CUANDO LA DUDA VENCE AL MIEDO – Verónica Alfonsín Dieguez

Por Verónica Alfonsín Dieguez

Como cada mañana se levantaba muy temprano para salir a correr. No conocía mejor forma de liberar adrenalina y ordenar sus ideas. Tras la ducha, preparaba un buen café a fuego lento y lista para empezar el día decía ella, aunque llevase más de dos horas despierta. Sus manías.

Lucía tenía 35 años y había decidido darse un cambio de aires. Llevaba unos años sin pareja y creía haber perdido la capacidad para enamorarse. Se sentía estancada en su trabajo y además, había cogido la mala costumbre de llenar su vida de un montón de cosas que luego no la satisfacían. En su entorno se había desatado un baby boom y esto fue un tema que empezó a quitarle el sueño, sin ni siquiera ser consciente. Dejó su trabajo indefinido en Gijón tras 11 años prestando sus servicios en una gran cadena multinacional. Decidió mudarse a un pueblo de Barcelona para trabajar en una empresa más pequeña y familiar. Sus compañeros y amigos durante la estancia en el Mediterráneo se acabaron convirtiendo en su familia de adopción.

Se había planteado este cambio de aires con la idea de tomarse un tiempo para ella, resetear, preparar unas oposiciones para Correos y volver a casa con una cierta estabilidad económica que le permitiera ser madre soltera. Desde la ruptura con Abel ya no confiaba en los hombres. Tras haber superado la primera ruptura… porque sí, cometió el error de volver con su ex hasta que descubrió que este iba a ser padre, ahí llegó la segunda ruptura extraoficial. Después, tuvo que enfrentarse al debut de su expareja en el mundo del narcotráfico. Fue un palo para ella, aunque ya no había amor más que en los recuerdos, resultó difícil de digerir. Cómo volver a confiar en alguien si ni siquiera llegó a conocer de verdad a Abel durante más de 5 años. Habían hablado en más de una ocasión del tema de las drogas, para el que Lucía tenía una postura inflexible y aparentemente su novio la compartía. Quizás en ese momento lo hacía y luego cambió, pero… ¿se pude cambiar tanto de idea en cuanto a valores de vida? Parecía que sí.

Siempre había sido una romántica y seguía confiando en el amor, pero creía que no era para ella. Sin contar a Abel, se consideraba afortunada en las relaciones que había tenido, aunque estas siempre fueran exprés, unos meses de ilusión y fin. Cuando la otra persona mostraba más interés que ella, comenzaba a sentir una especie de ahogo difícil de explicar y su ilusión se desvanecía de repente. Así una y otra vez. Hasta que conoció a Marc, quien llegó a su vida para romper esquemas.

Marc lo tenía todo para ella, empezó siendo un compañero de largas e inteligentes charlas y cuando quiso darse cuenta  se había convertido en el gran amor de su vida. Cumplía sus tres básicos imprescindibles: atracción, complicidad y admiración mutua. Se admiraban por cómo eran, por su forma de pensar y afrontar la vida. Con los años esto se había convertido para Lucía en el gran secreto de cualquier relación. Todo iba sobre ruedas hasta que Lucía boicoteó la bonita historia. Empezó a tener dudas, sus planes de maternidad se aplazaban y comenzaba a dejar de lado sus estudios. Entre el trabajo y Marc le quedaba poco tiempo. Quizás iban demasiado rápido. Además, ella no quería quedarse en Barcelona para siempre y no imaginaba a Marc viviendo en otro lugar. Se acabarían haciendo daño. Se estaba agobiando, tenía que frenarlo ya.

Así que a la mañana siguiente desayunó con Marc y le pidió un tiempo, no para dejarlo sino para ir más despacio y verse algo menos. En el momento le pareció que la entendía, pero ese fue el último café que se tomó con él. Marc desapareció sin dar explicaciones. Quizás él también enfrentaba sus propios fantasmas. Lucía se arrepintió enseguida, intentó rectificar, explicarle que se había precipitado y no supo manejar la situación. No quería perderlo, pero ya era demasiado tarde.

Se refugió de nuevo en sus estudios, en su trabajo y en sus familias, la real, a la que cada vez echaba más de menos y la adoptiva, que cada vez la hacía sentir más como en casa. Volvió entonces el dilema de la maternidad. Había aparcado este “proyecto” temporalmente pero, iba camino de los 37 años y no podía pensárselo mucho más. El tiempo no hace un descanso para poder pensar con claridad, se hacía tarde para meditar sin prisas.

Uno de esos domingos en los que Lucía se permitía dormir sin despertador, alguien llamó a la puerta. Se levantó a abrir y allí estaba quien resultó ser el verdadero hombrecito de su vida, Daniel. Tenía 5 años, mucho desparpajo y una expresión divertida constante. Entró caminando a saltitos, se columpió para subirse al sofá y se acomodó en una esquina mirándola. Unos ojitos castaños enormes se escondían detrás de un rebelde flequillo rubio y parecían decirle: cuéntame lo que quieras. Así lo hacían desde hacía un tiempo. Resultaba raro al principio conversar de forma tan adulta con poco más que un bebé, pero terminó siendo inspirador para ella.

-¿Entonces quieres ser mamá pero, sin un papá? ¿Eso se puede hacer? Preguntó el pequeño.

– Sí claro, no necesito un hombre para hacerlo, hoy en día hay otros métodos.

– Ah… yo creía que hacía falta la semillita de papá.

– Bueno sí, la semillita hace falta pero, se puede conseguir sin un papá.

– Entonces, sí necesitas a papá pero, no que papá se quede. Mmm… creo que lo entiendo.

– De mayor lo entenderás mejor.

– ¿Y por qué no le contaste a Marc que querías ser mamá, aunque él no quisiera tener niños?

– Era un tema delicado para hablarlo tan pronto. Yo sería mamá soltera igualmente, aunque él no estuviera de acuerdo.

– Entonces te daba igual su opinión.

– Bueno, eh… no, Daniel, no me daba igual, pero creo que no lo habría entendido en ese momento. Se justificó Lucía.

– Qué complicados sois los mayores, en vez de decir las cosas importantes en alto, os las imagináis.

– Es tarde, vamos a dormir.

Daniel tenía razón, nunca lo había hablado con Marc. Él sí había comentado que no quería ser padre. Claro que tampoco quería tener pareja hasta que conoció a Lucía. Sin embargo, Lucía no quiso indagar más, quizás porque ella tampoco tenía tan claro lo de ser una familia monoparental. Creía que podría ser madre soltera e iniciar una relación posteriormente, invertir este orden le parecía muy complicado.

 

Pasaron los meses, llegó el examen de la OPE que resultó ser un fracaso. Se había preparado el examen muchísimo mejor que en la anterior convocatoria, pero no le sirvió de nada, o quizás sí. En esa convocatoria se dio cuenta de que buscaba una salida que no acompañaba su filosofía de vida. No quería una plaza fija, le agobiaba pensar que estaría hasta su jubilación haciendo siempre lo mismo y pasarse los mejores años de su vida peleando para conseguirla. Así que decidió abandonar la academia, las oposiciones y centrarse en proyectos que le llenasen de verdad, si tenía que cambiar de trabajo ochenta y cinco veces para no perder esta ilusión, lo haría. La estabilidad laboral le parecía estar sobrevalorada. Claro que esto, no sonaba muy responsable para su futuro plan de maternidad. Lo discutiría con Daniel.

Venía correteando por el pasillo y pisoteándose el pijama. Saltó a los pies de la cama y se acomodó sobre un cojín, dispuesto a tener otra charla.

– Entonces, ¿para ser mamá es mejor comprarle una casa al banco y tener un trabajo fijo? Le preguntó el niño.

-Bueno, Dani, eso ayudaría a que las cosas fueran más fáciles.

-¿Más fácil quiere decir que seguramente serían mejores?

-Bueno no, sólo más fáciles.

-¿Y no conoces a mamás o papás que no tengan ninguna de las dos cosas?

– La verdad es que sí, conozco a varias personas.

– ¿Crees que son peores papás o mamás por eso?

– No, la verdad es que no – Lucía respiró hondo antes de contestar.

A la mañana siguiente Lucía tenía cita en una clínica de inseminación privada muy conocida. Quería hacer un estudio previo para saber que todo estaba bien y que no tendría ninguna complicación a priori como futura mamá. Todavía no tenía la edad límite que marcaba la sanidad pública para acceder al programa de reproducción asistida siendo mujer soltera. Tendría 6 intentos, en caso de que no tuviera éxito siempre le quedaría la vía privada. Aunque en la clínica, ya le habían advertido que la edad empezaba a ir en su contra, al pasar los 35 la probabilidad de un embarazo desciende.  Tendría que ahorrar mucho ya que el tratamiento era largo y no sabía cuántos intentos podría necesitar.  En el chat de madres solteras, al que se había agregado recientemente, había conocido a muchas mujeres que tuvieron que pedir varios préstamos para poder continuar. Nunca se sintió muy cómoda en este grupo, pero le parecía importante formar parte de él.

Llegaron los resultados del estudio, todo estaba bien. Podía empezar con el proceso. Era el momento de finalizar su aventura en Barcelona, buscar trabajo cerca de la familia e iniciar el tratamiento. Aún no tenía claro si era lo que quería realmente, pero tenía claro que no podía pensárselo mucho, estaba cada vez más cerca de los 40. En unos meses tenía todo listo, mudanza,  nuevo piso, nuevo trabajo y su primera cita en ginecología para iniciar el proceso. Sin embargo, todavía tenía dudas, dudas infinitas.

-¿Qué quiere decir eso de dudas infinitas? Preguntó una noche, Daniel.

– Pues que tienes dudas, y cuando crees tenerlas resueltas surgen otras nuevas.

– ¿No es bueno dudar? Dijo el pequeño.

– Sí claro, te hace cuestionarte las cosas y tomar mejores decisiones.

– Entonces, deberías dudar mucho siempre. ¿Qué es lo que te hace dudar ahora?

– No lo sé, Dani. A veces deseas mucho algo, pero sientes que no es el momento.

– Yo cuando deseo mucho algo lo quiero para ahora mismo. A lo mejor, es que no lo deseas tanto…

– Puede ser, es algo que quiero, pero no ahora mismo.

– Entonces,  ¿por qué vas a hacerlo ahora?

– Porque quizás si espero mucho, lo pierda para siempre.

– Ah vale, en realidad no lo quieres, pero tienes miedo a quererlo más adelante y no poder tenerlo. ¡A que sí!

– Supongo que sí, Daniel.- Lucía se quedó blanca y pensó en alto: tengo miedo a no poder ser mamá cuando realmente quiera serlo.

Lucía permaneció pensativa hasta quedarse dormida. Daniel se quedó un rato mirándola. Se acercó, le dio un beso en la mejilla y salió de la habitación.

A la mañana siguiente Lucía no podía parar de pensar en ese descubrimiento. Ella siempre decía que no estaría nunca con una pareja a la que no quisiera con locura, sólo por miedo a no estar sola, y acababa de darse cuenta de que estaba dispuesta a ser madre cuando todavía no quería serlo, por miedo a no poder hacerlo nunca. Quizás no se podía comparar una situación con otra, pero tenía claro que no dejaría que fuese el miedo quien tomase las decisiones más importantes de su vida. Se había despertado con un nudo en la garganta, estaba triste y, al mismo tiempo, sentía un gran alivio. Era una sensación tan extraña como contradictoria.

Buscó el volante de su próxima cita hospitalaria en la Unidad de Fertilidad, el día 2 de febrero a las 11.45 horas. Llamó a la consulta y anuló la cita. -No sé si querré hacerlo más adelante, pero sé que ahora mismo no quiero hacerlo.- La enfermera no preguntó más. Lucía colgó y se echó a llorar. Lloró toda la tarde. Sentía haberse quitado un gran peso de encima, sin embargo, una sensación agridulce la invadía al mismo tiempo.

Se escucharon los torpes pasitos de Daniel que irrumpió en el salón y se sentó en el sofá junto a Lucía.

-¿Estás triste o contenta? Preguntó Daniel llevando el dedo índice a su boca y poniendo carita pensativa.

-Estoy contenta porque ya no tengo dudas, Daniel. Y estoy triste porque supone que quizás tú… tú nunca llegues a ser real.

-No te preocupes, en tus sueños nos veremos siempre.

-Y si no llegas a nacer jamás, ¿te enfadarías conmigo, Dani?- Dijo Lucía entre lágrimas.

-Nunca me enfadaría contigo por haber sido tan valiente y vencer tus miedos.

– Te quiero mucho Daniel.

-Y yo a ti, Mamá. Duérmete tranquila.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RELATO DEL TALLER DE:
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Esta entrada tiene un comentario

  1. ALBA

    ¡¡Cómo engancha!! Quiero leer más conversaciones con Daniel, espero impaciente a que haya segunda parte.

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