DONDE EL SOL NO QUEME LAS FLORES

Por Antonia Pérez

Su padre dirigía la triste comitiva, la cabeza gacha cubierta con una roída boina negra. El traje prestado era demasiado corto y demasiado ancho, dejando al descubierto unos calcetines

desparejados y remendados, los únicos que tenía.  A pesar de la ridícula indumentaria, pensó que hacía ojo entre el resto. Como decía su abuela antes de perder la cabeza “demasiado guapo y bien plantado para ser un marido». Mirándolo a la cara, notó cómo se le acentuaba el gesto de morderse el bigote, quizá por el olor a laurel seco del traje.  Ella iba detrás junto a su hermano Matías, los dos de la mano de su tía paterna Manuela la Galana, a la que cada día se parecía más aunque ya le sacaba una cabeza. Los seguían varios familiares y vecinos, todos de negro, según la sabionda de Doloricas para evitar que el alma de la muerta se introdujera en sus cuerpos. Subían todos jadeando bajo el encarnizado sol de mediodía hacia la casa del cura, que hacía las veces de iglesia y en cuyo patio se enterraba a los que no tenían cuartos para pagarse su muerte.

 

– ¿A dónde vamos, Carmen? le preguntó el pequeño, restregándose los ojos llenos de legañas. -No llegamos nunca. Me quiero ir a la casa, tengo sueño-.

 

De los tres hermanos, solo ella entendía lo que estaba pasando. Iban a enterrar a su mamá, ya no la iba a ver más. -Van a meterla en un agujero y lo van a tapar con tierra –pensaba con pena- Le pondrán encima una cruz de madera igualita a las de las tías, y durante un tiempo será la más clara. Y luego, conforme se vaya cuarteando, la cara de mi mamá también lo hará en mi cabeza, y entonces ya acabaré de olvidar para siempre cómo le reían hasta los ojos por cualquier tontería.

 

– Me estoy asando y me duelen los pies-  volvió a renegar Matías con su lengua de trapo mientras sacudía las pequeñas alpargatas de esparto, sacándola de sus tristes pensamientos. Lo soltó de la mano de su tía y se cargó a cuestas sus casi diez kilos. El más pequeño, Pedrín, se había quedado con su abuela y con su tía Concha la Coja, que igualmente no podía venir al entierro porque había nacido con una pierna más larga que la otra, y nunca pudo andar más de unos metros sin tener que pararse para tirar con fuerza de la más corta y así poder seguir. Su madre lo había destetado a los seis días de nacer, porque quedó tan floja tras el parto que una tarde la criatura se le escurrió como el aceite al sacarlo del cesto. Tuvieron que atarle al pobre un trapo en el chichón con dos reales apretando bien fuerte. Lejos de consolarla, su padre se ensañó una vez más con ella, echándole en cara sus vicios y su miseria. El niño seguía tan enclenque que con quince meses aún no se mantenía de pie y eso que la muchacha cada mañana ordeñaba la cabra y a cucharadas le daba la leche aún caliente.

Habían venido a buscar el cuerpo al despuntar el alba y como si fuera una bala de estiércol lo

habían subido a la burra de Alonso el Miserias liado en una manta, cubriéndose bocas y narices con paños.  Ni siquiera lo habían aseado las mujeres como habían hecho con sus tías. Y

eso que ellas otra cosa no, pero limpias por desgracia estaban. Recordó también cómo a ellas les habían cerrado los ojos y las bocas para que la muerte no viniera a buscarlos a todos, y las habían amortajado con las sábanas blancas de su ajuar de eternas mozas. Con su madre no había habido tantos miramientos.

 

Mirando de nuevo al incesante sol, cayó en la cuenta de que no debían haber pasado ni quince horas desde que había salido gritando de la casa anunciando la desgracia. Ni siquiera notó cómo se clavaban en sus pies las infinitas agujas de las chumberas tiradas en la era.  De las horas siguientes guardaba un vago recuerdo, solo que desobedeciendo a la tía Concha dejó sola a la abuela y corrió hacia la casa hasta que se llevaron el triste cuerpo que habían cubierto de eterna primavera con flores de retama.

El olor a pescado rancio y el constante revolotear de las moscas le estaban revolviendo las tripas, haciendo cada vez más difícil llevar a su hermano a cuestas. No había conseguido meterse nada en el cuerpo desde que aquellos ojos a punto de saltar la habían mirado fijamente.

 

Llegaron a la casucha rezumando sudor y fatiga. Las siluetas se habían ido descolorando

conforme el polvo del camino se iba amontonando en su oscura ropa. Las casas encaladas al

fondo, casi desvanecidas en la tierra desnuda, ya no eran más que pequeñas manchas blancas como la nieve que nunca había visto. La iglesia, una cueva a la que se le había añadido

toscamente un porche y una cruz oscura tan alta como éste, era triste excepto por la floreciente parra de color intenso, cubierta de racimos verdes pero ya picoteados por las avispas. Alrededor, solo las cuevas vecinas a ambos lados que servían de cobijo a las zorras durante el día y a las culebras por la noche. Lo más alegre era el mar al otro lado, limpio y azul, la dorada luz del sol bailando sobre sus aguas. Aquellas por las que algún día se iría sin mirar atrás. A esos lugares mágicos donde solo había contento, donde el calor no quemaba las flores, donde el vino corría a espuertas sin miedo de que Dios bajara a pedirte cuentas. Se preguntó si el sol y la luna tendrían la compasión de iluminar también a los peces del fondo, para que la oscuridad no los llenara de miedo.

 

– a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad…

 

El padre Pito, enfundadas sus rollizas carnes en sus ropas de religioso, había asomado

renqueando por el portal y tras un escueto saludo seguido de un agudo “El Señor esté con

vosotros” a plena solana había empezado la misa.  El incesante ruido de las chicharras le

obligada a alzar la estridente voz. No era ése su nombre y a más de uno se le había escapado en sus narices, irritándolo de tal manera que más de una vez acabó blasfemando, algo impropio de un hombre de Dios. Más motivos para alimentar las burlas a sus espaldas.

 

Le dolía la espalda y no estaba segura de cómo comportarse, aunque ya era su segundo entierro. El primero había sido tan insólito que las comadres aún seguían chismorreando. Al alzar la vista vio con horror cómo su padre observaba descaradamente a las dos solteronas presentes, de arriba a abajo, de abajo a arriba. Como había oído decir a la tía Concha, «un viudo necesita a una hembra para que le críe a los zagales, pero casi más para que le alivie la hombría». Aunque era bien sabido que lo segundo ya lo hacía incluso antes de que su madre enfermara, pensó que mejor así, recordando cómo la miraba últimamente cuando la veía llegar del aljibe con la zafa llena de agua y corría la cortina del cuarto que compartía con sus hermanos.

 

– Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto…

 

El cura seguía en lo suyo, yendo de la Virgen María al Padre Nuestro, de éste a Jesús y vuelta a la Virgen. En su cabeza hacía tiempo que las oraciones estaban olvidadas, desde que se enfadó con Dios y no volvió a arrodillarse jamás ante ese mentiroso. Nadie allí sabía muy bien cuándo tenía que santiguarse o responder a alguna oración. De pie, quietos como árboles se miraban unos a otros con el aire culpable de quien no ha seguido a Cristo, asustados como si de un «amén» dependiera su futura entrada al cielo.

 

Se dirigieron al patio trasero, donde varias higueras mustias parecían haber perdido su batalla con el Altísimo. Los desconsolados frutos en el suelo, cubiertos de hermosas y resplandecientes moscas esmeralda, desprendían un aroma entre dulzón y agrio. Al fondo, entre las cruces, un destartalado cajón de madera estaba ya en el agujero. Al leer su nombre en la tapa el nudo le apretó aún más la garganta, imaginándola sola y desamparada. Cuando Lorenzo cogió la pala y empezó a cubrirlo de tierra, la angustia le hizo levantar la vista. Las mismas mujeres que ni se habían acercado por su casa en meses, incluida la Galana, ahora se desgañitaban al son de “No somos nadie” entre sollozos, como si les estuvieran clavando a ellas todas las espinas de esa tierra marchita. Agradeció que su abuela no hubiera venido, la pobre ya no se enteraba de nada como tampoco se enteró al final de lo de sus tías, ahogadas en la acequia dos años antes. Fue justo en su entierro cuando enloqueció, interrumpiendo al padre en sus rezos, quitándose la ropa y agarrándolo del brazo mientras en cueros repetía sin parar «Jesús, qué calorazo hace aquí. Sáquesela usted también, buen hombre, sáquesela» ante la mirada atónita de los presentes.

 

El párroco dijo unas últimas palabras y los presentes se acercaron uno a uno a su padre

murmurando “Te acompaño en el sentimiento» «Resignación, Manolo, resignación». La expresión de alivio en su cara le dio asco. Percibió una tímida sonrisa bajo el bigote mientras miraba a María, una de las solteronas. «A ver lo que tarda en meterla en la casa. Ya podría ser la tía Concha, que tanto nos quiere», deseó, acordándose al momento de que no se hablaban. Nadie de su familia quería verlo ni en pintura. Su abuela no había perdido ocasión para meter cizaña delante de todo el que quisiera escuchar «Ése se nos arrimó en cuanto vio el morcón colgado en la puerta” “Ni ha doblado la espalda en la vida ni piensa hacerlo”.

 

El padre Pito, aún rojo de tanto rezo, sacó un botijo de dentro y les ofreció agua a todos los

presentes, algunos de los cuales parecían a punto de desmayarse ahogados en su propio vaho. Su padre, casi restregándose contra su posible madrastra se abalanzó el primero.

 

Bajando por la pendiente con Matías de la mano, cayó en la cuenta de que ya no se despertaría más en medio de la noche candil en mano a cambiarle los paños, a darle agua, a decirle unas palabras cariñosas al oído, a abrazarla. No tendría que quemar más laurel ni romero en el cuarto. Ni tampoco contestar más a la repetida pregunta de su padre “¿Cómo está madre hoy?”, aguantándose las ganas de decirle que sólo tenía que dar unos pasos y verlo con sus propios ojos.

 

Ahora que todo había acabado, estaba impaciente por volver con Pedrín. Antes de partir se le

había figurado que el pequeño se había curado de golpe. Ni una hora después de lo de su madre, había dado sus primeros pasos y le había dedicado una sonrisa de oreja a oreja, como si ya nadie le impidiera vivir. Hasta le pareció ver por primera vez la viveza en sus ojos y por el color sonrosado en su carita pareciera que alguien se la hubiera pellizcado.

¿De verdad nunca volvería? pensó, sintiéndose extraña. A ratos había confiado en que su mamá un día se levantaría, les prepararía unas gachas y los llenaría de besos a los tres, sorprendida de que su Pedrín estuviera tan grande y hermoso.

 

A punto de arrancar a llorar otra vez, dirigió su vista al acantilado para contemplar una vez más el sol sobre el agua azul. Perpleja, durante un fugaz instante distinguió claramente su rostro sereno sobre el mar, formado por infinitos y centelleantes reflejos como espejos. Una sensación de inmensa felicidad invadió su cuerpo cambiante de muchacha. Porque ese breve soplo fue suficiente para comprender que ella no se había ido, que seguiría siempre allí por muchas hembras que su padre metiera en la casa.

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