por ti a todos en la fiesta, invitados, camareros, músicos. Nadie recordaba haberte visto. Hasta que vio tu vestido flotar en el agua turbia del estanque. ¿Qué hiciste, Clara? ¿Qué anhelabas que yo no supiera? ¿Dónde te has ido? Estoy cansada de esperarte. Semanas después llegó un sobre sin remite con tu fotografía. Sonreías a alguien que no era el fotógrafo, me di cuenta más tarde y nos volvimos locos para localizar a quien la había hecho. Nadie recordaba ningún fotógrafo aquel día. Ni nadie con quien hablamos había sacado fotos tampoco. Valeriano nunca ha querido verla. Está guardada en un cajón, en el mismo sobre que llegó. Desteñido y ajado protege tu imagen celosamente. Hoy la he vuelto a ver porque hace muchos años que me faltas, porque no sé si en el fondo te odio y debía decírtelo mirándote de cerca. ¿La enviaste tú para torturarme aún más a base de incertidumbre? Me abandonaste, dejándome en la oscuridad de mi vida gris, cuidando de una anciana que ni pronuncia mi nombre y un amigo eterno que me visita por compasión. Repito tu nombre en voz alta: – CLARA, CLARA- y se queda suspendido en el aire porque no tiene donde ir. Sigues para mí cosida a mi pecho como cuando nacimos, pequeñas y arrugadas, dos en una, con el alma común. Yo sé que sigues viva en alguna parte. Lo sé porque aún respiro. Ojalá algún día tú también repitas mi nombre. Estaré pendiente para oírlo. Todas las cosas de casa las voy a donar, demasiados recuerdos que no me permiten descansar. Aún de vez en cuando me visita el comisario Romero, con su ceceo imposible me pregunta si estoy bien, si he sabido algo que pueda ayudarle… -Olvídelo, comisario, lo más seguro es que el estanque se enamorara de ella y se la llevó. Mientras guardo todo en cajas y limpio con esmero los viejos libros de la biblioteca, me parece sentir, débilmente, el sonido de mi nombre enredado entre el polvo. –

RELATO DEL TALLER DE:
Taller de Escritura Creativa

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. María José Amor Pérez

    Muy bonito aunque triste claro. Pero así es la vida, no todas las historias tienen final feliz

  2. Montse

    Me ha gustado mucho. Muy bien escrito

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