DE FIESTA – Laura Nomen Prados

Por Laura Nomen Pradoss

 

Apoyé la cabeza en el asiento y me relajé hasta que la voz del taxista me avivó. Al salir del auto llovía a cántaros. Me refugié en el portal mientras buscaba la llave de mi piso. En el ascensor me vino a la memoria la interminable noche que pasé con Sofía. Al fin, yo había escapado de aquel desatino.

Ya en casa, me tumbé en el sofá, y quedé profundamente dormida hasta que un fuerte ruido me despertó. La vecina del rellano salió dando un portazo que resonó en todo el edificio. El reloj marcaba las cinco y media. Miré por la ventana, aún llovía y el viento soplaba con tal fuerza que era difícil caminar por la calle. Avisté un punto rojo que se alejaba por la acera, era la vecina forcejeando con su paraguas; fue una pelea desigual. Luchó hasta que las varillas se curvaron y terminó empapada. Al ver la escena me reí a carcajada tendida. Pensé que era un castigo divino por interrumpir mi sueño mientras descansaba.

Había dormido muy poco y aquel acontecimiento me desveló, de manera que preparé una tila para tranquilizarme. Tomé el primer sorbo con deleite y esperé que la somnolencia me venciera.

Desperté a las tres de la tarde fatigada, ya que no conseguí descansar bien. Me preocupaba Sofía. Fue una mañana de primavera cuando la conocí en la terraza de un bar. El viento removió unos papeles que descansaban sobre mi carpeta y cayeron al suelo. Ella, sonriendo los recogió y sin ningún preámbulo, empezó a hablarme con descaro. Se sentó en la mesa contigua y enseguida entablamos amistad. Fue casualidad que coincidiéramos. Me había graduado en Antropología hacía unos meses y al salir de una entrevista de trabajo fui a tomar un refresco. Mientras conversábamos me pareció una chica agradable y con una simpatía irresistible. Con el tiempo fui conociéndola y advertí cómo era en realidad. A sus dieciséis años mostraba una personalidad histriónica que le imposibilitaba controlar sus emociones, buscando el interés y la aprobación de los demás. Se expresaba con un parloteo abrumador. Cuidaba su apariencia para llamar la atención, llegando en ocasiones a la extravagancia. Pero, lo que más me preocupaba eran los altibajos en su estado de ánimo: sucesivamente, podía mostrarse eufórica o manifestar un abatimiento alarmante. Necesitaba, a todas luces, ser el centro de atención, haciéndose notar de forma exagerada.

Cambió de instituto para cursar el bachillerato y encontró en sus nuevos amigos un apoyo, pues secundaban todas sus excentricidades. Pasó de ser vulnerable a emprender un camino incierto, ya que carecía de criterio ante cualquier desatino que le propusieran.

Me llamó una mañana dos días antes y me animó para que la acompañara a una fiesta gótica que sus amigos habían organizado en la discoteca de moda de la ciudad. Acepté sin pensar en las consecuencias que implican este tipo de reuniones extrañas y costumbres nada convencionales. La idea de asistir me pareció viable, pues no requería un disfraz complejo sino vestir de ropa de funeral, algún complemento de tonos azules o grises, e incluso un chaleco morado que pudiera confundirse con la casulla con la que revisten los sacerdotes en los oficios de difuntos. Un maquillaje concienzudo contribuyó a mi transformación. Saqué de mi cajón de sastre un pequeño estuche de sombras de ojos con toda la paleta de colores. Ya sólo me quedaba, para que el proceso concluyera, transformar el pelo. Me apliqué, sin compasión, un spray de color morado, combinando las mechas con otro de color rojo, que iluminaban mi recién maquillada tez blanca, de la que sobresalían dos ojos pintarrajeados sin arte ni pudor, para parecer desagradable.

Contenta con mi nuevo aspecto, pensé que podía deslizarme, entre el grupo de amigos sin que adivinaran mi identidad. Sofía me esperaba en la puerta de la discoteca con varios de ellos. Parecían un desfile de zombis salidos del cementerio, buscando captar las miradas de los transeúntes con su peculiar atuendo.

Emprendimos la procesión hacia el interior de una primera sala, donde se fue propagando una neblina difusa cuyo olor a incienso me evocó un ceremonial religioso. Entreví una atmósfera viciada, donde había una pista de baile cuadrada de cuyas esquinas sobresalían unas varas largas; entre ellas pendían guirnaldas de flores negras, y el conjunto formaba una especie de dosel.

Sofía y sus amigos avistaron el bar que discreto atraía. Alrededor de la barra se apiñaban parroquianos que adoraban unos sugestivos cálices que contenían el elixir que les conduciría hacia un mundo delicioso. Decoraban las paredes de este peculiar altar unas vidrieras de colores, y un rosetón realzaba la parte central de ellas, iluminado por un conjunto de focos que confluían en forma de cúpula.

Sofía deambulaba por la sala como una gótica iniciada. Yo no dejaba de observarla. Temía lo peor, pues había trasegado en pequeños sorbos todo un cáliz de una mezcla que el barman había bautizado como “comunión diabólica”, y volvía a hacer cola para proveerse de otro segundo cáliz. De pronto la perdí de vista. La busqué por los rincones, y entre el gentío que subía y bajaba, vi que se adentraba en un sótano donde varias parejas se reclinaban sobre unos sarcófagos alumbrados por la luz tenue de unos cirios. Sofía andaba por ahí en compañía de un hombre que le animaba a beber sin freno y mostraba señales de embriaguez. En aquel instante el hombre la apartó de la multitud y desaparecieron misteriosamente detrás de la barra del bar donde una puerta escondía unas escaleras que descendían a un salón y bajé con cautela. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. ¡Vampiros! Unos bailaban aleteando sus capas, otros recostados en divanes besaban a jóvenes embelesadas. Entre estos distinguí a una pareja abrazada e imaginé que el hombre intentaba seducir a Sofía. Me armé de un gran candelabro y me aproximé para propinarle un buen golpe. ¡Cuál fue mi sorpresa, cuando comprobé que me había equivocado! No era Sofía la chica que estaba con él. Dejé el candelabro, subí las escaleras saltando de peldaño en peldaño y de izquierda a derecha, y así salí de aquel sótano y reemprendí la búsqueda intentando superar la barrera humana que me impedía hallar a Sofía, hasta que entre la multitud surgió como una aparición. Hablaba con sus amigos estimulada por el cáliz prodigioso y oscilaba deslizándose suavemente, hasta que cayó en el suelo. La cogí del brazo y la aparté de aquel grupo de zombis borrachos. Recobré el ánimo al ver que había recuperado a Sofía, que todavía parecía extasiada e inconsciente de su borrachera.

De repente se apagaron las luces y una música terrible empezó a sonar. En la pista de baile aparecieron dos espectros aterradores que realizaban movimientos descompasados con el cuerpo e invitaban con sus ademanes, para que los más valientes salieran a bailar. Varios energúmenos lo hicieron. Uno de ellos avanzó hacia nosotras, me cogió del brazo, y tirando de él, me arrastró hacia el escenario como si fuera una muñeca de trapo. Quedé rodeada de esperpentos que se agitaban sin tino, al son de una música disparatada que me trastornó. La cabeza me daba vueltas hasta que perdí el equilibrio y quedé tendida en el suelo. Todos seguían bailando, era obvio que mi caída les era indiferente. Uno de ellos tropezó conmigo y a continuación chocaron unos y otros hasta que se formó un revoltijo de monstruos, organizando un barullo descomunal. Como pude, a cuatro patas, conseguí dejar la pista de baile. Me moví con rapidez, no quería dar la nota discordante y me moví como si me fuera la vida en ello. Pude escapar airosa de aquel absurdo y grotesco tumulto.

Encontré a Sofía aturdida, mirando aquel espectáculo y sin poder reaccionar. Estaba claro que había ingerido varios cálices de “comunión diabólica”, farfullaba palabras incoherentes y se tambaleaba hasta que se desmayó. La reanimé e intenté  arrancarla del sofá, donde permanecía fuera de la realidad. Era imposible escapar de aquel infierno.

Un muchacho surgió, como caído del cielo, y nos ayudó a alcanzar la salida, no sin antes sorteando un sinfín de obstáculos.

La calle estaba desierta, no pasaba ni un alma. No sabía qué hacer. Caminar hacia su casa era imposible, no se tenía en pie. Nos sentamos en el bordillo de la acera esperando un milagro. Empezaba a lloviznar y silenciosamente nos fue calando. Notaba un frío húmedo, que aumentó mi malestar. Todavía retumbaba en mis oídos el ruido de la música que poco a poco fue debilitándose. Apoyé mi cabeza sobre mis brazos y me dejé ir. La luz de unos faros me deslumbró. Levanté la cabeza y vi a un hombre que bajaba de un taxi. Lo tomamos y mientras miraba por la ventanilla recordé secuencialmente las peripecias que viví en la fiesta. Experimenté un sosegado placer al sentirme liberada de aquella locura. Durante el recorrido Sofía permaneció adormilada. La dejé en su casa y, mientras me despedía de ella, en su rostro apareció una sonrisa malévola. Comprendí que ella acudiría a cualquier nueva fiesta gótica.            

 

 

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