DESPIERTA – Estefanía Nuria Fernández Barrios

Por Estefanía Nuria Fernández Barrios

“¿Qué te pasó cuando fallecieron tus abuelos?”
Esa pregunta me desconcertó por completo. Me pregunté a mí misma ¿qué pasó?
Era la primera vez que me sentaba a hablar de mí. No era lo habitual, ya que siempre soy la persona a la que acuden para que dé consejos, para escuchar, para que mis amigas e incluso mi familia se desahoguen. Pero en ningún momento de mi vida, ni siquiera cuando era una niña, me han preguntado cómo me sentía.
Cargada de responsabilidades que no me pertenecían por mi edad o por la situación en concreto de mi familia, llegué a convertirme en el pilar de mi casa. Pero, ¿quién era mi pilar?
Mª Carmen era la primera persona que se interesaba por mí. A mis treinta y siete años, una desconocida me preguntaba por algo íntimo y yo no sabía ni qué contestar.
Llegué a su casa un tanto nerviosa. Me fumé dos cigarrillos antes de entrar porque no sabía cómo iba a poder desnudarme ante una desconocida. Me autoconvencí de que esa charla me podría servir a modo de terapia. Quizás en el fondo era lo que necesitaba, pero mi yo interior me decía que todo pasaría, que no era para tanto y que no necesitaba ninguna charla, ni contarle mi vida a nadie.
Tomé el ascensor hasta el quinto piso, ella me estaba esperando en su puerta. Me saludó con dos besos y me invitó a pasar.
Cuando entré, había una mesa justo en el centro con dos sillas. En el centro de la mesa había una libreta, un bolígrafo y un vaso lleno de agua.
Una vez que tomé asiento, me invadió un sentimiento de paz y tranquilidad y algo me dijo que todo iba a ir bien. Pero aquella primera pregunta me desconcertó.
Estuve pensando unos segundos y respondí:
– Pues la verdad, no lo sé. No entiendo la pregunta, no sé qué tienen que ver mis abuelos con lo que me pasa.
Mª Carmen sonrió y me miró fijamente a los ojos, esperando que mi expresión de desconcierto cambiara al encontrar dentro de mi cabeza la respuesta a su pregunta.
– Creo que me pasa algo que no sé bien qué es. Tengo unos sueños demasiado lúcidos. Me despierto en mitad de la noche como si se hubieran quedado conversaciones sin terminar. No sé bien con quién hablo, pero me resultan familiares mis interlocutores. No sé si en mis sueños me levanto, si hago viajes astrales o si todo es producto de mis ensoñaciones.
– ¿Recuerdas tu último sueño? – preguntó Mª Carmen a la vez que cogía la pequeña libreta de la mesa.
Pensé que tomaría nota de lo que le iba a contar, pero no, comenzó a dibujar una serie de símbolos que no podía ver bien.
Tomé aire y decidí contarle todo lo que había sentido, porque se había quedado grabado a conciencia.
– Abrí los ojos y vi que estaba tumbada en el suelo, pero no sabía dónde. Cuando quise incorporarme, me di cuenta de que no podía mover ni tan siquiera una parte de mi cuerpo. Quise hablar y era como si algo me impidiera pronunciar una palabra o un grito de socorro. Intenté mover la cabeza, la tenía girada hacia la izquierda; pero me era imposible, sólo podía mover los ojos y al estar tumbada mi vista no me permitía ver bien dónde estaba. Veía mis piernas, mis pies, mi brazo izquierdo totalmente estirado, como si hubiera intentado alcanzar algo. Un sentimiento de angustia comenzó a invadir mi cuerpo. Yo quería moverme, levantarme, gritar… Pero no podía. De pronto, comencé a divisar a lo lejos unas sombras que se movían. Parpadeé varias veces para poder enfocar bien la vista. Las sombras se hacían cada vez más nítidas, formando siluetas humanas. Pensé que me habían abducido o que había tenido un accidente. Pasaron por mi mente escenas de películas de terror y ciencia ficción que había visto y pensé: ¡¿Dios, esto está pasando de verdad?!
Mª Carmen no dejaba de anotar frases y símbolos mientras hablaba. No le di mucha importancia porque pensé que sería sobre lo que le estaba contando.
Cuando paré de hablar, ella levantó la cabeza, me miró fijamente a los ojos, esbozó una leve sonrisa y siguió escribiendo.
Esperé a que parara y cuando volvió a mirarme me preguntó si pude reconocer a alguien.
Ante mi asombro, le dije:
– ¿Cómo voy a reconocer a una silueta? Eran sombras y no les veía la cara.
En aquel momento, recordé mi sueño o no sueño, porque aún no sé qué me pasó y pensé en si alguna de esas siluetas era alguien que yo pudiera conocer y por qué no podía ver su rostro.
Cuando pienso suelo mirar al techo. Los que estudian comunicación no verbal dicen que ese gesto lo hacen las personas que están buscando imágenes visuales, y precisamente eso es lo que hacía, intentaba poner rostro a esas formas nítidas que había visto de lejos.
No sé cuánto tiempo estuve así, el sonido del anillo que tenía Mª Carmen en su mano derecha chocando contra el vaso de agua me hizo volver a aquella habitación.
Ella seguía mirándome, como esperando algo, y yo retomé mi relato de nuevo.
– Pues bien, como te decía, veía esas sombras, poco a poco se hacían más grandes y me di cuenta de que se estaban acercando. Creo que abrí los ojos como nunca y comencé a escuchar los latidos de mi corazón. Me latía tan rápido y fuerte que por un momento pensé que se me salía del pecho.
Unas luces de color rojo y azul me deslumbraron tanto que cerré los ojos con todas mis fuerzas. Quería gritar, fue un momento espantoso, nunca había tenido un sueño igual, pero de pronto sentí algo en mi mano derecha. Yo seguía con mis ojos cerrados, pero alguien susurró algo a mi oído, no podía entenderlo. Era como querer y no poder escucharlo hasta que de pronto me desperté en mi cama con todo tranquilo. Estaba sola, esa noche Dani no estaba en casa, tenía que dormir fuera por trabajo. Así que cuando me desperté empapada en sudor, tarde un momento en ubicarme y darme cuenta de que todo había sido un mal sueño.
– ¿Qué sentiste en la mano? Era tu mano derecha ¿no?
– Sí, era mi mano derecha. Pues noté algo cálido, como cuando te cogen la mano, pero no llegan a estrecharla. Algo así.
Mª Carmen continuó escribiendo y preguntó:
– ¿Crees que alguien conocido pudo ayudarte en ese momento? Puede que alguien te tocara para que no tuvieras miedo.
Me quedé pensando y me pregunté a mí misma: ¿quién va a tocarme en un sueño para despertarme? Y recordé su primera pregunta.
– Antes me has preguntado qué me paso al fallecer mis abuelos y me gustaría saber por qué me has preguntado eso, cuando esta charla es sobre mí y sobre mis sueños.
Ella paró de escribir y extendió uno de sus brazos hacia mí para que yo alcanzara una de sus manos y cogerla.
– Querida, lo que viviste esa noche no fue un sueño lúcido, ni tampoco una pesadilla. Hay muchas cosas que quedan en nuestro subconsciente y cuando vamos a dormir salen. A veces, para tener sueños bonitos, para tener pesadillas, aclarar ideas o encontrar un mensaje oculto. Te has criado con unos abuelos que han hecho el papel de padres porque estos no estaban, y cuando ellos partieron, el sentimiento de abandono ha ido creciendo tanto en ti que piensas que te encuentras sola en este mundo. Si hubieras terminado esa noche lo que querías hacer, es entonces cuando verdaderamente te habrías quedado sola. Pero alguien quería que recordaras el calor de esa mano.
Unas lágrimas recorrieron mi rostro, me quedé petrificada. Claro que conocía esa mano, era la mano de mi abuela. La cogí con tanta fuerza esa última noche en el hospital que necesitaba recordar su tacto por siempre. Recordé que me quedé mirándola en su regazo, con mi brazo izquierdo extendido tocando sus piernas y mi cabeza girada hacia ella. Era la misma postura que cuando abrí los ojos.
Un nudo se formó en mi garganta y mis ojos se llenaron de más lágrimas.
– Aquellas luces que viste y las sombras en forma de humanos eran de verdad, iban hacia ti, pero no lo recuerdas porque sufres de amnesia disociativa. ¿Sabes qué es?
– La verdad es que no, es como si me hablaras en chino.
– Es un tipo de amnesia temporal por el trauma que has sufrido.
Mª Carmen me enseñó su libreta, me quité las lágrimas como pude, secándomelas con los puños de mi sudadera. Entre párrafos y símbolos, vi varias veces la palabra “Despierta”.
– ¡Despierta! Eso le decía. Eso es lo que quería, que mi abuela despertara.
– Eso es lo que ella te decía al oído. ¡Despierta! Hay muchos seres queridos que, a pesar de que se hayan ido de este mundo, intentan volver en momentos concretos, o más bien, intentan hacerse notar. Y ella sólo podía comunicarse contigo de esa forma.
Decidí dar un paseo antes de ir a casa. Esa charla había sido un cúmulo de muchos sentimientos que tenía que procesar. Tenía que hablar con Dani y decirle que había recuperado la memoria y, además, tenía que decirle que había ido a hablar con una médium sin que él lo supiera y sola. Menos mal que él también cree y que no se lo tomaría a mal.
Caminaba inmersa en mis pensamientos por el Paseo del Salón, llegué hasta el puente romano y me quedé apoyada en él. Ya había estado allí en multitud de ocasiones. Desde ese rincón se podía ver la mejor puesta de sol de Granada. Y eso me lo enseñó mi abuela, por eso siempre volvía allí para sentirme de alguna forma cerca de ella.
Cerré los ojos y esas palabras volvieron a mi mente, las sentí como si estuviera a mi lado.
«¡Despierta niña, despierta!”

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