DIME QUE SÍ

Por Manuela Ramírez Fuentes

Enamorarse es un verdadero fastidio. No creo en el amor, para nada… y ahora que mi hermana se va a divorciar, mucho menos.

No lo entiendo. Mi cuñado es un amor; lo conozco desde que tengo memoria y siempre ha sido amable, considerado y cariñoso conmigo.

Me llamo Ana. Mi hermana y yo nos llevamos una diferencia de edad considerable; doce años. Soy lo que se considera un “error de cálculo”; pero aquí estoy, acompañando a esta alma en pena que se está deshaciendo en lágrimas sentada en la mesa de negociación del abogado de Alex, que pronto va a dejar de ser parte de mi familia.

No sé qué ha pasado entre ellos. Lo único que me ha contado Esther es que el amor que sentía se ha esfumado. Ya no quiere continuar con su matrimonio porque considera que aún es joven y quiere encontrar a otro hombre que se deshaga en halagos, regalos y viajes anuales a sitios exóticos como… ¿Acapulco?

Lo único que sé es que todo es muy triste. Miro a mi cuñado y está pálido. Se ve de lejos que esto no es lo que quiere, pero mi hermana es una cabezota de cuidado.

Una noche, hace como un mes, me llamó desesperado porque habían tenido una discusión terrible de la que no quiso decirme nada en absoluto. Ella había hecho una pequeña maleta y se había marchado de casa. La había llamado como treinta veces, pero había apagado su móvil y él había llenado de mensajes su buzón de voz.

Cuando Esther me llamó al día siguiente, le eché un buen rapapolvo porque ni siquiera se había puesto en contacto conmigo y ninguno de los dos sabíamos dónde estaba. Sus palabras fueron tajantes y me quedó claro que me tenía que meter en mis asuntos; pero, cosas de la vida, para acompañarla al abogado sí que soy de utilidad.

La sala de reuniones en la que la han citado es fría e impersonal. El abogado de mi hermana está repasando la documentación mientras esperamos al abogado de Alex, que ha tenido la mala suerte de pinchar una rueda y llega tarde.

Miro mi reloj, son las nueve y cuarenta y ocho cuando un vendaval entra por la puerta. Al pasar por mi lado, sin querer, me da un golpe en el hombro con su maletín que me asusta y duele a la vez.

―¡Ay! ―me quejo de forma instintiva, tocando la zona donde me ha hecho daño.

―¡Lo siento! ―dice una voz masculina.

Cuando giro la cabeza para mirarlo a la cara con ganas de darle un buen pisotón, el hombre más atractivo que he visto en mi vida me está mirando con ojos de disculpa.

Trago saliva porque me acabo de quedar sin palabras. Mi hermana me da un codazo en el otro brazo y no sé si reír o llorar porque ahora me duelen los dos.

―Hum… Sí, tranquilo… no pasa nada ―consigo responder.

Asiente una vez y rodea la mesa. Saluda a Alex y en ese momento me doy cuenta de que es su abogado.

¡Maldita sea! Para uno que merece la pena… está con el enemigo… Pero ¿qué enemigo? Ese es mi cuñado, al que quiero como un hermano y que está aguantando el tipo como puede.

Durante los instantes en los que ese hombre, del que no puedo apartar la mirada, está abriendo el maletín y repartiendo copias de lo que supongo son los documentos de divorcio a los interesados, me doy cuenta de que tengo la boca pastosa, me duele la garganta y me arden los ojos. Acabo de ser consciente de que estoy tan apenada como ellos, pero no puedo quebrarme; no, mi hermana me necesita y yo no soy importante en estos momentos.

El de la rueda pinchada comienza a hablar, miro a Esther y le paso el brazo por los hombros para arroparla de alguna manera. El nudo en mi garganta es cada vez mayor y ese hombre solo está hablando de reparto de bienes y de dónde van a tener que firmar señalando la copia que tiene en sus manos para que los protagonistas de esta historia rompan sus lazos para siempre.

Me ahogo, no puedo más. Deshago el abrazo a mi hermana y cojo el botellín de agua que hay enfrente de mí. Estoy segura de que su secretaria lo ha preparado sabiendo el mal trago que pasan los implicados.

Mientras ellos van solucionando todos los puntos, intento abrir el dichoso tapón de la botella. Tengo las manos heladas y sudorosas. O bebo agua o creo que me va a dar algo. Continúo con mi lucha particular con ese tapón que parece resistirse al cambio tanto como mi cuñado y yo misma cuando, sin saber cómo, saco la fuerza de un titán y abro la botella con la mala suerte de que el agua sale disparada hacia la cara de Alex y cae en todos los documentos que estaba revisando encima de la mesa.

―Pero ¡qué haces! ―grita su abogado.

―¡Ana, por Dios! ¡Me has puesto perdido! ―se queja mi cuñado.

―¡Dios! Lo siento, lo siento. Quería abrir la botella, pero se me ha resistido ―intento excusarme.

Mi hermana mira a su futuro exmarido y dice:

―Pero, “ferrerito rocher”, ¡si pareces un besugo recién pescado!

Y comienza a reír sin parar.

Supongo que será por los nervios, la tristeza y la situación tan ridícula que acabo de crear sin pretenderlo; pero mi cuñado la mira como lo que es mi hermana para él, el amor de su vida y responde:

―Hacía una eternidad que no me llamabas así…

Mi hermana, que sigue riendo, lo mira y suelta:

―Lo sé…

Y, sin venir a cuento, se tapa la cara con ambas manos y comienza a llorar negando sin parar.

―Esther, cariño ―ella aparta las manos y lo mira―. ¿De verdad es esto lo que quieres? ―pregunta mi cuñado, cogiendo el documento de divorcio empapado y negando a su vez―. Yo no, mi vida. Yo te quiero con toda mi alma y no quiero perderte. ¿Me oyes? Te… quiero ―dice, recreándose en cada palabra―. No quiero divorciarme de ti, “bolita de coco”…

Esto no puede estar pasando.

Miro a mi hermana con la boca abierta y me doy cuenta de que, a veces, la magia existe, que las estrellas se alinean y todo vuelve a su lugar.

Alex se levanta y en dos zancadas está en el suelo hincando su rodilla y, cogiendo las manos de Esther, le dice:

―¡Cásate conmigo otra vez! ¡Vámonos a París de luna de miel para reescribir nuestra historia…!

Dos lágrimas se escapan de los ojos de mi cuñado y mi hermana se lleva las manos a la boca cuando él saca su anillo de bodas y se lo ofrece.

―¡Sí! ¡Sí, quiero! ¡Dios! Lo siento… Alex… Lo siento…

Mi cuñado, emocionado, se levanta y tira de ella al mismo tiempo. Sin mediar palabra, la besa como se ve que lleva deseándolo mucho tiempo y se abrazan como si todo lo que les hubiera separado ya no existiera.

Su abogado, el abogado de mi hermana y yo nos miramos sin entender qué ha pasado.

―Alex, ¿estás seguro de esto? ―pregunta, observándolo con los ojos como platos y después me mira a mí como si fuera el asesino en serie de “La Matanza de Texas”.

Mi cuñado gira la cabeza hacia él y dice:

―Jorge, nunca en mi vida he estado más seguro de lo que lo estoy en este momento.

Acabo de enterarme de cómo se llama. Sé que me está odiando por haber fastidiado su trabajo y tantas horas de esfuerzo para que dos personas que se amaban dejaran de hacerlo.

Me vuelvo hacia mi hermana y solo digo:

―Esther…

Y se me quiebra la voz. Alex me ofrece su mano y hace que me levante para abrazarme junto con la que sigue siendo su mujer.

―Te quiero, pitufa ―me dice emocionado, mientras me abraza como si fuera mi hermano. Y es que lo es.

―Esther, entonces… ¿anulamos el divorcio? ―pregunta su abogado para asegurarse.

―Sí, Federico ―mira a su marido con los ojos emocionados―. ¡Anúlalo!

―Nos vamos. Gracias por comprendernos… ―comenta Alex.

―Te llamo luego, Ana ―dice mi hermana con una gran sonrisa.

Y sin añadir nada más, se van.

Federico recoge sus documentos y saluda a Alex. Sale de la sala de reuniones y yo me quedo de pie, boquiabierta y sin saber qué hacer.

Miro al abogado y digo:

―Siento lo del agua…

―Lo que deberías sentir es haber arruinado la vida de Alex. Tu hermana es una maldita caprichosa que va a destrozar la vida a mi mejor amigo…

―¿Cómo? Mira, no sé qué relación tienes con Alex, pero te aseguro que mi hermana lo quiere con locura y esto solo ha sido un malentendido que se les ha ido de las manos.

―Lo que tú digas; pero, por favor, no te acerques a mi bufete en lo que te queda de vida.

Lo miro indignada y, queriendo hacer una salida tipo película de Hollywood, cojo mi bolso del suelo con tanto ímpetu que olvido que me lo he dejado abierto y sale volando por los aires la mitad de su contenido.

―¡Joder! ―grito al golpearme el brillo de labios en un ojo.

―¡Y encima mal hablada! Pero ¿qué haces con el bolso?

―¡A ti qué te parece!

Me llevo la mano al ojo porque me duele mucho.

Resopla, deja lo que estaba recogiendo y viene hacia mí.

―A ver, deja que te mire ―me dice en un tono mucho más amable.

―¡Ni que te importara! ―respondo enfadada y con los ojos llenos de lágrimas.

―Venga, Ana, aparta la mano.

¿Ha dicho mi nombre?

Con delicadeza, retira mi mano y me observa de cerca.

―Me duele mucho… ―digo, mientras intento contener mis lágrimas y mi mentón no para de moverse.

Estoy segura de que mi reacción no es solo por el golpe. Lo que ha pasado con Esther y Alex me ha sorprendido y superado.

―Lo tienes muy rojo. ¿Qué te ha golpeado?

―El brillo de labios…

―Ven, siéntate un momento.

Obedezco y veo cómo se estira para coger algo de su maletín: un paquete de pañuelos.

Me los ofrece, cojo uno y abre otro de los botellines de agua.

―¿Qué vas a hacer? ―pregunto asustada.

―¿Yo? Nada. Lo vas a hacer tú. Empapa el pañuelo en agua y pásatelo despacio por el ojo cerrado.

―¿Y eso de qué va a servir? ―pregunto asustada.

―Es para saber si te alivia y ves bien. De lo contrario, vas a tener que ir a urgencias para que te lo miren.

―Así no puedo conducir… ¡será posible! ―digo subiendo la voz.

―Si no hubieras querido salir de manera tan digna, no te habría pasado ―me dice con media sonrisa.

―Vaya, no sabía que estuvieras tan atento a mis movimientos…

No me responde y sube las cejas para que haga lo que me ha pedido. Abro la doblez del pañuelo y él apoya la botella. Me lo llevo al ojo y siento alivio.

―¿Mejor? ―pregunta, mirándome como si me estuviera estudiando para diseccionarme.

―Lo cierto es que sí ―respondo sorprendida.

―Intenta mirar a lo lejos.

Obedezco y me doy cuenta de que estoy bien, solo veo un poco borroso por las lágrimas y el agua.

―Veo mucho mejor, gracias…

―De nada. Vamos a recoger tus cosas.

Ambos nos agachamos para recuperar todo lo que se me ha caído.

Me cuelgo el bolso y digo:

―Bueno, no sé si decir “encantada de conocerte” porque casi pierdo un ojo. Creo que me quedaré con un “que te vaya bien en la vida, ya que no nos volveremos a ver”.

Veo que no se inmuta para nada. Levanto ambos hombros y, cuando voy a salir del despacho, me sujeta por el brazo y pregunta:

―¿Cenas conmigo esta noche?

Y con esas palabras me deja sin saber qué decir.

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Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. Pilar

    Excelente relato de amor

  2. Miriam Rojas

    Colo siempre, escribes magia. Es un placer leerte, Manuela. Aunque debo decirte, que no me puedes dejar así!!!, quiero saber un poquito más, al menos como siguen ellos. Es un relato precioso, maravilloso que contiene todas las emociones, pasas del sufrimiento al enojo, a la ternura, y al suspiro de amor. GRACIAS MANUELA!!!
    Felicitaciones enormes!!!!

  3. Ana Mazón P.

    Me ha gustado mucho el relato, me ha sorprendido como empezaban los personajes su historia y como la acabaron todos los implicados. El personaje de Ana me ha encantado y el de Jorge cambiando de actitud también.
    Enhorabuena por tu relato, me enganchó desde el primer momento.

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