DESIERTO VERDE

Por Julieta Garcia

Y los bendijo Dios y les dijo Dios: Fructificad y multiplicaos y henchid  la tierra y sojuzgadla;
y tened dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves de los cielos y sobre todas las bestias que se
mueven sobre la tierra.

Génesis 1:28

 

Adilia sabía que su segunda muerte estaba cerca, conocía esa sensación. Recordaba la experiencia de haber muerto hacía veinte años, era como ir apagándose poco a poco.  Primero fueron las articulaciones cada vez más rígidas  que le impedían moverse con libertad, luego sus lagunas mentales mientras guisaba o caminaba. Una noche se fue a dormir y ya no despertó por la mañana. La comunidad qom, que ella gobernaba junto a otros ancianos, la enterró de acuerdo a la tradición debajo del algarrobo del centro de la plaza, para que renaciera como árbol legendario y sagrado.

Y eso es lo que era ahora, desde la raíz hasta la última hoja de su copa. Su continente había cambiado, pero su esencia no.

Desde el centro de la plaza, podía ver a toda su comunidad ahora reducida a unas pocas familias que vivían en casitas de adobe. Nada había quedado del esplendor que solía contarle su madre, cuando en el Gran Chaco, la zona geográfica que habitaba su comunidad, no existían fronteras. Su madre contaba que en el pasado, habían llegado a ser más de trescientas mil familias. Los ancianos criaban y educaban a los niños, para que aprendieran los mismos valores ancestrales, mientras que los jóvenes se dedicaban a proveer de comida y cobijar a la comunidad. Podían recorrer cientos de kilómetros sin encontrar alambradas, comer los frutos de cualquier árbol, cazar libremente tapires y pescar sábalos en cualquiera de los muchos ríos que surcaban la zona.  Lo único que los limitaba era su respeto a los ciclos de vida de las distintas especies que consumían. Eran conscientes de que ellos permanecerían sanos y fuertes siempre que dejaran a la naturaleza regenerarse, por eso sólo recolectaban frutos cuando los tapires amamantaban a sus crías y se alimentaban de raíces durante la época de desove del sábalo. La madre tierra tenía todas las respuestas, si sabían encontrarlas. Fueron épocas fabulosas.

 

Ahora, quince familias estaban confinadas en una pequeña reserva de una hectárea y no podían recorrer más de cien metros sin encontrar un cerco. Dependían completamente del Estado, que por dejarlos sin territorio, se había comprometido a darles comida semanalmente. Sin embargo, tal compromiso  sólo se cumplía antes de las elecciones o cuando la prensa se presentaba en la reserva para mostrar la desnutrición que sufrían los más pequeños.

Esa era la decadencia que con dolor observaba Adilia, inmóvil e impotente desde el algarrobo de la plaza. Pronto comprobaría que no era la única en sentirse así. Una mañana su hijo Salvador, ahora anciano del pueblo, se sentó bajo su sombra y susurró: “Madre, tú sabes que a lo largo de mi vida he sido testigo de todos los abusos del hombre blanco. Han intentado eliminar nuestra comunidad de todas las formas posibles, primero encerrándonos en reservas, después culpándonos por la contaminación del agua, luego obligándonos a creer en su dios y a enviar a nuestros hijos a sus escuelas para que aprendan sus valores destructivos…pero esto es demasiado. ¡Por favor ayúdame!”.

Adilia sabía bien de qué hablaba, hacía tiempo que a sus raíces profundas no llegaba el agua. Desde su copa podía ver cómo se acercaba el desierto verde: la soja, ese maldito cultivo, en cuyo nombre todo estaba permitido, incluso la propia extinción de su comunidad. Durante su vida humana habría pedido a su hijo que conservara la calma y negociara algún acuerdo con el hombre blanco. En el fondo era una idealista, confiaba en que con el diálogo todo podía solucionarse. ¡Qué ilusa! Le había llevado dos vidas comprender que hay cosas que no cambian y que era mejor pelear a quedarse sentados esperando a que un rayo de luz alumbre el entendimiento cegado por el afán de dinero… ¿De qué  les servirá el dinero cuando ya no tengan nada que llevarse a la boca? o ¿de qué les servirá el dinero sin una gota de agua limpia que beber? Estaba experimentando la sequía en su propio ser, percibía su segunda muerte muy cercana y ya se le había acabado la paciencia. Movió sus ramas hacia arriba y hacia abajo con fuerza y su hijo, que la observaba, lo entendió al instante.

***

En ese mismo momento, a novecientos cuarenta kilómetros de allí, en Buenos Aires, Santiago Delucio se emborrachaba en el bar del barrio cerrado en el que vivía, tal como era su costumbre. “¡Dale nena, poneme una más, la última, te lo juro!” Cuando la camarera le trajo la copa, Santiago le dio unas palmaditas en el trasero y ante la mirada de desprecio de ella espetó: “¡Eh, no te enojés! Si no te pegué, fue una caricia nomás”. Apuró la última copa y caminó hasta su chalet, que quedaba a unos pocos metros.

Apenas entrar, sonó su teléfono. Era el capataz de su plantación de la zona Gran Chaco: “Hay un problema con los qom, tiene que venir urgente”. Santiago cerró los ojos e inspiró profundamente. Se quedó en su salón con la mirada perdida.

Santiago era rico, muy rico. Sabía que su riqueza era legítima porque la había adquirido su familia con el tiempo, el trabajo y el esfuerzo. Nadie les había regalado nada. “Ojalá supieran lo que cuesta ser rico en la Argentina, con la inflación constante y los vaivenes económicos, todo juega en contra. Pero lo peor son los gobiernos populistas, van con el discursito de amigos de los pobres pero por atrás nos vienen a pedir favores. Si no se los damos, nos suben los impuestos o nos atacan desde los medios de comunicación con lo de la soja. No les tiembla  el pulso a la hora de desperdigar toda clase de mentiras; como que a las inundaciones de Buenos Aires las provoca el desmonte para sembrar soja en Chaco, o que las plantaciones dejan sin agua a los pobres indígenas (a los que nunca nadie les dio pelota) o que los agroquímicos provocan cáncer, en fin…¿Pero qué quieren estos zurdos, que nos muramos de hambre como ellos? Al fin y al cabo somos nosotros los que les pagamos el sueldo, tenemos derecho a vivir bien, ¿no?”. Como había aprendido de su padre, todas las regalías del comercio sojero iban a cuentas en paraísos fiscales a nombres de testaferros y en monedas sólidas como el dólar, para evitar disgustos. “Todo eso lleva una logística, contratar contadores, abogados, etcétera, doy trabajo a mucha gente… pero ¡que sabrán de trabajar estos vagos!”. Ahora tendré que ir a la plantación, intentar que no trascienda nada a la prensa y meter algunos billetitos más en la cuenta del gobernador para que haga la vista gorda.

***

Santiago condujo toda la noche y llegó a la casa del capataz de madrugada, el cielo empezaba a enrojecerse y la luz era tenue. Lo encontró en la puerta fumando y caminando de un lado a otro de su porche. Aparcó su Land Rover casi pegando a los pies del capataz.

“Vine lo más rápido que pude… ¿Qué pasa, qué han hecho ahora?”. El capataz lo miró con una expresión difícil de definir, entre miedo y preocupación. “Es que no sabría decirle, señor, no sé si fueron ellos esta vez, pero pasó de la noche a la mañana”. “ ¿Qué es lo que pasó de la noche a la mañana?”, gritó Santiago con impaciencia. “Acompáñeme”, dijo el capataz. Se dirigieron en camioneta hasta la  región norte de la plantación sojera, lindante con la reserva qom. Santiago no daba crédito a lo que veían sus ojos.

El desierto verde se había teñido de oscuro, una colosal invasión de picudos negros devoraba las plantas de soja a su paso,  el capataz le puso la mano en la espalda y lo guió a lo que verdaderamente quería que viera. Caminaron hasta el cerco de la reserva y su estupor fue extremo cuando vio a la plaga de picudos brotando como agua debajo del algarrobo seco que estaba en el centro de la plaza.

***

Transcurrió un año desde aquel episodio y la estampa alrededor de la reserva era muy distinta. El desierto verde había retrocedido y la vegetación autóctona volvía lentamente. Salvador caminó hasta el centro de la plaza y acomodó su silla debajo del algarrobo seco, que era el nuevo emblema de la comunidad qom. Eran conscientes de que su idílico pasado no volvería, pero aquel árbol erguido y sin vida les recordaba a diario que aún contaban con una pequeña cuota de libertad, la de morir de pie.  Salvador apoyó su rostro en el tronco y susurró “gracias madre”.

 

 

 

RELATO DEL TALLER DE:
Taller de Escritura Creativa

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Ana Aragoneses Fernández

    Me ha emocionado sinceramente ésta bella historia, ya que la escritora ha tenido la virtud de aunar en su relato, la reivindicación social/política ante el abuso de las autoridades de un colectivo minoritario y desprotegido y el espíritu y la magia de las tradiciones ancestrales de los valiosos y sabios pueblos humanos. Pueblos que durante miles de años han sabido vivir en armonía con el prójimo y la naturaleza al completo, amando y respetando en comunión al planeta que les dió la vida.

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