CONGO, FRONTERA FLUVIAL – Jose Angel González Tausz

Por Jose Angel Gonzalez Tausz

Los eventos acontecidos en septiembre de 1991 en Kinshasa tuvieron como consecuencia, entre otras, el cierre de su Aeropuerto internacional, Ndjili.

El pillaje espontáneo y generalizado de la población llenaba las calles de sofás, televisores y todo tipo de muebles ambulantes que se desplazaban a dos y cuatro patas, siempre apoyados en la cabeza de sus beneficiarios. Era como una mudanza surrealista y universal. Todo ello presidido por el retumbar de los cañones de artillería de lo que, se suponía, era un golpe de estado improvisado. La incertidumbre, el caos y el miedo fueron sentimientos colectivos hasta el aterrizaje de una brigada de paracaidistas franceses, en auxilio del régimen del presidente Mobutu,. Durante un año Kinshasa quedó casi desprovista de blancos, especialmente de blancas. Sólo quedaba la travesía del Río Congo como vía exclusiva de acceso a la capital del Zaire.

Había que llegar primero al aeropuerto de Maya-Maya, en Brazzaville, pasar noche y, desde ahí, entregarse a la aventura de cruzar el Río Congo. Y digo bien, aventura, a pesar de haber hecho esa travesía más veces de las que soy capaz de recordar. Cada cruce era diferente. Tal era la cantidad de circunstancias que podían cambiar.

Buenos días,  Señor N`Gonz.  Veo que nos  deja  esta mañana.  ¿Va usted a Kinshasa, como de costumbre? ¿Le pido un taxi?     preguntó solícito el jefe de la recepción del Hotel Meridian.

Sí, gracias, por favor, llámelo.

Keba era el nombre del conductor que me tocó en suerte. Aunque su nombre cristiano era Antoine, yo siempre les llamaba por su nombre congoleño, aquel que utilizan sus madres para nombrarlos, su nombre africano original. Llegaba con una sonrisa blanca, radiante, sobre fondo negro. Traía una camisa de un color claro ya olvidado, de cuello raído y una corbata negra cuya punta levantaba palmo y medio de la hebilla del cinturón. Delgado, posiblemente a la fuerza, se le veía feliz del reencuentro. Cargado el equipaje, procedí al protocolo de despedida.

Coral de sonrisas, inclinaciones y agradecimientos siempre tan amables como interesados. No me gusta repartir pequeñas propinas. En su lugar prefiero pagar alguna, oportuna y justificada, de montante escandaloso que dé que hablar al personal del hotel. De esta manera me garantizo un mejor servicio, abusando de que la esperanza no tiene límites.

Ya en el coche, pensaba en el pobre Philippe, el delegado de nuestra empresa, y en cómo lo estaría pasando. Kinshasa no es el mejor sitio para sufrir un infarto. Se supone que el seguro internacional debería cubrir los gastos de expatriación en un avión medicalizado. Ante la duda de enviarlo a Johannesburgo o a Bruselas, los médicos decidieron que no estaba para volar a ningún sitio. Me preguntaba qué había pesado más en la decisión, si el ahorro de la compañía de seguros o el negocio del hospital local. Llevaba una cantidad indecente de dólares para hacerme cargo de todos los gastos e imprevistos, sabiendo que estos últimos serían mayoría.

 

Absorto en mis pensamientos no reparaba en el paisaje urbano. Me sorprendí a mí mismo en lo que tantas veces había criticado: no prestar atención al momento presente. Y me propuse disfrutar del resto del trayecto. Amanecía y la niebla tibia de la mañana aún estaba pegada al suelo y atrapada entre las copas de los árboles. Era el lienzo perfecto de un cuadro abstracto: el de la gente caminando en multicolor procesión. Las casas y edificios coloniales, rodeados de exuberantes jardines entre muros encalados y sus plataneras gigantes, convivían con los nuevos de cristal y metal, símbolo de modernidad y prosperidad. Bromeando, me gustaba decir, para regocijo de unos e indignación de otros, que Brazzaville es el barrio más bonito de Kinshasa. Ciertamente Kinshasa es diez veces mayor en población y en extensión; también más caótica y viva. Brazzaville, por el contrario, es una ciudad ajardinada, más ordenada y tranquila.

Pasamos por la basílica de Santa Ana, en el barrio de Poto-Poto.

Keba ¿vamos bien de tiempo?

Sí, patrón.

Siempre voy tan deprisa que nunca tengo tiempo de visitarla. Esta vez quería que fuera diferente. Era una bella obra de arquitectura moderna con elementos europeos y africanos. Una fachada triangular, totalmente lisa, rasgada por un arco ojival cuyo relieve hacía de pórtico; enmarcaba una puerta de bronce con escenas en bajorrelieve de la vida de Santa Ana. Un tejado, de tejas verdes, a dos aguas, cubría la nave principal y era soportado por arcos de ladrillo en forma de puntas de lanza, que otorgaban verticalidad y elegancia al conjunto.

Ya dentro, el bisbiseo de los rezos no llegaba a romper el silencio. La tenue luz de los candelabros no disipaba la penumbra y el frescor del aire invitaba al recogimiento.

En el espacio de tiempo que un telón se levanta, el alba dio paso a una luz radiante que entró en tromba entre los arcos, asumiendo el protagonismo de la arquitectura. Diríase que ella, la luz y no los pilares, era la que soportaba la bóveda de la basílica. Así era un amanecer en Congo en aquella Iglesia.

Patrón, debemos irnos, se hace tarde    dijo el bueno de Keba, susurrándome al oído, ajeno al espectáculo.

Bajábamos la calle de la estación que llevaba al puerto. Allí estaban, al fondo, todos juntos, al acecho, de mil colores, mal vestidos. Al menos eran treinta y habían puesto sus ojos en nuestro coche. Bueno, más bien en mí y en mi equipaje, fuente de su sustento. Cuántas veces había visto blancos inexpertos luchar, como uno más, por recuperar el control de sus maletas en medio de un violento torbellino de desesperados por ganarse el desayuno del día. Keba se sabía en buenas manos, eso no iba a pasar con nosotros. Empezaba la ceremonia de acogida.

Keba, pare a 30 metros, delante de ellos.

Sí, patrón    contestó agudizando los sentidos, atento a mis órdenes.

Deje que se acerquen. Ya vienen, corren hacia el coche, mantenga la calma, Keba, atención    y alzando la voz    ¡ahora! ¡vamos, vamos!

Se deslizaron los neumáticos en la tierra roja. Dimos marcha atrás cincuenta metros, luego giramos y paramos el coche. Dejé que se posara el polvo levantado. Salí del coche con calculada parsimonia y me apoyé atrás, en el maletero, sin llegar a sentarme. Les esperaba. Crucé mis brazos, subí el mentón con ademán autoritario y me rodearon. Yo miraba a los ojos de todos y de cada uno, y todos me miraban a mí. Se hizo el silencio ¡Cuánto tiempo me costó aprender a tensar los silencios como riendas! Grupo heterogéneo, donde al más alto le sacaba una cabeza, al más viejo una década y al más grande y pesado, al menos una arroba. Con voz autoritaria y potente pregunté:

¿Quién es el jefe aquí?

Se produjo un murmullo y alguien levantó la mano y gritó: soy yo, soy yo. Visto quien se proponía, se atrevieron algunos más a gritar: soy yo, soy yo. Y pronto se montó una algarabía.

Al fondo, uno de los más jóvenes con voz clara y aflautada, gritó:

¡Aquí el jefe eres tú, patrón!

Todos dirigieron la mirada hacia él y, sin necesidad de batuta alguna, un momento después, la dirigieron hacia mí de forma sincronizada. Mi gesto, de reproche colectivo, se transformó en teatral satisfacción. Con los brazos estirados y las palmas de las manos abiertas, señalaba a aquel joven. No cabía la menor duda, él era el elegido. Cabizbajos, los demás dejaron la escena sin mediar palabra ni reproche alguno.

Nos quedamos los dos solos, cara a cara.

¿Sí, patrón? Dijo con una sonrisa franca, enorme.

¿Cómo te llamas?

Me llamo Alex, Patrón

Vale, Alex, pero ¿cuál es tu nombre africano, como te llama tu madre?

Nimi, patrón.

Nimi, coge la maleta, nos vamos. ¡Ah! y deja de llamarme patrón

Sí, patrón.

Mientras, Keba cerraba la puerta del maletero y se despedía amablemente de mí.

Gracias, Keba, buen trabajo. La próxima vez te llamaré directamente a ti.

Patrón N Gonz    dijo, queriendo llamar mi atención

¿Sí?     dije, dándome media vuelta.

¡Las gracias no se comen!      añadió, sonriendo, ladeando la cabeza con las palmas de las manos hacia arriba.

Por supuesto, Keba, disculpa. Toma, seguro que esto es suficiente, pero espera a que el barco salga antes de irte, ¿entendido?

Gracias, patrón N Gonz. Esperaré    asintió Keba, esta vez con las palmas de las manos juntas y con una ligera inclinación de cabeza en gesto de agradecimiento.

Ahí iba Nimi, precediéndome con paso ligero, con mi maleta sobre la cabeza sin ayuda de sus manos, moviéndose con facilidad y armonía. Nunca entendí esa manía de ponerse todos los pesos en la cabeza, pero les funcionaba.

Llegó Nimi al puesto de control de inmigración donde había una cola de pasajeros de longitud y forma desalentadoras. Aquel caos de olores, sudores y colores se comprimía con inusitado dinamismo en torno a la ventanilla presidida, digo bien, presidida, por un funcionario consciente de su poder. Él era el dueño del tiempo, cancerbero insoslayable de la puerta que abría el paso al otro lado del río. Nimi me hizo un gesto, asentí con un movimiento de cabeza y vino corriendo para que le diera el pasaporte. Mientras Nimi hablaba con el oficial en la caseta, trataba yo de reprimir ese maldito sentimiento de culpa por disfrutar de tan injusto privilegio. Nunca conseguí reprimirlo lo suficiente como para renunciar a él ¡Cosas de blancos! pensé para mí, despreciando el residuo insoluble de conciencia que aún me quedaba. También hay clase preferente en los aviones, me dije tratando de racionalizar las cosas.

Salió personalmente el jefe de inmigración a entregarme el pasaporte. Nos saludamos con tal respeto y dignidad que parecía que estuviéramos firmando un tratado de amistad entre dos estados.

Sólo quedaba el paso por la aduana. Animado por la confianza que da el éxito, Nimi cometió un error al saltarse corriendo el control de la aduana, dejándome atrás, pensando que ya lo arreglaría yo con los oficiales. Eso me enfadó y le grité, haciendo todo lo posible para que me oyeran y vieran los oficiales:

¡Párese, párese inmediatamente y vuelva!      le ordené, llamándole de usted para darle más dramatismo a la escena. Volvió sobre sus pasos, esta vez agarrando la maleta entre sus manos, no fuera a ser que se le cayera de la cabeza del miedo que tenía.

Deposite la maleta en la bancada para que estos señores oficiales puedan inspeccionarla. Vamos, no quiero dudas ni dilaciones.

Acompañaba al timbre de mi voz una postura corporal de inequívoca factura castrense.

Oficiales, les ruego sepan disculpar la conducta de mi asistente. Les aseguro que tomaré las medidas necesarias para que esto no se repita dije, extremando firmeza y cortesía. Ya saben la falta de respeto a la autoridad que tienen estos jóvenes de hoy  añadí, con un tono de complicidad.

A lo cual reaccionaron saludando militarmente con un fuerte taconazo en posición de firmes. El de mayor graduación se dirigió a mí diciendo:

Patrón, no es necesario inspeccionar la maleta, puede usted proseguir.

Miré a Nimi con severidad y le señalé con mi dedo índice la maleta.

Nos alejamos en silencio hasta que me aseguré de que los guardias nos perdían de vista. Entonces toqué el hombro de Nimi y me miró aún asustado, hasta que le guiñé un ojo y me eché a reír. Fue tal la carcajada que nos contagió que tuvo que dejar la maleta en el suelo para poder llorar, aliviado, de la risa.

Por fin, llegábamos al muelle. Nadie había montado aún en el barco y se veían caras de desolación. El que parecía el capitán se dirigió a mí.

Lo siento, señor, hoy no podremos salir. Mañana espero que todo esté arreglado y podamos cruzar el río.

¿Está usted hablando en serio? ¿pero qué ha pasado? Pregunté, horrorizado.

El motor se ha roto    dijo, totalmente satisfecho de su respuesta.

Ya está, cinco palabras eran suficientes para describir la catástrofe y el eco se repetía una y otra vez en mi mente.

Empecé a repasar la lista de cosas que tendría que hacer. Para empezar, tenía que volver al hotel, llamar al hospital y tratar de tranquilizar a Philippe.

Palabras como paciencia, perseverancia y resiliencia adquieren su verdadero significado en África, pero aquella mañana sólo una dosis de amarga resignación podía aliviar mi estado de ánimo.

Al día siguiente y dejadas atrás, de nuevo, las formalidades de inmigración y de aduanas, me disponía a abordar la vieja plataforma, mil veces reparada que, a modo de transbordador, unía las dos capitales más cercanas del mundo, Brazzaville y Kinshasa. En aquellos tiempos la línea del horizonte de Kinshasa vista desde la otra orilla, todavía era reconocible. Apenas el edificio de Sozacom y el monumento a Lumumba destacaban sobre una masa verde de copas de acacias que ocultaban la multitud de casas y edificios coloniales del barrio de la Gombe. Muchos años después, decenas de rascacielos de cristal se reflejarían en las aguas del río Congo.

Era el único blanco en el transbordador y, por supuesto, no iba a renunciar a los privilegios que la tradición y costumbres africanas nos otorgan a los que somos conscientes de nuestra condición. Quedaban lejos los tiempos en que mi actitud corporal autoritaria y mi mirada directa y amable habían dejado de ser impostadas.

Más de cien personas, casi todas mujeres, una tripulación vestida con los harapos de lo que algún día fueron uniformes, algunas cabras y gallinas, constituíamos el pasaje animado de aquel cascarón de hierro. El exceso de carga pasaba desapercibido por la costumbre. Sacos de fufú y de arroz, pescado ahumado envuelto en hojas de platanera y todo tipo de bultos mal embalados ocupaban completamente la cubierta. A bordo, colores y olores difuminados por la bruma y el viento, a estribor la espuma y el rugido del agua de los rápidos de Kinsuka.

Después de varias explosiones, el motor se paró. Miedo, incredulidad y resignación se expresaron con un silencio unánime y dramático. Los esfuerzos de la tripulación por arrancar el motor fueron vanos. Estábamos a la deriva arrastrados por una corriente de velocidad y oleaje crecientes. El timón no podía mantener la dirección hacia la orilla y corríamos el peligro de llegar a los rápidos. Todavía estaba a tiempo de saltar al agua.

Una ola levantó la proa, la carga se desplazó y parte cayó al agua. Gritos, llantos, desesperación. Tres mujeres rezaban en Lingala.

Estos cabrones seguro que han robado el combustible; este trasto lleva años sin mantenimiento ¡Qué cojones hago yo aquí!, vaya manera más estúpida de morir. Si me ato a esta columna, quizá sobreviva.

Un barco patrulla se acercaba rápidamente a nosotros. Nunca el ulular de una sirena produjo en mí tanta alegría. Aquella noche cené con Philippe en el hospital. Fuera ya de peligro, celebrábamos la vida.

 

 

 

FIN

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