EL AMO DE CASA – Jose Antonio Nieto Morales

Por Jose Antonio Nieto Morales

Hace menos de un año era el sonido del móvil de Marcos lo que podía despertar antes de tiempo a sus hijos, situación que lo alteraba sobremanera. Ahora, sin embargo, ese problema sigue existiendo, pero cambiando tono de llamada Marimba por el silbato de la olla express.

—¡Te tengo dicho que no cocines a estas horas! —susurra Devora, la mujer de Marcos.

—Mi amor, no dispongo de otro momento para preparar el almuerzo. Esta mañana tengo que ir a hacer la compra, poner una lavadora, hoy toca limpiar los baños…

Mientras Marcos enumeraba cada una de las tareas que iba a desempeñar aquella mañana, Devora centraba su atención, como de costumbre, en la pantalla del teléfono móvil. Desde que la ascendieron a directora de ventas nacional no despegaba los ojos del aparato. Marcos estuvo a punto de llamarle la atención al respecto en más de una ocasión, pero siempre en el momento justo de recriminarle su mal hábito, apretaba la mandíbula para posteriormente decir algo del estilo: «mi amor, ¿te sirvo más puré?».

—Siempre has sido muy ineficaz. Tienes que organizarte mejor —le interrumpe Devora que, al parecer, aunque enfrascada en su móvil, atención sí que le prestaba—. No trabajas —continúa—, tienes todo el día para llevar la casa. Te ahogas en un vaso de agua —remata, hablándole con ese aire de superioridad que comenzó en la noche del mismo día que la ascendieron, en una de esas silenciosas conversaciones de cama, donde el móvil es el protagonista del lecho; Devora, rompió el mutismo del dormitorio para, sin dejar de mirar la pantalla, soltarle: «con la mierda que cobras, nos compensa que tú te encargues de la casa. Nos ahorramos la guardería y la limpiadora».

 

Devora dibuja una media sonrisa mientras mira el móvil, formándose uno de sus hoyuelos —los conquistadores, los llama ella— en el lado derecho de la cara. Luego pulsa la pantalla con el dedo índice durante un par de segundos. Vuelve a pulsar, pero esta vez con un toque de dedo rápido, lo despega con teatralidad para terminar introduciendo el móvil en el bolsillo interior de su chaqueta.

—¡Se me había olvidado que también tengo que planchar! —exclama Marcos, a la vez que abre el lavavajillas para colocar la montaña de platos y cubiertos sucios amontonados en el fregadero.

—Al final vas a despertar a los niños —le espeta Devora. De repente se palpa la chaqueta y se les encienden los ojos, dejando claro que se ha dado cuenta de algo importante, pero, sobre todo, que Marcos es el culpable—. No me digas que no me has planchado la chaqueta.

Marcos estira los brazos hacia donde está su mujer, abriendo las manos, sin dejar muy claro si el objetivo es apaciguar o frenar un placaje.

—Vale, no te lo digo.

Marcos se queda callado, sus músculos se tensan, endereza la espalda dejándolo tan tieso como un junco.

—Ineficaz e inútil —le dice, escupiendo las palabras. Devora se quita la chaqueta haciendo aspavientos—. Si es que no vales para nada. Me bajo a tomar café. Tardo quince minutos. Cuando vuelva quiero la chaqueta planchada.

Devora se alisa la falda de tubo con las manos y se va dando un portazo, sin preocuparse del estado en el que se queda Marcos, pero, sobre todo, y lo que más le duele a él, sin importarle despertar a los niños con el portazo.

Mientras plancha la chaqueta, Marcos pone en práctica su peculiar ejercicio mental, ideado a lo largo de años de represión emocional, con el objetivo de domar a su bestia interior. Se imagina un cántaro de barro, donde una incipiente lava crece lentamente pero implacable. En el momento que la lava gana una altura que él considera peligrosa, echa en el cántaro un gran bloque de hielo. Es el momento en el cual Marcos siente la lava disolviéndose. Enfriándose. Calmándolo.

Sabe que esa ira va en su contra. El amor familiar no es una vía para conseguir la felicidad, es la felicidad en sí misma. La familia está por encima de todo. Eso lo había aprendido a sangre y fuego en el pasado, no iba a ser él quien propiciara aquel cáncer que lo destruiría todo. Como ya lo hizo entonces.

La vibración lo saca de su ejercicio de relajación. Su mujer, en un descuido anormal en ella, se ha dejado el móvil en el bolsillo interior de la chaqueta. Marcos lo extrae para comprobar en la pantalla la recepción de un mensaje por WhatsApp de un tal Compi Carlos, que dice: «Devi, esta tarde me cambian el ventanal del despacho. Tenemos que cambiar de pica».

«¿Quién es el tipo este? Devora nunca me ha hablado de él. ¿A qué narices se refiere con cambiar de pica?», se pregunta Marcos.

Se huele la tostada, pero su corazón se niega a tomar como certero lo que su cabeza le está diciendo a gritos.

Al pulsar sobre el mensaje, el iPhone intenta identificar el rostro de Devora en la cara de Marcos, y al ver que no coinciden le muestra la pantalla de desbloqueo mediante PIN.

Sí, Marcos es un alfeñique, pero también es muy observador, y en multitud de ocasiones ha visto a su mujer —suele ser cuando está en la cama con la mascarilla exfoliante puesta— marcar el PIN en el móvil. Así que lo desbloquea a la primera.

Al abrirse la conversación Marcos se queda desconcertado. Lo que aparece es, exceptuando el mensaje del tal Compi Carlos, una conversación limpia, sin histórico. Esto aumenta su sospecha «ha borrado los mensajes».

Marcos contesta: «¿Dónde nos vemos?». Inmediatamente responde: «A partir de la 19 los almacenillos se quedan libres, podemos ir allí. Son estrechos, pero no necesitamos mucho espacio». Termina el mensaje con cinco caras con la lengua fuera.

«Cerdo, asqueroso. Puta desagradecida», piensa Marcos.

La lava hirviendo revienta el cántaro, ahora invade todo su cuerpo, siente como recorre sus venas, penetrando en órganos y tejidos, sin cuartel.

Tiene la plancha agarrada por el asa, escucha como el plástico cruje por la presión que ejerce su puño. Algo que invernaba en su interior se sacude, luchando contra los últimos retazos de un sueño profundo. Le vocifera que ya no puede esperar más, que vuelve a ser su momento. Bajo una fina neblina, casi transparente, aparecen las imágenes de un pasado que creía enterradas. Llenas de sangre, gritos y dolor.

Lo vuelve a sentir. El monstruo ha vuelto.

Elimina el último mensaje de Devora. Antes de volver a bloquear el móvil no se olvida de marcar la conversación de Carlos como no leída.

«Es momento de planificar. Igual que entonces. Como hice contra padre».

Escucha como gira el cerrojo «ya está aquí mi mujer». Mete el móvil en la chaqueta rápido, sin despegar los ojos de la puerta que se abre.

—¿Aún no has terminado? —pregunta Devora, con el ceño fruncido.

—Tranquila, mi amor. No te vas ni a dar cuenta cuando acabe —le responde, ladino.

Marcos desliza la plancha con sumo cuidado sobre la prenda «cuando ese cerdo te arranque la chaqueta con sus manos, ¿recordarás quién te la planchó?», piensa Marcos con una sonrisa desconcertante tatuada en la cara.

Devora tuerce el gesto, extrañada de lo raro que está su marido «este está perdiendo el norte», piensa ella.

 

Después de dejar a los niños en el parque de bolas, Marcos se dirige hacia los almacenillos. Conoce el sitio perfectamente, está en la fachada trasera de la nave industrial donde la empresa de Devora tiene su sede principal. Consiste en un largo pasillo con multitud de taquillas a los lados, donde se guarda la mercancía más delicada. Son unas taquillas de unos tres metros cuadrados «más que suficiente para cometer adulterio», piensa Marcos.

Cuando llega al destino, aparca en batería, colocando el maletero lo más pegado posible a la puerta de entrada —y de salida—. Abre el maletero. Se coloca unos guantes negros de látex. Saca dos sacos gigantes, negros también, los guarda en una mochila que, por su peso, lleva algo más que los sacos. Sus movimientos son certeros, como si los hubiera ensayado antes.

La puerta emite un pitido electrónico al pasar la tarjeta de su mujer por el lector «me imagino que ni se habrá dado cuenta que no la tiene».

La ira primaria de esta mañana ha mutado a una ira madura, que le permite pensar y controlar sus impulsos.

 

El pasillo está oscuro. La única luz que entra es la de una pequeña claraboya al final del largo pasillo, produciendo sombras en movimiento en el instante que Marcos da el primer paso. Tiene la posibilidad de encender las luces, pero piensa que no es lo adecuado.

La suela de goma de sus botas produce un sonido viscoso en el suelo linóleo. Camina parsimonioso, con los sentidos afilados, esperando recibir algo que le indique la taquilla que debe abrir. Pero el sonido de su respiración, algo acelerada, junto al de sus pasos es lo único que rompe el turbador silencio.

Escucha una carcajada. Conoce esa carcajada.

Marcos se quita la mochila, no busca los sacos, sino lo otro. Un cuchillo de supervivencia modelo Albainox Coyote de 19 cm, dieciséis con veintidós euros en Amazon. Lo compró para pelar cañas de azúcar hace un año. No lo usó para ello. Nunca le gustó la caña de azúcar.

Se vuelve a colocar la mochila. Empuña el cuchillo. Lo siente incómodo.

Las sombras que deambulan por el pasillo parecen más nerviosas, como previendo lo que va a ocurrir.

Se escuchan murmullos en una de las taquillas. Marcos se dirige hacia ella. Sus pasos son torpes, su respiración se acelera aún más, siente el corazón tamborilear con fuerza.

Al llegar a la puerta de la taquilla desaparecen los murmullos. Ahora lo que escucha son los gemidos de su mujer. La dulce queja sube de tono, llegando a un orgasmo del que nunca Marcos había sido testigo. Una punzada de excitación sexual lo atraviesa, pero dura un instante; desaparece en el momento en el que se pregunta si su mujer se ha acordado de quién le había planchado la chaqueta. Él no lo sabe, pero Devora solo pensaba en que le echaran un buen polvo cuando Carlos le pasó su robusta mano por la chaqueta para acariciarle el pecho.

Al pasar la tarjeta por el lector no hay pitido electrónico, tan solo el ruido seco y mecánico del pasador al moverse. Se asoma por una pequeña rendija de la puerta. Huele a sexo. Marcos no ve nada, ellos tampoco, están demasiado ocupados para percatarse de la luz moribunda que penetra por la puerta. Cada vez le incomoda más el cuchillo.  Cierra los ojos. El monstruo no quiere, pero él lo necesita. Aparecen imágenes de hace mil años. Ve a un matrimonio discutir. Un niño frente a la tele se tapa los oídos, pero los gritos traspasan sus manos, como dardos. El matrimonio se divorcia. La madre del niño llora, no juega con el niño, apenas le habla. Cartones de vino Don Simón esparcidos por casa, no hay dinero para vino de corcho. Pasan los años, el niño crece con el calor que da una madre borracha y un padre ausente. El niño ya no es niño. El joven ve a su padre con otra. Aparece el monstruo. El joven planifica. El joven siente el cuchillo cómodo en su mano.

Marcos abre los ojos expeliendo una gran bocanada de aire, como despertando de una pesadilla.

«No puedo hacerles esto. Ellos no tienen la culpa» piensa.

Cierra la puerta con cuidado, deshace sus pasos. Las sombras se mueven lentas, están más tranquilas. Marcos mira el reloj de pulsera.

«Todavía me da tiempo de hacer un puré de verdura para la cena», piensa Marcos mientras se guarda el cuchillo en la mochila.

 

 

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